XVI
¿Cuándo se detendrían? Parecían haber pasado horas desde que habían entrado en ese espeso bosque.
Cada árbol que sorteaba era igual al anterior.
Eso, sumado a sus ganas de descansar, hacía que se mordiera en exceso el interior de los carrillos por la impaciencia.
Era como haber entrado en un agujero sin fin.
Ronald le iluminaba el paso, pero a veces lo oía resoplar. No se atrevía a hablarle, pues cualquier sonido entre aquella espesura resonaba con estridencia y podía llamar la atención.
¿Se sentiría agobiado a causa de ese encierro que había mencionado antes? ¿Lo habrían apresado esos gallowglas? No le había contado mucho sobre aquello. Fuera lo que fuera, la preocupaba mucho.
Un murmullo procedente de más adelante comenzó a extenderse hasta llegar a ellos.
Al fin encontraron un claro donde asentarse y detuvieron la marcha.
Al llegar al lugar, comprobó con resignación que tendrían que dormir apretados debido al poco espacio disponible.
Era bastante desalentador después de una jornada tan dura.
El silencio cayó sobre el claro. Ella no era la única harta de cabalgar.
Llevaron los caballos junto a los demás, a un lado del campamento, y los ataron bien para que no escaparan.
Las antorchas seguían encendidas y pronto una hoguera enorme disipó el frío que había comenzado a arreciar con el anochecer.
Psique se sentía un poco perdida, pues cada uno parecía tener su rol asignado.
En cambio, ellas andaban mirando a un lado y a otro, sin nada en lo que ayudar.
Resultaba frustrante y, a la vez, sospechoso.
Ronald, ya recuperado de su mutismo, les sugirió sentarse junto al tronco de un árbol y aguardar sin llamar la atención.
No conversaban mucho; con simples monosílabos les indicaba qué hacer.
Por lo visto, esa noche cenarían las raciones que la familia Allan había repartido entre los soldados antes de partir.
El problema era que ni Psique ni Catalina tenían la suya y estaban muy hambrientas.
Tanto que, a veces, les rugían las tripas, provocando algunas miradas de soslayo de los hombres.
Andrew McPherson, junto a los otros jefes, conversaba en el otro extremo. En algunas ocasiones, lo sorprendía echándoles algún que otro vistazo. Debía parecerle extraño no conocerlos de nada.
Apoyados contra un gran tronco, permanecían sin apenas destaparse.
Sí, era raro que no lo hicieran, pero no tenían opción.
Psique observó el pequeño trozo de carne que Ronald había compartido con ella.
Se sentía tan famélica... ¿Y si se lo metía en la boca de una vez?
Nadie se percataría si lo hacía muy rápido.
Justo cuando iba a intentarlo, Ronald silbó y la sobresaltó.
—¿No tienes hambre? —preguntó—. Devuélvemelo, anda.
Este echó mano del trozo para arrebatárselo, pero Psique lo apartó de un manotazo.
—Intenta quitármelo y te como a ti de un solo bocado —amenazó, apretando los dientes. Él la observó en silencio, con cara de pasmarote—. No puedo comer, ¿es que no te das cuenta de que Andrew no para de observarnos?
—¿En serio? —preguntó con una voz demasiado aguda .
—Anda que vaya guerrero observador estás hecho —susurró.
Un resoplido de Catalina llamó su atención.
—Yo estoy igual, creo que voy a empezar a comerme mi propia lengua —dijo esta con el mismo trozo intacto entre sus dedos.
—¿Por qué no os levantáis como si fuerais a mear? —propuso este muy preocupado.
—Solo nos falta respirarnos al oído —respondió Psique, poniendo los ojos en blanco—. No, gracias.
—Pues si no os lo vais a comer...
—¡No! —exclamaron ambas al unísono, llamando la atención de Andrew de nuevo.
—Mierda —protestó Ronald—. Es cierto que está pendiente de vosotras.
—¿Y si eructo? —aventuró Psique, desesperada.
—¿Serías capaz? —preguntó Ronald, dándole una palmada en el hombro, como buen camarada. Luego murmuró entre dientes—. Eres tan delicada que quizás sea peor...
De pronto, un fuerte eructo surgió de lo más profundo de la garganta de Catalina, haciendo que más de uno del grupo contuviera el aliento.
Por suerte, funcionó, pues Andrew arrugó el ceño y desvió la vista con asco hacia otro lado.
—Yo no nací entre algodones —soltó Catalina, de repente—. Me guardo lo de rascarme los cataplines para una segunda alarma.
Psique se mordió el labio aguantándose la carcajada. Las mejillas de Ronald eran dos tomates maduros.
—Creo que ya no os mirará en un buen rato —avisó Ronald, asqueado y frotándose la cara—. Eso ha debido dolerte .
Pero Ronald se equivocaba, porque sí la miró, y con más intensidad. Andrew dejó lo que estaba haciendo y levantó la cabeza de golpe. Sus ojos se clavaron en ellos, con una expresión furiosa.
Para su más profundo desconsuelo, se acercó despacio, sin apartar la mirada de Catalina. Ella la fijó en el suelo, intentando evitarlo. Ronald ahogó una exclamación. Psique tembló sin saber qué hacer.
—Tú —dijo con enojo, señalándola—. ¿Has sido tú?
Psique vio cómo la sangre abandonaba el rostro de Ronald mientras Catalina emitía un grave:
—¿Yo qué, señor?
—El que ha sonado como si estuviera muerto. —Le arrebató el trozo de carne de la mano y se lo entregó a Ronald—. Será mejor que tú te comas esto. —Ladeó la cabeza y entrecerró los ojos—. ¿Cómo te llamas?
—David, señor.
Él siguió evaluándolo en silencio durante un instante que a Psique se le hizo eterno.
—A David no le está sentando bien esta ración —le dijo a Ronald. Entonces, reparó en el trozo que Psique mantenía sujeto y señaló—. ¡Tú! ¿Quién eres?
Psique estaba tan asustada que no pudo pronunciar palabra.
—Se llama John —intervino Ronald—. Son... mis primos —se rascó la nuca con tal fuerza que se hizo varios arañazos—. Yo... siento no haberlos presentado, señor.
—No tienen pinta de soldados, Ronald —dijo amenazador.
—Bueno... Ellos nunca han dormido a la intemperie.. .
—¡No puede ser! —tronó— ¿Has traído contigo a unos inexpertos conejillos como ofrenda para los lobos?
Ronald cerró los ojos con fuerza. Le había gritado tan fuerte que todos estaban pendientes de ellos. La respiración descompasada de Andrew cortaba el aire como un puñal.
—Señor —llamó Catalina con voz muy ronca, pero sin levantar la vista del todo—. Sabemos montar, tirar el arco, usar un puñal... que no seamos tan grandes como otros nos da ciertas ventajas. Pasamos desapercibidos, nos infiltramos... Tal vez parezcamos conejos, pero eso es lo que queremos.
Un murmullo común comenzó a oírse de fondo. Andrew lo observaba de arriba abajo, evaluando cada palabra. Las sienes y el bigote de Catalina traspiraban de forma asombrosa, mientras esperaba la sentencia.
—Señor, siento haberle mentido de esta forma... —comenzó a decir Ronald.
—Ronald —aceptó Andrew, haciendo que callara abruptamente—, tú los has traído; tú serás su niñera. —Pasó la mirada de una a otra y volvió a detenerla en Catalina. Luego continuó con furia—. No consiento eructos ni pedos entre mis hombres. Ser soldado no excusa la mala educación, ¿entendido, David?
—Entendido, señor McPherson —respondió Catalina con rapidez conteniendo la sonrisa que amenazaba con aflorar a sus labios—. No volverá a suceder.
—Ronald —dijo, señalando el trozo de Psique—, cómete también su ración.
Ronald le arrebató la ración y las tripas de Psique rugieron en protesta, haciendo que Andrew alzara las cejas, sorprendido por la intensidad .
—John, ven conmigo —ordenó haciendo un gesto con la mano—. Os buscaré algo que podáis echaros a la boca y llene ese estómago del demonio que tienes.
Psique se puso de pie con las piernas algo tambaleantes, pero logró mantenerse. Dio un paso adelante tras Andrew que había empezado a alejarse.
—Gracias, señor McPherson —contestó Catalina con voz grave, aunque con cierta entonación sensual al pronunciar su nombre.
El guerrero se detuvo en seco al oírla. Psique chocó con su espalda y perdió el equilibrio. Sin embargo, con una rapidez asombrosa, Andrew la sostuvo por los brazos y la enderezó. Ella contuvo el aliento, con los ojos muy abiertos.
Este, tras echarle una afilada mirada a Catalina, quien fingía que no estaba allí, volvió a prestarle atención.
—Por el cielo, estás en los huesos, John —murmuró con el ceño fruncido—. Sígueme e intenta no caerte.
Al oír su tono de fastidio, Psique se mordió la lengua, conteniendo las ganas de echarle la culpa de su tropiezo.
«Solo me falta enredar más la situación sin saber todavía si saldré viva de esta», pensó, y lo siguió, resignada.
Al llegar junto a Miles, evitó cruzarse con él. Temblaba tanto que no entendía cómo se mantenía firme sin romperse a llorar.
—Toma, muchacho —Andrew le ofreció dos hogazas de pan y un buen trozo de queso—. No probarás un queso mejor en ninguna parte. Lo hace mi querida esposa.
Psique asintió, sudando a mares, y cogió los alimentos. Murmuró un simple «gracias» y caminó como un autómata hasta llegar junto a Ronald. Detrás de ella oyó que Miles le preguntaba: «¿ Por qué lo has hecho?», y la airada respuesta del otro: «¿Y yo qué sé?».
Cuando se apoyó en el árbol, cerró los ojos y susurró.
—Si me cortáis las venas no saldrá ni gota de sangre, os lo aseguro.
Catalina rio por lo bajo arrebatándole su trozo de pan y el queso. Cortó el pedazo en dos y le devolvió a Psique su parte.
—Come —pidió con urgencia—. No probarás...
—Un queso mejor en ninguna parte. Me ha dicho que lo hizo su «querida» esposa —concluyó. Todavía no sabía cómo podía ironizar sobre aquello.
Catalina asintió sonriendo de oreja a oreja debajo del plaid.
—Si no podéis comerlo, yo puedo ayudar —dijo Ronald salivando y señalando el famoso obstáculo del plaid.
—Para listo tú —respondió Catalina en voz baja e introduciendo el trozo de queso por la parte inferior del plaid. Con un suspiro de satisfacción continuó—, mi panza más. Ya probarás el que hace mi hija.
Psique la imitó y pronto las dos masticaron, satisfechas. Ronald chasqueó la lengua y mordió el trozo de carne, muy sofocado por la idea.
—Ha faltado poco —comentó entre dientes.