Almas Rebeldes IX
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IX

La humedad calaba su abrigo, que, aun estando pensado para los días fríos, no era suficiente para el duro invierno del norte de las Highlands.

Durante jornadas enteras cruzaron rutas montañosas de baja altitud, exigentes, pero soportables.

Hacía poco que el temporal había comenzado a arreciar y la lluvia, primero fina, se había vuelto despiadada, convirtiéndose en un enemigo más.

El viento los golpeaba de costado, obligándolos a llevar la cabeza gacha. Era incómodo y trabajoso. Cada paso levantaba barro que se adhería a las botas y al pelaje de los caballos, haciendo agotador el avance.

Los mercenarios no paraban, algo que Will no comprendía. ¿Por qué luchar contra la naturaleza y agotarse de esa forma tan brutal? ¿No era mejor esperar a que todo pasara?

Aodh lo esperó cuando vio que Will aminoraba un poco el paso.

—Vamos, sé que debes estar helado con esas ropas —gritó tan fuerte como pudo para que lo escuchara por encima del viento—, pero no puedes quedarte atrás o te congelarás. Sigue un poco más.

Williams levantó un poco la cabeza, lo justo para verle la cara.

Los dientes le castañeaban tanto que le dolían.

El guerrero chorreaba como él; sin embargo, las pieles que cubrían sus enormes hombros lo resguardaban de la lluvia, manteniéndolo seco y caliente.

Sería un milagro que aguantara unas millas más en esas condiciones; ya casi le fallaban las fuerzas.

Al final, el rubio vikingo le arrebató las riendas al comprobar su estado y lo condujo durante un tiempo que no supo estimar. Se encontraba tan mal que el esfuerzo por respirar se le hacía demasiado grande.

—Maldita sea, Williams. ¡Aguanta! ¡Ya casi estamos!

¿Ya casi estaban? ¿Adónde demonios se dirigían en mitad de la nada?

A pesar de su pesimismo, siguieron adelante.

Will se aferraba a su montura como si se le fuera la vida en ello, intentando no volcarse.

El sendero, apenas visible entre la bruma, serpenteaba rodeado de brezos empapados.

La lluvia amortiguaba cualquier sonido; incluso el resoplido de los caballos parecía inexistente.

Al fin, entre la cortina de agua, vio una silueta oscura.

Achicó los ojos intentando distinguir qué era.

¿Sería una posada? Rezó porque así fuera.

Nadie más que él soñaba con deshacerse de esas ropas mojadas y calentarse frente a una chimenea.

Aunque, si era sincero, con que tuviera un techo donde resguardarse le era suficiente. A esas alturas no era nada exigente.

Al fin distinguió lo que se levantaba delante de ellos.

Parecía una choza pequeña hecha de piedra y barro.

Al situarse en mitad de esas colinas, parecía un antiguo puesto de vigilancia o refugio para los mensajeros que cruzaban las montañas.

Por su aspecto destartalado, estaba abandonado.

Sus paredes se veían castigadas por el viento y el tiempo y, por un momento, pensó en la poca seguridad que ofrecía.

Observó el tejado cubierto de musgo, inclinado y amenazando con ceder en cualquier momento.

De golpe, la puerta de madera roída se abrió contra la pared de piedra, haciéndolo sobresaltarse. Tormod salió a su encuentro .

—Vamos, hombre —dijo, agarrándolo del brazo para que se apoyara en él mientras tiraba de su cintura, obligándolo a desmontar—. Yergue las piernas o me llevarás contigo al suelo.

Williams se esforzó en mantener firmes las piernas entumecidas por el frío. Subió un escalón y luego otro, mientras soltaba fuertes gruñidos apoyado en el grandullón oscuro. Por fin cruzaron el dintel juntos y se dejó caer en el suelo de tierra.

Dentro olía a madera húmeda. Estarían totalmente a oscuras si no fuera porque Tormod había prendido unos leños en una esquina del cuartucho.

Desde allí veía a Aodh que se había quedado rezagado afuera, amarrando los caballos a unos árboles. Parecía no afectarle el agua helada mientras que Williams no paraba de tiritar.

—Desnúdate o te helarás —oyó que le decía Tormod introduciendo más leños a la hoguera.

Williams no se movió. Debía de estar loco si pretendía que se desnudara. Sin contestarle, observó cómo Aodh entraba también.

—Vaya día, ¿eh? —Comenzó a desprenderse de las pieles que le cubrían los hombros. De pronto, clavó su mirada en él—. ¿Qué haces así todavía? No me he tragado media tormenta ayudándote para que mueras congelado.

Desvió la vista al suelo sin hacerle caso.

—No soy tu padre para obligarte, chico. —Su mirada era tan intensa que por un momento dejó de tiritar—. Tampoco me interesa verte el culo más de la cuenta, si eso es lo que te preocupa.

Se sacudió las trenzas y estiró los brazos todo lo grande que era, llegando al techo sin apenas esfuerzo.

—Me espera mi Zahra —siguió contando con una sonrisa soñadora—. No me comparte, por cierto. Esa bruja loca me calienta tanto la sangre que me hace sentir que tengo tus años .

Rio a carcajadas limpias mientras se acercaba a calentarse las manos en la candela.

—¿No te espera nadie en tu tierra, chico? —preguntó el otro, sentado junto al fuego en una silla que no creyó que aguantara mucho.

Williams guardó silencio, pero comenzó a quitarse las botas tras notar que ya podía flexionar los dedos. Suspiró al liberar un pie empapado. Luego se deshizo de la otra bota y las dejó a un lado. Se masajeó los dedos para comprobar que no se le habían congelado y hacerlos entrar en calor.

—Yo estoy seguro de que sí lo espera una moza —dijo el rubio bocazas a Tormod, quien asentía con una sonrisa de oreja a oreja. Luego comenzó a mirarlo con mucha atención—. No es feo y, pese a estar flaco, es fuerte. Podría tener a alguna suspirando por él.

Will bufó. Por su puesto que no era virgen a sus años, y tampoco le apetecía recordar sus escarceos con ellos. Y Psique...

Sin darse cuenta, contuvo el aliento mientras contemplaba un pajarillo resguardarse bajo el estrecho alerón del techo, justo delante de él. Por un momento, vio tan nítido el recuerdo de hacía unos años que le pareció estar de nuevo junto a ella:

No era muy diestro bailando, pero si le daba la ocasión de acercarse más a ella no sería él el tonto que perdiera el salto. Acababa de entregarle su daga y ella se la había colocado al cuello, con una cuerda anudada a la misma funda.

Desenfadada, Psique brincaba al son de esa música llena de matices irlandeses. Los violines expresaban su alegría con cada nota acelerada y contagiosa.

Williams sintió que el mundo se detenía cuando ella le ofreció su mano para unirse al grupo de bailarines. Sabía bailar esa danza, su madre se había encargado de que practicara con sus hermanos todos los domingos por la tarde durante los últimos años.

«Te vendrá bien saber bailar, Will. Es la forma más inocente de acercarte a una chica sin que sea escandaloso», le había dicho, invitándolo a seguirla con un guiño de ojo muy pícaro.

Su sonrisa lo desarmó y entrelazó los dedos con los de ella sin pensarlo.

Su contacto cálido le robó el aliento. El corazón le latía con fuerza, no por el baile, sino por su cercanía, que lo dejaba sin palabras.

Había en ella una delicadeza que lo conmovía: sus pecas pardas, la belleza de esa mirada azulada donde podría perderse para siempre, la inocencia y la naturalidad innatas...

Y ese fuego en su cabello que lo tentaba del modo más pecaminoso.

Era tan bonita que no podía pensar en ninguna otra.

Moría por probar la dulzura de sus labios, por estrecharla entre sus brazos y comprobar la tibieza de...

—Will, te toca —lo llamó ella, divertida, despertándolo de su fantasía—. ¡Vamos! ¡Es tu turno!

Se movió por pura costumbre, todavía atrapado en la sensación de haber sido descubierto mientras la contemplaba. No sabía si ella intuía algo, pero esperaba que no. A veces, notaba que sus sentimientos eran demasiado grandes para disimularlos.

Will avanzó un paso, sin perder la suavidad de su contacto latiéndole en la palma. La música del violín se elevó sobre las risas y el golpeteo de las palmadas lo animó a danzar.

Ella, ligera como una pluma, dio un pequeño salto siguiendo el compás y su cabello rojizo se onduló como la llama de una candela. Will la siguió, marcando un baile solitario que entrelazaba pies y pasos complicados, sin perder el ritmo a pesar de ser ella su mayor distracción .

—¡Eso es! —lo animó una chica a su lado, dándole un leve empujón que casi le hizo perder el paso mientras le guiñaba un ojo con picardía.

Él sonrió, algo avergonzado, y retomó el ritmo. El círculo se cerró y se abrió, las manos se soltaban y buscaban. Y cada vez que las suyas se encontraban, una corriente cálida recorría su pecho.

En uno de esos momentos, ambos quedaron frente a frente. Ella lo miró divertida.

—No te distraigas —dijo señalando con la cabeza a la chica de antes.

Él se ruborizó tanto que ella acabó riéndose de él. Justo cuando estaba a punto de confesarle que era ella quien lo distraía, el estruendo de un trueno resonó en el cielo, asustándola tanto que se quedó paralizada.

—Psique... —la llamó con el corazón encogido, viendo que ni las gotas de agua la hacían reaccionar—. ¡Psique! ¡Vamos a ponernos a resguardo!

No esperó más y tiró de ella con fuerza. Los demás ya se refugiaban bajo algunas carpas, otros bajo árboles cercanos. Will la condujo con cuidado de que no tropezara hasta un carromato.

—Sube o te empaparás —ordenó, muy preocupado por su extraño mutismo.

Al fin ella parpadeó y pareció entenderlo. Comenzó a trepar por los escalones de madera y él la siguió adentro.

La lluvia golpeaba el techo de tela con insistencia. Will la observó en silencio. El cabello rojo, pegado al rostro, contrastaba aún más con la piel blanca. Respiraba de forma irregular, como si sufriera un terror profundo .

—¿Estás bien? —preguntó apartando un mechón de pelo para verla mejor—. Estoy aquí.

Él agarró sus manos entre las suyas y se las calentó. Estaban frías y temblaban. Ella al fin tragó saliva y luego carraspeó, todavía nerviosa.