Almas Rebeldes XII
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XII

Como Ronald les prometió, las recogió en el lugar acordado junto al árbol. Psique y Catalina se adentraron en el grupo de soldados montadas a lomos de sus caballos y disfrazadas con ropas masculinas hasta las orejas. Ninguna levantaba la vista ante la posibilidad de ser descubierta.

A Psique, el sudor causado por la inquietud le picaba bajo esas capas de ropa pesadas y demasiado rústicas.

Después de todo, agradecía la faja alrededor de su pecho, pues la protegía del roce en esa delicada zona.

Estaba segura de que, si se desnudaba, tendría el cuerpo entero muy irritado.

No estaba acostumbrada a tejidos tan bastos y, hasta que no lo hiciera, le resultarían un suplicio.

En cambio, a Catalina no parecían molestarle y supuso que sería porque solía usarlos a diario en sus vestimentas.

Eso le dio mucho que pensar. Ella llevaba una vida cómoda, rodeada de lujos y sin apenas esfuerzos.

Todo le parecía nuevo e inseguro. En cambio, la madre de Will, a pesar de sus años, rezumaba fuerza y se movía con una seguridad pasmosa.

Las diferencias de posición entre ambas eran evidentes; no obstante, se hallaban juntas con un mismo fin y parecían entenderse bastante bien.

No sería tan difícil adaptarse a una vida menos lujosa si se unía a Will, ¿verdad ?

Las dos jinetes iban a la par de Ronald. Este, cauteloso, se había situado en uno de los laterales del grupo, manteniéndolas apartadas.

Psique intentaba que el vaivén del caballo no delatara lo tensa que estaba.

El aire le parecía pesado. El olor a cuero, sudor y polvo levantado por los cascos de decenas de caballos se le metía en el pecho.

Sentía que caminaba sobre una cuerda floja que podía romperse con cada paso que avanzaba.

A la vez, la emoción de estar allí, mezclada entre soldados que no sospechaban nada, la excitaba.

¿Sería eso mismo lo que sintió su madre cuando se embarcó en su delirante aventura?

El bosque se abría húmedo y sombrío. Psique aprovechaba esa falsa seguridad momentánea para mirar de reojo a Catalina, que cabalgaba a su lado con la espalda recta y vista baja. Parecía tranquila, aunque sus dedos apretaban las riendas con más fuerza de la necesaria.

Antes de entrar en el bosque había visto a Ronald preocupado y temeroso.

En ese momento, cabalgaba con naturalidad, como si escoltar a dos mujeres disfrazadas de hombres fuera lo más normal del mundo.

¿Habría bebido? Tal vez un trago para calmar los nervios.

No había prometido dejar de beber, sino no emborracharse, así que no lo descartaba.

De vez en cuando, giraba la cabeza lo justo para comprobar que seguían bien y con eso parecía bastarle.

El grupo avanzaba entre murmullos, algunas risas apagadas y el choque metálico de las armas.

Sin poder evitarlo, la inquietaba que su sirvienta encontrara demasiado pronto la nota que había dejado sobre la cama. En ella confesaba a sus padres lo que le había nacido del corazón:

«Tomé una decisión, pues debo buscar mis propias respuestas. Desde ahora, asumiré todo lo que venga, sean cuales sean las consecuencias. Perdonadme, papá y mamá. Volveré. Os amo. Psique».

¿Adivinarían lo que había hecho? No las tenía todas consigo. Conocían lo de la partida de McPherson, Ronald se había encargado de tenerlos al tanto. Y sería demasiada casualidad que justamente desapareciera ese mismo día que partían.

Esperaba que la entendieran y la dejaran seguir adelante con el plan. Ya conocían su ferviente deseo de saber de Will y no descartaba que su padre, junto a su tío Cameron, salieran tras el grupo de Andrew McPherson, tal y como había predicho Ronald esa misma noche.

El camino comenzó a inclinarse y el paisaje se abrió un poco más.

Los rayos de sol despuntaban por el horizonte y entre los árboles.

Psique alcanzó a ver un claro lejano. La luz suave hacía brillar el polvo y, regida por la curiosidad, levantó la vista.

Por primera vez, el mundo le pareció enorme, vivo e interesante.

Lo desconocido le era tan emocionante que notó su corazón latir más rápido.

Debió exteriorizarlo de alguna forma, pues Catalina cabeceó hacia ella, indicándole que bajara de nuevo la cabeza. Psique obedeció en el acto.

El padre de Will conducía el grupo junto a Miles Allan y Edward McCain.

Catalina debería sentirse intimidada ante esos tres, pero sobre todo ante su esposo.

¿Qué ocurriría cuando revelara su identidad?

Los hombres de aquellas tierras eran quienes mandaban e imponían castigos por desobediencia.

La mujer, aunque participara en el día a día y gozara de bastante libertad de decisión, era, después de todo, una mera extensión del hombre.

No como un brazo o una pierna, sino como un simple dedo de la mano.

¿Qué importaba perder uno si tenía muchos más?

Nada les impedía quedar siempre por encima de ellas o tratarlas como basura cuando les interesaba .

La señora McPherson se veía decidida. Era valiente y daba la impresión de ser capaz de doblegar a cualquiera con ese carácter fuerte e ingenioso. No obstante, frente a su esposo no tendría nada que hacer, estaba segura.

En su caso, su familia era distinta, extraña y poco común...

Su madre, Charlotte, ejercía el mismo poder que su padre, tanto de puertas adentro como fuera de casa.

Entre ellos existía un pacto de igualdad que no solía darse.

Ni siquiera entre sus tíos. Cameron McAllen, aunque adoraba a su esposa Adele, imponía su última decisión a ojos de los demás.

Había sido testigo de ello en muchas ocasiones durante sus visitas al castillo.

En cambio, sus padres practicaban el afecto mutuo. Razonaban cada decisión en pareja y cedían en favor del otro sin el mínimo inconveniente.

¿Sería por eso por lo que había elegido a Will como mejor amigo? No era dominante, sino sensible y divertido. Nunca buscaba el conflicto, y veía lo positivo y productivo en las situaciones difíciles.

¡Cuánto lo añoraba! Seguro que, en una situación como esa le diría: «Nada es imposible, y menos para ti. Eres única».

Notó que se sonrojaba bajo el plaid y resopló ofuscada. Siempre le ocurría cuando pensaba en él.

Entonces, recordó la conversación pendiente con Ronald. Williams ya tenía un anillo de pedida para alguien. ¿Habría conocido a alguna mujer en ese viaje que le había robado el corazón? Pero ¿y si la conoció antes de partir? ¿Y si se trataba de alguna lugareña?

Echó otro vistazo rápido a Catalina. Ella debía saberlo.

Si Williams había confiado en su madre para contarle sobre ella, con seguridad también sabría de quién se había prendado.

Se mordió el labio inferior. ¿Estaba haciendo el viaje en vano?

Era absurdo darle vueltas al tema, lo único que conseguía era hundir el dedo en la llaga. Y escocía bastante.

—¿Vais bien? —preguntó Ronald, sobresaltándola.

Él gruñó algo entre dientes ante su arrebato, que supuso que no sería nada bueno.

—Perfectamente —susurró.

Catalina, en cambio, asintió sin decir nada.

—Te dije que no hablaras, John.

—¿John? —cabeceó hacia él con los ojos entrecerrados—. Si no quieres que hable no preguntes.

—¿Ves que Catalina contestó con la cabeza? Apréndetelo para la próxima. —Como no le respondió, continuó—. John o David, escoge tú.

Psique agachó la cabeza y siguió cabalgando como si nada. Ronald era insoportable cuando quería, aunque esta vez lo entendía. En realidad, estaba cansada, pero no pensaba decírselo. Sabía que el viaje sería agotador y confiaba en acostumbrarse pronto. No podía ser tan difícil, ¿verdad?

A su lado, Catalina se mantenía firme, como si esas millas recorridas fueran en realidad un paseo matutino.

Calculaba que tendría cincuenta y pocos años, más o menos.

A pesar de haberla visto a la luz de la luna, apreció su belleza brillante, de esas inmortales que fascinan por la sensualidad de sus rasgos.

Debía de haber roto muchos corazones antes de acabar casada con Andrew McPherson.

En una ocasión, Will le había contado que su madre se quedó embarazada de él a una edad avanzada.

En aquel momento, después de conocerla en persona y notar el halo de fuerza que desprendía, moría por conocer su historia.

Poco a poco, acabaron algo apartados del pelotón y se atrevió a dirigirse a ella .

Carraspeó para que la oyera y esta le dirigió una mirada interrogadora bajo el ala de su sombrero.

—David, ¿necesitas descansar?

Ronald resopló, disgustado. Psique lo ignoró.

La mujer la miró con sorpresa al principio, luego puso los ojos en blanco.

—No necesito descansar todavía, pero creo que tú sí —espetó.

—Lo reconozco, no estoy muy acostumbrada a montar. Suelo utilizar el carruaje para moverme.

—¿Creías que ser joven te haría inmune al cansancio? —añadió con un brillo burlón en sus ojos.

Psique abrió la boca para contestar, pues se sintió estúpida y se dio cuenta de que podía haber ofendido a Catalina, pero el caballo dio un pequeño trote y tuvo que aferrarse con fuerza a la montura para no perder el equilibrio.

—Resistente, quizás —musitó, avergonzada.

—Claro —respondió Ronald—. Como un polluelo tratando de volar como un halcón.

—No creo que hayas logrado mucha fortuna estos dos años haciéndote el gracioso, Ronald.

—No, por suerte no me hizo falta hacer de bufón. El negocio no fue mal, la verdad.

Psique se quedó en silencio. Les había ido bien... Eso era lo que Will deseaba antes de volver.

—Estoy acostumbrada a trabajar, John —respondió Catalina llamándola por su nuevo apodo—. Andrew me regaña mucho porque siempre estoy dando de comer a los animales de la granja o lavando la ropa... ¿Pero sabes algo? Si no lo hubiera hecho durante estos años, ya me hubiera dado la vuelta.

Psique sonrió debajo del plaid.

«Yo, en cambio, ya tengo ganas de descansar», pensó.