XIX
Esa mañana, tras despertarla con su bota clavada en el costado, le había ordenado recoger sus cosas y acompañarlo a inspeccionar, junto a dos rastreadores, que no hubiera ningún peligro acechando en el bosque. En otras palabras: buscar señales de emboscada.
¿Por qué un líder de una expedición la querría con él?, se preguntaba Psique, temblorosa como un pastel de gelatina.
La estaba poniendo a prueba y debía estar a la altura para no ser descubierta.
—¿Por qué tu hermano y tú no os destapáis el rostro? —preguntó McPherson desde la montura.
Psique tomó aire y se obligó a elegir un pretexto verosímil de los cientos que había preparado para ese momento.
—Somos muy feos —respondió con la mirada al frente, intentando sonar convincente—. Nos atacaron las abejas cuando éramos niños. Nos dejaron tales cicatrices que... —Hizo una pausa dramática que usó para darse valor a sí misma—. Es mejor así, créame.
McPherson guardó silencio. Ella lo miró de reojo y maldijo al percatarse de la cicatriz que cruzaba su rostro .
Aun así, parecía haberse quedado satisfecho...
—Entre hombres no creo que importe mucho eso —añadió, sobresaltándola—. Hasta os vi comer con esos paños en la cara. He visto a hombres con media cara arrancada comer sin cubrirse. Es absurdo.
¿Había pensado en algún momento que las había dejado de vigilar?
—Las abejas...
—Sí, sí, las abejas —la interrumpió con hartazgo—. No te preocupes, me importa una mierda tu careto. Sin embargo... —Andrew clavó sus ojos entrecerrados en ella y Psique apretó las riendas, nerviosa— lo que sí me preocupa es que seas inexperto y no sepas dónde te has metido.
—Señor, no sé por qué dice...
—No sabes montar, John —soltó, tajante—. Es evidente que no sujetas las riendas como debes ni estás atento a tu alrededor como un soldado. Cualquiera te rajaría el cuello sin que apenas te inmutaras.
Psique intentó tragar saliva, pero no le quedaba.
—Tendré que cuidarte yo mismo —dijo, exasperado—. A no ser que te des la vuelta ahora. Todavía estás a tiempo.
El pánico la invadió al ver en peligro su misión. No podía permitirlo. Flaquear significaba no volver a ver a Will.
—No me hace falta un niñero, señor. Soy más de lo que aparento; ese es mi juego. Ya se lo dijo mi hermano David: somos conejillos...
—Quizás tu hermano sea algo más espabilado y mejor jinete —gruñó—, aunque no las tenga todas conmigo. Pero tú... no quiero ser responsable de más muertes, chico .
¿Más muertes? ¿A quién había perdido?
—No moriré, señor —recalcó igualando la firmeza de su tono.
Andrew la miró con irritación; quizás fuera preocupación... o culpa.
—Eso dicen todos antes de morir —murmuró. Psique tembló por dentro—. Todavía no me has contestado por qué estás aquí.
¿Por qué estaba allí? Por Will, porque necesitaba verlo, comprobar con sus propios ojos que todavía podían tener una vida juntos. Porque estaba loca por él, no le importaba arriesgarlo todo.
—Quiero casarme.
Andrew tiró de las riendas y detuvo el caballo que resopló en protesta.
—Explícate —ordenó.
Psique sintió que el corazón le palpitaba con fuerza contra las costillas. No podía decir la verdad; quizá solo a medias...
—Necesito demostrar que soy digno de... —carraspeó— ella.
Él la miró con incredulidad.
—¿Y vienes a una expedición en la que lo más probable es que mueras? ¿Por impresionar a una mujer?
«Miente a medias, miente a medias», se repitió.
—No es cualquier mujer —improvisó—. Es alguien importante. Alguien a quien confundí durante años con una profunda amistad. Necesito demostrarle que soy un hombre, no un cobarde, y que no me da miedo arriesgarme por ella.
—Dirás por ella —corrigió Andrew con una ceja alzada.
—Eso, por ella —se apresuró a afirmar. Ya sudaba como un cerdo .
Andrew soltó un suspiro cansado y resignado.
—Eres un idiota enamorado, John —dijo—. Créeme, sé bien de lo que hablo.
Psique sintió un pinchazo en el pecho al ver lo rápido que había acertado. Al no decir nada, el guerrero siguió hablando:
—Mi hijo también lo es —dijo pensativo.
Psique casi sufrió un colapso. ¿Lo era? ¿Will estaba enamorado cuando se fue?
—¿Su hijo Williams? —preguntó conteniendo su creciente ansiedad.
Andrew arqueó una ceja con sorpresa.
—Por la familiaridad con que lo nombras, pareces conocerlo.
El sudor le empañaba la frente. Si seguía tan nerviosa la descubriría. Debía serenarse y... mentir a medias. Al menos de esa forma se sentía menos horrible.
—Nos conocimos en la Fiesta de la Estrella —resolvió, clavando la vista en la crin de su caballo y jugueteando con ella entre sus dedos—. Ronald nos presentó. Es un buen hombre.
Andrew ladeó la cabeza.
—Era un buen muchacho, volverá hecho un hombre —dijo cabizbajo.
Una sombra de tristeza cruzó los ojos del guerrero. Psique temió que el hilo de lo que realmente le interesaba se perdiera por otros derroteros. Y era su oportunidad de probar su ingenio para averiguar más.
—¿Por qué su hijo se fue si estaba enamorado, señor?
Este parpadeó al escucharla y sonrió con tristeza .
—Es joven e inseguro, John. Como tú, necesita demostrar que es merecedor de ella.
Psique sintió una fuerte presión en el pecho que casi no la dejaba hablar.
—¿Por qué? ¿Acaso ella no lo corresponde?
Andrew negó con la cabeza.
—No lo sé, lo único que sé es que su familia no es como la nuestra.
¿Por qué era tan difícil hablar con ese hombre? Si fuera como Ronald, ya lo habría largado todo. No podía insistirle; sería muy indiscreta. Era arriesgado, pero...
—¿Cómo la suya? ¿A qué se refie...?
Su pregunta se perdió entre los cascos de varios caballos cerca de ellos y su propia maldición. Los rastreadores aparecieron de pronto.
—Despejado, señor McPherson —indicó un soldado con el casco en la mano. Tenía un corto flequillo y las patillas húmedas por el esfuerzo—. Podemos avanzar sin riesgo.
—Bien, Douglas. Volved vosotros al campamento para avisar a los demás —ordenó—. Nosotros seguiremos adelante y os esperaremos junto a la linde del bosque.
Atravesaron la espesura hasta llegar a su fin. Delante de ellos se abría un valle interminable de hierba salvaje y ondulante. Al fondo, las montañas se erguían imponentes; las cumbres nevadas anunciaban el frío gélido hacia el que se dirigían.
—¿Conoce dónde vamos? —preguntó guardándose de demostrar la mínima inquietud que le provocaban los altos picos—. Ese lugar de encuentro... la Cascada del Hacha.
McPherson sonrió con tristeza y asintió .
—Fue mi hogar un tiempo.
Su curiosidad se incendió y fue imposible de contener.
—¿Su hogar? ¿Fue un gallowglas como ellos?
Andrew la observó con intensidad. Parecía mantener una batalla en su interior.
—Nunca se deja de serlo, John —dijo al fin, con un orgullo inesperado.
—¿Se siente todavía parte de ese mundo?
Andrew sonrió con melancolía y negó despacio.
—Mi mundo son mi esposa y mis hijos, nada más.
Sin ellos no existiría hoy. —El brillo feroz en los ojos la estremeció—.
Y pagarán por haberlos puesto en peligro, pero eso ya lo saben.
—La frase cayó cortante como un tajo peligroso—.
Rezo todos los días por que no hayan dañado a Will, pues no dejaré nada de ellos si fuera así.
Psique contuvo el aire ante la posibilidad de que Will estuviera malherido. No pudo evitar que su voz saliera temblorosa.
—¿Usted cree...?
—No —cortó, tajante—. Un gallowglas solo mata por deber.
—¿Por qué los dejó? —preguntó intuyendo que Andrew era un hombre de honor.
Él parpadeó, como si de pronto hubiera despertado de un recuerdo demasiado vivo. Su expresión se endureció un momento, luego se quebró.
—Yo no era el adecuado para dirigirlos. No soy nadie para cargar en otros mis demonios. —Suspiró con cansancio—. Es una larga historia a la que logré sobrevivir, John. A veces, pedir perdón nos cuesta más que condenarnos a.. .
Se detuvo. Sus palabras quedaron suspensas. Se arrepentía de contar demasiado.
Psique lo observó de reojo. Andrew no parecía un hombre que mostrara su vulnerabilidad. Sin embargo, por un segundo no se había ocultado. Parecía arrepentido de haber estado demasiado tiempo perdido, huyendo de sí mismo, arrastrando a otros con él.
Apretó las riendas y recuperó su dureza habitual.
—A vivir con lo que hicimos —terminó Psique con voz firme.
La miró, incrédulo. Ella no conocía su historia, pero supo que había dado en el clavo.
Por lo que intuía, Andrew se había sentido culpable durante mucho tiempo, pero había rehecho su vida.
Luego, cuando pensaba estar a salvo, el pasado volvía a atormentarlo de la forma más cruel, atentando contra lo que había forjado, su tesoro más preciado: su familia.
—Will no pagará por mis errores, John —dijo, apretando los dientes—. Lo juro.
Psique asintió, conforme. Ella también se encargaría de ello, pues tampoco cargaría con ese saco de culpa que la asolaba por no haberse percatado antes de sus sentimientos hacia él. Le pediría perdón por haber sido tan... infantil.
Tras unos largos minutos de silencio, al fin oyeron los cascos de los caballos del grupo.
Emergieron como una nube resplandeciente a la luz de la mañana que se reflejaba en sus escudos y cascos.
Vio a Miles junto al otro jefe asomar por un lateral.
Con prisa, pidió permiso para retirarse junto a su supuesto hermano y espoleó su montura para alejarse de Andrew.
Por suerte, este no se lo impidió. Buscó a sus amigos, a quienes encontró un poco más atrás.
Ronald la observaba con preocupación. Los ojos de Catalina reflejaban un nerviosismo palpable .
—Todo bien. —Ambos suspiraron a la vez y Psique sonrió—. Solo quería evaluarme. También creo que se siente responsable porque soy inexperto.
—Y tiene miedo de que te ocurra algo —completó Ronald.
—Andrew, siempre tan protector —añadió Catalina. En sus ojos se leía orgullo y admiración.
Siguieron adelante y pronto Ronald las dejó atrás. Catalina le echaba furtivas miradas de vez en cuando. Sabía que ocultaba algo más, pues Andrew no paraba de dirigir la vista hacia ellas.
—¿Por qué no me dices lo que te inquieta tanto?
Catalina alzó una ceja, sorprendida. Luego, carraspeó.
—Andrew suele cargar con todo sobre sus hombros, hasta con lo de los demás —confesó al fin—. Temo que nunca me perdone por mentirle.
—¿Ahora te preocupa eso? Es un poco tarde, ¿no crees?
Ella se encogió de hombros y se concentró en el camino, guardando un mutismo esquivo.
—Su familia es lo más importante para él, Catalina —dijo y esta ladeó la cabeza hacia ella de golpe—. Tú eres su mayor pilar por lo que me dio a entender. No debes temer...
La mujer cerró los ojos un segundo y, cuando los abrió, los fijó de forma penetrante en su marido.
Este, como si hubiera percibido la intensidad de su mirada, volvió la cabeza hacia ella y frunció el ceño.
De repente, una nube oscura tapó el sol y un viento gélido atravesó al numeroso grupo.
Él desvió la vista hacia el cielo y dijo algo a sus acompañantes.
—Creo que se avecina una tormenta —opinó Psique con un estremecimiento.
La mujer asintió con una mirada divertida, casi tierna .
—Vivo en ella desde hace años, Psique —respondió—. Pero esta se queda en bruma si una sabe caminar dentro.
¿Qué significaba eso? Algo le decía que no tenía nada que ver con ese nubarrón amenazante en el horizonte.
Frunció el ceño y Catalina continuó:
—La tormenta a veces la porta uno mismo. Y cuando eso pasa no importa cuánto truene el cielo. Lo que importa es no perderse en el ruido. No le temo a Andrew, temo que se sienta aún más responsable.
—Pero él no tiene la culpa de que tú...
—Da igual que no la tenga; se sentirá responsable. —Entonces suspiró con resignación—. Yo le ayudaré a respirar y a confiar en sí mismo.
Aunque Andrew no le pareciera alguien inseguro, intuía que Catalina no hablaba todo lo que pensaba y que sus palabras guardaban cicatrices todavía latentes.
Una gota fría cayó sobre su nariz y la arrancó de sus pensamientos.
La lluvia comenzó a descargar sobre ellas de pronto, cada vez con más intensidad.
Con rapidez, se colocaron las capas, como los demás soldados, tratando de resguardarse del agua.
Los relámpagos atravesaron el cielo con sobrecogedoras ramificaciones blancas, iluminando el valle con su intensa luz.
Psique reparó en que Catalina había cerrado los ojos y apretaba con fuerza los puños, pero mantuvo a su caballo a paso firme, desafiante, como si la tormenta solo fuera un viejo enemigo al que ya no temía.
Psique, en cambio, apretó unos segundos la daga de Will contra su pecho, como hacía desde que se la regaló y tronaban los truenos.
Avanzaron sin pausa durante mucho tiempo, siguiendo a esos guerreros como uno más del grupo.
La lluvia empapaba sus ropas y les calaba los huesos, haciéndoles castañetear los dientes.
Habían atravesado el valle y ahora avanzaban por una zona más escarpada, con árboles y pequeños salientes rocosos.
Se habían quedado atrás, separadas del grupo.
Psique se sentía exhausta y Catalina era consciente de ello.
Lo supo por la frecuencia con que le preguntaba cómo se encontraba.
Ella asentía; apenas podía articular palabra.
De pronto, un trueno retumbó tan cerca que el suelo vibró bajo ellas y, enseguida, una voz resonó delante.
—¡John!
La voz de Andrew cortó el aire entre la cortina de lluvia. Justo enfrente apareció él, empapado hasta los huesos, pero con una presencia imponente que ni la tormenta podía apagar. Su caballo bufaba inquieto. Sus ojos oscuros se clavaron primero en Psique y luego en Catalina.
—¿Qué demonios hacéis tan atrás? —gruñó acercándose.
Catalina enderezó la espalda y Andrew la miró un segundo más de lo necesario. Había algo en su expresión que no alcanzaba a descifrar. ¿Fastidio? ¿Preocupación? ¿Acaso sospechaba quién era?
Volvió la vista hacia Psique y eso alivió su ánimo.
—Mantente cerca —ordenó—. No pienso recoger vuestros cadáveres cuando caiga el siguiente rayo.
—Claro, mi señor —respondió Catalina con voz grave antes de que ella pudiera hacerlo.
Andrew volvió a mirarla a los ojos y, por su expresión huraña, Psique supo que gruñía bajo la ensordecedora lluvia.
—Buscaremos donde resguardarnos hasta que pase todo —gritó con furia .
Luego, espoleó su caballo y se colocó delante de ambas, marcando la dirección.
—Lo sabe —murmuró a Psique.