Almas Rebeldes XIII #2
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XIII #2

Era absurdo. Su Psique era clara como el agua de un río.

Se la veía venir de lejos y no era nada traicionera.

Jamás lo dañaría; era un alma pura, transparente...

Aunque sí le daba la razón en algo: era puro fuego y su mirada lo calentaba tanto que apenas contenía las ganas de abrazarla cuando la tenía cerca.

La deseaba como mujer desde hacía demasiado tiempo.

Quizás sí tuviera algo de bruja, pues lo tenía subyugado.

Esos últimos años no se excitaba por ninguna otra.

Las mujeres a las que visitaba necesitaban esforzarse mucho para despertar su interés.

En cambio, le bastaba verla a ella para sentirse desbordado.

Es más, con solo pensar en ella notaba algunos tirones en su entrepierna ¡Joder!

Soñaba con hacerla suya y, por culpa de ese par de cabrones, nunca podría declararse.

Un cabreo monumental lo enervó y espoleó su caballo:

—¡Idos a la mierda! —gritó sin pensar y avanzó—. Sigamos.

Tras recorrer un buen trecho, miró por encima de su hombro. Discutían y dirigían gestos no muy tranquilizadores. Los esperó con paciencia.

Tormod

—¿Desde cuándo da él las órdenes? —rumió Tormod contemplando cómo se alejaba Will al trote.

—No lo sé —dijo Aodh, acariciándose la barba, distraído—. Pero me recuerda a su padre. Quizás sea algo más desconfiado, y tampoco sabemos cómo es ahora nuestro amigo.

—¿Amigo? —rio con sarcasmo—. No creo que nos estime mucho después de lo que hemos hecho.

—Siempre seremos hermanos de sangre, Tormod  —insistió—. Nos ayudará .

—Ya no nos necesita. No quiere destruirse, como bien sabes que hacía.

—Eso parece. La mujer que lo soporta debe de ser una buena pieza para haber conseguido que se perdone, ¿verdad?

—Me pregunto cómo será su pelo —respondió, pensativo.

—¿Otra vez con tus teorías? —Puso los ojos en blanco—. Son una estupidez y lo sabes. ¿Por qué le hablaste de ellas?

—Comentó que le dolía el corazón por una pelirroja y ya sabes cómo me despedí de Fiona... —Se aclaró la garganta, algo apurado—. Intenté abrirme un poco con él. Pensé que sería bueno ganarme su confianza y que me contara más de su vida. Sin darse cuenta largaría sobre Andrew.

—Echo de menos la compañía de ese cabezota —dijo con sinceridad—. Creo que por eso me cae bien este muchacho. Me recuerda a él.

Tormod lo miró con inquina.

—Sí, ya os he visto muy unidos estos días. —Le dirigió una sonrisa sarcástica—. Espero que no te enamores de él, te recuerdo que tiene alguien esperándolo.

—Estás celoso.

—¿Yo? —dijo demasiado rápido—. Te estimas demasiado, rubia.

Tormod espoleó su caballo tras el chico, que los observaba sin perder detalle.

Oyó a Aodh jurar por lo bajo, lo que le arrancó una enorme sonrisa de satisfacción.

Le encantaba reírse a su costa y sí, estaba algo celoso.

Era el único con quien hablaba de todo, aparte de Fiona y...

Andrew McPherson. Entendía su deseo de rehacer su vida lejos de ese peligroso mundo, pero no podía ignorar su pasado ni su pertenencia a ese linaje .

Pasó por el lado del muchacho sin mirarlo y cabalgó un buen trecho más rápido de lo habitual. Ya quedaban pocas millas para llegar a su “hogar”. Deseaba descansar y disfrutar de un buen guisado de ciervo de su Fiona. Torció una mueca al pensar en ella.

Sabía que su acogida no sería fácil. No lo aceptaría a la primera, pero confiaba en que sí a la segunda. Cuánto echaba de menos hundirse entre sus piernas y perderse en sus profundos ojos negros...

De pronto, un zumbido agudo en su oído lo alertó de un peligro. Una flecha se había clavado en el suelo muy cerca. Detuvo el caballo y miró a su alrededor, intentando saber de dónde venía. Después de un rápido vistazo, localizó unas enormes rocas a una distancia prudencial.

Y entonces la vio.

Una figura alta emergió desde detrás de las piedras, avanzando con paso firme.

El sol brilló con destellos rojizos sobre su melena salvaje, y sus ojos negros como la noche sin luna lo atravesaron con una furia que haría retroceder a un oso.

Su pecho se calentó y sonrió agradecido por verla viva.

La tenía justo como quería: hecha una fiera. Era su...

—Fiona... —canturreó Aodh, alargando el nombre—. Creo que hoy no te salva ni el mismo Thor.

—Es pelirroja —comentó el muchacho con cierta diversión en su voz.

Tormod lo miró con indiferencia.

—Sí, y tú eres idiota, pero aquí estamos ¿no?

Fiona seguía avanzando imponente. Apretaba la mandíbula y tensaba una nueva flecha en su arco. No hablaba. Tampoco hacía falta. Se detuvo al lado de su caballo.

El silencio era más lapidante que cualquier ruido .

—Me alegro de verte, mi bella esposa —le dijo este inclinándose para acariciarle su mejilla.

Ella cerró los ojos y ladeó la cabeza aceptando su caricia. Tormod emitió un gruñido satisfecho.

—Yo también me alegro de verte, querido esposo.

Confiado, le ofreció la mano para ayudarla a subir a su caballo, pero Fiona le lanzó el arco al pecho.

Al no esperarlo, perdió el equilibrio y antes de que pudiera reaccionar, ella lo agarró por el cinturón y lo arrancó del animal como si portara un saco de grano.

Tormod cayó de espaldas al suelo con un bufido ahogado.

Al segundo, Fiona estaba a horcajadas sobre él, inmovilizándolo. Tormod la contempló mudo, mientras sacaba una flecha del carcaj que llevaba a la espalda. La apoyó con suavidad sobre su cuello.

—Tenemos —dijo en voz muy baja y peligrosa— muchas cosas de las que hablar.

Aodh y Williams se hallaban petrificados, atentos mientras esos dos se fulminaban con la mirada.

Al fin, Aodh reaccionó.

—Bueno, chico, será mejor que nos vayamos —dijo tragando saliva—. Yo también me alegro de verte, mujer —dirigiendo un último vistazo a Tormod añadió—. Suerte. La vas a necesitar.

Fiona giró la cabeza con lentitud hacia ellos.

—Largaos.

Los hombres se miraron entre sí y tiraron de las riendas de sus caballos.

Tras un largo trote, Aodh murmuró con una sonrisa torcida:

—Nunca enfades a una pelirroja .

Era absurdo. Al echar un vistazo atrás, la vio gesticular con las manos, todavía encima de él.

Siguieron cabalgando unas millas más, dejando atrás las extensas llanuras, y se adentraron en un espeso bosque de pinos silvestres, abedules y enebros.

¿Adónde lo llevaría ese guerrero? Parecía impaciente a cada paso.

Entonces, el rubio le pidió que se detuviera y sacó un cuerno que hizo sonar.

El sonido resonó como un trueno en la quietud que parecía envolverlos en el último tramo.

Enseguida, crujidos de pisadas procedentes de varias direcciones los rodearon entre los árboles y, casi sin darse cuenta, un grupo de guerreros con un aspecto igual de feroz que el de su acompañante los hizo frente.

El corazón de Will era el preludio de la emoción que lo inundó.