Almas Rebeldes VII #2
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VII #2

Will se había quedado petrificado como una estatua mientras ella lo abrazaba. Psique, al notarlo, retrocedió un paso. Durante unos segundos se mantuvo inmóvil, como si procesara lo ocurrido, e iba a preguntarle qué le pasaba cuando Jana se plantó entre ellos con el ceño fruncido.

—¡Psique! ¿Hará falta que llame a tu padre? ¿No recuerdas las reglas?

Jana había señalado tanto esa frase que casi se muere de vergüenza.

—Las reglas —repitió, bajando la mirada al suelo como una niña a la que atrapan robando dulces.

—Las reglas que acordamos: nada de abrazos ni de gestos que puedan interpretarse como... ya sabes.

—Solo fue un saludo —murmuró arrepentida.

Will carraspeó al fin.

—Fue culpa mía —dijo sin fijar la vista en ningún lado en concreto y todavía muy sonrojado.

—Sí, lo fue —dijo con una sonrisa, haciendo que la mirara—. Fue demasiado adorable, Jana. Mira, tiene mi nombre grabado.

Le enseñó el arco a su prima.

—Vaya... —Los ojos de Jana chispearon—. Yo quiero uno igual.

Will sonrió. Psique rio a carcajadas. Para Jana era algo irresistible encapricharse de lo que no era suyo.

Will carraspeó.

—La próxima vez te traeré uno .

—¡Vale! —aceptó la niña, entusiasmada. De pronto, pareció recobrar su terca rectitud—. Esperemos que Irving McAllen no aparezca por ese sendero y nos entierre vivos a los tres.

—A los cuatro —dijo Williams y silbó fuerte con dos dedos bajo la lengua.

Entonces, Ronald apareció cabalgando con el otro caballo.

—Encantado de saludarlas, señoritas. —Desde su montura, inclinó la cabeza, coronada de rizos pelirrojos; luego clavó la vista en Psique—. Felices quince años, señorita McAllen.

—Gracias, Ronald. Me alegra verte después de tanto tiempo. Tutéame, por favor. —Señalando a su prima, continuó—: Ella es Jana.

—Encantado, señorita Jana —respondió este con exagerada cortesía.

Will y Psique rieron por lo bajo. Su prima puso los ojos en blanco y lo ignoró.

—Bueno, os aviso de que tenemos tiempo —dijo la pequeña Jana, que, a pesar de su corta estatura, parecía medir el doble que cualquiera de los presentes cuando hablaba—. ¿Probamos ese arco?

Will tendió la mano a su amiga. Ella entrelazó sus dedos con los suyos, llenos de tibieza. Si eran solo amigos, podían darse esas confianzas.

—No había forma de quitarle el arco a Jana a pesar de lo grande que le quedaba —dijo Ronald riendo sin parar.

—Sí —Psique lo imitó con más ganas—. No daba ni una y aun así no lo soltaba .

—¿Sigue siendo tan caprichosa y cabezota? —preguntó Ronald, manteniendo la sonrisa.

—Claro, no hay quien la corrija. Es ella quien siempre pone los puntos sobre las íes.

Guardaron silencio de nuevo, cada uno sumido en esos conmovedores momentos. Su dama de compañía se había apoyado en el árbol más cercano, vigilante y desconfiada.

—No puedo vivir sin Will, Ronald —dijo ella al fin, con voz entrecortada por la emoción—. No podré soportarlo.

Ronald la observó unos segundos, luego miró el horizonte.

—Volverá, yo lo traeré. Lo prometo.

Psique se levantó de un salto y lo enfrentó con las manos en las caderas.

—Déjate de promesas —señaló con obstinación—. No voy a quedarme esperando como una tonta enamorada...  —Se tapó la boca al percatarse de lo que había dicho.

—¿Enamorada? —completó Ronald con media sonrisa.

—No sé por qué dije eso; es una majadería —dijo, girándose para que no notara su sonrojo—. Soy su amiga, Ronald.

—Claro, una amiga muy especial con la que se cartea hace años y se sonroja cada vez que la mira.

—¿Has bebido otra vez? —preguntó olisqueándolo.

Ronald se puso en pie y se acercó un paso para que pudiera oírlo bien.

—No, Psique. Prometí no emborracharme más. Voy a sentar la cabeza... Casarme. Pero no hasta que Will vuelva —añadió, guiñando un ojo a su dama de compañía, quien le sonrió con timidez—. Él también quería hacerlo, ¿sabes ?

Psique giró sobre sus talones con los ojos abiertos de par en par.

—¿Eso dijo? —Su mente era un batiburrillo de mil dudas a la vez—. ¿Quería dejar de beber?

—Ya sabes que Will no bebe —aclaró reprimiendo la risa. Psique sabía que había sido una forma muy estúpida de tirarle de la lengua—. Habló de sentar la cabeza también.

La observaba con atención, midiendo cada gesto, cada respiración.

Parecía analizarla con una calma que la ponía más que nerviosa.

¿Qué demonios esperaba que dijera? Will no le había hablado de ninguna mujer.

Sus encuentros se limitaban a opinar sobre política, cultura, la forma en que su gato reclamaba la mitad de su lecho cuando se acostaba cada noche...

Nunca había mencionado a nadie especial.

Un nudo comenzó a formarse en la boca de su estómago.

—¿Quería casarse? —preguntó mientras sus celos crecían a pasos agigantados.

Ronald se encogió de hombros, quitándole importancia.

—Llevaba un anillo al cuello para una mujer.

—¿Para quién? ¿Will pensaba declararse? —preguntó sintiendo un pinchazo en el pecho.

—Tal vez esperaba volver para hacerlo —contestó con una templanza que la irritó más.

Psique lo fulminó con la mirada.

—No vas a soltar una palabra, ¿verdad? —preguntó enfurruñada.

Él le dedicó una sonrisa desafiante.

—No me corresponde a mí hacerlo .

Ella apretó los labios.

Un carraspeo de su dama de compañía la alertó de que era hora de volver.

—Tengo que irme, Ronald —dijo sin apartar la mirada todavía cargada de reproche—. Pero quiero avisarte de que esta conversación no se ha terminado.

—Siento contrariarte. Mañana partimos. —Volvió a tomarle la mano con suavidad—. Prometo...

—¡Que te calles! —lo cortó soltándose bruscamente. Ronald parpadeó, sorprendido por su ímpetu—. No quiero promesas ¡Ni tuyas ni de nadie! No cuando juegas a medias. No soporto que me trates como una niña.

Volvió a ladear la cabeza, evaluándola.

—Sé que no lo eres, por eso mismo no te cuento ciertas cosas.

—¿Qué cosas? —preguntó con resquemor.

Él guardó silencio. La dama de compañía volvió a carraspear con más insistencia.

Psique dio media vuelta, furiosa, dolida y muy confundida.

—Ya hablaremos.

—Mañana ya no estaré aquí. Partimos al alba desde la casa de los Allan —respondió él, enfadándola más. Al ver que se alejaba sin más, continuó—. ¿Así te despides de mí? ¿Te vas sin desearme suerte? ¿Y si me hieren? Recordaré con cariño tu «ya hablaremos» cuando me esté muriendo, gracias.

—Oh, cállate —soltó adelantando a su dama de compañía.

Ronald negó con la cabeza y luego murmuró con los ojos en blanco .

—¡Mujeres! —gritó para sí y luego, vociferó—. Yo también te echaré de menos, Psique.