XIII
Después de cruzar la falda de esas montañas, llegaron a unas llanuras.
Eran de un color tan imposible que pensó que las imaginaba.
El follaje anaranjado del brezo contrastaba con el azul del cielo.
Todavía quedaban algunas nubes bajas que, poco a poco, se replegaban para dejar paso al esplendoroso día que se auguraba.
Al contemplarlo embelesado, recordó a Psique con melancolía.
Agarró el anillo que colgaba de su cuello y cerró los dedos con fuerza alrededor de él.
—¿Qué te ocurre? ¿Te duele algo? —preguntó Tormod, quien se había parado justo a su lado y lo observaba de reojo.
—El corazón —respondió sin importarle que lo escuchara. ¿Acaso opinaba alguna vez de algo ese hombre huraño?
—Vaya —dijo—, una mujer te espera a la vuelta. Me alegro por ti.
Williams giró el cuello hacia él, muy sorprendido. Su expresión era neutra y resultaba difícil predecir qué pensaba. Su persistente máscara de indiferencia lo ponía nervioso.
—¿Te alegras, Tormod? —soltó estupefacto—. Gracias a ti no volveré a verla .
—Bueno, no es malo mantener la esperanza. —Tras una leve pausa añadió—. El amor te hace más fuerte, al contrario de lo que piensan muchos.
«Eso es gracioso, viniendo de un guerrero insociable como él», pensó, alzando las cejas.
—¿Has estado enamorado alguna vez?
El guerrero no le contestó, y sonrió de forma enigmática. Williams bufó y dirigió su atención a Aodh que inspeccionaba la zona de posibles peligros más adelante.
—Dime —dijo, volviendo a sorprenderlo—, ¿es bonita? —Williams sonrió sin darse cuenta, como siempre que pensaba en ella—. Vaya, debe de serlo, a juzgar por esa cara de bobo que pones.
—Esas flores me recuerdan a su cabello de fuego —dijo ensimismado.
Entonces, extrajo del bolsillo de su chaleco el pañuelo donde guardaba el mechón de pelo de Psique y lo desenvolvió para mostrárselo.
El guerrero resopló de forma exagerada y eso le extrañó mucho.
—Las pelirrojas son traicioneras, hijo...
Entonces, al oírlo, recordó la conversación que tuvo con su padre mientras dibujaba el anillo que llevaba al cuello:
—Me gusta verte diseñar, hijo. —Hizo una pausa mientras observaba el dibujo en el pergamino—. Es un anillo.
Williams comenzó a transpirar. Desde que lo había visto entrar en el despacho, esperaba que le preguntara por él. Como no le respondió, Andrew se sentó en el sillón delante del escritorio y esperó.
—Will, sé que eres apreciado entre las campesinas, a las que visitas bastante, por cierto...
Clavó sus ojos en él, interesado.
—¿Y tú qué sabes de eso?
—Bueno, a veces los hombres somos muy chismosos. Digamos que hablamos de bastantes cosas.
—Ronald —gruñó. Andrew intentó disimular su sonrisa rascándose la nariz—. Lo mato.
—Bueno, no hacéis nada malo en liberar tensiones, pero creo que lo más importante se lo guarda. Verte dibujar eso ahora —señaló el papel— me preocupa más.
Resopló y siguió trazando el carbón sobre el papel.
—Es para alguien muy especial —dijo sin dejar de dibujar—. Es un anillo de pedida. Pienso dárselo antes de irme.
Oyó cómo su padre contenía el aliento y lo soltaba poco a poco.
—¿Crees que si se lo das antes te aseguras el puesto? —Will se mordió el labio—. Es un poco egoísta, ¿no crees?
Soltó el carboncillo y puso las manos sobre la mesa. Lo miró con atención.
—No podría vivir sin ella.
Era cierto, y sentía tanto miedo de perderla que solo se le ocurría esa forma de impedirlo. No podía largarse sin más, era demasiado perfecta, cualquier hombre que la conociera intentaría conquistarla en su ausencia .
Andrew le sostuvo la mirada sin parpadear. Intentaba encontrar en él alguna debilidad que indicara dudas o que estaba exagerando; lo conocía bien. Finalmente, asintió.
—Pero eso no te da derecho a atar a nadie. No sabes cuándo volverás. Puede que tardes meses, incluso años en regresar si quieres hacer buena fortuna ¿Es eso lo que te preocupa? ¿No darle una buena vida? ¿Quieres vestirla con sedas y que pase los días adornando los jarrones de tu hogar?
Williams apartó la mirada unos segundos.
—Ella es de buena posición —adivinó su padre con pesar.
—Es... —suspiró con desánimo— una McAllen.
La vena de su cuello se hinchó y la cicatriz de su cara pareció tensarse un poco. Andrew cerró los ojos. Cuando los abrió no había disgusto en ellos, solo una sombra de dolor.
—Antes de conocer a tu madre quise a otra mujer, también era noble. —Williams parpadeó, asombrado por la confesión—. Yo era el hijo de un simple mercader que hizo una buena fortuna. Pero éramos tan amigos que pensé que eso sería suficiente. Estaba seguro de que ella aceptaría casarse conmigo.
Como su padre calló en una profunda reflexión, Williams lo instó a seguir:
—¿Qué ocurrió, padre?
Andrew alzó las cejas un instante y volvió a fijar la vista en su dibujo.
—Ella se enamoró de otro. Era un laird y al principio pensé que lo prefería a él por su posición.
—Las palabras retumbaron en su mente como un trueno.
Ese era su profundo y más temido miedo al hacer ese viaje—.
Pero estaba equivocado. No me amaba y no supe verlo a tiempo.
El deseo de poseerla me cegó, no me dejaba ver la realidad.
Caí en un agujero del que pensé que nunca saldría...
Hice cosas de las que me arrepiento mucho, Will. Hasta que conocí a Catalina.
Williams lo acompañó con una sonrisa. Su madre era capaz de dar su vida por los suyos sin dilación. Un profundo amor se reflejaba en la expresión de Andrew cuando la nombraba.
—No tienes que hacer ese viaje, hijo. Siempre serás suficiente para ella si te quiere de verdad.
—Lo sé, pero no será suficiente para mí ni para su familia, padre —confesó a pesar del dolor que le provocaba mostrar sus temores.
Andrew asintió. Era una cuestión de dignidad y, por mucho que le pesara, debía alcanzar la madurez y la seguridad que le faltaban para afrontarlo todo.
—¿Le pedirás su mano antes de partir?
—No lo sé, padre. No estoy seguro de nada.
—Si siente lo mismo que tú, ella te esperará hagas lo que hagas.
Williams miró el dibujo del anillo a medio terminar y cerró los puños con fuerza.
—Forjaré este anillo —afirmó con firmeza.
—Espero que sea bonita y me dé preciosos nietos.
—La más bonita —sonrió ante la idea y añadió—. Tiene el cabello de fuego más hermoso...
Andrew bufó de nuevo. Él se interrumpió, extrañado.
—Las pelirrojas son traicioneras, hijo. —En sus ojos había un brillo de diversión. Luego su voz sonó rotunda, como si le cediera una importante enseñanza—. Ni el tiempo vuelve, ni la vida se repite. Busca la felicidad, McPherson .
Un carraspeo exagerado lo arrancó de su recuerdo.
—No has oído nada de lo que te he dicho, ¿verdad?
—gruñó, Tormod, arrancándolo de su ensimismamiento—.
Te digo que el color de su cabello las condiciona a ser de una forma u otra.
—Al ver que por fin estaba interesado, continuó levantando un dedo—.
Las morenas son peligrosas. Es como si ya supieran siempre más que uno.
Te hacen dudar de ti mismo... Nunca estarás tranquilo con una a tu lado.
Williams pensó en su madre y su fuerte carácter. La verdad era que ella no solía guardar mucho lo que pensaba, es más, pecaba de sincera y eso le daba luego malos ratos. Sin embargo, sí que era más lista que el hambre.
Asintió de acuerdo y Tormod siguió su razonamiento tras aclararse la garganta:
—Luego tenemos a las rubias. Aparecen cuando menos te lo esperas, como una ardilla.
Son curiosas, observadoras y manipuladoras.
—Como frunció el ceño, confundido, se explicó—.
Tienen aspecto de hada del bosque, pero son brujas temibles capaces de darle la vuelta a cualquier cosa que digas sin que apenas te des cuenta.
Luego acabas preguntándote: «¿Cómo lo hizo? ».
Williams rio y negó con la cabeza, cada vez más divertido.
—Eso no tiene sentido.
—Exacto, por eso les funciona tan bien. Por último, tenemos a las pelirrojas —Williams se cruzó de brazos, dispuesto a oír qué tenía que decir de ellas—, que tienen fuego dentro.
Una mirada suya puede calentarte hasta hacerte arder.
Por eso son traicioneras: te engañan sin esfuerzo, pues su brillo nos ciega y nos hace creer lo que quieren, aunque después resulte ser lo contrario.
Son traicioneras, volubles... —Calló unos segundos y a Will le pareció que rezaba alguna plegaria interior— y vengativas.
Guárdate de ellas, chico. Tú diles que sí a todo y, luego, cuando se descuiden, huye muy lejos.
—¿Otra vez con lo del pelo? —intervino Aodh, apareciendo tras terminar la inspección—. ¿A quién le toca hoy? ¿A las morenas, rubias o pelirrojas?
Su amigo se giró hacia él, indignado.
—A todas, como siempre —dijo de malas pulgas—. Son todas unas brujas engañosas.
—Me gustaría saber qué opina Fiona de eso.
—Ella no tiene que opinar nada, es una mujer —dijo casi con un gruñido.
Will alzó las cejas, interesado. Estaba asombrado de lo mucho que había hablado Tormod esa mañana. En ese viaje solo lo había oído gruñir o decir cuatro palabras contadas para regañar a Aodh.
—¿Sabes qué le pasa? —le preguntó este último con expresión maliciosa—. Que nos queda poco para llegar y teme dar muchas explicaciones.
Tormod acarició la empuñadura de su espada colgada de su cinto. Aodh ni se inmutó, regalándole una sonrisa triunfante.
¿Esos dos brutos insensibles tenían pareja? Tal vez esa Fiona fuera una simple ramera, pero parecía temerla bastante. Además, después de todas esas duras declaraciones en contra de las mujeres... ¿El temor era tan latente como dejaba entrever? ¿De qué color tendría el pelo Fiona?
Aguantó una carcajada.