Almas Rebeldes VI
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VI

—Bien, creo que lo he subestimado, Tormod —oyó la voz áspera de Aodh a su lado—. Aunque está flaco, tiene bastante aguante. ¿No crees?

Tras cruzar el pantano, se dirigieron al norte. Por suerte, le habían dejado montar el caballo de su amigo Ronald. Sin embargo, lo obligaban a llevar atadas las manos con cuerdas a la montura y, tras tantas horas de trote, su espalda arqueada rivalizaba con la joroba de un anciano.

Después de una semana al borde de la extenuación, se preguntaba cómo esos dos podían aparentar dar un simple paseo ecuestre. Supuso que para unos mercenarios como ellos montar de esa forma sería lo habitual.

Después de esa paliza, Will decidió no abrir la boca, por mucho que le tirara de la lengua ese estúpido animal de Aodh.

—Siendo hijo de Andrew, algo debe habérsele pegado. —Al oír nombrar a su padre, lo miró desafiante—. Por lo pronto, es bastante atrevido.

—Sí —contestó el otro, rompiendo el silencio con sonoras carcajadas—. Los tiene bien puestos.

—¿Te gustaría unirte a nosotros, muchacho?

Aunque lo había preguntado el rubio, clavó la vista en Tormod, quien, a pesar de divertirse, lo observaba con una expresión oscura como su alma. Lo evaluaba con cada provocación del otro. Lo medía a conciencia, buscando su límite.

Williams escupió en respuesta y fijó la vista al frente.

—Nuestra vida no es tan mala, chico —siguió Aodh, algo sorprendido—. Antes trabajábamos para los más influyentes, ahora nosotros somos lo que mandamos. Y créeme, no está mal.

—Donde ya hay dos, tres son multitud. No quiero estropearos la fiesta —respondió al fin, harto de escuchar tonterías de ese bruto.

Su respuesta provocó un silencio peligroso mientras cruzaban el arroyo.

El sonido del agua mezclado con los cascos de los caballos le resultaba inquietante.

De reojo comprobó que Aodh apretaba la mandíbula y gesticulaba algún improperio.

Luego, al ver que no le respondía, se relajó.

Y por eso no vio venir el fuerte empujón que lo tiró del caballo .

La gelidez del agua lo sobresaltó al cubrirlo casi por completo.

Con rapidez, sacó la cabeza para respirar y se incorporó de rodillas con mucha dificultad.

Al levantar el rostro mojado, el guerrero lo observaba con aversión desde el enorme caballo, que no paraba de hundir sus patas en el rio justo a su lado.

Eso no lo amedrentó. Al contrario, su rabia creció hasta devorarlo, importándole una mierda todo.

—Maldito hijo de puta, voy a matarte... —murmuró desafiante con voz rasposa.

—Escúchame, estúpida florecilla —lo cortó con voz amenazadora—.

Te estoy dejando vivir porque Tormod te necesita.

—Hizo una pausa, estrechando los párpados—.

Insinúa una vez más alguna duda sobre mi hombría y me importará una mierda —dijo, dedicándole un gesto obsceno mientras se llevaba la mano a la entrepierna—.

Hasta hoy, solo he conocido hembra, pero no niego que en nuestro grupo haya quienes prefieran a hombrecitos deslenguados.

Tal vez te los presente cuando lleguemos.

Williams lo enfrentó de rodillas y con los puños apretados, a pesar del daño que le provocaban las cuerdas por la tensión. Tras unos segundos de largo duelo en que nada más se oía el resoplido de los caballos de fondo, Tormod rompió el silencio.

—Sácalo de ahí y sigamos —ordenó con sequedad.

Aodh gruñó, aunque obedeció. Espoleó su caballo hasta llegar a Will, se inclinó en la montura y lo agarró por la camisa con un tirón feroz, arrancándolo del suelo de golpe. Luego lo empujó hacia su caballo.

—Sube —ordenó—. Vamos.

Williams resoplaba, furioso, pero no montaba. Moría por arrancarle la espada que llevaba al cinto y clavársela en mitad del pecho. Terminaría con eso rápido, luego volvería a su casa, a su familia, con su amiga.

—O subes ya o no tendrás tiempo para arrepentirte —amenazó el vikingo con odio.

De pronto, justo cuando iba a lanzarse sobre él, le pareció oír un susurro lejano. ¿Era la voz de Psique? ¿Rumoreaba su nombre? Parpadeó, confuso, y miró a su alrededor. Lo había imaginado, sin embargo, logró sacarlo de ese caos emocional que lo empujaba a hacer una locura.

Desalentado, se contuvo. Nada más que el sonido de los caballos y el agua del arroyo discurriendo entre sus botas cortaba el sepulcral mutismo. Subió como pudo a lomos del animal y, todavía nervioso, echó otro vistazo en derredor. El vikingo lo observaba con el ceño fruncido.

—¿Buscas ayuda? —preguntó—. No hay nadie cerca. Y solo no sobrevivirías ni un día en estas tierras.

—Aodh tiene razón, Williams. —Parpadeó al oír a Tormod llamarlo por su nombre—.

No estás hecho para esto... todavía. Podrías lograrlo si decides poner de tu parte.

Desde ahora, si eliges no aprender, te dejaré morir.

Lamento haberte arrancado del calor de tu hogar, pero este mundo no sabe a pastel de manzana, por mucho que quieras creerlo.

Que vengas con nosotros es importante; es la única forma de reunirme con tu padre.

Y te diré algo más: vendrá, estés vivo o muerto. Ahórrale el disgusto.

Sus palabras se clavaron en su pecho. Tormod le daba la elección de avanzar con él o perderse en mitad de la nada.

Contempló un momento más el paisaje que dejaban atrás.

La llanura, salpicada de frondosos árboles, pintaba un cuadro de ricos matices y falsa amabilidad.

Al frente, en cambio, las montañas se alzaban atemorizantes.

Eran un muro oscuro de incertidumbre y peligro.

No obstante, sabía que su padre acudiría .

Respiró hondo antes de responder.

—Sigamos.

Tormod silbó, satisfecho con su respuesta, y giró su montura hacia el sendero pedregoso que llevaba a las primeras lomas.

Aodh esperó a que Williams espoleara su caballo para seguirlo de cerca.

El grupo reanudó la marcha en silencio, acompañado por el crujido de las sillas y el resuello de los animales.

Cada paso que avanzaba le recordaba el dolor en las costillas.

También era muy consciente de la amenaza que guardaban esas últimas palabras.

Desde entonces, una firmeza casi terca se instaló en su pecho.

No estaba preparado para un viaje tan duro.

Sus caminos habían discurrido cómodos, sin asperezas.

Y, si tenía que morir, no deseaba que fuera como un fardo inútil. Por eso eligió aprender.

Las enormes montañas crecían ante ellos, grises igual que sus pensamientos. El viento descendía frío, seco, probando su resistencia.

—Mantén el ritmo, Williams. No pienso esperarte —gritó Tormod delante de él.

Will apretó los dientes y afianzó las riendas entre sus dedos.

—No hará falta —prometió con el corazón palpitante.

Era extraño, sin embargo, algo parecido a la emoción comenzó a hacerse hueco entre sus costillas.

Tras horas de sortear obstáculos durante el viaje, se detuvieron al caer la noche.

Se sentía satisfecho. Era como si, desde el momento en que había cedido, el camino hubiera adquirido otra perspectiva de importancia vital.

Con los sentidos alertas, observó cada decisión tomada y cada palabra cruzada entre Tormod y Aodh.

Intentó anticipar sus decisiones antes de que dijeran nada y comprobó cómo su lógica erraba sin cesar.

Era cierto que no estaba preparado para resistir como un guerrero, pero aprendería con la única intención de regresar por ese mismo camino.

Por su familia y por Psique, seguiría respirando.

La fogata estaba alta. Demasiado alta, opinaba Aodh arrodillado a su lado y con el ceño fruncido. Aprovechaba cada ocasión para quejarse.

—Acabarás prendiéndonos fuego mientras dormimos, maldito inútil —gruñó, apartando un par de troncos del centro de la hoguera.

—Siempre lo he hecho así, ¿qué problema tienes? —espetó con aspereza, cansado de aguantarlo.

Lo miró de reojo; parecía evaluar si valía la pena discutir o callar antes de que Tormod interviniera. La luz de las llamas marcaba sus arrugas y encendía sus mejillas, dándole el aspecto de un borracho recién salido de una taberna.

—El problema —masculló al fin— es que no tienes idea, chico. Y yo no pienso arder porque seas un torpe.

—Enséñale cómo se hace, Aodh —ordenó Tormod, de pie a su lado y masticando un trozo de pescado seco.

El otro soltó un bufido que Williams no supo interpretar: no sabía si era de risa o de desprecio.

—Con gusto —dijo con una delicadeza tan falsa que lo crispó. Luego se inclinó hacia la hoguera y parpadeó coqueto mientras le dedicaba una sonrisa muy forzada—. Mira bien, chico. No voy a salvarte el pellejo cada noche.

Con movimientos calculados, apartó la leña sobrante sin quemarse y recolocó el resto de forma que el fuego bajó de intensidad, pero mantuvo una llama suficiente para calentarlos. Así recobró una estabilidad menos peligrosa para dormir a su lado. Luego resopló, satisfecho ante su propia proeza .

Williams había prestado atención. Con Ronald siempre habían cargado las hogueras de muchos troncos, con la intención de que no se apagaran en mitad de la noche y acabaran muriendo de frío. En realidad, nunca aguantaban hasta la mañana.

Aodh, en cambio, había quitado carga y distribuido con mimo cada rama. Las más grandes las había sacado para dejar prender las medianas.

—Así no nos quemarás vivos y la única tarea que nos queda será rellenarla una vez más en mitad de la noche.

Tormod asintió masticando su pescado.

—Aprende de él —afirmó—. Se parece más a un jabalí que a un sabio, pero sabe lo que se hace.

—Si yo parezco un jabalí, tú...

Tormod levantó apenas una ceja. Y fue suficiente para que el otro se tragara el resto de la frase. El silencio pesó como una piedra mientras el vikingo apretaba la mandíbula. Resopló, frustrado.

—Te escuchamos, Aodh —insistió el gigante.

—Tú pareces un espantapájaros mojado —dijo sin mucho convencimiento.

La risa de Tormod los tomó desprevenidos. Luego volvió a masticar otro trozo de pescado sin dejar de enseñar los dientes amarillos.

—Mejor; te vas superando en ingenio —dijo como a un niño.