Almas Rebeldes VII
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VII

Psique se mareó al ver llegar a Ronald tan magullado. Pero fue al conocer la noticia del secuestro de Will cuando se desmayó. Ronald la llevó en brazos hasta su mansión, donde todos se asustaron al verla en tan calamitosa situación.

Mientras Psique se recuperaba de su tremendo vahído, mandaron avisar a sus padres, que estaban dando una de sus clases en la escuela del pueblo.

Ronald volvió a relatar lo sucedido y, aunque Psique ya conocía la historia, oírla otra vez la fue hundiendo más en el sillón.

Williams podría estar malherido o incluso...

Se negó a pensar aquello. Sentía muy dentro de ella que seguía vivo.

Pasaban los días y apenas pegaba ojo, dándole vueltas a todo. Era injusto que tuviera que quedarse de brazos cruzados. ¿Qué podía hacer ella al respecto? Nada. Pero esa palabra no encajaba en su cabeza.

Una semana después, Ronald volvió a visitarla.

Según él, Andrew McPherson había reunido a un grupo de soldados para rescatarlo.

Entre ellos se encontraban el otro socio de Will, Miles Allan, y Edward McCain, en representación de su gran amigo, el laird Williams McEwen, quien se hallaba postrado en cama por una terrible crisis de gota.

Era la oportunidad de hacer algo por Will.

—No puedes venir con nosotros, Psique —dijo Ronald poniendo los ojos en blanco—. Eres mujer.

—¿Ya estamos otra vez con eso?  —le echó una mirada fulminante.

Con rabia, tiró una piedra al aire con todas sus fuerzas y rebotó contra un árbol, cayendo esta unas yardas más allá. La pobre de su dama de compañía, Fanny, que se encontraba cerca, se sobresaltó.

—Ese árbol no te ha hecho nada.

—Entonces, ¿debería tirártela a ti? —dijo recogiendo otra piedra del suelo para pasearla entre sus dedos—. Porque tú sí.

—¿Yo? —arqueó las cejas, sorprendido—. ¿Qué te he hecho yo?

—Me fastidias todo el tiempo. —Tiró la piedra lejos, pero esta vez con menos ímpetu.

Luego, con las manos en las caderas, se volvió hacia él—.

Que si eres mujer, que si no sabes defenderte, que si estoy loca...

—Se acercó a él hasta ponerse a un pie de distancia y le arrebató la gorra que llevaba puesta—. ¡No estoy loca!

—Estás como una cabra, no tengo ninguna duda —respondió él, intentando recuperar la prenda.

Ella la tiró tan lejos como pudo y este se lanzó a por ella. Impulsada por la rabia, Psique se echó sobre su espalda y lo mordió en la oreja. Ronald, sorprendido, se incorporó de golpe y la hizo aterrizar de nalgas sobre la hierba. Fanny los observaba con pánico.

—¿Qué demonios haces? —preguntó aullando como un poseso .

Ronald se masajeaba la oreja mordida, escandalizado. Psique, todavía en el suelo, comenzó a balar como una cabra. Su expresión no auguraba nada bueno.

Debía parecerle ridícula, pero odiaba demasiado que tomara tan a la ligera su proposición. Hablaba en serio, quería participar en el rescate de Will a pesar de sus limitaciones.

—No soy tan débil como piensas, Ronald —dijo muy seria, poniéndose de pie.

—¡Claro que lo eres! —Ronald se colocó la gorra sobre sus rizos pelirrojos con el ceño fruncido—. No aguantarías ni un día fuera de tu palacio.

—Eso no puedes saberlo —protestó con los puños apretados y dando un fuerte pisotón al suelo.

—Claro que lo sé —replicó—. ¿Recuerdas que he estado fuera dos años? He dormido a la intemperie y pasado días enteros sin comer.

—¿Tú sin comer? —respondió entrecerrando los ojos—. A otra con ese cuento, Ronald. Eres un tragón, es imposible...

Al ver los grandes moratones que todavía se reflejaban en su rostro, recordó el tiempo que estuvo sometido a las viles torturas de los guardias. Además, regresó en un tiempo récord, casi imposible. Por la sombra que cruzó su semblante, intuyó que no solo conservaba heridas superficiales.

—Lo siento, Ronald.

Agarró sus manos y las entrelazó con las suyas.

—No me tengas pena, Psique —protestó soltándose con brusquedad. Cruzó los brazos sobre su pecho y alzó el mentón con altivez—. Ya estoy bien. Lo que pasó es parte de la vida de cualquier escocés. Y un guerrero como yo.. .

Psique se sorprendió con su absurda reacción.

—No te cansas de decir estupideces, ¿verdad?

—Pues anda que tú.

—Yo no he dicho ninguna estupidez. —Volvió a dar un paso hacia él para enfrentarlo—.

Que me veas vestida así —se tiró de la preciosa falda en un gesto impaciente— no significa que sea débil.

Soy fuerte, más rápida que tú y que cualquiera en millas a la redonda.

Sé manejar el arco y la daga, y mi razonamiento es veinte veces más ingenioso que el de cualquier hombre.

Ronald no la contradijo; tenía razón en todo eso. Psique le dio la espalda. Los maravillosos recuerdos con Will la asaltaron.

—¿No recuerdas lo que me enseñasteis durante estos años de amistad?

—Claro, es imposible olvidar lo cabezota que puedes llegar a ser —replicó Ronald con tono cansado.

Psique sonrió.

—¿Recuerdas el día que Will me regaló el arco?

—Claro, yo lo acompañé. Fue vuestro primer encuentro, cuando cumpliste quince años —Ronald se acercó por detrás y colocó una mano sobre su hombro—. ¿A dónde quieres llegar?

Cogió la mano de Ronald y lo condujo bajo el árbol.

—¿Te apetece recordarlo conmigo?

Ronald tragó saliva mientras asentía. Ambos se sentaron y guardaron silencio. Solo se oía el sonido de las hojas del árbol cuando la suave brisa las mecía.

El pasado común era lo único que les quedaba de Will. Sería como volver a sentirlo cerca, por duro que les resultara .

—En ese primer encuentro ya mostraste tu personalidad —dijo Ronald apretándole la mano con mimo.

Ella asintió, sabiendo que era verdad.

Psique esperaba junto al árbol con las cartas apretadas contra el pecho.

Desde que se conocieron en la Fiesta de la Estrella, tres años atrás, no habían vuelto a verse.

Vivían demasiado lejos el uno del otro y, por eso, aquel encuentro era tan extraordinario.

Habían mantenido una correspondencia constante.

Una carta por estación, donde se relataban la cotidianidad de sus días.

Nada prohibido, nada que un padre pudiera censurar.

Solo tenían el deseo de conservar una amistad curiosa.

Su madre nunca se opuso, le parecía enternecedor.

Su padre, en cambio, leía cada carta antes de permitirle abrirla...

Pero justo esa última tan importante donde se citaban al fin, no llegó a leerla.

Había salido temprano por la mañana y Psique la encontró en su bandeja de correspondencia.

Gracias a esa temeridad, podría cumplir su mayor sueño: reencontrarse con Will a solas.

Sabía que Irving McAllen la castigaría de por vida si los descubría.

A pesar de todo, merecía la pena arriesgarse.

El aire movió las hojas del árbol sobre su cabeza. El sonido la hizo contener el aliento, como cualquier ruido que oía cerca. En su interior guardaba un torbellino de emociones difíciles de reprimir.

Un traqueteo de plantas a su espalda la hizo volverse.

Will avanzaba despacio por el sendero. Lo notaba más alto, más adulto.

Sin embargo, mantenía la misma expresión tranquila del primer día.

Vestía elegante y limpio a pesar de haber cabalgado durante días.

Por un segundo, dudó si había sido demasiado imprudente en encontrarse a solas con un chico de su edad, pero lo olvidó todo al encontrarse con sus ojos.

Tenía la misma mirada amable de hacía tres años.

—Psique... —Su voz sonó profunda, casi temblorosa.

Ella asintió. Notaba que las piernas le flaqueaban.

—Pensé que no vendrías —susurró con el corazón latiéndole muy fuerte en el pecho.

Él sonrió y en sus ojos brillaba una ilusión sincera, de esas que llegaban al corazón por haber tardado tanto en pronunciarse.

—No podía faltar el día de tu cumpleaños.

Psique se mordió los labios, algo nerviosa.

—Si mi padre se entera...  —murmuró.

—¿No lo sabe? —Miró a su alrededor confundido—. Pensé que leía mis cartas.

Ella negó con la cabeza, sonrojada.

—Esta vez no, Will —calló un segundo, sopesando qué decir—. Yo... la escondí.

—¿Por qué? —preguntó inquieto.

—Quería estar a solas contigo. Eres muy especial para mí.

Will adelantó dos pasos hacia ella. Psique bajó la mirada al suelo, avergonzada.

—Tú también lo eres para mí. —Levantó con un dedo su mentón, obligándola a mirarlo—. No debiste mentirle. No quiero que tengas problemas por mi culpa.

Sus ojos eran francos.

—No los tendré, créeme. —Hizo una pausa y paseó la vista hacia unos árboles—. Además, mi prima Jana espera allí. Le pedí que aguardara hasta que la avisara .

Will rio y Psique arrugó la nariz, extrañada.

—Mira allá —Con el dedo señaló a un montículo lejano—. Mi amigo Ronald espera también allí escondido.

Rieron juntos, ambos sonrojados por su torpeza.

—Me alegra mucho verte de nuevo, Will —dijo tendiéndole la mano—. ¿Los llamamos para que se unan a nosotros?

—¡Claro! —aceptó entusiasmado—. Pero antes quería darte algo.

Psique alzó las cejas mientras él se sacaba algo de detrás de la espalda.

—Es para ti.

Boqueó como un pez y Will rio.

—Es un arco —dijo al fin con un hilo de voz.

—Cógelo, es tu regalo de cumpleaños.

—¿No me engañas? ¿Es para mí?

—Claro, grabé tu nombre en él —dijo insistiéndole en que lo tomara—. La próxima tendrás tu propia daga.

Psique lo agarró al fin. Will se frotaba la nuca, algo apurado.

—¡Es precioso!

No le contestó, se había sonrojado mucho.

Psique lo miró un instante antes de estrecharlo contra su pecho, como había hecho con las cartas hacía un momento.

Estaba tan emocionada que casi no podía contener las lágrimas.

Sin pensarlo dos veces se abalanzó sobre el estático Will echándole los brazos al cuello.

Luego le plantó un efusivo beso en la mejilla.

—Te adoro, eres un gran amigo, Will McPherson .