XII #2
—Todavía estás a tiempo de arrepentirte, Psique —dijo Ronald—. Esto no será agradable. Será duro. Nos lloverá, dormiremos a la intemperie. Trabajarás como un hombre, te saltarás comidas...
—No voy a abandonar si eso es lo que pretendes contándome tantas calamidades.
—Soy realista, Psique...
—John —corrigió Catalina con un suspiro.
Él frunció el ceño.
—Deberías irte y quedarte cosiendo o lo que sea que hagas en tu hermosa mansión.
—Yo no coso, pinto.
—Peor me lo pones, por lo menos si coses haces algo útil.
Psique respiró profundo. Una, dos, hasta tres veces antes de responder.
—Quizás te asombre, Ronald —siguió Psique, aprovechando la interrupción—. Cuando el cuerpo está al límite, reacciona mejor. Se vuelve más rápido, más fuerte...
—O más torpe —gruñó este.
Psique lo miró de reojo, desafiante. Si pudiera ya le habría soltado un sopapo que le habría puesto la cara del revés.
—De momento solo noto que me duelen partes del cuerpo que no sabía que tenía, pero nada que me haga arrepentirme —soltó siseando las últimas palabras .
—Eso significa que vas por el buen camino —dijo Catalina con una risita.
El guerrero bufó, pero no pudo esconder el brillo divertido de sus ojos a pesar de sus intentos de amedrentarla.
—Pobre quien tenga que soportarte, Ronald.
—Eso si encuentro a alguien —dijo fijando la vista en unos guerreros que parecían reírse algo más adelante.
—Si sigues por esa línea te aseguro que huirán despavoridas.
—No te creas —replicó él con una sonrisa llena de misterio.
—Por desgracia hay muchas mujeres que encuentran encantador ese carácter de mula vieja —soltó Catalina.
Psique soltó una carcajada tan espontánea que incluso el caballo movió las orejas.
Ronald iba a protestar, pero un guerrero del grupo se volvió hacia él y le indicó con una mano que se acercara.
—¡Eh, amigo! Ven, tenemos un dilema y necesitamos una opinión sensata. —Y fijó su atención en ellas—. Vosotros también, cuantas más ideas mejor.
—Estoy muerto —murmuró Ronald a la vez que asentía con una sonrisa forzada más parecida a un dolor de muelas.
Había empalidecido de golpe. Y Psique creyó que se desmayaría.
—Tranquilo, Ronald —susurró ella—. Confía en David y John.
Él pasó la vista de una a otra y tragó saliva. Conocía la tendencia de Psique a no callar y apostaba lo que fuera a que Catalina era igual. No lo culpaba por desconfiar .
Ronald resopló. Luego endureció la mandíbula y miró al cielo en un ruego interno.
—Ese es el problema: que no confío en vosotras —dijo con seriedad, virando el caballo hacia ellos. Entre dientes, añadió—. Seguidme y, por lo que más queráis, no olvidéis que sois hombres.
Ambas avanzaron detrás de él. Psique notaba que el corazón se le saldría del pecho de un momento a otro. Se sintió muy pequeñita y por primera vez dudó de su valentía.
De repente, Catalina se acercó un poco en su montura y le susurró:
—Si te bloqueas, imagínatelos con uno de tus vestidos cosiendo.
Psique parpadeó y observó pasmada cómo esta salía tras Ronald. Sin esperar un instante más, espoleó su caballo mientras trataba de procesarlo. ¿Había oído lo que había oído?
El guerrero que los había llamado se inclinó hacia ellos con una sonrisa pícara a modo de saludo. Psique agradeció que no hicieran presentaciones. De momento, fácil.
El grupo estaba formado por unos cuatro hombres de entre veinte y treinta años.
Eran fornidos, intimidantes y andaban algo desgreñados.
No creyó que se hubieran esmerado mucho en su aspecto al partir.
Al menos, iban correctamente vestidos, a pesar del polvo levantado.
El que les había hablado parecía el más experimentado.
Sonreía de oreja a oreja en su afán de maestro de cuadrilla.
—A ver, muchachos —dijo este en voz baja, creando expectación—. Estamos discutiendo algo importante.
Hizo una pausa.
De un vistazo, comprobó que Ronald apretaba tanto la mandíbula que creyó que se la partiría. Catalina, en cambio, guardaba la mirada baja, pero mantenía una postura relajada, como si llevara toda la vida viajando con ellos. Era admirable.
—¿Qué preferís? ¿Una mujer que os prepare una buena comida caliente... o una cama caliente?
Ronald, rígido como un poste, no contestó. Tal vez, aguantaba el dolor de haberse partido una muela.
Catalina parpadeó dos veces, pero bufó.
Psique sintió que el alma se le caía a los pies, pues no tenía ni remota idea de qué significaba eso último.
Ronald rio estúpidamente, todavía seguía más rígido que una piedra.
Los guerreros esperaban, como si la pregunta fuera de vital importancia.
—Pues... —empezó Ronald—. Depende del día ¿no?
El guerrero mayor asintió con entusiasmo.
—Exacto, eso mismo pienso yo —dijo.
Otros dos rieron y el último se rascó la barba, pensativo.
—Una buena comida es importante. Si no comes, no rindes —opinó Catalina con voz grave y bien conseguida.
—¡Estoy de acuerdo! —comentó el más barrigón.
—¿Y tú qué piensas, muchacho? —preguntó el mayor a Psique, provocándole casi un vahído.
Inspiró hondo.
«Psique, eres valiente, ingeniosa y puedes con todo este ejército de memos vestidos de satén rosa mientras zurcen una colcha de matrimonio para su boda», se dijo, infundiéndose valor .
Ronald soltó una carcajada profunda, intentando disimular sus nervios.
Psique notaba que le bajaba una gota de sudor frío por la nuca, sin embargo, la imagen en su cabeza le hizo tanta gracia que soltó de golpe el aliento que contenía sin percatarse. Como magia, las palabras fluyeron por sí solas en sus labios.
—Tampoco está mal tener a alguien que te acompañe cuando hace frío —soltó.
Su madre le decía a su padre muchas noches que no tardara mucho en acostarse porque la cama le resultaba demasiado fría.
—Ahí está —gritó el del fondo que se rascaba la barba—. ¡Tú sí que sabes!
Ronald cerró los ojos con un suspiro de alivio.
—¡Eh! Te veo un poco tenso, amigo —le dijo uno a Ronald.
—No, que va, hombre. Es solo que no he ido al baño como hubiera querido y...
Ellos siguieron hablando animadamente de mujeres e intestinos atascados. Catalina y Psique se miraron aliviadas. Poco a poco, se quedaron rezagadas hasta que pudieron hablar sin peligro de que nadie más las escuchase.
—Los imaginaste —dijo Catalina con un brillo divertido en los ojos.
Psique rio en respuesta. Al momento, la otra la acompañó.
—Fue... inspirador —respondió Psique, al fin—. La colcha para su boda les quedó de cuento.
Catalina resopló.
—Los míos cosían las enaguas de sus esposas, mientras estas leían un libro .
Psique se aguantó la risa. Catalina estaba igual. Morían por hacerlo a carcajadas, pero era muy peligroso. Poco a poco, lograron serenarse.
—Catalina...
—Dime.
—¿Puedo preguntarte algo?
—Claro, soy toda oídos.
—¿Qué significa eso de calentarle la cama a un hombre?
Oyó cómo retuvo el aire y luego lo soltaba de sopetón. Un brillo en los ojos le indicó que le encantaba la pregunta. Con voz melodiosa comenzó a decir:
—Hace muchos años, viajaba en carruaje junto a una dama inglesa y su criada.
La muchacha, tan directa como tú, me pidió que le explicara eso mismo.
Ella... no tenía una madre que le contara los entresijos entre un marido y su esposa.
Pero creo que tú sí la tienes y, por lo que he oído, Charlotte es una persona muy competente.
Psique seguía sin entenderla. ¿Qué tenía que ver eso con la pregunta que le había hecho?
—¿Conoces a mi madre?
—No he tenido el gusto.
Ante su mutismo, continuó, inclinándose un poco hacia ella.
—Calentar la cama no es más que una forma de decir que alguien te hace la vida más agradable.
Que te acompaña, que te da consuelo cuando hace frío, que está ahí cuando lo necesitas...
—se detuvo, sopesando cómo seguir—. Cuando hables con tu madre, pídele que te lo explique bien.
Si después de eso sigues teniendo dudas, ven a verme .
Psique suspiró con fastidio. A pesar de haber entendido su explicación, parecía contener más significados que esas simples palabras.
Ella deseaba justamente eso con Will, calentarle la cama todas las noches.
Un vozarrón grave, unos pasos más allá, interrumpió sus íntimas reflexiones y las hizo sobresaltarse.
Un jinete de cabello oscuro y gran atractivo detuvo al grupo con una orden. Era fuerte, algo áspero, y una cicatriz le cruzaba el rostro. Parecía ser el mandamás y, por la rigidez que adquirió la mujer que cabalgaba a su lado, adivinó que lo conocía bastante.
—A ese le calentaba la cama a cualquier hora del día.
Sin lugar a dudas era su esposo, Andrew McPherson.