XVIII
Se quedó dándole vueltas a todo, buscando una solución que los sacara de ese plan absurdo que los llevaría, a él y a su familia, a ser acusados de traición a la Corona y, con ello, directos a la horca.
Sin embargo, no terminaba de encajar ese rompecabezas; le faltaba saber de qué se trataba el asunto del que habló Tormod. Sin eso, se hallaba perdido.
Aodh dejó caerle encima el abrigo de piel y se sentó a su lado, junto al árbol contra el que se encontraba acurrucado. Sin darse cuenta, el cielo se había oscurecido sobre las copas de esos altos árboles.
—Deberías comer algo, muchacho.
—¿Ahora vuelvo a ser un muchacho? —respondió con sarcasmo mientras se envolvía en el pesado abrigo.
Un escalofrío lo recorrió de arriba abajo y cerró los ojos, alegrándose de saber que no moriría de frío.
A su lado, el guerrero bufó y, en lugar de soltar su broma habitual, guardó silencio.
Abrió un poco los párpados, lo suficiente para percibir en su rostro una seriedad mortífera.
Pasaron unos pesados segundos en silencio.
—Sé que has discutido con Tormod. —Su voz era pausada, lo suficiente para darle cierto dramatismo—.
Al contrario de lo que piensas, nos importa que quieras matarte de hambre o de frío.
Además, me apuesto el cuello a que tu padre espera abrazarte una última vez —otra pausa le removió las entrañas—.
Yo daría lo que fuera por tener un último momento con el mío.
Will cerró los ojos de nuevo; le era insoportable la nostalgia que lo atenazaba al pensar en aquello.
—¿Intentas hacerme sentir culpable cuando sois vosotros los que me separasteis de mi familia y de...?
Ahogó sus palabras que siempre convergían en el mismo punto.
—La pelirroja —adivinó Aodh con cierta sorna.
Will gruñó disgustado ante lo pronto que Tormod había soltado la lengua—.
Vaya, debe importarte mucho esa muchacha cuando la priorizas junto a tu familia.
¿Vas a pedirle matrimonio? Sí... debe ser eso.
¿Es guapa? Espero que al menos conserve todos los dientes...
—Es preciosa y no le falta ningún diente.
—¿Cómo lo sabes? A primera vista puede que no se note, pero... ¿llegaste a besarla? —Como Will guardó un silencio sospechoso, Aodh abrió los ojos de par en par—. ¡No la has besado!
Will se incorporó de golpe, pero mantuvo el abrigo bien sujeto sobre él. Apoyado en el tronco lo miró furibundo.
—En serio, chico. Estás atontado. Nadie compra género sin catar la mercancía primero.
A Will se le subió la sangre a la cabeza, sintiendo ese comentario como un tortazo certero en la cara.
—No tienes idea de lo que dices —escupió, clavándole una mirada glacial, a pesar de sentirse más expuesto que nunca, pues no haberla besado al despedirse era lo que se reprochaba todos los días desde hacía dos años.
Aodh soltó una carcajada ronca .
—Te aseguro que sí lo sé. —Will apretó los dientes—. Vamos, chico. Estás más perdido que un cordero en un bosque de lobos.
Will alzó las cejas. Era la descripción de su actual situación con ellos. Aodh carraspeó al darse cuenta.
—No estoy aquí para hablar de eso.
—Claro que no. —Aodh ladeó la cabeza estudiándolo con preocupación—. Estás aquí porque te hicimos nuestro rehén y nos odias. O deberías odiarnos... Pero mírate —alzó un dedo y señaló el pecho de Will sin tocarlo—. Estás hecho un lío.
—No lo estoy. —Hervía de rabia por dentro—. Os mataría sin remordimientos si eso me permitiera salir de aquí.
—No lo creo. Tú no eres como nosotros, chico —negó con la cabeza, mostrando media sonrisa—.
Escúchame. Sé que, en parte, entiendes nuestra rabia hacia los ingleses.
Yo perdí mi infancia y a mis familiares; Tormod perdió a su hijo; nuestras mujeres...
—Will giró el cuello de golpe hacia él. Aodh calló.
Su mirada era la de un muerto, sin un ápice de debilidad—.
En una guerra esas cosas pasan, pero ¿sabes qué es lo peor?
Morir sin defender aquello. ¿Qué harías si alguien arrasara tu casa y matara a tu familia alegando que todo es suyo por derecho?
¿Y si se llevaran a tu pelirroja a su campamento... ?
—¡Basta! —protestó Will, apretando tanto los puños que se clavó las uñas en las palmas.
—Créeme, solo vivirías para matarlos —soltó con rotundidad, ignorándolo—.
Estamos muertos, Will. Sabemos que no tenemos nada que hacer contra ese enorme ejército que nos convierte en proscritos.
Tememos ser capturados o ahorcados un día sí y otro también, pero lo que nos aterra es conformarnos.
No vamos a quedarnos de brazos cruzados sin plantarles cara.
Queremos conservar nuestras tradiciones; es lo único que nos queda .
—Mi padre no se suicidará con vosotros —susurró entre dientes, para terminar explotando y agarrándolo con fuerza por el cuello de la camisa—. Pretendes que acepte sin más y llevar a mi familia a la horca.
Aodh era tan fuerte que se lo quitó de encima de un tirón, como si espantara una simple mosca.
—No tienes opción, chico.
—No dejaré que nos mates.
—Te aseguro que si hubiera otra solución ya la habríamos considerado. No deseamos obligar a nadie a luchar, y menos a un antiguo compañero, Will. Tu padre fue...
—¡No lo digas! No es vuestro hermano; si fuera así, seguiría a vuestro lado. Él no es un traidor, como dijo ese anciano. Es orgulloso, el que más.
—No, no es un traidor. Pero ese anciano luchó con él y le duele demasiado su partida. Puedo asegurarte que lo echamos de menos por aquí. Fue nuestro líder antes de Tormod.
Will notó que su garganta se secaba de golpe. Eso no podía ser cierto.
—Sí, fue nuestro líder —confirmó la voz del viejo Donald, quien se hallaba a solo unos pasos de ellos. Will tenía un nudo en el pecho—. Y te puedo asegurar que todavía lo quiero más de lo que lo odio por abandonarnos.
—Él tenía otra lucha pendiente, viejo —respondió Aodh, tajante—. Ya lo sabes. Nunca nos mintió. Nos guio con sabiduría, nos mantuvo vivos, hasta que encontró su camino.
—Claro, y por eso lo obligas a volver —dijo con sorna. Will se mantuvo atento—. Lo defiendes para luego empujarlo por un acantilado .
—¡Es necesario, joder!
—Podemos rendirnos.
Aodh soltó una risotada que los dejó medio sordos. El anciano apenas cambió su expresión templada.
—Donald, estás perdiendo la cabeza.
—Puede ser —dijo, y una arruga apareció al fin en su entrecejo—.
La edad nos hace mirar las cosas de otra manera.
Desde la lejanía, donde todo es más calmo, se reflexiona sobre lo que dejas atrás o sobre lo que depende de uno.
Nunca había sopesado rendirme hasta que descubrí vuestro ridículo plan de uniros a los jacobitas.
El corazón de Will se disparó en su pecho.
—¡Cállate, maldito bocazas! —gruñó Aodh levantándose de golpe y agarrando al anciano por el brazo. Prosiguió arrastrando cada asfixiante sílaba—. Cállate.
Donald había perdido el color de sus mejillas, parecía sorprendido al descubrir que no habían confiado la totalidad de su plan a Will. Negó con la cabeza.
—No lucháis por vuestro pueblo —repitió el anciano con la voz más firme, y Aodh apretó el agarre.
Will corrió a separarlo y, tras un leve forcejeo, logró soltarlo.
Aun así, el viejo continuó sin amilanarse—.
Lucháis por fantasmas, por vuestros muertos, por una infancia robada y por un honor que no os será devuelto.
Las armas de McPherson y unos pocos patriotas no son suficientes para ganar una guerra. No estáis preparados, Aodh.
—No vamos a rendirnos, viejo —escupió el otro bufando rabioso. Este asintió, conforme, pero en su expresión todavía se adivinaba que no había dicho todo lo que deseaba—. No tenemos tiempo .
—Siempre hay tiempo para suicidarse, guerrero.
Lo importante es encontrar el momento adecuado para ganar.
Estás tan aferrado al pasado que no ves lo que tienes delante, porque usas esto —se llevó la mano al pecho.
Luego se señaló la frente—. El corazón siente; la mente advierte.
Úsala: es tu mejor aliada en la batalla.
Se giró hacia Will.
—La tuya es joven. No está corrompida por la venganza. Busca una solución ahí.
—Eres un hombre cansado que ya no recuerda cómo se lucha, viejo —añadió el guerrero con tristeza.
—Te asombrarías de lo que todavía puede hacer este viejo —espetó sin titubeos, pero sin apartar la vista de Will—. Ni el tiempo vuelve, ni la vida se repite. Busca la felicidad, McPherson.
—Cuando la encuentres, cuídala —terminó de susurrar Will.
Reconoció la frase de su padre. La había escuchado desde niño, repetida como un mantra para no perderse en la rabia o la ambición. Entendía que no era un proverbio familiar, sino un legado. El recuerdo de otro tiempo, de otro hombre y de otra vida.
El anciano apenas curvó los labios, y Will creyó adivinar su sonrisa en el brillo de sus ojos.
Ese hombre amaba a su padre; lo había seguido y respetado.
Y en ese instante, sin decirlo abiertamente, le pedía que actuara.
Le pedía que no se conformara con ser el rehén y que buscara una salida que los salvara de una muerte segura. Le pedía tiempo.
Ni el tiempo vuelve. Ni la vida se repite. Sé feliz.
Tras pronunciar aquello, Donald se alejó despacio.
—En mi choza no hace frío ni se pasa hambre. No me importa compartir la poca vida que me queda con el hijo de un traidor .
¿Por qué esa palabra no sonaba a resentimiento, sino a añoranza?
Era un fantasma del pasado, pero sus ojos estaban cargados de historias, batallas y muertos.
¿Estaría arrepentido? Tal vez. O no. Era orgulloso, testarudo.
Seguía insultando a su padre. Era demasiado sabio.
No se rendía, usaba lo que sabía, lo empujaba a pensar y encontrar una solución.
Lo instaba a no dejarse arrastrar por la desesperación de Aodh y la obstinación de Tormod.
A salir de ese círculo vicioso que lo hacía un preso de los tormentos de otros.
Luchar en esos momentos era un suicidio. Eso era indiscutible. Debía romper el círculo si quería encontrar una razón para seguir respirando.
Los partidarios de Jacobo estaban desperdigados, debilitados y vigilados por los ingleses y por los propios escoceses leales a la Corona.
Los clanes estaban divididos y muchos jefes habían sido ejecutados o exiliados tras el levantamiento de 1715.
La Black Watch, o Guardia Negra, los ojos y oídos del Gobierno británico, patrullaba las Highlands sofocando cualquier chispa de rebelión.
Sin duda, era una locura apoyar cualquier levantamiento en ese momento. Los grupos que aún apoyaban a Jacobo o a su hijo, Carlos Eduardo, eran pocos, estaban mal armados y carecían de coordinación. Unirse a ellos significaría morir por adelantado.
Will no era tan ignorante como creían esos guerreros. Había vivido el desprecio en su propia piel. Había visto cómo trataban a los suyos, cómo confiscaban tierras, cómo imponían leyes y aranceles asfixiantes a su padre. Sabía lo que era ser humillado, vigilado y desarmado.
Además, sabía algo que ellos habían olvidado:
Una guerra sin estrategia no era de valientes, sino de estúpidos .
Si su padre había dejado ese mundo, lo sabía mejor que nadie. Y de algo estaba completamente seguro: no dejaría que volviese.
¿Qué debía hacer? ¿Cómo debía actuar? Según el anciano, tenía que salir del círculo, verlo todo desde fuera, sin romperlo, dejando el corazón a un lado.
Lo invitaba a seguir con ellos, pero a mirar con los ojos de un verdadero estratega.
Los ojos de un líder que anteponía el raciocinio para salvar a un pueblo.
Dar una de cal y otra de arena. Ser más listo que ellos.
—Comeré contigo, pero dormiré con Donald —decidió Will con firmeza. Aodh soltó un lento suspiro—. No quiero ver tu pelirrojo culo mientras duermo.
Aodh soltó una fuerte carcajada. Luego le dio unas palmadas en la espalda que casi lo devolvieron al suelo.
—Sabía que nos entenderías, muchacho. Se lo dije a Tormod, pero ese bruto no confía ni en su propia sombra —con un empujón lo instó a caminar—. Vamos, te guardé un buen trozo de carne asada. Me muero por ver la cara de Tormod cuando sepa que aceptas apoyarnos.
—¡Y una mierda! Ese chico no es uno de nosotros ni de lejos —gritó Tormod a Aodh. Will guardaba silencio, apoyado en la pared de la choza—. No viste la rabia con la que me habló...
—Eso era antes, Tormod. Cuando no sabía nuestro plan —insistió con cansados aspavientos el pelirrojo—. ¿Verdad, Will? Díselo.
Will disimulaba la sonrisa, satisfecho. Eran como dos troles estúpidos que se peleaban por resolver un acertijo. Notaba cierta duda en Tormod, a pesar de su reticencia a creerlo; en cambio, Aodh se mostraba más confiado.
Ambos clavaron sus pupilas en él. Eran como puñales que le advertían que tenía una opción: contestar .
Optó por no hacerlo y confiar en que Tormod no le rompería la mandíbula de un puñetazo.
—Arrgh, voy a matar a ese viejo.
—Will tiene un sentido del humor muy negro, hermano. Solo está haciéndote pagar que no confiaras en él como yo. Te aseguro que hemos hablado de ello y está de acuerdo.
—Si va a ser uno de nosotros tendrá que demostrarlo.
—No habrá problema con eso. —Su mirada amenazante lo hizo temblar—. ¿Cierto?
Asintió, sin entender muy bien a qué se refería, pero su aceptación amilanó a Tormod. El enorme guerrero sonrió con tanta malicia que le provocó un escalofrío. ¿Qué demonios querían que demostrara?
—Comenzará mañana al alba —sentenció y Will lo sintió igual que un puñetazo en el estómago.
Más tarde, ya en la choza del viejo Donald, no pudo resistirse a preguntarle antes de dormirse. Sin embargo, este lo ignoró y al segundo de tumbarse sobre su lecho roncaba como un oso moribundo. Aun así, prefería aquello antes que ver el culo de Aodh.
No durmió tranquilo. La incertidumbre lo mantuvo bastante nervioso. Incluso hizo un sobreesfuerzo por recordar cualquier conversación con su padre que aportara alguna pista.
¿Consistiría en hacer un ritual de iniciación? Podía ser y rogó porque así fuera. Unas palabritas aceptando ser uno más y listo.
No obstante, a su cabeza acudió un bonito recuerdo de sus hermanos y de él superando obstáculos, compitiendo por ser el más fuerte, por ver quién aguantaba más bajo el agua y quién era capaz de permanecer más tiempo encerrado en un estrecho cubículo sin protestar lo más mínimo.. .
Sonrió, ensimismado. Al fin tenía un pensamiento dulce después de un día de intensa amargura. Poco a poco, cayó en un profundo sueño.
Entonces, unos fuertes golpes sonaron en la puerta y el cegador brillo dorado de una antorcha atravesó las rendijas de la desvencijada madera.
—Comienza tu iniciación —susurró el anciano.