Almas Rebeldes IX #2
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IX #2

—No... no quería preocuparte —murmuró con un hilo de voz.

—Comprendo que te den miedo las tormentas. Mi hermana Catalina se mete en mi cama cada vez que retumban los truenos.

Ella lo observó con unos ojos tan llenos de curiosidad que le removió el pecho.

—¿Hace eso?

—Antes sí... —¿Cómo decirle que ya no eran unos niños sin que resultara incómodo?—. Mi madre le hizo un muñeco de trapo parecido a mí. Le dijo que era yo y ahora lo abraza cuando truena. Es como si lo hiciera conmigo —terminó de explicar, divertido.

Ella sonrió con timidez. Por fin parecía recobrar la confianza.

—Yo dormiré con tu daga cuando llueva, así te sentiré cerca siempre —dijo soltando su mano para agarrar la daga que le colgaba del cuello y apretarla contra su pecho.

El corazón se le aceleró tanto ante esa respuesta que creyó que ella lo escucharía también. Le estaba siendo muy difícil reprimir su impulso de besarla. No obstante, no usaría ese momento de debilidad para declararse. No sería justo para ella.

—Mientras no te cortes... —respondió algo azorado, intentando no malinterpretar lo que acababa de decirle—. No me importa que la uses como... compañía.

Ella bajó la mirada a la daga y la acarició con el pulgar. La lluvia seguía golpeando el carromato, pero parecía aminorar .

—No me cortaré —aseguró con una traviesa sonrisa—. Me hará sentir segura y estarás siempre cerca de mí, amigo mío.

Will sintió que le faltaba el aire. Ese “amigo mío” le cayó encima como un balde de agua fría. Acababa de dejarle claro lo que él significaba para ella.

Por un instante no se dio cuenta de que apretaba un poco más su otra mano, todavía entre las suyas.

—Amigo... —repitió él, intentando que la palabra no le temblara en la boca.

Ella levantó la vista con curiosidad.

—Claro —dijo de la forma más natural—. Eres mi mejor amigo, Will.

Él asintió con la garganta cerrada. No podía hablar, si lo hacía sería para protestar, o confesarle lo que deseaba.

Entonces, un ligero revoloteo delante de ellos los distrajo.

Un pequeño gorrión se posó sobre la tabla de entrada del carromato, justo a unos palmos de ellos.

Se sacudía el agua de las alas, indiferente al par de ojos que lo observaban.

Ella le dedicó otra vez esa sonrisa inocente que tanto lo removía.

El pajarillo alzó de nuevo el vuelo, tan fugaz como había aparecido.

Fuera parecía haber escampado; el terrible trueno se había quedado en un simple chaparrón pasajero. Las notas de varios violines afinándose le indicaron que la gente ya retomaba sus antiguos quehaceres. Todo discurría como antes. Todo menos su corazón.

—Gracias, Will —dijo y agradeció que lo llamara por su nombre y no con esa palabra que había comenzado a escocerle demasiado—. ¿Quieres bailar otra vez? ¡Lo haces realmente bien !

—¡Eh, chico! —gritó Aodh, sobresaltándolo con su rostro pegado al suyo. Se había abstraído tanto que no se había percatado de su cercanía—. ¿Qué es eso que acaricias tanto?

Este hizo ademán de tocar el anillo que colgaba de su cuello, y Will le apartó la mano con brusquedad.

—Se ve, pero no se toca —contestó con rapidez, incorporándose con gran esfuerzo.

Le dolían los músculos como si le hubiera pasado una carreta por encima. Muy a su pesar, debía hacerles caso y quitarse esas ropas mojadas, aprovechando para secarlas junto al fuego para volver a ponérselas más tarde.

—Es un anillo de pedida —dijo otra vez el grandote con los ojos bien abiertos—. ¡Lo sabía! ¡Enhorabuena, muchacho! —exclamó palmeando su hombro tan fuerte que casi lo devuelve al suelo—. Casarme con mi Zahra fue lo mejor que hice en la vida. Qué ganas tengo de volver a montarla.

Will negó con la cabeza al oírlo, reprimiendo la sonrisa que luchaba por curvar sus labios.

Se desnudó lentamente. Cada gesto se le hacía un mundo debido al frío que lo asolaba.

—Toma. —Tormod le alargó una camisola seca—. Póntela, no quiero que confundas a Aodh. Lleva demasiados días sin ver un culo desnudo.

—Serás... —comenzó a decir y terminó en un murmullo ininteligible al ver al moreno arquear una ceja.

—Pasaremos la noche aquí. Descansa lo que puedas, muchacho —dijo, cediéndole su silla para que se sentara junto al fuego—. No voy a mentirte, te quiero vivo. Y oye, si esa mujer no te espera, puedo hacerte un hueco entre los míos. Tenemos mujeres que hacen olvidar hasta los peores desengaños .

Will no le respondió y se sentó junto al fuego. Cerró los ojos, celebrando el calor que comenzaba a envolverlo. No le había contestado, pero su mente no paraba de darle vueltas a sus palabras. ¿Psique lo esperaba?

Sonrió con amargura. Soñaría con abrazar a su amigo, no al hombre que él deseaba ser para ella. ¿Y si al volver la encontraba enamorada de otro?

Apretó los dientes. La frustración lo corroía, y no saber nada de ella en esos dos años le había costado casi la salud.

Podría haberle escrito, sin embargo, era absurdo hacerlo viviendo de forma nómada.

Nunca podría responderle. Por lo que solo mantenía la confianza de que lo esperaría al menos por última vez.