Almas Rebeldes XIV
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XIV

Jamás pensó que, perdido en aquel oscuro bosque, podría encontrarse con un asentamiento de guerreros tan grande.

Lo rodearon unos diez hombres de aspecto tan amenazador como el de su acompañante.

Aodh los saludó con gran camaradería y entusiasmo.

Para gran asombro de Will, lo presentó como el hijo de McPherson y no como un rehén.

Ellos lo saludaron con la conformidad de quienes aceptan a un aliado recién llegado.

Uno de los guerreros, corpulento y con barba rojiza, lo observó con detenimiento antes de asentir.

Otro, más joven, le dedicó una sonrisa curiosa y, a la vez, desafiante.

Will sintió que era evaluado en cada gesto y mirada que les dedicaba, como si ser aprobado en aquel escrutinio tuviera una importancia vital.

Aodh, por el contrario, estaba muy tranquilo.

—Estás entre hermanos —dijo, dándole una palmada en el hombro—. Y los hermanos se protegen.

Will estaba demasiado abrumado por la situación. No sabía si aquello debía tranquilizarlo o preocuparlo más. De momento, prefirió no contradecirlo y seguirle la corriente, aceptando la confianza que le brindaban.

El resto del camino lo hicieron a pie, sorteando un laberinto de troncos que a cada paso lo deprimía más.

No saldría de ese bosque, aunque quisiera.

Antes moriría devorado por los lobos y perdido en cualquier rincón.

Al fin comenzó a comprender la tranquilidad de Aodh.

Sabía que nadie inexperto se atrevería a adentrarse en esas tinieblas.

A pesar de que era de día, la oscuridad los envolvía y, en algunos tramos, apenas se veía lo que había a un paso.

Más adelante pudieron apagar las antorchas que se habían visto obligados a encender por culpa de la espesura.

El sendero se abrió de pronto, como si esos árboles se hubieran apartado para revelar un claro enorme.

Uno de sus laterales estaba enmarcado por gigantescas rocas verticales de aspecto sobrecogedor.

Al avanzar hacia él, los altos troncos aparecían más espaciados y, entre ellos, surgían cabañas de madera oscura.

Olía a resina, cuero y candela, cada vez con más intensidad.

Miró al fondo y vio que, en el centro del asentamiento, ardía una gran hoguera rodeada de piedras.

Sobre ella colgaban calderos de los que ascendía una columna de humo que se perdía entre las densas copas de los árboles, que hacían en parte de techo.

Aun así, los inundaba la luminosidad dorada de las antorchas clavadas en estacas.

Observó todo con asombro, sin perder detalle.

Había armas y escudos con símbolos de clanes apoyados contra los troncos, pieles extendidas sobre ramas para que se secaran y un arsenal de flechas amontonadas.

Daba la sensación de ser un grupo muy organizado, dispuesto a desaparecer ante cualquier aviso de peligro.

Los hombres que lo acompañaban se dispersaron entre las cabañas, saludando a los demás guerreros y a las mujeres que emergían de cada recoveco.

Todos mantenían la misma actitud alerta, sin permitirse el menor despiste.

Y, sobre todo, las miradas recaían en él, que percibía con creciente intensidad la curiosidad que despertaba.

Will siguió a Aodh, que avanzaba con paso seguro, como quien regresa al hogar de toda la vida.

Se acercaron a una pequeña cabaña y, en cuanto Aodh fue a echar mano del picaporte, la puerta se abrió de golpe y le dio de lleno en la cara, haciéndolo trastabillar.

Tropezó con Will, que se hallaba justo detrás, y cayó de espaldas al suelo.

Sin apenas tiempo para reaccionar, un grito femenino los sobresaltó.

Como un rayo, una mujer de tez morena se lanzó a horcajadas sobre el rubio vikingo.

Sollozaba y besaba su rostro con cariño.

Sonriente, él respondía apasionadamente a sus besos y la apretaba contra sí, sin ningún recato, palpando cada rincón de su menudo cuerpo.

Will comenzó a incomodarse un poco. Sin embargo, su atención se centró en un niño rubio de unos cinco años que asomó por el marco de la cabaña.

—¿Qué ocurre, Jork? —preguntó una dulce voz desde el interior.

—¡Aodh! ¡Es Aodh! —exclamó el pequeño, con los ojos más abiertos que Will hubiera visto nunca—. ¡Han vuelto!

En un parpadeo, se lanzó hacia los dos adultos que se abrazaban con una pasión más propia de la intimidad de una alcoba.

Una mujer joven apareció en el umbral. Tenía los ojos de un azul profundo y el cabello tan claro que parecía casi plateado. De un golpe seco, dejó caer al suelo una espátula que llevaba en la mano y se cubrió la boca, ahogando un sollozo de sorpresa.

Will no pudo apartar la mirada de la mujer, a pesar del gran jaleo que habían montado los otros. En medio de ese rudo asentamiento, ella destacaba como una visión onírica. Era una de las bellezas más exóticas que había visto.

Tras unos largos segundos de escrutinio silencioso, ella bajó la vista al trío que reía y se revolcaba en el suelo.

—¿Tienen por costumbre saludarse de esta forma? —preguntó azorado para romper el hielo, mientras recogía la espátula y se la entregaba.

Ella le dedicó una sonrisa tan radiante que tuvo que hacer un esfuerzo para no balbucear.

—Soy... el rehén de Aodh —logró decir con torpeza, rascándose la nuca.

Ella frunció el ceño, pero no dijo nada, aceptando la paleta de madera. Luego, se llevó la mano al pecho e inclinó la cabeza, sin atreverse a levantar la vista de sus botas.

—¡Eh, dejadme levantarme! —refunfuñaba Aodh entre risas e intentando liberarse del abrazo de esos dos.

Cuando logró ponerse en pie, el rubio se sacudió la ropa y rodeó la cintura de la mestiza, atrayéndola hacia sí con complicidad. Para su gran alivio, Aodh rompió el silencio incómodo.

—Te presento a mi esposa, Zahra, y a Jorvik —dijo, despeinando al niño. Luego, dirigiéndose a la ruborizada joven que aguardaba en la puerta, la saludó con una sonrisa cálida—. Y ella es la querida hermana de Tormod, Sorcha. Me alegro de volver a verte, preciosa.

Ella inclinó la cabeza con respeto.

—A mí puedes llamarme Jork —le dijo el niño y luego se dirigió al rubio—. ¿Dónde está mi tío, Aodh ?

—Ahora lo verás, está con Fiona ajustando... cuentas. —Le guiñó el ojo a Will, quien carraspeó—. No tardará, pequeño.

El niño resopló con impaciencia.

—Dice que es tu rehén —preguntó Sorcha con la misma voz dulce y sin mirarlo.

—Exacto...—contestó titubeante, tras echarle un vistazo rápido—. De momento. Ya veremos.

—Soy Williams McPherson, mucho gusto, señoras —se apresuró a decir él.

—¿McPherson? ¡Es un McPherson! —gritó el niño, llamando la atención de varios guerreros cercanos que comenzaron a cercarlos, curiosos—. ¿El guerrero del que tanto habéis hablado mi tío Tormod y tú?

El vikingo negó y se aclaró la garganta al ver la ceja alzada de Will.

—No exactamente, pequeño —contestó—. Williams es su hijo.

Un murmullo de aprobación recorrió el grupo que los rodeaba. Sin esperarlo, se detuvo en la desdeñosa mirada de un anciano.

—El hijo de un traidor —acusó, señalándolo con un tembloroso dedo. Will apretó los puños—. ¿Qué pinta este aquí? ¿Andrew es tan cobarde que nos manda a su hijo?

—Señor... —empezó a decir.

—Will, entra en mi casa —ordenó Aodh, adoptando una seriedad que no le había visto hasta entonces—. Luego hablaré contigo de esto.

Muy a su pesar, siguió a las mujeres y al niño al interior de la cabaña. Con nerviosismo, percibía las miradas de los guerreros clavadas en su espalda .

La impaciencia lo consumía mientras permanecía de pie en esa pequeña cabaña, esperando que Aodh entrara de una vez.

No sabía si sentarse, hablar o maldecir a causa de la tensión que llevaba pegada a la espalda.

El pequeño había corrido a sentarse en un banco y lo observaba con ojos brillantes, como quien mira a un héroe, y Will se sintió estúpido.

Intentó ignorarlo y se concentró en aguzar el oído para captar lo que hablaban fuera.

Sin embargo, le fue imposible, pues parecían haberse alejado de allí.

Dentro reinaba una penumbra cálida. Un par de lámparas de aceite iluminaban la estancia y el olor a hierbas secas y humo los envolvía.

Sobre el suelo se extendían pieles y, al fondo, se hallaba una mesa baja con algunos cojines grandes dispuestos como respaldo.

En un rincón, un telar mostraba hilos de colores y, sobre este, en una repisa, descansaban figuras de animales talladas en madera.

Las dos mujeres amontonaban unos cuencos de barro encima de otra mesa.

Sus movimientos eran muy silenciosos. Cualquier ruido le parecía estridente, sumidos en aquel mutismo espinoso.

—Íbamos a disponer la mesa para comer —dijo Zahra, sobresaltándolo—. Siéntate, por favor.

Ella le señaló el rincón del suelo y él se lo agradeció.

Se quitó el abrigo y lo colgó de un saliente junto a la puerta.

Luego, se sentó sobre las pieles, junto a la mesa, y acomodó la espalda sobre uno de los cojines.

Aquello casi le arrancó un gemido. Percibir esa suavidad en la espalda después de tanto tiempo a caballo y durmiendo sobre suelo pedregoso era como reposar sobre algodones.

Desde allí pudo contemplar la escena que se representaba delante como si él no existiera.

La mujer de Aodh era de piel canela, rasgos finos y cabello rizado muy oscuro, recogido en un moño descuidado.

Era menuda, no obstante, desprendía una seguridad en sus gestos que la hacían grande, como si emanara una fuerza interior que la hacía resaltar.

Entregó una olla mediana a Sorcha y esta buscó con la mirada a su hijo.

—¿Vas a luchar con nosotros? —le preguntó Jork, antes de que su madre hablara.

—Shhhh —chistó Sorcha, indicándole que se callara—. Eso no es asunto de niños, hijo.

Williams esperó expectante a que el chico la contradijera, en cambio, apretó los labios y guardó silencio para su más absoluta sorpresa.

La mujer se acercó al niño con rapidez.

—Acompáñame, iremos a por la sopa.