Almas Rebeldes XI
26%

XI

Después de decidir unirse para infiltrarse entre los soldados, se acercaron al campamento todo lo posible para idear un plan. Tras dejar los caballos bien atados a unos árboles, aguardaron escondidas hasta tener la oportunidad de hablar con Ronald.

—Al fondo, junto al grupo de soldados —señaló Psique desde detrás de un árbol—. Ronald está allí.

Catalina asintió con la vista fija en la cabeza pelirroja y rizada.

—¿Cómo llegaremos hasta él?

—Sé cómo atraerlo —dijo entrecerrando los ojos—. Lo importante es que no nos delate y acepte ayudarnos.

—Eso déjamelo a mí —susurró la mujer con una expresión de seguridad que la asombró.

A veces, sorprendía a Catalina mirándola con fijeza, como si intentara ver más allá del disfraz que llevaba puesto.

La verdad era que nunca se habían visto en persona.

Según Williams, su padre odiaba las congregaciones de clanes y por eso no asistían.

Al verla tan impetuosa a pesar de su edad madura, aquello le pareció discordante.

No le encajaba que a una mujer con tanto nervio no le gustaran las fiestas .

Resolvieron aguardar a que Ronald se quedara solo. En ese momento charlaba entusiasmado, y cualquier intento de atraerlo llamaría la atención del grupo que lo acompañaba.

—A pesar de que ya te he tuteado, ¿puedo seguir haciéndolo? —preguntó un poco azorada.

—Ay, por Dios, hija —respondió con una mano  en el  pecho—. Aún deseo que me tomen por una dama con cierta gracia y no por un cuadro viejo colgado en un salón.

Psique rio ante la ocurrencia. Catalina era un torbellino que arrasaba con solo unas pocas palabras y una mirada que hacía temblar a cualquiera. Su intensidad le recordaba a veces a Williams, y eso le provocaba un pellizco en el estómago. Era como sentirlo más cerca de alguna manera.

—Perdona, no quería ser...

—Estoy bromeando, Psique.

—Lo sé —respondió, escueta y más roja que una amapola.

—Mi hijo me habló de ti en varias ocasiones.

Si antes era una amapola, no sabría definir con qué compararse tras escucharla. De repente, le sobraban todos esos ropajes. Catalina rio al oírla resoplar.

—Somos amigos —soltó atropellada—, los mejores.

—Ya.

¿Ese «ya» había sonado a ironía?

—¿No te gustan las fiestas? —preguntó desviando el tema de ese pantano peligroso, aunque muriera por saber todo lo que Will le había contado de ella.

Catalina la observó un segundo, evaluando la pregunta. Finalmente, contestó :

—Claro que me gustan, supongo que lo dices porque no nos hemos visto en ninguna. —Psique asintió. Se encogió de hombros—. Tengo muchas tareas que hacer en casa.

—Pero...

—A veces, es mejor estar lejos de todo —interrumpió de forma tajante.

Psique frunció el ceño y no insistió más. A pesar de que la intrigaba, captó el mensaje de dejarlo estar. Tras un largo silencio, Catalina chasqueó la lengua.

—Siento haberte hablado así, pero hay cosas que es mejor dejar enterradas. Digamos que conozco a demasiada gente y que, en la paz de mi hogar, tengo todo lo que necesito, niña.

Psique asintió y no añadió nada más, aunque se le quedó marcada a fuego en la mente esa extraña frase: «Conozco a demasiada gente». A pesar de que no le gustaba el tema, volvió a lo de antes para romper esa tensión incómoda.

—Will y yo nos conocimos por casualidad. Él fue muy amable y me ayudó a salir de un gran apuro.

—Sí, conozco tu historia con la rama del árbol.

Psique parpadeó.

—¿Qué más contó?

—Bueno, me dijo que eres especial para él.

—Él también lo es para mí —balbuceó avergonzada.

A Psique no se le escapó la sonrisa que intentó disimular, pero hizo como si no hubiera visto nada. No sabía si sospechaba que ella sentía algo más que amistad por su hijo; sin embargo, no pensaba contarle nada. Primero tendría que hablar con Will .

—Williams no suele confiar tan rápido en la gente, y contigo fue distinto —añadió la mujer. El corazón de Psique dio un vuelco—. Nunca os vi juntos, pero te puedo asegurar que, desde que te conoció, sonríe más.

Unas mariposas subieron por su estómago. Eso era bueno, ¿verdad?

De pronto, la voz de Ronald llamó su atención.

Al asomarse con cuidado por detrás del tronco, lo vio de frente, avanzando hacia ellas.

Se escondió muy rápido y puso un dedo sobre los labios, indicándole a Catalina que guardara silencio.

Ella asintió y se encogió con cuidado tras el árbol.

Al cabo de un minuto, oyó que se detenía unos pasos más allá y escuchó un chorro.

Psique puso los ojos en blanco. ¿Es que todos los árboles merecían ser bautizados?

Con mucho reparo, se separó del tronco y, tras una íntima plegaria, puso su plan en acción.

Silbó una cancioncilla, justo la que sabía que Ronald adoraba, y el chorro se cortó de golpe.

Las dos mujeres se mantuvieron alertas a cualquier ruido y oyeron el susurro del pelirrojo:

—¿Will?

Una garra de culpa estrujó su corazón al ver su confusión y decidió no alargar más esa agonía.

—No soy Will —contestó en voz baja.

Al segundo, estaba empotrada contra el tronco del árbol, alzada por la pechera y con la punta de un cuchillo apuntándole al costado.

Psique levantó las manos despacio, indicando que no iba armada. En el rostro de Ronald, lo único que podía reconocer eran sus ojos, y los tenía tan abiertos que pensó que le saldrían rodando del susto. Sentía la garganta cerrada a cal y canto por la presión que ejercía su amigo .

—Suéltala, Ronald —escuchó decir a Catalina.

Este giró la cabeza hacia la mujer y, perplejo, boqueó como un pez.

—¿Qué demonios...? —miró a Psique y entonces leyó en su rostro el reconocimiento.

La soltó tan rápido que casi cayó al suelo. Su cabeza iba de una a otra, como si fueran una alucinación. Cerró los ojos un instante y, cuando los abrió de nuevo, volvió a hablar.

—¿Señora McPherson? —calló un momento y, con más insistencia, se dirigió a ella—. ¿Psique? ¿Qué haces aquí? —Sus ojos la recorrieron de arriba abajo—. ¿Y por qué vas vestida así?

—Estoy aquí por lo mismo que tú —dijo al fin, ya respirando con normalidad—. Catalina y yo vamos a buscar a Will.

Ronald abrió la boca, la cerró y volvió a abrirla. Parecía intentar entender todo a la vez. Al fin, frunció el ceño.

—¿Buscar a Will... infiltradas? —preguntó incrédulo—. ¿Vosotras dos?

Catalina cruzó los brazos.

—¿Algún problema?

—Muchos —respondió sin rodeos—. El peor es que os habéis vuelto locas, de remate. Y, claro, Andrew no sabe nada de esto, por lo que veo.

—Ni sabe ni sabrá nada, querido Ronald —puntualizó la mujer.

—Que no sabrá nada... —comenzó a decir este con sarcasmo.

—No, porque si nos descubres yo misma te arrancaré la lengua para que no puedas silbar nunca más —dijo Catalina como si estuviera hablando del tiempo, pero dirigiéndole una mirada tan dura que hizo temblar a Psique.

—Señora McPherson, entiendo que quiera saber ya qué le ha ocurrido a Will, pero esto es muy peligroso... —Negó con la cabeza de nuevo—. Lo siento, es muy absurdo.

Catalina dio un paso hacia él, con una calma que hasta Psique quiso retroceder.

—Ronald, cariño —dijo con una dulzura tan falsa que lo hizo tragar saliva—, si esto te parece absurdo, deberías ver lo que soy capaz de hacer cuando estoy desesperada.

A pesar de la poca luz, Psique juró que vio a Ronald palidecer.

Recobrando una determinación que le parecía haber perdido, intervino antes de que llovieran más amenazas.

—Ronald, por favor. Solo queremos encontrar a Will, como tú. Y no lo conseguiremos si no nos mezclamos con los demás soldados.

Él la miró con miedo.

—Es muy peligroso, Psique. —Negó de nuevo con frustración.

—Eso ya lo has dicho y soy consciente de ello, pero tú sabes que no podría quedarme en casa un momento más sin saber nada de Will. Sabes que yo... que él es... —guardó silencio al caer en la cuenta de que Catalina también esperaba a su lado, oyendo cada palabra—. Ronald, iremos contigo o sin ti.

—¿Solas? —dijo elevando un poco la voz y, con rapidez, Catalina chistó para acallarlo. Con un siseo prosiguió—. ¿Sabéis lo que os harán si alguien descubre que sois mujeres?

Catalina bufó.

—Por eso mismo no nos van a descubrir, ¿verdad, Psique ?

Esta asintió, a pesar del nudo que atenazaba su estómago.

Ronald las miró a ambas, luego al grupo de soldados y, de nuevo, a ella. Después soltó un suspiro derrotado.

—No puedo creer que haga esto... —murmuró, pasándose una mano por la cara—. Andrew me va a matar.

—Andrew hará lo que yo le diga, Ronald —dijo ella con una sonrisa encantadora—. Tal vez te mire mal un tiempo, pero...

—¿Un tiempo, dice? —preguntó anonadado—. Me sacará la piel a tiras y luego me dejará comer por los cuervos. Es un gallow...

Ronald calló de golpe. Sin embargo, Catalina intervino como si no pasara nada.

—Gracias, Ronald. Sabía que eras un buen chico, pero ahora creo que te quiero como yerno.

—Señora, menos bromas —contestó azorado.

—Catalina piensa que podemos mantener la farsa durante unos días —dijo Psique con emoción—, hasta que estemos lo bastante lejos como para que no podamos volver. Eso obligará a Andrew a aceptarnos. Desde ese momento, tú dejarías de protegernos.

—Claro, porque me cortará el cuello —dijo cerrando los ojos con fuerza.

—No seas memo, que no te pega.

—Estoy de acuerdo —apoyó la joven pelirroja, sin disimular la sonrisa de triunfo.

Ronald se apoyó de espaldas al tronco, derrotado.

—Está bien, pero debéis escucharme. —Las miró a ambas con intensidad—. Si alguien os mira demasiado, si os habla, si os pide el nombre... dejádmelo a mí. No abráis la boca, no hagáis nada raro, no respiréis fuerte, no os mováis de forma extraña.. .

—Somos mujeres, no cabras, Ronald.

Él miró primero a Catalina, luego a ella.

—¿Recuerdas que te dije que estabas como una cabra? —Psique asintió—. Pues lo reitero, porque yo debo de ser el más loco de Escocia por ayudaros.

Psique sonrió de oreja a oreja bajo la tela y se lanzó a abrazar su cuello.

—Eres mi segundo mejor amigo, Ronald —dijo, dándole un beso en la mejilla y dejando que la apartara con gestos ofuscados—. Nunca dejaré que te ocurra nada.

—Sí, ya —dijo con ironía y rodeó el árbol para mirar el campamento improvisado.

Luego se rascó la cabeza, pensativo—. Supongo que te habrás escapado.

—Ella asintió—. ¡Qué bien! ¡Va a ser muy divertido!

Ya no solo cuento con que Andrew me despelleje vivo; tampoco Williams me perdonará y, además, tendré en contra a todo el clan McAllen.

Esta vez fue Catalina quien lo abrazó, dejándolo petrificado.

—Gracias, Ronald. Prometo protegerte de todos. Mientras yo viva nadie te pondrá una mano encima.

—Claro, claro —comentó con pesimismo, separándose de la mujer, quien lo miraba risueña—. ¿Cómo lo haremos?

—Lo tenemos todo planeado, pero creemos en la improvisación, como ahora.

Las miró a ambas con incredulidad.

—¿Os conocíais antes? —Al verlas negar con la cabeza, bufó—. No lo entiendo.

—No tienes que entender nada, Ronald —dijo Psique—. El destino nos ha unido y eso debe ser por algo .

—Claro, el destino —repitió él con una mueca recelosa.

—Es que no tiene otra explicación, querido niño.

Él la miró con media sonrisa. Esa muestra de cariño le había llegado al corazón.

—Esto no es una novela de aventuras, señora. Es una expedición militar. Verdadera. Con soldados armados. Brutos de verdad.

La mujer volvió a sonreírle con dulzura.

—Tú eres uno de ellos, no pueden ser tan malos.

Ronald la miró como si acabara de decirle que el cielo es verde.

—Confía en nosotras —pidió Psique.

—Vale, pero si esto sale mal... que conste que yo me opuse.

Catalina le dio una palmada en el hombro.

—Perfecto, cuando estemos todos de vuelta en casa, te dejaré que lo pongas por escrito... y ya sabes, te dejaré visitar a Cati si te apetece.

Ronald resopló, apartando la mirada, muy avergonzado.

—La expedición sale en una hora. Diré que venís conmigo y que sois reclutas asignados bajo mis órdenes...

—se rascó los rizos pelirrojos, despeinándose—.

Es importante que mantengáis la cabeza baja, no habléis a menos que sea necesario y no miréis a nadie demasiado fijamente. Si alguien sospecha, estamos acabados.

—Será fácil —dijo Psique simulando confianza, aunque por dentro estaba hecha un flan.

Ronald abrió la boca para protestar, pero unas voces lo detuvieron .

—Diré que me habéis drogado o embrujado... —resopló de nuevo, muy nervioso.

—Relájate o nos descubrirán.

—¡Estoy relajado! —respondió sin girarse.

—Pues relájate más —gruñó Catalina.

Él asintió con determinación y las observó por última vez. Su rictus adquirió una rigidez desconocida para Psique. Catalina se tapó el rostro envolviendo un plaid alrededor de su cuello y se ajustó el gorro. Psique rezó por dentro para que todo saliera bien.

—Id a por vuestros caballos y nos veremos aquí dentro de una hora —dijo, dejándolas con la boca abierta, y echó a andar hacia el grupo de hombres. Ellas se miraron confusas mientras, de fondo, oían cómo él les contaba un chiste malo y los hacía reír a carcajadas.

La primera en reaccionar fue Catalina, quien la cogió de la mano y tiró de ella en dirección contraria.

Psique la siguió sin decir nada. Estaba tan aterrada como excitada por la situación. Su corazón latía demasiado rápido y le faltaba el aliento. Sus pies se movían solos mientras avanzaba hacia los caballos.

Cuando llegaron, Catalina la abrazó con fuerza.

Se sintió reconfortada; necesitaba un poco de cariño que reafirmara su decisión.

Cuando se separó de ella y la miró a los ojos, le pareció que tenía delante a Will.

La emoción la embargó y se le escapó un sollozo ahogado...

Catalina la consoló con susurros cariñosos.

Por él lo haría, porque quería volver a ver sus ojos tiernos, porque no concebía una vida sin contemplarlos.

Lo quería tanto que se adentraría en aquella peligrosa expedición solo para confesarle lo que sentía.

Estaba decidida. Rogó que sus padres la perdonaran; no obstante, asumiría las consecuencias.