XVI #2
—Sí, casi lo sueltas todo, traidor —acusó Psique sin apartar la vista de los jefes que parecían haber perdido el interés en ellos.
—Esto es muy peligroso, primos míos —dijo, enfatizando el trato familiar—. Tanto que comienzo a cuestionarme si estoy en mis verdaderos cabales al seguir con esta farsa .
—Bueno, lo que se dice muy fino... —soltó la pelirroja con sarcasmo.
Catalina rio por lo bajo.
—No sé cómo puedes reírte... —comenzó a discutirle a Catalina.
—¿Desde cuándo me tuteas? —cortó y le guiñó el ojo por debajo del ala del sombrero para que solo lo viera él—. Ya sé, comienzas a tomarme cariño. Es bueno amar a la suegra.
Ronald se ruborizó tanto que no pudo contestarle y murmuró algo para sí. Psique cruzó la mirada con Catalina. No les hacía falta hablarse para saber qué pensaban.
Era cierto que había faltado muy poco, y contar la verdad entraba en sus planes, pero más adelante, tras asegurarse que no tendrían más remedio que continuar con ellas.
El padre de Williams la había sorprendido mucho.
Era bastante perspicaz, además de parecer tener un enorme corazón.
Si no, ¿por qué les ofrecería a unos pobres desgraciados una porción de comida tan especial?
Al referirse a su querida esposa, le confesaba lo mucho que la apreciaba.
¿Echaría de menos tan pronto a Catalina?
Debía de ser bonito amar a alguien sin reservas ni miedo al qué dirán.
Sus propios padres eran su mayor ejemplo, pero pensaba que aquello era exclusivo de ellos.
¿Sería que el amor los volvía tiernos? ¿Alguien podría explicarle cómo un antiguo gallowglas podía transmitir tanta nostalgia con una simple palabra?
Mientras masticaba, pensaba en Will. Él siempre era tierno, dispuesto a complacerla, y divertido a más no poder.
No podía imaginarlo de otra forma. Era indudable que tenía el carácter afable de su madre, pero fuera de lo que ella conocía...
¿Sería tan fiero como su padre? ¿Podría ser tan letal e irascible ?
Se estremeció y, tras terminar su ración, dio las buenas noches y se tumbó sobre las mantas dispuestas.
Catalina se acomodó a su lado. Ronald se situaría al otro lado, pero más tarde.
De costado, observó el cabello de Catalina, tan oscuro como el de Will, y, por un segundo, se sintió tentada de palparlo para comprobar si tenía la misma textura suave que tanto había disfrutado mientras estaban tumbados en el prado.
Poco a poco, fue cerrando los párpados y cayendo en un sueño que se convirtió en un recuerdo de Will:
—Déjame que te haga unas trenzas, anda —rogó ella con voz suplicante.
Will la observaba escandalizado.
—¿Te has vuelto loca? —acusó él con una risa incrédula—. Dirán que soy una chica.
—Nooo, luego te las quitaré —se puso de rodillas y juntó las manos sobre el pecho—. Prometo quitártelas. —Como él le sonrió con picardía, suplicó—: Por favor...
—Solo por esta vez, pero si viene tu prima o Ronald ya puedes deshacerlas rápido.
Will miró a su alrededor, asegurándose de no tener de testigos. Cuando estuvo convencido de que no había peligro, se sentó muy recto de espaldas a ella. Psique, con una risita nerviosa, caminó de rodillas hasta colocarse detrás de su amigo.
Al introducir los dedos en su cabello, un escalofrío extraño la recorrió. Comenzó con cierta timidez, agarrando un mechón con una mano, luego otro con la otra...
—Estás muy tenso, Will —comentó en su oído, y este dio un terrible respingo—. Relájate, ni que te estuviera torturando, ¡válgame el Señor!
Will resopló, pero se abstuvo de comentar lo que pensaba .
—¿Sabes que tu pelo es muy sedoso? —opinó—. Ojalá el mío fuese tan moldeable. Si vieras los enredos que tengo cada mañana...
—A mí me encanta tu pelo —dijo él con una voz tan baja que apenas pudo oírla—. No serías la misma sin él.
—Me encantaría cortármelo —añadió sin hacerle ningún caso y paseó los dedos desde su nuca hasta la coronilla—. Como tú lo llevas, justo por debajo de las orejas.
—Parecerías una coliflor —soltó este con una risita nerviosa.
Psique le tiró con fuerza de las trenzas que ya tenía hechas, haciéndolo aullar.
—¡Serás mala! —gritó dándose la vuelta y echándose sobre ella.
Ella quedó debajo de él, riendo sin parar. Él la observaba con una mirada tan intensa que la hizo guardar silencio y arrugar el ceño. Sus rostros se hallaban tan cerca que pudo percibir su aliento.
Entonces, las risas de Ronald y Jana resonaron muy cerca. Will suspiró con fastidio.
—Quítame las trenzas, rápido —pidió, quitándose de encima y colocándose en la misma posición de antes.
Psique se incorporó con rapidez, pero seguía algo confundida. Por un segundo se le había pasado por la cabeza la posibilidad de que fuera a besarla.
«¡Qué estupidez!», pensó mientras descartaba la idea y deshacía las trenzas tan rápido como podía.
Cuando sus amigos llegaron, ambos cruzaron sus miradas. Psique con picardía, Will... estaba demasiado serio .
Alguien la mecía insistente, sin darle opción a seguir sumergida en aquel maravilloso recuerdo.
—Para, déjame, por favor. —Notó que volvían a sacudirla, aún más fuerte—. Tengo que hacerte más trenzas.
—Despierta, John —ordenó una voz tan profunda que la arrancó del gozoso limbo—. Deja de murmurar estupideces.
Psique abrió los ojos de golpe. Se restregó los ojos con las manos y al enfocar lo que tenía delante, se encontró con una bota clavada en su costado y la mirada furiosa de Andrew McPherson.