Almas Rebeldes IV
11%

IV

El sol luchaba por salir entre las nubes y, al fin, sus rayos alcanzaron el suelo húmedo.

Psique salió de la sombra del árbol para disfrutarlo.

Alzó las manos, extasiada, y no pudo evitar pensar de nuevo en Will y en cómo disfrutaban cuando estaban allí juntos.

Se llevó los dedos a los labios y cerró los ojos, soñadora.

¿Cómo había pasado? ¿Cómo había dejado que germinara ese sentimiento?

Poco a poco, comenzó a prestar atención a las diferentes parejas de su hogar.

La cocinera y el mayordomo, los señores Hilton, llevaban muchos años casados.

Estaban enamorados, o eso creyó ella al principio.

Cansada de la inútil labor tras largas semanas de ardua vigilancia, concluyó que de nada le servían esos dos, que apenas se miraban cuando coincidían en una misma habitación.

Entre ellos no existía nada que se pareciese a los sentimientos que en ella crecían día a día.

Entonces puso en su punto de mira a sus propios padres.

Recordó cómo había decidido resolver sus dudas con su madre aquel día, cuando se encontraron reunidas en el salón de té:

Mientras Charlotte McAllen leía, inmersa en uno de sus habituales libros, Psique se entretenía con uno de sus lienzos. Y decía que se entretenía porque tenía la cabeza, como siempre, en cosas que no debía. Su yaya cosía a la luz de la ventana, tarareando una bonita cancioncilla.

Harta de darle tantas vueltas al asunto, dejó los pinceles y arrimó un sillón al de su madre.

—Mamá, me gustaría comentarte algo —susurró.

Charlotte, sin levantar la vista de la página, apenas le hizo caso.

—Es algo importante —insistió, vigilando que su yaya siguiera en su faena.

—Ajá —respondió dándole un rápido vistazo tras sus lentes.

Psique resopló con fuerza y, al fin, Charlotte soltó el libro. La miró, interrogante. Ella, nerviosa, reunió todo el valor que pudo y dijo lo que tanto le quemaba en la punta de la lengua.

—Tengo dudas.

Psique maldijo por lo bajo al oír a su yaya resoplar también.

—¿Podrías ser más específica, cariño? —preguntó su madre con una paciente sonrisa.

Su yaya no le quitaba el ojo de encima, y sabía que, si no se enteraba en ese instante, más tarde se lo reprocharía.

—El otro día sentí ciertas cosas que no termino de entender. —Al ver que la observaban igual que a un bicho raro, continuó—. Con un hombre.

Las dos ahogaron un grito. La mirada espantada de su madre la encogió y, para más angustia, su yaya olvidó su costura y arrastró su silla hasta colocarla justo a su lado. Ambas la contemplaban con una mezcla de miedo y desconfianza.

—No ocurrió nada entre nosotros —aclaró, y ambas mujeres dejaron escapar el aliento con bastante alivio .

—¿Solo las sentiste tú o... ambos? —preguntó su madre.

Psique gimió, intimidada por su mirada entrecerrada.

—Solo yo.

Tras un fervoroso cruce de miradas de entendimiento entre ellas, Charlotte comenzó:

—Sabía que este momento llegaría, mi niña.

—Pero si no sabes de qué hablo —repuso, anonadada.

—Claro que sí. Todas, tarde o temprano, sentimos ciertas cosas por el sexo opuesto. Lo más importante es cuidarse de sentir demasiado.

—O de hacerlo con el hombre equivocado —aclaró su yaya.

—Pues esa es la cuestión —dijo, de acuerdo—. Yo... ¡Mi cuerpo ardía! —Su yaya ahogaba gritos mientras se persignaba, pero Psique no quiso guardarse nada—. Me costaba respirar y sus labios... ¡Deseaba besarlos! Y aquí... —señaló su abdomen, pero Charlotte la interrumpió.

—Notaste un cosquilleo intenso, mariposas que revolotean.

Psique asintió con vehemencia.

—Y me subieron hasta aquí —dijo señalando su pecho.

—Oh, Dios santo. ¡La niña se ha enamorado! —exclamó su yaya, ocultando su rostro entre las manos.

¿Se había enamorado? ¿Había oído bien? Era absurdo. Admitía que le gustaba, pero eso de enamorarse... Quedó impactada por la idea.

—No seas tan tremenda, Agnes. Se trata de un simple despertar, ya sabes...

—Sintió mariposas —insistió—, eso no ocurre siempre .

—Puede haberlas confundido con un revoltijo de gases. Ya sabes que las legumbres de la señora Hilton...

—No eran gases, mamá —protestó con un hilo de voz, más blanca que la pared.

Desde que había oído la posibilidad de estar enamorada, sentía una garra apretarle la garganta.

—¿Te encuentras bien, hija? —preguntó Charlotte, comprobando la temperatura de su frente.

Dejó sus gafas sobre la mesita junto al libro y la obligó a recostarse en el sillón—.

Estate tranquila, cariño. Esto es muy normal.

Tu padre y yo ya andábamos algo preocupados porque a tu edad... Bueno, no te fijabas en los chicos...

—Sé que no soy una niña, pero no entiendo vuestra prisa. Dijisteis que me casaría con quien yo eligiera.

—Bueno, es un tema complicado —dijo con apuro—. Lo importante es que confíes en mí y me cuentes qué sucedió.

—Y quién es el afortunado —volvió a añadir su yaya sin perder puntada.

Aquello no era bueno, nada bueno. Podía estar enamorada de su mejor amigo. Era el mayor desastre de todos los desastres posibles.

Las miró con ojos brillantes.

—Yo... fui a despedirme de Will... —dijo titubeante, pero no pudo seguir porque Agnes la interrumpió.

—Lo sabía, sabía que sería ese chico de los McPherson. Se lo dije, señora. Esas cartas no traerían nada bueno. Eran niños cuando comenzaron a...

—¿Os reunisteis a solas sin mi permiso? —El tono de su madre fue tan gélido que tembló .

Charlotte la observaba con una decepción en sus ojos que la traspasaba. Su desilusión dolía, pero no podía seguir mintiéndole.

Asintió y contuvieron el aliento. Enseguida, Charlotte se puso en pie con las manos en su rostro.

—Mamá, yo...

Sentada todavía en el sillón, la observaba reprocharse algo que no llegaba a escuchar. Esto no era como cuando tenía diez años y había estropeado uno de sus libros favoritos. El asunto parecía ser muy serio.

—¿Cuántas veces os habéis visto a solas?

—Pues...

No le salían las palabras.

—Psique, me has mentido en algo muy grave, ten al menos la decencia de confesarme la verdad.

—Muchas... durante años. —Las exclamaciones de su yaya volvían a ponerla nerviosa. Su mirada iba de una a la otra y con cada segundo que pasaba se sentía peor—. La primera vez fue al cumplir los quince. Nos carteamos y ese día él quiso hacerme un regalo de cumpleaños.

—Claro, y a ti no se te ocurrió contárnoslo —regañó la sirvienta, cada vez más escandalizada.

—¡Si lo hubiera hecho, papá no lo habría permitido! Tanto Will como yo soñábamos con ese encuentro. Somos los mejores amigos. ¿Entendéis eso? Bueno, qué vais a entender vosotras si nunca habéis tenido un mejor amigo.

Charlotte gruñó un momento. Tenía los nudillos blancos de contenerse.

—Deberías habernos contado esto desde el principio —sentenció su madre—.

Me da mucha pena que no confiaras en nosotros, Psique.

Creo que jamás hemos sido duros contigo.

Te dimos una libertad como pocos otorgan a sus hijos porque confiábamos en ti.

—Hizo una breve pausa para suspirar con cansancio—.

Y te equivocas mucho en algo: no me habría opuesto a esos encuentros, pero te aseguro que no habrían sido a solas.

Estoy muy decepcionada, hija. Y tu padre...

—¡No! No se lo cuentes a papá, por favor —suplicó tirándose de rodillas al suelo y agarrando sus manos—. No lo entendería.

—Qué poco nos conoces, hija mía —dijo con una mirada húmeda que la conmovió—. ¿Cómo lo hemos hecho tan mal contigo?

—Mamá, no digas eso. Perdóname, te lo ruego —dijo, incorporándose para abrazarla—. Te prometo que no pasó nada. Él quiere a otra. Me lo confesó. A pesar de ello, yo sentí... eso por él. Ni yo misma entiendo cómo ocurrió. La culpa fue de aquella maldita despedida.

Entonces, como si su madre recordara algo importante, la miró consternada y la envolvió con sus brazos con fuerza.

Psique lloraba, desconsolada. Jamás habían discutido así.

Todos esos años había sido obediente. Un poco intensa, pero disciplinada.

Y sí, por ello disfrutaba de una libertad única. Confiaban en ella a ciegas.

—Vamos, hija —la animó Charlotte—. Debemos hablar de todo esto con tu padre.

—Eso —apoyó su yaya.

—Será duro, pero ya eres mayor para asumir tu error y lo que él decida imponerte.

—Lo acepto, mamá —dijo con resignación mientras volvían a tomar asiento.

—Agnes, ¿podrías pedirle a mi esposo que venga ?

—Por supuesto, señora. Ahora mismo iré a avisar al señor.

Su yaya salió a paso ligero y por fin se quedaron solas. De pronto, su madre cogió sus manos entre las suyas. Psique, aun sollozando, intentó sostenerle la mirada.

—Hija, acabas de darme una lección.

—¿Co-cómo?

—Creo que en todos estos años se me olvidó una de las cosas más importantes que debía enseñarte: el poder de la mentira.

Psique parpadeó, confundida. Charlotte apretó un poco más sus manos, temerosa.

—No para hacer daño, sino para protegerte. Para proteger lo que amas.

El corazón de Psique dio un vuelco. Su madre le hablaba con una determinación que jamás le había visto.

—Mamá, no sé si lo amo. Ojalá nunca hubiera sentido esas cosas. No entiendo...

—Da igual lo que quieras, cariño. No está en ti decidirlo. Es tu corazón quien gobierna tus pasos, tus miedos... y tus errores —dijo, acariciándole el dorso de la mano con el pulgar—. Cuando llega ese momento, no hay mentira que pueda salvarte.

Cerró los ojos, percibiendo que la culpa la removía por dentro.

—Entonces, ¿qué hago? Él no me quiere y soy su mejor amiga.

—Aprenderás a vivir con ello. Tendrás que elegir bien qué verdades compartes y cuáles guardas. Lo importante es entender por qué mientes: si lo haces por miedo... o por amor.

Psique asintió, todavía algo confusa. En realidad, ella había cumplido todo eso. Mintió a sus padres por miedo a que no le permitieran verlo y por la amistad que se profesaban. ¿Qué debía entender?

Su madre la observó en silencio, adivinando su caos de pensamientos.

—Voy a confesarte algo. Hace muchos años, yo también mentí a mi mejor amigo, tu padre.

—¿A papá? ¿Él era tu mejor amigo? —preguntó con asombro.

Charlotte asintió con una sonrisa. Guardaba silencio mientras mantenía la vista perdida en un punto lejano. Su expresión era soñadora, como si añorara algún tiempo pasado.

—Sigue siéndolo, cariño. Él sigue siendo mi aliento —dijo con una preciosa sonrisa—. Mientras lo buscan, te contaré mi gran mentira. Ahora, escucha con atención...

—¿Y te disfrazaste de hombre para entrar en la universidad? —preguntó, escandalizada, una hora después.

—Es un secreto, cariño —susurró Charlotte, mirando con nerviosismo a su alrededor.

—Y queremos que siga siéndolo, hija —añadió su padre con cara de circunstancia.

—¿Y después de saber todo eso me estáis reprochando que yo me vea a solas con mi amigo?

—Cariño, tu madre te ha contado lo que hizo para mostrarte los peligros que pueden acarrear las decisiones precipitadas...

—¿Precipitadas? —cortó Charlotte—. Lo reflexioné mucho antes de dar el paso, Irving.

—Eso no resta que fuera una locura.

—Lo fue, pero sabía lo que quería —replicó, algo ofendida.

—Te pusiste en peligro, mamá —murmuró asombrada .

Irving paseó la vista primero por su esposa, que mantenía la expresión desafiante, y terminó posándola en Psique.

—Y, aun así, si algo aprendimos de todo aquello es que hay decisiones que te cambian la vida entera —dijo con ternura—. Decisiones que te obligan a preguntarte quién eres de verdad.

Charlotte asintió. Psique, con la boca abierta, seguía sin poder creer aquello ni por qué lo ponían como ejemplo.

—Todo lo hice por amor, porque quería estudiar, quería ser más que una esposa. Para ello, pensé en las consecuencias, en los riesgos, en lo que podía perder. Hija, no fue una aventura romántica; fue una apuesta por mi futuro —dijo con ímpetu.

Irving intervino, más sereno.

—Lo que intentamos decirte es que no te reprochamos que tengas un amigo ni que desees verlo. Lo que nos preocupa es que tomes decisiones sin pensar en lo que pueden acarrearte mañana.

—Lo importante es saber elegir con conciencia, comprendiendo que cada paso tiene consecuencias, para bien o para mal. Yo me arriesgué porque sabía por qué lo hacía y qué construía y destruía en mi camino.

—No te pedimos que renuncies a tus amistades —concluyó su padre—. Seas una niña o una mujer, puede que no seas consciente de los peligros que te rodean. Por eso siempre te escucharemos.

—Entonces, ¿no me castigarás por haber visto a Will a solas?

Vaya sorpresa fue conocer la emocionante historia de amor de sus padres. Una aventura tan insospechada que casi podía competir con la de un héroe de leyenda. ¿Cómo sería eso de hacerse pasar por hombre? Debió ser muy emocionante .

Con cada recuerdo, su sonrisa se ensanchaba más.

Al final, tras confesarle que no había ocurrido nada entre Will y ella, su padre se relajó.

Aun así, no quedó impune. La amenazó con encerrarla sin recibir visitas durante meses, aunque en realidad le levantó el castigo al cabo de uno.

Solo hicieron falta unos pocos arrumacos para ablandar el corazón de Irving McAllen.

Ella era la niña de sus ojos y siempre se aprovecharía de ello.

Pese a que sus hermanos pequeños, Irving y Stuart, eran sus sombras a diario, ella lograba ganarse su cariño con un pestañeo.

Miró al cielo y se concentró en su amigo, segura de que la sentiría allí donde estuviera.

—¿Cuándo volverás? —susurró al viento—. Te añoro, Will.

De repente, oyó a lo lejos el ruido sordo de los cascos de un caballo. Se llevó una mano a la frente para protegerse del sol, que le impedía distinguir quién se acercaba. Abrió mucho los ojos al descubrir que era el caballo negro de Will.

—¿Will? ¿Eres tú al fin? —se preguntó, muy nerviosa.

Le faltaba el aire y se llevó una mano al pecho, temiendo sufrir un vahído. Deseaba con toda su alma volver a abrazarlo y confesarle lo que sentía.

Tras conocer la historia de sus padres, una chispa de esperanza había crecido en su interior. Ellos eran la prueba de que ser mejores amigos no impedía convertirse en algo más... Tal vez, si le declaraba su amor, él le diera una oportunidad.

Durante esos dos años, lo que había comenzado como una duda ridícula era ahora la mayor de las certezas. Sería valiente, sería...

Arrugó la nariz al notar que el jinete no tenía el pelo oscuro, sino pelirrojo. El corazón se le paró, mientras trataba de asimilar que no era Will.

Era Ronald.