Almas Rebeldes XVII
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XVII

Will y Aodh no pudieron seguir hablando. Las mujeres irrumpieron en la casa cargando una olla rebosante de comida.

Tras descansar un rato y llenarse el estómago con un buen plato de estofado, Will comenzó a notar dolores en partes insospechadas del cuerpo.

Después de un viaje tan duro, sus músculos se relajaron en una especie de dulce tortura, cada vez más embriagadora.

No sabía si se debía en parte al hidromiel del demonio o de los dioses, según decía el vikingo.

Fuera lo que fuese, le agradaba bastante.

Sorcha y Jork apenas probaron el guiso y, en cuanto oyeron vítores que anunciaban la aparición de Tormod en el poblado, se marcharon a recibirlo.

Era extraño ser acogido en casa de Aodh como si fuera uno más.

Él era su rehén; debería estar allí en contra de su voluntad.

¿Qué diablos le ocurría, que no sentía la constante amenaza que lo había acompañado al principio?

¿Cuántas veces lo habían humillado, amenazado o advertido?

Ese último mes había sido una auténtica tortura.

Y, aun así, sentía que todo era contradictorio, que su corazón comenzaba a dividirse entre el deber y la fascinación por aquella vida salvaje e impredecible .

Era como tener delante el manzano prohibido de las enseñanzas y notar a la serpiente enroscada en la pierna, susurrándole pretextos para no regresar. ¿Quería eso? ¿Renunciar a su hogar y vivir aventuras sin saber si al día siguiente seguiría vivo? ¿Y Psique? ¿La dejaría ir sin más?

Al ver cómo se trataban Aodh y Zahra, sentía un pellizco en el estómago al percibir el amor que se profesaban. Y era tan ilógico... ¿Cómo podía amar tanto un hombre tan fiero?

Las miradas entre ambos eran cada vez más ardientes y los roces, menos accidentales, así que decidió huir de allí con la excusa de visitar a Tormod. Este ya habría disfrutado de una larga y calurosa bienvenida con su Fiona.

Fuera, se rascó la cabeza mientras miraba a su alrededor y se preguntaba dónde encontraría su choza.

Algunos hombres sorbían todavía en sus cuencos junto al fuego, otros reían por trivialidades. Al pasar junto a estos, guardaban silencio. Lo evaluaban, eran cautos ante su presencia. Era razonable, nadie sabía qué papel exacto jugaba allí... ni él tampoco. Él era el intruso.

Pasó rápido junto a ellos, sin atreverse a preguntarles nada.

En sus caras no vio cordialidad, solo una prudencia fría.

Por primera vez, sin verse bajo el abrigo de sus dos fieros acompañantes, se sintió vulnerable.

Estaba desarmado; nada más contaba con sus manos para defenderse en un campamento repleto de guerreros adiestrados y armados hasta los dientes.

Buscó con la vista un lugar donde permanecer sin llamar la atención de nadie y, al fin, se dejó caer sobre una enorme piedra que parecía hacer de trono natural frente a las enormes columnas ancestrales que había descubierto al llegar.

Miró más allá de ellas y vio árboles y más árboles. Era un muro vegetal interminable y oscuro. Un laberinto del que nunca podría salir vivo. Allí todos lo sabían, por eso nadie se molestaba en vigilarlo.

Podía correr, internarse entre los troncos y la maleza, pero no llegaría lejos. El bosque lo devoraría antes de poder arrepentirse.

A pesar de sentirse ignorado, a veces notaba un par de ojos sobre él. Miradas furtivas, como si revisaran si seguía dentro del cercado. Por primera vez se sentía un animal atrapado y sin opciones, con un destino estipulado por otros.

Apretó los dientes. En su interior, poco a poco, alimentaba un monstruo engañoso: el de la resignación. Un veneno dulce que lo convencía de que no valía la pena luchar. Había bajado la guardia y había sido seducido por esos dos y por su forma de vida intrépida. Era ridículo, imperdonable.

Él ya tenía una vida fuera de ese muro verde. Una vida real, civilizada.

Apoyó los codos en las rodillas y se estrujó la cabeza.

¿Qué querían decir con eso del enemigo común? Inglaterra era fuerte, sofisticada... ¿Acaso pensaban luchar ellos solos contra ese imperio? Y, lo peor, ¿pretendían que su padre apoyara el levantamiento?

Se le escapó una risa amarga. El pensamiento le ardió en el pecho y la rabia lo devolvió a sí mismo. Sin embargo, esa llama se extenuó tan rápido como se había prendido. En el fondo, sabía que ya no era el mismo.

El gruñido, casi un bufido, resonó entre aquellas paredes de piedra y Will levantó la cabeza, interrumpiendo el remolino de pensamientos.

Una sombra corpulenta emergió de la maleza y pasó entre las columnas con paso firme .

El gigante de barba espesa y negra, solo aclarada por algunos hilos de plata, lo miraba con fijeza, estudiándolo. Llevaba el torso medio descubierto, lleno de cicatrices, y en una mano llevaba un pellejo hinchado que supuso que contendría más hidromiel.

Se detuvo delante de él.

—Estás aquí —gruñó Tormod—. Fui a buscarte a casa de Aodh y no fue agradable ver ese culo pelirrojo y peludo, ¿sabes? —Al ver que no sonreía ante la broma, achicó los ojos—. ¿Qué te ocurre, muchacho?

Will apretó los puños, consternado.

—Necesito saber qué queréis de mi padre —señaló el campamento con la cabeza—. Esos hombres no se alegraron al saber que era un McPherson y Aodh me contó algo sobre los ingleses.

Tormod endureció la mandíbula y Will se preguntó cómo no se partía los dientes cuando lo hacía. Tenía la vena de la frente hinchada y el color de su piel había cobrado un tono más oscuro.

Finalmente, tras un largo minuto de silencio, suspiró hondo y se sentó a su lado.

Will lo observó de reojo. Su respiración era pesada, algo forzada.

Giró el cuello hacia él y reparó en las profundas ojeras que surcaban su cara bajo los ojos.

Hacía un segundo su piel era oscura de rabia, pero pronto había recobrado un tono pálido, incluso le pareció enfermizo al fijarse bien.

—Me muero, chico.

Aquellas palabras lo golpearon con tal fuerza que contuvo el aire demasiado tiempo. Cuando lo soltó, le dolía el pecho. Fue el único sonido que se oía, además del canto de los pájaros y el crepitar lejano de la hoguera.

—¿Estás enfermo? —preguntó con voz temblorosa .

Él alzó las cejas. Su expresión incrédula era hasta cómica en ese demonio oscuro.

—No —soltó—. ¿Por qué piensas que puedo estar enfermo?

—Has dicho que te mueres, joder —dijo intentando no parecer ridículo.

—Claro, todos nos morimos, chico. Cada día que pasa es un día menos antes de ir al Valhalla.

Will gruñó furioso.

—¿Me tomas el pelo?

El gigante negó con la cabeza, aunque su mirada burlona no indicaba lo mismo.

—Esto no tiene gracia, Tormod —dijo entre dientes—. Ese viejo acusó a mi padre de traidor.

—Ya, supongo que hablas del viejo Donald —asintió, mirando al frente—. Ese viejo siempre tiene que opinar; es un grano en el culo. No creo que lo dejen en paz ni con Hel cuando expire de una vez.

Tormod pareció advertir su confusión y añadió:

—Es adonde van los viejos, los enfermos y quienes mueren sin combatir por su honor.

—¿Tú irás a ese Valhalla?

—Exacto. Es donde van los más valientes caídos en batalla —dijo con rudeza, retándolo a reírse lo más mínimo—. Los demás irán con Freyja.

—¿Piensas morir combatiendo contra los ingleses?

Guardó silencio unos segundos. Cuando habló, sus palabras resonaron con fuerza .

—Pienso luchar contra ellos —miró al cielo—. Pero solo las valquirias deciden quién seguirá vivo.

—Mi padre... —comenzó a decir algo dubitativo—. ¿Él luchó por eso?

Tormod lo observó con intensidad, sopesando qué contarle. Finalmente, pareció aceptar que era hora de sincerarse.

—Andrew era un lobo solitario, Williams. Un escocés sin hogar. Un alma que huía de sí mismo. Siempre huía.

—¿Era un cobarde? —preguntó con temor, tragándose con dificultad la poca saliva que le quedaba—. Ese viejo dijo...

—Nunca —lo cortó, poniendo una mano sobre su hombro—. Cuando digo que huía, me refiero a que necesitaba comprender su sino antes de enfrentarse a sí mismo. Él luchó contra la culpa y el rencor que lo corroían; incluso, a pesar del odio que les profesaba, colaboró con algunos ingleses para lograrlo.

—Perdóname, pero no entiendo lo que me dices, Tormod —exclamó perdiendo la paciencia y levantándose—. Al parecer mi padre guarda un pasado que deberá explicarme si quiere que vuelva a mirarlo con respeto.

Tormod asintió, conforme.

—Es a él a quien le corresponde contártelo.

Comenzó a dar paseos cortos de un lado a otro con los puños apretados. Quería saberlo todo, pero Tormod se negaba a rellenar ese rompecabezas que lo consumía.

—No quiero que luche contra los ingleses, esa no es su batalla. Ya escogió al abandonarnos.

Se detuvo en seco y lo enfrentó .

—Entonces, si no quieres que luche con vosotros, ¿qué demonios buscas de él? ¿Por qué me trajiste aquí?

—Necesito sus armas —confesó—. Muchas armas, Will. Necesito su ayuda para vencerlos.

Williams quedó mudo por primera vez en mucho tiempo a pesar de los miles de preguntas que burbujeaban en su mente. Ladeó la cabeza después de un largo rato y al fin dejó salir lo que más temía.

—¿Pretendéis sobornarlo? ¿Obligarlo a colaborar a cambio de mi vida?

Tormod no contestó. No hizo falta. Will sabía la respuesta. Una risa amarga y suave emergió de lo más profundo de su garganta y acabó convirtiéndose en unas carcajadas desquiciadas y espeluznantes. Aquello era lo más rastrero que había visto jamás.

Algunos hombres alzaron la vista incómodos e hicieron por acercarse, curiosos, pero la amenazadora mirada de Tormod los amedrentó. El guerrero lo observaba en silencio, con los labios apretados.

Cuando por fin cesó de reír, respiraba con dificultad, como si en aquel arranque se hubiera vaciado y no quedara nada de lo que arrepentirse.

—Así que ese era el plan —murmuró con una sonrisa que no le llegaba a los ojos—. Soy vuestra moneda de cambio. Como... si no fuera nada.

Tormod se puso en pie y se acercó a él. Will retrocedió de forma instintiva.

—No es tan simple, muchacho.

—Claro, os creéis mejor que los ingleses. Yo lo veo muy simple .

—No nos compares con esos...

—¿Saqueadores? ¿Asesinos? —preguntó levantando el mentón sin miedo—. Créeme, yo os veo como primos hermanos.

Tormod gruñó y lo agarró por el cuello con firmeza. Y, a pesar del temor de que en uno de sus arranques le rompiera el cuello como si fuera un pajarillo, no demostró el mínimo arrepentimiento.

—Mi padre no será cómplice de vuestros asesinatos.

—Lo hará por ti.

—Sois unos bastardos —susurró entre dientes sintiendo que apretaba un poco más—. Y yo soy un idiota por pensar que os movía algo más honorable.

Tormod lo soltó de golpe y lo empujó haciéndolo retroceder unos pasos. Su rostro estaba crispado por la frustración del que guarda todavía demasiado.

—Me trajisteis aquí para obligar a mi padre a daros sus armas. ¿Esperáis que acepte encantado? ¿Qué os dé la mano y os desee suerte en vuestra guerra suicida?

Tormod guardó silencio y Will lo tomó como un sí.

—Según Aodh, mi padre es tan gallowglas. ¿Crees que no luchará por lo suyo como hacéis vosotros? —Tormod gruñó, incómodo—. Lo hará, y cuando te raje el cuello seré yo quien le dé la espada.

—¡Cállate! ¡Maldito seas! —gritó, dándole la espalda—. No tienes ni puta idea de nada. No sabes lo que esos ingleses hacen; no sabes nada porque eres un niño de papá ignorante.

—Claro, me chupo el dedo todavía, Tormod —espetó y continuó irónico—. Nunca he sufrido sus injusticias, ni conozco sus mentiras. Me importa una mierda cuando me roban mis armas en cada arresto y...

—Saquearon mis tierras, asesinaron a mi hijo, violaron a... —Su voz sonó temblorosa por un segundo—. No queremos hacerte daño, chico, pero necesito las armas. Sin ellas no podremos resistir.

Will se tragó los improperios que luchaban por increparle. Había perdido un hijo a manos de sus peores enemigos. Tenía motivos para odiarlos, y utilizarlos a ellos a su santa voluntad era algo que no podía permitir. Tormod debía buscar otra solución sin implicar a su familia.

—Es por venganza —concluyó.

—Por supervivencia, Williams —respondió con voz áspera—. A veces para salvar a tu gente haces cosas que te destrozan por dentro. Y puedo asegurarte de que haré lo que esté en mi mano para lograrlo.

—¿Esto te da derecho a decidir sobre mi vida? ¿Sobre la de mi familia?

Tormod se volvió hacia él y le sostuvo la mirada.

—Sí —respondió seco—. Porque si no lo hacemos, moriremos todos.

Will sintió una opresión en el pecho y apretó los puños. Tormod creía aquello de verdad. Él quería odiarlo, verlo como un monstruo, un bárbaro sin alma. Sin embargo, lo que tenía delante era un hombre roto, apoyado en la rabia y el dolor.

—Esto es una locura, Tormod —dijo incrédulo—. ¿Piensas hacerlo tú solo? ¿Con nada más que estos hombres?

Señaló al campamento con un gesto brusco de la mano.

—Eso no es asunto tuyo .

Will cerró los ojos un instante. Necesitaba pensar. Tormod parecía ocultarle algo más.

Cuando abrió los ojos este comenzó a alejarse.

—Fiona te espera en mi casa. Tendrás techo, comida y una muda limpia —dijo con cierta pesadez. De pronto, se giró y lo miró con rudeza—. Eres mi rehén y como tal harás lo que te diga. En mi campamento no quiero guarros. La gente es limpia, y nos respetamos. Espero que te haya quedado claro.

El guerrero volvió a girarse y emprendió la ida. Will se quedó allí sin poder creer lo que había escuchado. Al final, eran monstruos de la guerra, pero civilizados y muy disciplinados. Era absurdo, y difícil de asimilar.

Will permaneció allí un rato más, rumiando e intentando comprender cuál era la pieza que le faltaba en ese rompecabezas y que Tormod le ocultaba.

¿Que no era asunto suyo? Lo había decidido ese bruto de Tormod, pero Will no estaba dispuesto a aceptarlo.