Almas Rebeldes VI #2
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VI #2

El gigante gruñó algo por lo bajo y removió las brasas con más fuerza de la necesaria. Williams no pudo evitar una sonrisa fugaz, aunque la disimuló con rapidez.

Más tarde, tras haber cenado un par de galletas y un trozo de pescado seco que Tormod les había dado, se tumbaron junto al fuego, que seguía regalándoles la misma calidez a pesar de que las llamas no fueran tan altas.

El gigante resoplaba y se giraba de un lado a otro cada dos por tres. Parecía más intranquilo esa noche que de costumbre. Williams, cansado de escucharlo, se incorporó con intención de sentarse frente al fuego, cuando, al segundo, ya tenía la hoja de un cuchillo sobre la nuez.

—¿Se puede saber a dónde vas? —preguntó el rubio, echándole el horrible aliento a pescado encima.

Williams contuvo las arcadas.

—¿A dónde quieres que vaya? —protestó apartando el arma de su garganta—. Ya me has demostrado lo inútil que puedo ser al aire libre. Prometí que os acompañaría. Soy un hombre de palabra.

—A mí no me prometiste nada, muchacho.

Tormod abrió los ojos en ese momento y, por su cara de disgusto, supo que estaba debatiéndose entre torturarlos o matarlos para librarse de una vez por todas de ellos.

—El chico dice que prometió seguirnos —soltó con sorna, colocándose junto al fuego y añadiendo una rama grande en el centro—. Yo debo estar sordo porque no lo recuerdo.

—Dijo que vendría —murmuró con pesadez el oscuro y volvió a cerrar los párpados.

—Eso dijo —replicó Aodh—, no lo prometió.

Williams entrecerró los ojos y apretó los dientes. Aodh no tardó en provocarlo al comprobar su enfado.

—¿Ves? Tu palabra no vale ni una boñiga, chico, y la próxima vez que intentes escapar te rebanaré el pescuezo.

—Claro, y luego me asarás en esta hoguera de mierda tuya —espetó con hastío .

El vikingo se giró hacia él con rapidez. La vena marcada de su frente le indicaba que no existía un ápice de simpatía en su gesto, solo una ferocidad cruda por asesinarlo.

—Repite eso —gruñó en voz baja y peligrosa.

Williams tragó saliva, pues sintió que todo se detenía a su alrededor. Esa bestia podía aplastarlo con el dedo igual que a una hormiga.

Tormod abrió los ojos de nuevo y añadió con cansancio:

—Promételo para que podamos dormir tranquilos el resto de la noche, chico.

Williams sintió que el pulso se le disparaba al percibir el odio que el rubio le profesaba.

Oía los latidos en sus sienes, tan fuertes como un tambor, y comenzó a respirar de forma irregular.

Al final, el sentido común ganó la partida a su propia terquedad.

Ese hombre no razonaba como cualquiera. Con él se jugaba la vida a cada segundo.

—Juro acompañaros a donde sea que me llevéis. —El gruñido del vikingo lo sobresaltó. Su intensidad asesina no había menguado nada—. Y reconozco que eres el rey de las hogueras, Aodh.

Las carcajadas de Tormod rompieron el silencio como un estallido y casi le causaron un colapso.

Observó que las aletas de la nariz de Aodh se abrían y cerraban con rapidez.

Su bigote comenzaba a vibrar de forma muy extraña.

Williams se puso de rodillas de un salto y, con las manos atadas, agarró uno de los palos incandescentes de la hoguera, preparado para el ataque.

De pronto, el rubio vikingo comenzó a reír más fuerte que el otro. Sus potentes carcajadas se mezclaban con ronquidos, casi porcinos. Resonaban en la noche creando un sonido atronador .

Williams, con el corazón desbocado, seguía aferrado al leño sin saber qué hacer. Aodh se dobló hacia delante, sujetándose la barriga con las dos manos. Tormod, al fin, se limitó a observarlos con una sonrisa torcida.

—Rey del fuego, desátalo —ordenó al vikingo.

Otra risotada quebró el silencio cuando parecía haberse calmado un poco.

—¿Me vais a quitar esto? —preguntó Williams, anonadado.

—Lo has prometido, muchacho —dijo mientras el gigante se aproximaba a Will—. Si me fallas juro que te mataré yo mismo.

—Si llego a saberlo, lo habría prometido antes.

—Soy el rey del fuego —repetía el bruto entre risas quitándole de un tortazo el palo de entre las manos—. Al menos soy rey de algo y me has hecho reír como hacía años que no lo hacía. Te perdono, no soy rencoroso, lo juro.

Will arqueó las cejas, incrédulo.

—Vaya, esta noche todos juramos algo —concluyó Williams frotando sus muñecas con una mueca dolorida.

Otra risotada del gigante lo sobresaltó.

—Me gusta este muchacho, Tormod. —El otro asintió—. Se nota que eres hijo de tu padre. Con él también me reía bastante.

Eso no le gustó. Recordar que su padre había formado parte de ese grupo de asesinos le partía el alma. Siempre imaginó que era un hombre respetable. Descubrir aquello pesaba demasiado y, con seguridad, si conseguía salir de esa, acabaría manchando su reputación.

Si en alguna ocasión tuvo la esperanza de ser digno de Psique, acababa de esfumarse. No lo era y nunca lo sería con esa mancha a su espalda .

La idea lo atravesó como un cuchillo. No solo lo separaban las millas de distancia. Sin quererlo, avanzaba hacia un destino incierto y turbio.

El gigante palmeó su hombro mientras reía. Will cerraba los ojos con fuerza, demasiado consciente de su desengaño. Tal vez, abandonar su promesa sería lo más seguro para ella.