VIII
«Hay decisiones que te cambian la vida entera», recordaba Psique que había dicho su madre en aquella conversación que tanto la removió por dentro.
Se colocó con torpeza los calzones «prestados» de uno de los guardias de su mansión. Le quedaban grandes, pero eso disimularía sus curvas. Se apretó el cinto y lo anudó dos veces.
—Mejor dos por si uno falla —susurró para sí bajo la luz tenue de la vela en su alcoba.
Luego, introdujo las manos por las mangas de la camisa y comprobó que la faja apretaba bien sus senos.
—Eso está mejor.
«Todo lo hice por amor...», había añadido.
Abrochó el chaleco y se colocó encima el pesado abrigo de lana.
—No está mal. No todos son altos y grandes —dijo convencida, mientras se contemplaba en el espejo de arriba abajo.
Con decisión, recogió la larga melena rizada y comenzó a trenzarla.
El enorme bonnet azul escondió la trenza y la mayor parte de su cabeza.
Satisfecha, sonrió ante su imagen. Sería fácil ocultar su rostro bajo un plaid, pero antes debía calzarse las botas.
Le iban grandes, así que había colocado en su interior unos zapatos de cuero.
De esa forma, le quedaban ajustadas al pie y lo bastante firmes para no trastabillar.
Envolvió la larga tela alrededor del cuello y por fin estuvo lista para escapar.
«Lo importante es saber elegir con conciencia, sabiendo que cada paso tiene sus consecuencias, para bien o para mal», le pareció oír decir de nuevo a Charlotte.
¿Elegía con conciencia? Por supuesto que sí. Las consecuencias... eran otro cantar.
Tal vez no había preparado cómo introducirse en ese grupo de guerreros, pero no renunciaría a la única oportunidad que tenía por eso.
«A veces, improvisar es mucho más... excitante», pensó, apretando los labios.
Ya encontraría la forma de infiltrarse. De lo que sí estaba segura era de por qué hacía aquello:
—Sí —dijo, dándose golpecitos en la frente, y miró su reflejo otra vez—. Lo am... —¿Para qué decirlo en voz alta si él no la correspondía?—. Me las pagarás, Williams McPherson.
Se giró hacia la puerta y agarró el pomo con nerviosismo. El corazón le latía rápido y la emoción de lo prohibido comenzó a subirle el ánimo. Si la descubrían dentro de casa con ese disfraz se metería en un gran problema. No podía fallar.
Antes de salir, echó un último vistazo sobre el hombro. Había dejado la nota escrita bajo su almohada y un enorme bulto simulando su silueta bajo las sábanas.
Su dama de compañía dormía en la habitación contigua y, contigua a esta, tenían sus dormitorios sus hermanos y sus padres .
Sufrirían, lo sabía. Jamás la perdonarían, pero ¿qué opción le quedaba? Debía demostrarle a Will lo mucho que lo necesitaba. Siempre había sido él quien la buscaba y, esta vez, le tocaba a ella mover ficha.
«Fue una apuesta por mi futuro», había dicho su madre al referirse a su osadía de aventurarse en algo tan prohibido como peligroso.
Sin Will nada sería aceptable. Sin él, le esperaba ser una solterona aburrida cuando sus huesos no le permitieran saltar ventanas. En el momento en que desapareciera tras la seguridad de esas puertas, su futuro estaría muy lejos de lo ideado en su vida...
Se colgó al hombro el petate, donde llevaba el arco y las flechas, además de comida para aguantar apenas dos días y agua, cortesía de la enorme alacena de su cocina. Se ciñó a la cintura la daga que le había regalado Williams.
De repente, no pudo evitar recordar aquel día, su siguiente encuentro en la Fiesta de la Estrella de 1728, el año en que cumpliría dieciséis años.
—Aunque la tenía guardada para dártela el día de tu cumpleaños, decidí traértela hoy —dijo Will con alegría.
Parecía tener la sonrisa grabada en su cara desde que se habían visto. Parecía tan contento de verla como ella.
—Gracias, es preciosa —contestó entusiasmada mientras la tomaba.
Contempló el arma entre sus manos. Era realmente delicada, grabada con una filigrana complicada, una obra de arte que contrastaba con la crudeza del propósito al que estaba destinada.
—La hizo especialmente para ti —dijo Ronald a su lado con media sonrisa, ganándose un codazo de Will .
—Podrías callarte un poco, bocazas —le dijo entre dientes.
Psique no salía de su asombro.
—¿Tú has fabricado esta daga?
Will, más rojo que una amapola, se encogió de hombros.
—Claro, soy hijo de un armero. Hacemos nuestros propios diseños...
—Vaya, yo soy hija de profesores y no por eso se me da bien enseñar —sonrió con sinceridad—. Eres un verdadero artista.
Ronald rio a su lado y se ganó otro fuerte codazo que lo hizo aullar.
—Me voy —dijo, masajeándose el costado—. No vaya a lesionarme y no pueda bailar con las mocitas.
—Anda sí, vete un rato, pesado.
Caminaron a paso lento. Psique no tenía prisa por encontrarse con nadie; le bastaba con estar al lado de su maravilloso amigo.
Se cruzaron con muchos lugareños del clan Fraser; lo sabía por los azules, los rojos intensos y los verdes oscuros de sus vestimentas.
Les había tocado aquel año organizar la Fiesta de la Estrella y, la verdad, contaban con muchas actividades novedosas para disfrutar.
—No deberías tratarlo tan mal —reprochó algo exagerada. Él arqueó una ceja con desconcierto—. Ronald es muy bueno.
—Lo es, y un entrometido.
—Pero es tu amigo, quiere estar contigo.
—Estamos juntos siempre —contestó clavándole una intensa mirada que le aceleró el corazón—. Hoy soy solo tuyo .
No entendía por qué, pero se sintió avergonzada. Para disimularlo, lo arrastró hasta un grupo que bailaba unos pasos más adelante.
—¡Vamos! —gritó, sofocada—. Bailemos, Will.
Gimió ante el recuerdo.
—Estúpido, imbécil, tonto del... —susurraba mientras caminaba tirando de las riendas de su caballo, camino de las tierras de los Allan.
El crujido de unas ramas a pocos pasos la sobresaltó.
Contuvo el aliento y se quedó inmóvil, forzando la vista para adivinar qué se movía en esa dirección.
Y no se equivocaba: algo se movía en mitad de la noche.
La tenue luz de la luna apenas alcanzaba a iluminar unas pocas yardas, llenándolo todo de sombras densas y sinuosas.
No obstante, tras el tronco retorcido de un árbol, le pareció ver cómo una silueta se recortaba por un instante y luego desaparecía al amparo de la negrura.
Quedaba poco para llegar a la hacienda y sabía que los soldados debían acampar cerca, por eso había terminado el camino a pie. No quería llamar la atención antes de evaluar cómo acceder al grupo sin levantar sospechas.
En aquel momento, ya no sabía si se había topado de bruces con uno de ellos o si simplemente se trataba de cualquier lugareño. De lo que estaba segura era de que ningún animal tenía esa envergadura.
El miedo le subió por la espalda tan rápido que le flaquearon las piernas. El corazón le martilleaba con tanta fuerza en el pecho que resultaba casi doloroso. Era imposible oír nada más a su alrededor; estaba indefensa .
Dio un paso atrás para situarse en el flanco del animal y el leve roce de su bota contra el suelo le pareció un estruendo.
Agarraba las riendas con tanta fuerza que notó cómo se le entumecían los dedos.
¿Qué debía hacer? Lo único que deseaba era subir al caballo y alejarse tan rápido como este se lo permitiera.
¿Y si eran soldados de los que acompañaban a McPherson? Nunca creerían la versión de un joven huidizo. Por mucho que quisiera desaparecer, debía enfrentarse a quienquiera que estuviera entre las sombras.
Con la voz más grave que pudo poner, se atrevió a preguntar:
—¿Quién anda ahí?
La pregunta se perdió en aquel silencio aterrador.
Nada. Nadie contestaba. Psique apretó los puños dentro de los guantes demasiado grandes, dispuesta a saltar sobre su montura.
De pronto, la camisa le resultaba demasiado áspera, el chaleco rígido y el gorro muy molesto, pues apenas le permitía escudriñar otros posibles ángulos de ataque.
Un movimiento entre las sombras la alertó. Otro leve crujido acompañado de un susurro de tela se oyó de nuevo tras el tronco. No la acechaba, se escondía de ella.
Las nubes que en ese momento tapaban la luna se apartaron durante un segundo, lo justo para que Psique distinguiera un hombro encorvado y un perfil terso... y delicado.
Entonces, la figura respondió al fin con una voz tan forzada como la suya:
—Un... soldado.
¿Un soldado? Esas facciones eran tan delicadas que no engañaban a nadie, ni siquiera en aquella terrible oscuridad.
Psique entrecerró los ojos. Envalentonada por estar segura de que no era un soldado, dio un paso adelante.
La silueta retrocedió, tropezando con una raíz.
Al caer de espaldas, el sombrero se ladeó a un lado, dejando escapar un largo mechón oscuro, y su rostro quedó iluminado por la luna.
—Eres una mujer —dijo sin fingir la voz grave que había forzado antes. Al darse cuenta, se tapó la boca con el enorme guante, muy consciente de su metedura de pata.
—Y por lo que veo, tú también —respondió la figura que se levantaba con bastante torpeza del suelo.
Psique suspiró, resignada. Furiosa por su ineptitud notó que el miedo aflojaba.
—¿Por qué vas vestida de hombre? —preguntó.
—¿Podría preguntarte lo mismo? —respondió desafiante.
—Yo pregunté antes.
—¿Y qué?
—Podría acusarte de espiar si no me respondes —amenazó, ya enfadada—. Soy amiga de los dueños de estas tierras.
—Yo también.
Psique resopló, consciente de que esquivaba su pregunta a la desesperada.
—Te aseguro que conozco el rostro de cada lugareño de estas tierras y a ti nunca te había visto por aquí —dijo, señalándola con un gesto brusco—. ¿Por qué te escondías?
La mujer guardó silencio esta vez. Psique se impacientó. Este incidente se le estaba haciendo demasiado cuesta arriba de repente.
—Si no me lo dices, tendré que denunciarte —mintió.
Ella salió del refugio de esas sombras y avanzó un paso adelante, retadora como una diosa. Tenía los ojos entrecerrados y apretaba los puños a los costados como si pretendiera usarlos de un momento a otro contra ella.
—Soy Catalina McPherson, esposa de Andrew McPherson —dijo y alzó el mentón—. No creo que puedas superar eso, chiquilla.
Ese apellido... Psique se mareó un instante. Apenas tuvo tiempo de retroceder cuando la tenía a tan solo un palmo, con el puño levantado y amenazándola con golpearla.
—¡No! ¡Espera! —gritó agobiada—. Soy amiga de Will.
La mano se quedó a un dedo de su cabeza, inmóvil durante unos largos segundos. Si le hubieran dicho que esa mujer se había convertido en estatua, lo hubiera creído.
—¿Cómo te llamas? —preguntó con desconfianza.
—Soy Psique.
—¿Psique? —murmuró tras un parpadeo. Luego siguió, todavía con la mirada un poco ida—. ¿La hija de los McAllen?
Ella asintió, sin poder creer tampoco que la que tenía delante era la madre de su amigo.
—¿Se puede saber qué haces tú aquí, niña? ¿Y vestida... —hizo una pausa intentando componer un rompecabezas demasiado difícil— así?
Durante unos segundos se midieron en silencio, intentando adivinar lo que pensaba la otra.
—Si no me equivoco, tenemos el mismo plan... y el mismo problema.
—Esto es tan ridículo...
—Como peligroso .
Psique, refugiada tras la tela, hizo un amago de sonrisa a pesar de lo nerviosa que estaba. De alguna manera, sentía que no estaba sola en aquello, y eso la reconfortó un poco.
—¿Qué pretendes? —preguntó Catalina con cautela, sin apartar la vista de ella.
—Tengo una conversación pendiente con Will.
Catalina arqueó una ceja.
—¿Puedo saber sobre qué?
—Lo siento, eso solo le atañe a tu hijo.
La mujer arrugó primero el ceño; sin embargo, al instante asintió con media sonrisa.
—Supongo que tendremos que ayudarnos —dijo al fin.
Psique le devolvió la sonrisa y, aunque la escondiera tras el enorme plaid que llevaba envuelto alrededor del rostro, sabía que Catalina la había percibido.
—Dos mentes piensan mejor que una.
El bosque seguía oscuro, el grupo de soldados no andaba muy lejos y el riesgo era enorme. Pero algo había cambiado en su viaje: no caminaría sola.
—Lo más difícil será introducirnos y aguantar sin que nos descubran los primeros días de viaje. Luego no tendrán otra que resignarse a llevarnos con ellos.
—¿Crees que los engañaremos?
—Por supuesto, niña —Catalina mostró su dentadura perfecta y por un momento le recordó a la sonrisa de Will—. Créeme si te digo que los hombres son mi especialidad.