Almas Rebeldes V
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Para ello buscaría una buena mujer y formaría una familia.

¿Dios lo había ayudado? Estaba seguro. ¿Quién resistiría una paliza como aquella sin contar una sola palabra? Se sentía muy orgulloso de sí mismo, aunque bastante maltrecho, cuando lo dejaron libre y lo empujaron fuera de ese cuartel inglés.

Ronald guardó silencio mientras Andrew se acercaba. Su dura expresión le indicaba que temía sus noticias. Sin pronunciar una sola palabra, agarró las riendas del caballo de Will y lo condujo hasta las cuadras de la parte trasera de la casa, donde no llamarían la atención.

Allí lo ayudó a bajar. En sus ojos oscuros brillaba intensa la sombra de la preocupación.

—Will está vivo, señor —dijo Ronald antes de que preguntara.

Un largo suspiro escapó de sus labios y a la vez Callum agradecía a Dios en alto.

—¿Dónde está? —preguntó con contención mientras Ronald terminaba de desmontar.

Su aspecto casi desfigurado por los golpes no era el más esperanzador. Andrew aparentaba estar tranquilo, pero percibía la tensión en sus hombros, y su silencio decía más que mil palabras.

—De eso vengo a hablarle, señor McPherson —declaró echando un vistazo inquieto a Callum.

—No pienso largarme sin saber qué le ha ocurrido a mi hermano —soltó este dejándole clara su postura.

La seriedad de Ronald indicó a Andrew que lo que debía contarle era complicado.

—Hijo, ya sabes que tu hermano vive; ahora lárgate. Te prometo que luego hablaré con vosotros.

Reticente, no cedió al momento. Finalmente, al comprender que no tenía nada que hacer contra las órdenes de su padre, obedeció.

Se encaminó con un fuerte bufido hacia la casa.

Su paso era lento, intencionado, como si quisiera darles tiempo.

Sabía que su madre, Catalina, saldría a buscarlos en cuanto sospechara que algo no andaba bien.

El olor a heno húmedo y cuero se respiraba con intensidad en las cuadras. Los caballos resoplaban inquietos; percibían la tensión que cortaba el aire.

—Te han dado una buena paliza, Ronald.

—Así es, señor —contestó él con un suspiro—. Nada que no cure en unas pocas semanas.

—Cuéntame qué es lo que los demás no deben saber —pidió con una mirada que no daba opción a titubeos.

—Williams está con... —A pesar de haberlos nombrado cien veces durante el trayecto, sus nombres aún le provocaban escalofríos— Tormod y Aodh.

Apenas notó un cambio en Andrew durante los cinco segundos siguientes. Luego, un leve titileo de sus pestañas indicó que no era de piedra. Su mandíbula se endureció y la cicatriz de su mejilla se remarcó.

Uno de los caballos golpeó el suelo con la pezuña, rompiendo el silencio que se había adueñado del lugar.

—Gracias por tu discreción —dijo con voz grave—. ¿Qué mensaje te dieron para mí?

Ronald parpadeó. No estaba acostumbrado a verlo tan amenazador. Parecía haberse transformado en otra persona, un guerrero listo para atacar. El hombre que tenía delante mostraba la misma mirada gélida de esos locos mercenarios.

—Solo dijeron que lo esperaban en la Cascada del Hacha dentro de dos lunas llenas. Si usted no va...

—Iré —interrumpió, escueto.

—Yo iré con usted, señor.. .

—No —cortó—. Es demasiado peligroso. No creo que haga falta que te explique por qué tras haberlos conocido.

—No voy a quedarme. Entiendo que es su hijo, pero también es mi amigo. Es mi hermano, aunque no compartamos sangre.

—Lo siento, no es negociable —respondió con rotundidad, dándole la espalda y agarrándose a un poste—. No sabes manejar un arma sin quejarte, muchacho. Hasta venderlas te cuesta bastante.

Sus mejillas debieron teñirse tanto como su cabello, pues sintió que la rabia lo inundaba de los pies a la cabeza. No permitiría que lo apartara después de haber prometido al cielo que salvaría a Will. Debía pensar rápido si no quería verse fuera de aquello.

—Acepto que no soy un guerrero experimentado, pero soy muy fuerte. Podría cargar con Will si él...

—No —soltó frío.

Una estocada certera, firme, sin opción.

—¿No? ¿Ya está? —protestó con urgencia y, al no recibir respuesta, murmuró con los dientes apretados—: No puede ir solo, señor.

Andrew se giró y asintió. Por un instante, creyó que cedería.

—No vendrás, Ronald. No soportaría que murieras por mi culpa.

Un caballo resopló desde la penumbra, reforzando el peso de su determinación.

Ronald se desesperó y maldijo unas pocas veces. El aire frío que entraba por las rendijas de las paredes de madera quemó su garganta. Un tirón doloroso en su mejilla izquierda le recordó lo frágil que podía ser a los golpes. Aun así, insistió.

—Si he sobrevivido a los casacas.. .

Andrew rio con amargura y Ronald calló.

—Te aseguro que los gallowglas no dejamos vivir, muchacho. —La mención a esos guerreros quedó suspendida unos segundos, como el vaho frío de su aliento. Con pesar, corroboraba que era uno de ellos—. Tormod te dejó vivo porque necesitaba que llegaras hasta mí.

Durante el viaje guardó la absurda esperanza de que aquello solo fuera una horrible confusión. Que esos hombres se refirieran a otro McPherson. Para su gran sorpresa, Andrew era tan peligroso... No, tal vez mucho más temible que esos desalmados.

—Ellos parecían conocerlo bastante bien. —Hizo una pausa al verlo asentir y prosiguió, temeroso—. ¿Usted es uno de ellos?

Andrew se perdió en algún punto lejano sobre su hombro. Sus ojos se habían ensombrecido hasta adquirir una abstracción sobrecogedora. Notó que revivía recuerdos duros, secretos inconfesables que, con seguridad, llevaban años desterrados de su memoria.

Una corriente de aire levantó el polvo del suelo, arremolinándolo a su alrededor. Eran el eco de lo no pronunciado en voz alta.

Las gotas de lluvia comenzaron a golpear el techo de las cuadras. Ronald respiró con profundidad, tratando de calmarse. Al fin, Andrew cerró los ojos unos segundos y le prestó atención.

—Lo soy. Es una maldición, no una forma de vida. Jamás dejas de pertenecerles.

—No sé qué quieren esos animales de usted, pero estoy seguro de que no es ninguna tontería —extendió las manos señalando a su alrededor—. No lo deje todo por esos hombres, señor McPherson. Su mujer, sus hijos... —casi se atragantó con su propia saliva—. ¿Y si no vuelve ?

—Dejaré a Callum a cargo de todo. Ya es un hombre y sabe lo que tiene que hacer.

—Déjeme ayudarle. No lo defraudaré, se lo juro.

—Ronald, confío en ti para muchas cosas.

No te hubiera permitido ser socio del negocio si fuera de otra forma, no obstante, esto es más que una cuenta pendiente.

—Hizo otra pausa breve, le costaba seguir hablando—.

Juro que creí en ese cura idiota de Elliot cuando me dijo que Dios me había dado otra oportunidad.

Pero el pasado ha regresado, y no puedo mirar hacia otro lado.

Debí acabar con esto hace años... Ahora mi familia corre peligro y es todo por mi culpa. Nunca dejo de tenerla.

—¡No es tu culpa! —La voz de la señora McPherson clamó igual que un vendaval desde un rincón del habitáculo.

Ronald dio un respingo. Estupefacto, la vio avanzar a grandes zancadas hasta su marido—.

Son ellos los que tienen a tu hijo, no tú.

Son ellos quienes lo amenazan. Ya no les perteneces, Andrew.

Perteneces a tu familia, me perteneces a mí.

Andrew maldijo entre dientes. Envuelta en un plaid de cuadros rojos y verdes, ella apretaba el puño contra el pecho, que parecía dolerle.

—¿Cuánto llevas ahí, mujer?

—Lo bastante para saber que pretendes ir a salvar tú solo a Williams de esos salvajes. —Lo agarró de la camisa con fuerza. Sus ojos verdes refulgían con viveza—. Lo harás, Andrew. Pero no permitiré que te suicides.

—¿Y qué pretendes? ¿Me llevo a Callum? ¿A Ronald? —Alzó tanto la voz que retumbó entre las paredes—. ¡No están entrenados para esto, maldita sea! No puedo cargar con la mu...

—¡No! —lo cortó ella—. Ni se te ocurra decirlo, esposo. No es la hora de nadie en esta familia. —Su mirada brillaba, emocionada—. Devolverás a Williams a su hogar, vivo, con sus hermanos y su madre, ¿entiendes?

Catalina rompió en llanto y Andrew la rodeó con sus brazos. Sus sollozos se mezclaron con el golpeteo de las gotas contra el tejado.

Ronald se apretó el pecho, conmovido. Williams era su mejor amigo y a esas alturas se había negado tantas veces la posibilidad de que muriera que oírlo en boca de otros le resultaba insoportable.

Pese a que no debía mostrar debilidad delante de ese impostado guerrero, no pudo evitar que las lágrimas también lo desbordaran. Había pasado mucho tiempo haciéndose el fuerte. Se encontraba roto de dolor.

—Catalina, tranquilízate —susurró Andrew sin soltarla—. Te lo traeré, lo juro.

—McEwen, Allan...  —mencionó su esposa con desesperación—. Ellos te ayudarán. Debemos... —Al oírla, la esperanza de Ronald de participar en todo aquello creció. Andrew guardó un silencio sospechoso que la hizo enmudecer. Luego prosiguió, entrecortada—. Si no los convocas tú, lo haré yo.

—¿Cuándo vas a dejar de inmiscuirte en mis asuntos, joder? —dijo sujetándola por los hombros con fuerza.

—Nunca, mientras la vida de los que amo dependa de un bruto como tú —soltó con rudeza—. Soy su madre, tengo derecho a...

—No pesarán sobre mí más vidas. Puedo hacerlo, Catalina —insistió con la nariz casi pegada a la de ella.

—Llevas muchos años fuera de eso, esposo —señaló—.

¿Me dejarás viuda y sin hijo? —La mujer golpeó su pecho con los puños, y Andrew la sostuvo fuerte por los hombros—.

No permitiré que me dejes sola, jodido bastardo.

Moriré antes — apoyó la mejilla en su pecho y él la apretó con fuerza—. Prometiste que jamás me dejarías.

—Siempre serás una deslenguada. —Ella no respondió, con los ojos cerrados contra su torso—. Te amo más que a nada, Catalina. Pero no morirás antes que yo; no lo soportaría, ¿entiendes?

—Entonces, pide ayuda o juro que me quitaré de en medio antes de que partas.

Andrew la separó de su pecho. Vio en sus ojos el mismo arrojo que Ronald había visto antes. Era una locura; y a pesar de ello, lo hizo recapacitar.

—Lo haré, mujer.

Catalina sollozó contra su pecho y él volvió a abrazarla. Ronald, incómodo, salió de la cuadra y se dirigió a la casa sin importarle mojarse.

Jamás había sido testigo de un amor tan apasionado. Sus padres nunca habían montado una escena así. Para dos almas tan fuertes y complicadas no debía ser fácil encontrarse sin romperse primero.

¿Existiría en las Highlands una esposa destinada a él? Si fuera así, dudaba de que esta tuviera ni la mitad de ardor que la señora McPherson. En ese momento comprendió que su amigo Will no había heredado el afanoso entusiasmo de su padre, sino de la mujer que lo había parido.

Ya en el porche, se sacudió el agua del cabello y de las ropas. Luego entró sin llamar a la puerta. Añoraba ese hogar y, aunque no fuera suyo, había pasado media vida entre esas paredes. Sintió que su aroma lo abrazaba como a un hijo más de la familia.

Apenas puso los pies en el vestíbulo, un grito desde lo alto de la escalera lo hizo llevarse una mano al pecho.

—¿Ronald? —preguntó la hermana pequeña de Will, llamada Catalina como su madre—. ¿Realmente eres tú ?

—Vaya susto me has dado, niña Catalina.

Tuvo que pestañear dos veces, sin creer lo que veían sus ojos. Cata había crecido bastante en esos dos años y de su faceta de niña apenas quedaba un reflejo.

—¿Qué te ha pasado? —preguntó muy cerca de él. Tan atrevida como siempre, pasó las yemas de los dedos por sus mejillas llenas de moratones—. Estás... horrible.

—Gracias. —Alzó una ceja y, al sonreír, le dolió el labio partido—. Tú estás igual de fea.

Apenas se inmutó. Lo observaba con la cabeza ladeada, evaluando el porqué de sus heridas, igual que a un animalillo herido, de esos que solía recoger.

—Ven conmigo —ordenó agarrándolo de la manga de su camisa y arrastrándolo hasta el salón, frente a la chimenea—. Siéntate. Traeré vendas y agua limpia para curarte.

Ronald hizo lo que le pidió sin protestar.

Estaba agotado y emocionalmente destrozado.

La posibilidad de ser mimado por unos minutos, aunque fuera por ella, lo sedujo como a un niño.

Aguantó la sonrisa al oírla alejarse con una retahíla de acusaciones absurdas: que si no aprendía, que si no maduraba...

Absurdo, sí, y lo más divertido que había vivido en muchos meses.

Al fin dejó aflorar la diversión en sus labios. Otro tirón doloroso lo hizo arrugar el ceño; sin embargo, apenas duró, absorto en el bonito vaivén de aquellas faldas mientras ella se alejaba.