Almas Rebeldes XV
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XV

Psique observó con un escalofrío al trío de guerreros que tenía delante.

Andrew McPherson lideraba aquella marcha como si lo hubiera hecho siempre.

Su imagen era temible y transmitía una fuerza palpable en cada arruga de su rostro, como si la férrea experiencia fuera un símbolo de su letalidad.

La cicatriz que le atravesaba la cara le daba un aspecto peligroso e indomable.

Con seguridad, aquella oscuridad debía ser su mejor baza para enfrentarse a cualquier enemigo, haciéndolo pensárselo dos veces antes de atacar.

A su lado se encontraba Edward McCain, inminente laird del clan McEwen. Era un hombre de honor, según le había contado Ronald en alguna ocasión.

Por último, y no menos imponente, estaba el temible «Dragón», Miles Allan, yerno de Williams McEwen y hombre de confianza de su tío Cameron McAllen.

A este último lo conocía. No vivían muy lejos y, después de tantos servicios, era considerado parte de la familia McAllen.

Debía extremar las precauciones con él y no arrimarse demasiado si no quería que la descubriera. Suponía un peligro extra para ella.

Por separado ya resultaban solemnes, pero juntos imponían un verdadero peso a cualquiera que los contemplara. Estaba segura de que serían letales en el campo de batalla. Solo había que fijarse en la determinación de sus fieras miradas y en su porte recio.

Se sentía vulnerable, aguardando lo que tenían que decirles.

Nunca había viajado con hombres, y menos haciéndose pasar por uno.

Debía comportarse como ellos, ser uno más.

Era difícil, pues su gracia femenina afloraba cuando se despistaba.

Eso la obligaba a estar constantemente en guardia, lo cual resultaba agotador y, sumado a galopar a caballo durante más de seis horas sin quejarse, lo consideraba un gran mérito.

A su alrededor, los soldados guardaban un silencio expectante. Notaba que un sentimiento de comunión los envolvía, como si todos fueran uno, y eso la embriagó. Era abrumador sentirse parte de aquello, algo tan prohibido para una mujer, como si cada cabello de su cabeza recobrara sentido.

Hasta entonces, su día a día había sido cómodo, seguro y bastante insulso.

Solo las visitas de Will, una vez cada varios meses, la sacaban de esa rutina incolora.

Con él, su mundo recobraba otro matiz, su vida se llenaba de emoción y de color, y la felicidad rebosaba por cada poro de su piel.

¿Cómo no se había dado cuenta antes de que lo amaba?

Sus primas ya fantaseaban con hombres desde los quince años, pero ella, enfrascada en su aprendizaje y en su tranquilo día a día, no había sentido aquella curiosidad.

Sí que en alguna reunión se le había acercado algún chico para decirle lo bella que era y su vanidad se había disparado hasta el cielo.

Sin embargo, luego se reía de su propia estupidez y seguía sin hacerles mucho caso.

¿Sería porque, sin saberlo, ya había decidido que Will era el elegido?

De reojo miró a Catalina. Le recordaba mucho a su amigo.

También observó a Andrew, de quien parecía haber heredado el porte y la fuerte masculinidad.

Ellos serían quienes compartirían su vida si la aceptaba como esposa...

Un cosquilleo comenzó a subirle por el pecho.

Lo quería. Deseaba con todas sus fuerzas que su vida adquiriera otro sentido y, aunque fuera lejos de las comodidades a las que estaba acostumbrada, sentía que podría adaptarse.

Todo por calentarle la cama a Will el resto de sus días.

—Soldados —la voz firme de Andrew la hizo contener el aliento—, quiero agradeceros que me acompañéis en este viaje.

Sé que todavía desconocéis nuestro destino y, por eso, quería daros la oportunidad de decidir si deseáis continuar, pese a las reticencias de vuestro señor McCain.

Sois parte de su ejército y le debéis obediencia.

Lo comprendo y lo comparto. Yo también fui uno de vosotros hace tiempo.

Sin embargo, no soy vuestro señor y, por ello, no veo justo obligaros.

—Hizo una pausa y el silencio pareció aún más intenso—.

Adonde vamos no existe la compasión ni una pizca de honor.

Como sabéis, mi hijo ha sido capturado y llevado lejos de la seguridad de estas tierras.

Cruzaremos las montañas y tal vez algunos no sobrevivan a las inclemencias del norte.

La tierra será inhóspita, yerma de calidez.

Solo la tozudez permitirá que sobrevivamos antes de enfrentarnos a...

—Andrew se detuvo, sopesando si seguir. A Psique le pareció que nadie respiraba— los gallowglas.

Un inquietante murmullo recorrió a los soldados, como si la mención de aquellos gallowglas los hubiera mermado.

Parecían helados, como si el sol que los calentaba hubiese quedado oculto tras nubes negras.

La tensión era palpable y hasta Psique tembló un segundo, sin saber muy bien a qué se refería con eso de los gallowglas.

Andrew se irguió en su montura y la luz perfiló la dureza de su rostro.

—Entenderé si decidís regresar —dijo con calma, haciendo más evidente la tempestad que rugía en su interior—. Nadie os llamará cobardes. Pero debo avisaros de que quien elija seguirme no obtendrá gloria ni canciones en su nombre. Solo habrá frío, hambre y muerte.

A su lado, Edward McCain apretaba la mandíbula, conteniéndose para no intervenir.

Esos soldados formaban parte de su ejército y, con seguridad, le resultaba difícil no tomarse aquello como un desafío a su autoridad.

En cambio, Miles Allan mantenía la serenidad, como si ya conociera a esos hombres y su decisión antes de que contestaran.

Psique no podía apartar la vista de Andrew.

Había dolor y furia en sus palabras, y una determinación que la estremecía.

No pedía voluntarios, sino la oportunidad de compartir su condena.

Por un momento, le pareció oír un sollozo ahogado procedente de Catalina.

Ladeó la cabeza hacia ella, preocupada por lo que pudiera estar sintiendo, pero esta mantenía un temple impenetrable.

Aquella mención de la muerte debía de ser muy dura de procesar para una madre y, aun así, allí estaba, tan digna como una diosa bajo unos ropajes que ocultaban, gracias al cielo, su indudable sufrimiento.

Nadie habló durante unos instantes. El aire vibraba, cargado de respeto y miedo.

Entonces, Ronald azuzó a su caballo y se colocó delante de ellos.

—Señor McPherson —dijo con voz firme—, no formo parte del ejército del laird McCain, pero creo que estos hombres han sido entrenados para combatir la injusticia.

Soy amigo de Will y ellos también lo son, igual que lo son de usted.

No me importa lo que fuera en el pasado ni lo que lo uniera a esos gallowglas; lo conozco desde que era niño.

Lo respeto como a un padre y lo seguiré hasta la muerte.

Su hijo es mi hermano y puede contar conmigo.

La declaración de Ronald sonó como un martillazo. Psique se sintió tan orgullosa de él que casi olvida su papel de soldado. Moría por abrazarlo y estrujarle los mofletes hasta hacerle protestar.

Uno de los veteranos habló, al fin.

—Señor McPherson, si su hijo está en manos de esos demonios, yo iré con usted. Williams es mi amigo.

Otro soldado se unió.

—Y yo, no abandonaré jamás a un McPherson.

La reacción se propagó y pronto muchos alzaban los puños apoyándolos. Nadie se echó atrás.

Edward suspiró, resignado, pero orgulloso. Miles sonrió con suficiencia. Andrew ofreció su brazo a Ronald y entrelazaron las manos con fuerza. Luego se dirigió con gratitud a los demás, que ya reían, presos de la euforia ante la inminente batalla.

—Entonces partiremos juntos. Y volveremos juntos.

Psique tembló de emoción. McPherson actuaba como si siempre hubiera sido un líder. ¿Habría desempeñado ese papel entre los gallowglas en el pasado?

Al fin, los líderes retomaron la marcha y los soldados los siguieron, todavía contagiados por un nuevo entusiasmo. Parecían haber despertado y el cansancio se había borrado de sus semblantes.

Ronald regresó con ellas, muy sonriente.

—No dejaré que Andrew te mate, Ronald —dijo Catalina cuando al fin quedaron apartados del resto. Este giró la cabeza tan rápido hacia ella que Psique juraría haberle oído  crujir el  cuello—. Vas a ser mi yerno.

—¿Ye-yerno? —repitió con voz muy aguda .

Psique aguantó las ganas de reír con todas sus fuerzas al ver la palidez que adquiría su amigo. Por un momento, pensó que podía sufrir un vahído. En los ojos de Catalina adivinaba la misma diversión.

—No tiene gracia, señora —rumió este después de un controlado carraspeo que no llamara la atención del grupo—. Creo que su hija tendrá algo que opinar sobre eso, ¿no cree?

—Ella no es un problema, cielo. —La mujer rio bajito—. El problema siempre son los hombres. Sois tan básicos que no sé cómo os crece barba.

Psique se mordió el labio para no soltar una carcajada.

—No soy básico —murmuró algo ofendido—. Solo selectivo. Y su hija es muy niña, no entra en mis planes verla como... —La palidez de sus mejillas se esfumó de un plumazo para mostrar un Ronald tan colorado como una amapola— ya sabe.

Psique soltó una risa suave y este la miró con desesperación.

Catalina no le contestó, pero lo seguía observando por debajo del ala de su sombrero como un halcón. Psique estaba segura de que Ronald se sentía como un ratón cazado.

—Creo que me daré una vuelta —dijo él, muy nervioso. Antes, se inclinó hacia ellas y siseó—. No habléis mucho. Los hombres no somos muy dados a...

—Sois más chismosos que las lavanderas de los McAllen —espetó Catalina, sin dejarlo terminar—. Anda ve con ellos, se nota que los echas de menos.

—Os estoy vigilando —advirtió, ignorando sus palabras.

—Vaya, gracias, nos sentiremos más seguras al saberlo.