III #2
—¡No! Nunca haría nada que pudiera dañarte. Me voy porque necesito que el negocio prospere —comentó, con esa voz grave que a veces le ponía el vello de punta.
—El negocio va bien, lo dijiste hace unos meses —replicó con disgusto.
Williams bajó la mirada y ella se contuvo para no zarandearlo como a un niño hasta sacarle aquello que le ocultaba.
—Quiero demostrarle a mi padre que soy capaz de valerme por mí mismo.
Las mejillas muy sonrojadas delataban su turbación. Y evitaba sus ojos, observando sus zapatos desgastados como si fuera lo más bonito que había visto en años. Eso no era habitual. Él no solía reprimirse con ella de esa forma.
—Eso me suena a cuento chino, Will. Sé que hay algo más. No entiendo qué me ocultas. Creía que confiábamos el uno en el otro y...
—Y así es —la interrumpió—. Pondría mi vida en tus manos, Psique .
—No te creo —reprochó con los dientes apretados y los brazos cruzados en el pecho.
—Te juro que cuando vuelva te lo contaré.
—¡Lo sabré cuando vuelvas! —exclamó, alzando las manos al aire y señalándolo con un dedo—. ¡Sabía que me ocultabas algo! Y lo peor es que no te importa dejarme así. ¿Tan poco significo para ti?
Él le echó otro vistazo rápido; luego, sin poder sostenerle la mirada, la desvió otra vez al suelo.
—No es eso, no lo entiendes. Yo...
—No puedo perderte, Will. —Adelantó unos pasos y le echó las manos al cuello con desesperación, sin importarle que los vieran—. Eres mi mejor amigo.
Él se puso rígido como un palo y su sonrisa se transformó en una mueca atormentada. Sin más, la apartó de muy malas formas y le dio la espalda.
—¿Qué te ocurre? —preguntó dolida—. ¿No quieres mi cariño?
Will no la enfrentaba. Seguía muy tenso y callado. De pronto, se le ocurrió una idea que le quemó las entrañas.
—Te has enamorado —espetó.
Él giró por fin sobre sus talones. A pesar de no desearlo, sabía que había dado en el clavo.
La miraba con una profundidad, con una intensidad, que jamás le había visto en todos esos años. En silencio, parecía decidir algo.
Aquello dolía. Y Psique no deseaba escucharlo, sin embargo, su corazón sufría por saberlo todo .
—¿Quién es ella? —preguntó molesta. Al no obtener respuesta, insistió—. ¿La conozco?
Asintió y su mundo se quebró. La seguía con esa mirada extraña y sintió la necesidad imperiosa de abrazarlo. No obstante, dolía, aquello dolía mucho. Tragó saliva al contener la emoción.
—Williams McPherson, ¿eres capaz de ocultármelo? —preguntó, llevándose una mano a la frente sin poder creerlo.
—Lo sabrás cuando volvamos a vernos.
—¡Si es que regresas, claro! —reprochó—. Tal vez ya no me recuerdes, teniendo a esa otra...
Arrojó la palabra “otra” con la misma fuerza que una piedra traicionera. Su enfado crecía. Tanto que tenía ganas de golpearle. Encima, él comenzaba a sonreír y parecía divertirle la situación.
—Regresaré contigo, tontina. —Sonrió aún más.
—¿Te divierte todo esto? —preguntó atónita.
En un impulso, acabó con el poco espacio que quedaba entre ambos. Solo los separaba el dedo con el que lo señalaba en el pecho.
—¿Estás celosa, Psique? —preguntó con una voz ronca que le erizó la piel.
Contuvo el aliento al fijarse en su boca durante unos segundos y, sin esperarlo, sintió ganas de... ¿Besarlo? ¿Cómo era posible? ¿Se estaba volviendo loca? Él era Will, su amigo de toda la vida. No podía, no debía desearlo, no con él.
Cuando sus miradas chocaron, la invadió una terrible vergüenza. ¿Habría adivinado lo que pensaba?
—Eso es una santa tontería, Will —escupió, guardando el dedo en el puño y alejándose unos pasos—. ¿Yo, celosa? ¿De la otra? ¡Ja !
—Bueno, podrás negarlo, brujita... —respondió Williams dando un paso hacia ella y provocando que su corazón se saltara un latido—, pero no dejar de sentirlo.
Retrocedió otros dos pasos y chocó con el tronco del árbol. ¿A qué jugaba? La había cambiado por otra y ya no confiaba en ella. Encima, ¿se divertía a su costa?
—Eres un iluso si crees que moriré de pena porque te hayas buscado a otra con quien... —buscó encarecidamente las palabras, y en realidad no sabía qué decir. Al fin, soltó llena de rabia—: retozar.
—¿Y tú qué sabes sobre eso? —Alzó las cejas con sorpresa.
Apartó la vista. Estaba tan nerviosa que no habría visto ni un caballo aunque lo hubiera tenido delante.
En realidad, no sabía qué significaba eso de retozar.
Se lo había oído decir a la cocinera al regañar a algunas sirvientas cuando salían con hombres.
Ni le contestaría. Si quería reírse, que lo hiciera de esa otra.
Él avanzó otro paso y Psique notó que le faltaba el aire. Entonces, él alargó su mano y agarró un mechón de pelo pelirrojo, haciéndola estremecer.
—Eres muy especial. —Williams tragó saliva y siguió hablando con cierto esfuerzo—. Sin ti yo...
¿Por qué sentía la necesidad de acortar ese paso que aún los separaba? ¿Había perdido la cabeza? El calor la envolvía y un cosquilleo extraño comenzaba a hormiguearle en su estómago. Además, el sube y baja del pecho de Will la distraía demasiado. ¿Se estaba mareando?
—¡No! No sigas —gritó alarmada por ese torbellino de sensaciones desconocido. Se llevó la mano al pecho—. Me encuentro mal, Will. Tengo mucho calor y quiero volver a casa.
—Te llevaré en mi caballo —dijo con firmeza .
—No —replicó, arrastrando el cuerpo por el lateral del tronco—. Iré caminando, sola.
—Te acompañaré, ya lo sabes.
—Será mejor que no. Hueles mal —mintió, abrazándose a sí misma para ocultar el temblor de sus manos.
—¿Yo? —Entrecerró los párpados y se cruzó de brazos—. Yo no huelo mal. ¿Qué demonios sientes?
—Tengo mucho calor y me cuesta respirar —confesó con un hilo de voz y añadió tocándose la barriga—. Cuando te acercas noto cosquillas aquí.
—Oh, cosquillas. —Williams se pasó una mano por la cara, nervioso—. Psique, si no quieres que te acompañe, no lo haré. Pero te vigilaré desde lejos.
—De acuerdo —aceptó, asintiendo con vehemencia. Luego entrecerró los ojos—. Tal vez sea mejor que dejemos de ser amigos...
—Volveré —dijo con voz grave—. Te lo prometo. Volveré a ti.
—Voy a extrañarte —declaró.
Se arrepentía tanto de haber propuesto romper su amistad. En realidad, moría por besar su mejilla como siempre que se despedían.
Entonces, él sonrió de oreja a oreja y la asaltó un pánico irracional al ver su intención de acercarse.
Alzó las palmas abiertas y lo detuvo.
—Te esperaré, Will.
—Serán solo unos meses.
—Cuento con ello. Si no, quien te espere será esa otra .
Ignoró su carcajada y tomó el sendero hacia la casa.
La risa de Will a su espalda la hizo sonreír.
Contuvo las ganas de girarse y correr hasta él para abrazarlo.
Deseaba despedirse como de costumbre, pero esa emoción tan peligrosa la desbordaba.
Obstinada, siguió caminando, respirando hondo y reprimiendo las lágrimas.
Al fin la desbordaron cuando cruzó las rejas de la entrada de su villa.
¡Al diablo con todo! ¡Necesitaba darle aquel último beso de despedida! Se giró sobre los talones para correr hacia él, pero ya no estaba. Su decepción fue tan grande que cayó de rodillas al suelo, sin fuerzas.
Una lágrima rodó por su mejilla. Sí, lo extrañaba, y lo peor era que cada día se le hacía más difícil. Había pensado mucho en aquella despedida, tan distinta de las anteriores.
Saber que se había enamorado de otra la atormentaba. Tras esos interminables años, aún no había averiguado quién era. Lo sabría cuando volviera...
¿Y si no volvía? ¿Y si...? No. No se alimentaría de temores absurdos. Confiaba en su palabra.
Aun así, sufría cada minuto sin él. Ni siquiera le había escrito una carta en todo aquel tiempo. ¿Por qué? Se habían carteado durante años y, cuando más lo necesitaba, solo obtenía un vacío inconsolable.
—¡Maldito seas, Will!