XV #2
Ronald bufó, espoleó su caballo y se detuvo junto al grupo de hombres con los que habían congeniado antes. Psique seguía divertida, pero al mirar a Catalina, vio que sus ojos mostraban una gran preocupación, la misma que había percibido cuando Andrew hablaba con los guerreros.
—No va a pasarle nada a tu hijo, Catalina —dijo con contundencia, intentando apaciguarla a pesar de sufrir la misma opresión en el pecho.
—Eso no lo sabemos —respondió con seriedad—. Ni siquiera sabemos si está...
—Vive, Catalina —cortó Psique apretándose el pecho con el puño—. Yo... lo sé.
Esta la observó con la misma mirada de halcón que había usado con Ronald.
Psique no se permitió dudar mientras la otra la evaluaba.
Tal vez la vieran como una dama inútil en aquel ambiente, pero contaba con algo infalible: su gran tenacidad para defender que llevaba la razón.
Lo había aprendido bien de la mayor experta, su prima Jana.
—¿Sabes jugar al Mendigo a tu vecino? —preguntó la mujer sin venir a cuento.
Pestañeó todavía algo confundida por la pregunta. No dejaba de sorprenderla con sus cambios drásticos de conversación.
—Claro, me enseñó Will —afirmó—. Siempre le ganaba y sigo sin explicarme por qué se empeñaba en pedirme la revancha.
Catalina ahogó una risa suave.
—¿Crees que miento? —añadió molesta.
Catalina le sostuvo la mirada buscando alguna duda. Finalmente ladeó la cabeza, divertida.
—No, no creo que mientas —aceptó con voz afilada—. Pero tampoco creo que entiendas por qué ganabas.
Ella frunció el ceño .
—Porque soy buena —respondió incrédula.
—Serás buena, sí —dijo—. Will... —Sus ojos brillaron con una ternura que le encogió el corazón—. Él es el mejor, te lo aseguro.
Psique abrió la boca para replicar, pero la mujer levantó un dedo.
—Te dejaba ganar, querida —dijo con cariño.
—Eso no es verdad —murmuró ya no tan convencida al notar su fuerte seguridad.
—Claro que lo es —volvió a replicar Catalina, sin piedad—. Los hombres hacen tonterías por las mujeres que les importan.
Psique bajó la mirada muy avergonzada. La duda se coló en las rendijas de su tozudez con el brío de un caballo desbocado e hizo que su corazón galopara al mismo ritmo. ¿Le importaba a Will? ¿Sería verdad que la dejaba ganar para...? ¿Para qué, en realidad?, se preguntó confundida.
La madre de Will se inclinó y le dio un golpecito en el brazo.
—No es malo que alguien quiera hacerte reír —hizo una pausa y le pareció verla pestañear emocionada—. Will siempre ha sido diferente, niña.
—¿Qué quiere decirme con eso? —se atrevió a preguntar a pesar del miedo a descubrir demasiado. Catalina no respondía, parecía ensimismada en sus recuerdos.
Nadie lo conocía mejor que su madre. Podía hablarle del verdadero Will, del que se ocultaba por miedo a parecer vulnerable.
Que la dejara ganar al juego de cartas podía significar muchas cosas, no solo que se divertía con ella…
Se rendía ante ella .
Un sentimiento muy tierno la embargó al pensarlo. Will era su amigo. ¿Podría estar enamorado de ella desde hacía tantos años? Jugaban al Mendigo a tu vecino desde que ella tenía quince. ¿Podía haber estado tan ciega?
—Por favor, cuéntame cómo es —preguntó con ansias por saber más de él.
—Desde pequeño fue distinto. Más sensible de lo que admitía, más seguro que terco y con un corazón tan grande que le faltaba pecho donde guardarlo.
—Por un momento, Psique notó su tono muy afectado, pero pronto recobró la firmeza—.
Siempre ha tenido esa manía: hacer reír a quienes quiere.
Nunca le importó quedar en ridículo con tal de hacer felices a sus hermanos o a un amigo.
—Calló un segundo, sopesando cómo continuar—.
En los últimos años noté que algo lo preocupaba.
Se hacía el duro, el hombre que no necesitaba a nadie, que podía valerse por sí mismo y proteger a los demás hasta del mismísimo Diablo.
—Es cierto; en nuestros últimos encuentros lo vi muy preocupado, incluso más serio —aceptó Psique, pensativa—. Él... era como si pensara más de lo que hablaba.
Catalina asintió, conforme.
—Es igual que su padre. Obsesivo hasta la extenuación.
—A su esposo lo conozco de vista, pero juraría que tiene tu ingenio. No imaginas las excusas que podía llegar a darme para dejarme ganar.
Ella rio bajito.
—Creo que labraba su futuro, Psique.
¿Su futuro? ¿Qué quería decir con eso de labrar su futuro? ¿Qué le ocurría con esa mujer que todas sus respuestas parecían un acertijo? La frustración la corroía y se mordió el labio, contenida .
Justo cuando iba a preguntarle por aquello, el grupo se detuvo de nuevo. Delante, Andrew y los otros decidían algo. Ronald volvió con ellas al instante.
—Quieren adentrarse en el bosque, acortar camino y aprovechar el cobijo de los árboles para dormir esta noche.
—Pareces preocupado, Ronald —comentó Psique al notar su seriedad.
—Oh —respondió, despreocupado—, no me gustan los bosques. Desde que estuve encerrado... —Calló abruptamente.
—¿Dónde estuviste encerrado, Ronald? —Catalina lo observaba en silencio y su amigo, nervioso, parecía habérsele comido la lengua un gato—. Está bien, no me respondas. Tampoco me importa demasiado.
Su tono fue tan resentido que este alzó las cejas. Aun así, no respondió su pregunta.
—Vamos, ya indican que sigamos. Pronto descansaremos.
Las mujeres azuzaron sus monturas para seguirlo. Psique se sintió tan inquieta como preocupada. Poco a poco se daba cuenta de que ignoraba muchas cosas sobre la gente que conocía, lo que la hacía sentirse ingenua.
Siguió sumida en sus pensamientos, sorteando los árboles que encontraron al paso. Agradeció que Ronald llevara la antorcha y que iluminara el sendero, ella se encontraba cada vez más cansada. Le dolía todo y alguna vez pensó que su cadera se partiría en dos antes de terminar la jornada.
Comenzaba a preocuparle no soportar la dureza del viaje. ¿Y si su cuerpo se rendía antes que su mente? En ese caso, sufriría más que si fuera al revés. La acompañaría la vergüenza de ser una debilucha, se echaría en cara su derrota por los restos de su vida .
Debía aguantar; fortalecería sus músculos, endurecería su mente y no desfallecería como una damita insulsa. Will estaría orgulloso de ella, igual que su familia.
Miró a un lado y vio que la otra mujer parecía más derrotada que al principio del viaje. Pensó en su constante preocupación como madre, en su desazón como esposa y en la reacción de Andrew McPherson al descubrirla.
Auguró tormenta cuando llegara el momento, no podía ser de otra forma con esos dos titanes.
Se encogió de hombros.
«No será para tanto», se dijo, aunque por dentro no lo creyera ni un poquito.