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—Toma, bebe un poco de esto.
—Está caliente —susurró, arrugando la nariz al olerlo—. ¿Es whisky?
—No bebo, gracias.
El vikingo parpadeó con asombro y pareció recuperar su entereza de golpe.
—Te estás quedando conmigo, ¿verdad, chico ?
—No soy ningún chico, Aodh —corrigió, algo enfadado por esa costumbre de tratarlo como a un niño—. Y no, no te engaño. No me gusta el whisky.
Aodh miró al techo unos segundos murmurando una plegaria ininteligible y luego fijó su vista en él con una determinación inquietante.
—¿Y me pides que no te llame chico? —preguntó con voz pastosa—. Lo seguiré haciendo hasta que me demuestres lo contrario, joder. ¿Qué demonios le ha pasado a Andrew para criarte así?
Aquello lo atravesó como una flecha y borró todo rastro de sueño que le quedara.
—Mi padre nos ha criado como lo que somos: personas de bien. Pero eso tú no lo entenderías.
Este arqueó las cejas con sorpresa ante su arranque.
—No nací con una espada en la mano, chico —aclaró, muy serio—.
Mis padres eran agricultores, personas de bien como tú dices.
El único acero que conocían era el que usaban para pelar manzanas —fijó la mirada en un punto perdido entre las pequeñas llamas—.
Por eso murieron junto a mis hermanos a manos de ladrones, cuando yo solo tenía catorce años.
—¿Escapaste? —preguntó impactado.
Chasqueó la lengua tras darle un buen trago a la bota.
—Me hallaba trabajando en los campos —dijo, y prosiguió con una indiferencia que le puso los pelos de punta—. Fue fácil dar con ellos.
Will tragó saliva sin apartar la vista de él y preguntó:
—¿De dónde eres ?
—De las Hébridas —respondió, ofreciéndole de nuevo el vaso. Esta vez no lo rechazó. Le dio un pequeño trago que le quemó la garganta y lo hizo toser, provocando la risa del vikingo—. Está bueno, ¿verdad?
—Me acaba de calentar hasta las puntas de los dedos de los pies —dijo, y le dio un segundo trago, esta vez más largo.
Aodh sonrió y siguió relatando.
—Mis ancestros eran gente que empuñaba el hacha mucho antes de que los ingleses decidieran qué tierras eran suyas.
Will lo miró sorprendido.
—¿Eres un gallowglas como dijo Ronald?
Este soltó una risa sin mucho entusiasmo.
—Quedamos pocos —contestó pensativo. Will moría por interrogarlo sobre su relación con su padre, pero se contuvo. Aodh prosiguió—. Con catorce años tuve pocas opciones. Un grupo de mercenarios me encontró descuartizando a los ladrones. Les gustó mi habilidad y decidieron adoptarme.
—Te raptaron —espetó con ironía y menos reparos que antes.
—¿Lo dices por ti? ¿Por obligarte a venir con nosotros? —Puso los ojos en blanco—. Solo nos aseguramos de poder hablar con tu padre.
—¿Qué buscáis?
Aodh guardó silencio y frunció el ceño.
—Eso no es cosa tuya. —Como no insistió, continuó—. Tu padre te debe una buena charla. No siempre fue un hombre de bien, chico.
—No me digas.
Seguía usando el sarcasmo y el vikingo lo observó con dureza .
—Cuando uno es joven piensa que todo es fácil, hasta que descubre que no tiene dónde caerse muerto. Simplemente, sigue caminando porque no sabe hacer otra cosa.
—Dijiste que tenías esposa, ¿por qué sigues aquí? ¿Por qué no buscas un lugar donde asentarte y ser feliz?
Su risa sonó estridente, tanto que Tormod se removió incómodo y lo mandó a tomar viento.
—Sigo aquí porque ya no tengo un lugar donde me respeten —dijo—. Y porque mientras quede un solo gallowglas vivo, no permitiré que olviden quiénes fuimos.
—¿Para ti es importante que sepan a cuántos has asesinado?
—Chico, lo que me importa es que se recuerde cuántos siguen vivos. Muchos clanes no estarían hoy en pie sin nuestro servicio.
—¿Y por qué no seguís protegiéndolos? ¿Prefieres vivir como un ladrón?
Aodh abrió tanto los ojos por la incredulidad que Williams se sintió como un idiota.
—Los antiguos clanes se apagaron, las guerras cambiaron... —El vikingo hacía gestos bruscos con las manos—. ¿Dónde has estado metido hasta ahora? Quedan pocos clanes que luchen contra los ingleses, nuestro verdadero enemigo. Es hora de unirnos y no de seguir peleando entre nosotros. Debemos...
—¿No duermes, Aodh?
La voz de Tormod lo interrumpió cuando más enervado parecía sentirse. Era como si no quisiera que revelara demasiado.
—Los hombres como nosotros dejamos de tener sitio. Es tarde, Will, durmamos —concluyó de mala gana.
Aodh no esperó a que le contestara y, a los pocos minutos, roncaba como un animal, tumbado a todo lo ancho que daba su enorme cuerpo.
Lo envidió; él también quería conciliar el sueño con esa facilidad.
Sin embargo, allí seguía, perdido en sus pensamientos y dándole vueltas a lo que el guerrero había estado a punto de contarle.
Dio otro trago. El whisky ya no le parecía tan desagradable, y en vez de rajarle la garganta, lo reconfortaba. El calor inundó su pecho, luego su estómago y, sin esperarlo, se vio sonriendo a una mancha en la pared como si fuera lo más divertido que había visto en su vida.
Andrew McPherson no bebía. Cuando el padre Graham, gran aficionado al vino, brindaba con su padre por cualquier logro, siempre lo acompañaba con infusiones. Sus padres le inculcaron ese rechazo, argumentando que el alcohol adormecía la mente, los volvía poco lúcidos y vagos para trabajar.
Dio el último sorbo al recipiente y lo saboreó a conciencia.
Ese calor desde las mismas entrañas era un placer.
Dejó el recipiente a un lado y volvió a tumbarse, sumido en una morriña embriagadora y tranquilizadora.
Se quedó mirando el techo unos segundos y, poco a poco, sus párpados se cerraron, haciéndolo caer en una duermevela muy placentera, donde recordó un momento de su pasado que lo llenó de algo más cálido que una simple bebida: lo inundó de añoranza.
—Vamos, Willi —incitó Elliot con premura—. Como tu padre se entere de que os he enseñado este juego, no me servirá una copa más de este vino que tanto me gusta.
—¿Puedo probarlo, padre? —preguntó su hermana Catalina, echando mano ya del vaso del sacerdote.
Como Elliot no se lo prohibió, Williams le arrebató la vasija de vino de las manos, haciendo caer un poco del líquido sobre la mesa.
—Eh, ¿qué haces? —protestó Catalina .
—¿Hace falta que te lo explique, Cati?
Ella le sacó la lengua y se cruzó de brazos.
—Es solo un poco, no le hará daño —apoyó el cura, haciéndole un guiño a su hermana, quien agrandó los ojos durante un instante—. Tú también lo has probado y, por lo que veo, te gustó.
—No es no.
—Mira si eres aguafiestas, hermano. Ronald bebe cuando quiere, lo he visto más de una vez y tú no se lo prohíbes.
—Él es mayor que tú y sus padres se lo permiten. Yo no soy quién para decirle qué tiene que hacer con su cuerpo.
—¿Y te crees con derecho sobre el mío?
Elliot los observaba al uno y al otro mientras seguía dándole buenos sorbos al vaso.
—Soy tu hermano mayor. Por lo tanto, me debes obediencia, niña —dijo poniendo énfasis en esa última palabra para que le quedara claro.
Catalina se levantó de golpe y con las manos en las caderas se le puso al lado.
—Serás...
—Sí, seré siempre mayor que tú, así que no digas cosas de las que arrepentirte luego.
—Serás mayor, pero no vas a mandarme siempre.
—Eso será cuando te cases y guardes obediencia a tu esposo.
—Para tu información —se acercó tanto que sus narices casi se rozaban—. ¡No me casaré nunca!
—Niños —la interrumpió el sacerdote—. Tengamos paz, por favor —pidió, indicándole a su hermana con un gesto impaciente de la mano que se sentara de nuevo—. Willi, creo que le debes una disculpa a Catalina.
Williams abrió los ojos de par en par.
—¿Disculpa? —repitió incrédulo.
Elliot dejó el vaso sobre la mesa con firmeza.
—Sí, una disculpa, y bien merecida —dijo mirándolo con fijeza—. No por el vino, sino por la forma en que le has hablado.
Catalina, que aguardaba expectante ya sentada, alzó la barbilla con un gesto orgulloso. Sus mejillas seguían encendidas por la discusión.
—No he dicho nada que no sea verdad —gruñó Williams, sin entenderlo.
—La verdad no te da derecho a humillar a nadie —respondió el cura—. Mucho menos a tu hermana.
Apretó la mandíbula y miró a Catalina, que le sostenía la mirada sin pestañear. Él nunca le había hablado de forma tan déspota, pero esa vez se sentía más valiente de lo normal. Como si hubiera adquirido una seguridad en sí mismo que antes no había tenido ¿Sería el vino?
Por un segundo dudó y se dio cuenta de que había cruzado una línea muy frágil. Sin percatarse, había hablado con desprecio a su propia hermana delante de un invitado y había usado su rol de hermano mayor para imponerse, simplemente. Catalina no era digna de esa humillación, aunque no fuera hombre.
Bajó la mirada hacia la mesa, luego miró la jarra de vino y por último a su hermana. Elliot aguardaba paciente a que dijera algo.
—Catalina... —empezó a decir, pero tenía un nudo en la garganta. Ella arqueó una ceja. Tras un leve carraspeo para aclararse la garganta, continuó—: No debía hablarte así. No fue propio de mí ni de un hermano mayor.
Ella boqueó como un pez, sorprendida.
—Solo quería evitar que hicieras algo imprudente, pese a que yo fui el primero en hacerlo —alzó la vista para encontrarse con sus ojos—. Además, lo hice de malas formas y sé que no estuvo bien.
Catalina pareció relajarse un poco.
—Así que... —respiró hondo, como si fuera a asumir el mayor castigo posible—. Te pido disculpas.
Al terminar de hablar, Williams resopló, irritado y, a la vez, aliviado. Elliot sonrió, satisfecho.
—Disculpas aceptadas —cedió ella—. Pero no vuelvas a arrebatarme nada de las manos o...
—Perfecto —cortó Elliot levantando la vasija para servirse más vino—. Ahora que la paz ha vuelto a la mesa pondré la jarra a buen recaudo.
Elliot alejó la vasija de ambos hermanos y guiñó un ojo con picardía.
Catalina rio y Williams puso los ojos en blanco. De repente, una tos a su espalda lo sobresaltó. Cuando se giró se encontró con la mirada penetrante de Andrew McPherson y se sintió tan expuesto que se sonrojó hasta las orejas.
Justo iba a disculparse por verse sorprendido jugando y bebiendo, cuando este lo cortó.
—No hace falta que digas nada, Williams —dijo con voz afilada que le indicó que callara—. He visto suficiente, y no me refiero al vino .
—Un hombre puede equivocarse, Andrew... —comenzó a decir Elliot.
—Claro —interrumpió Andrew, con rapidez y prosiguió—. Pero un hermano no debe olvidar que su ejemplo pesa más que sus palabras.
Catalina abrió mucho los ojos, y Elliot sonrió. Williams no sabía si disculparse de nuevo o esconderse bajo la mesa.
—Padre, yo...
—Ya has pedido perdón, hijo —dijo, asintiendo conforme—. Sin embargo, recuerda que la autoridad no se demuestra arrebatando un vaso ni imponiéndose sobre alguien más débil, sino dominando tu propio carácter.
Williams asintió, agradecido. Andrew le sonrió.
Entonces, su madre apareció a su lado y entrecerró los ojos, intentando averiguar qué ocurría allí.
Su vista cayó sobre el vaso de vino, todavía en manos de Williams, y se desplazó hasta la baraja de cartas sobre la mesa.
Elliot, que ya conocía esa expresión sabia, le ofreció sentarse a su lado.
—¿Sabéis algo que me apetece mucho? —preguntó ella, tomando asiento al lado de Elliot.
Andrew se sentó a su lado y, cómo no, Callum, su otro hermano, dos años menor y con complejo de ser la sombra de su padre, lo imitó.
Catalina sonrió, contenta—. Estáis ante la reina del Mendigo a tu vecino. ¿Hay alguien que se atreva a superarme?
Su hermana rio de nuevo. Callum soltó un largo silbido. Andrew sirvió una copa de vino y se la ofreció a su mujer.
—¿Quieres otro vaso, Williams? —preguntó su padre haciéndolo contener el aliento un segundo.
—No, gracias —dijo sin mirarlo a los ojos—. No está tan bueno como dice el padre .
—Paparruchas —gruñó este y le dio otro sorbo para demostrarlo.
Andrew apoyó una mano en el hombro de Williams y se acercó a su oído. Su advertencia le llegó con un susurro:
—No es malo que bebas, pero jamás lo hagas para olvidar. El problema siempre estará ahí hasta que lo afrontes, hijo —dijo y apretó su hombro.
—Lo tendré en cuenta —murmuró e hinchó el pecho, sintiendo que su padre acababa de revelarle algo muy importante.
Su madre levantó un instante la vista de las cartas, como si hubiera percibido esa camaradería entre ellos.
—¿Una infusión?
Williams asintió con una sonrisa y Andrew se levantó para prepararla.
El juego siguió su marcha. Por supuesto, no jugaban a lo que el padre Elliot les había enseñado unos minutos antes.
El juego de Mendigo a tu vecino no implicaba apuestas ni nada poco ortodoxo.
Este era más divertido y excitante. Pronto las rivalidades salieron a la palestra y su madre, Catalina, mujer y madre, bebía a la par del cura, quien no paraba de chincharla...
Williams despertó con una patada de Aodh.
Era la forma que tenía, desde que habían emprendido aquel viaje, de decirle que se levantara y que partirían en menos de diez minutos.
Se desperezó con una sensación agridulce.
Por un lado, todavía percibía el rastro de esa fraternidad que siempre había vivido en su hogar.
Por otro, las palabras de su padre seguían resonando en su mente como una advertencia silenciosa.
—Toma, ponte esto. —El rubio vikingo le alargó una de sus pieles—. Siempre llevo una de repuesto en las alforjas. Vas a necesitarla, chico .
Williams la agarró, sorprendido.
—Gracias, Aodh —respondió con sinceridad.
—¡Vamos! —gritó Tormod afuera—. No espero a nadie.
—Ya puedes correr —dijo el rubio y, al salir, añadió—. Llevamos retraso.
¿Lo habían dejado dormir a gusto? ¿Esos vikingos mostraban piedad por él? No creía que fuera muy común en ellos. Al menos, no hasta ese momento.
Se levantó dolorido, pero más enérgico que cuando llegó la tarde anterior.
Mientras se vestía, comprobó que ya no llovía y que la luz estaba bien definida.
La tempestad les daba una tregua para salir de entre esas montañas y, por una vez, sentía curiosidad por conocer adónde lo llevaban y saber cómo vivían esos dos extraños personajes.