III
—Siempre andas de acá para allá, Psique —dijo Jana con fastidio desde la otra punta del salón—. ¿Cuándo sacarás tiempo para mí? ¿Es que no te importo ni un poquito?
Poco a poco, soltó el aliento y contó hasta cinco. Luego dejó el pincel sobre la mesa.
—No sé por qué dices eso, primita —contestó con inocencia—. Siempre estamos juntas... Pero hoy no te hallé en mi cama. ¿Qué te pasó?
—No estoy para tus ironías —contestó, cruzándose de brazos y dando una patadita en el suelo—. No lo has leído.
Psique puso los ojos en blanco, se quitó el delantal con sumo cuidado para no mancharse de pintura y lo colocó sobre el respaldo de la silla. Jana, con las manos en las caderas, la observaba, incrédula.
—Para tu tranquilidad, sí lo he leído, cansina —comentó limpiándose las manos con un trapo—. Pero no sé si deberías saber lo que opino de él.
—¡Pues claro que quiero saberlo! ¿Me crees tan lela? —dijo acercándose con rapidez.
Luego le arrebató el trapo de las manos, arrugó la nariz con desagrado y lo dejó encima de la silla. Con los ojos brillantes de emoción, cogió sus manos y las apretó con fuerza. Psique la observó sin entender qué pretendía decirle.
Cuando habló, su voz sonó tan trágica que tuvo que reprimir una carcajada.
—Por favor, Psique. Aunque sea duro, quiero la verdad. No me sirve que me engañes; solo alimentarías mi ignorancia.
—Puede que yo no sea la más indicada para...
—¡Paparruchas! —gritó, ansiosa—. Eres un genio como tus padres; no existe nadie mejor que tú para opinar sobre mi obra.
—Por último, se acercó tanto que sus narices quedaron a un dedo de distancia.
Sus ojos cobraron tal intensidad que la divirtió—.
No te rías. Suéltalo o tiraré tus libros al río cuando menos lo esperes.
Psique se soltó de su agarre con brusquedad y caminó hasta la ventana bajo su atenta mirada. Fuera no llovía y el cielo parecía despejarse por fin. Llevaba una semana sin parar de llover y, a pesar de que no le gustaba nada el chantaje de su prima, la esperanza de ver el sol borró su enfado.
Oyó sus ligeros pasos a su espalda. Otra vez la tenía encima.
—Sabes que nunca estropearía un libro, pero tu indiferencia me agota, prima.
Psique sabía qué venía ahora: un chasqueo de lengua, otra patadita al suelo y, finalmente, el exagerado bufido de siempre. Alzó los ojos al cielo, sabiendo que había despertado a la bestia.
—Lo sientoooooo, ¿vale? Sé que no tengo justificación.
Reconozco que soy impaciente —parpadeó repetidas veces—.
Demasiado, quizás. Y algo intensa —se señaló y, por último, la acusó con exultante dramatismo—.
Tú también lo eres; nos entendemos bien.
Pero te repito que llevas muchos meses distinta y.. .
Sabía lo que venía. Le comentaría que desde que se había marchado Will ella parecía haber cambiado. Si sucedía esto o aquello, el origen de todo siempre era su ausencia...
Y sí, estaba siendo cruel, pues sabía lo mucho que significaba su opinión para ella. Podía alargarlo y, pese a que cada vez la divertía más hacerla rabiar, tras esa semana de claustro forzoso no iba a perder ni un segundo sin disfrutar del sol.
—Es muy bueno —confesó al fin.
—¡Sííí! —gritó y la abrazó por la espalda, estrujándola con fuerza—. ¡Sí! ¡Sí! ¡Lo sabía!
Psique rio. Siempre lograba contagiarle su alegría.
—Me haces daño, bruta —protestó entre risas.
—Tengo que quererte, primita. Eres mi persona favorita. ¿Te lo he dicho alguna vez?
Psique volvió a carcajearse y dejó de luchar por zafarse.
—Muchas, pero no me canso de escucharlo.
Jana comenzó a hacerle cosquillas, muchas, las más insoportables del mundo. Psique no las aguantaba, por mucho que lo intentara. Desesperada, acabó propinándole un codazo en el costado que logró detenerla.
—¡Ah! Eso duele, bruja —gritó retrocediendo unos pasos, resentida. Bruja. Así era como Will la llamaba esos últimos años...—. Ahora vas a saber lo que son las cosquillas...
—Hay algo que debes aprender. —Jana abrió y cerró la boca. Luego asintió, expectante, olvidando su venganza. Psique siguió representando el mismo papel que su padre en una de sus clases—. Usas expresiones rimbombantes. ¿De dónde las sacas?
—¿Rimbombantes como cuáles? —preguntó achicando los ojos, pensativa .
Jana estaba a punto de cumplir los dieciocho.
Se llevaban cinco años, pero, al haberse criado prácticamente juntas, eran muy afines.
Era como tener una hermana menor y, claro, Psique se divertía bastante a su costa.
Tan dulce como inocente, presumía de unos ojos preciosos, unos tirabuzones perfectos y una sonrisa encantadora...
Una damita en todos los sentidos, pero con ninguna paciencia.
—¿Qué es eso de que mi espíritu se quiebra ante una colosal revelación? —Jana ladeó la cabeza y sopesó su ejemplo, muy concentrada—. ¿No sería más fácil decir que me sorprendí mucho?
—Ahora que lo dices…
—O casi me da un soponcio —agregó con pedantería.
—Pues sí, es cierto que…
—Y, por último: quedé tan pasmada como Jana con su boca de pez lelo.
No esperó su explosión. Jana contraatacaría con sus pertinentes cosquillas y, esta vez, con mucho más ahínco.
Sin pensárselo, Psique se subió al alféizar de la ventana que daba al jardín y saltó.
Lo había hecho tantas veces que caer de pie ya era un arte.
Sin embargo, lamentó que Jana la hubiera acompañado siempre, pues saltaba mejor que ella.
—¡Verás cuando te pille! —dijo a pocos pasos de su espalda.
Por fortuna, Psique era tan rápida como un galgo.
—¿Adónde creéis que vais? —oyó gritar a su primo Andrew desde el otro extremo del jardín—. ¡Jana! ¡Psique! ¡Deteneos! ¡Os la jugáis a quedar castigadas una semana sin salir!
—Mierda —murmuró Psique, jadeante y sin parar de correr.
Apenas oyó a su prima replicarle algo a su hermano, pues ya cruzaba la mitad del jardín y pronto alcanzaría la verja que limitaba la propiedad. Tras ella, unas pocas millas más adelante, se encontraba su lugar favorito.
¿Castigada sin salir? No le importaba lo más mínimo.
Llovería al menos otra semana más, o eso había oído decir a los sirvientes.
Lo que más le fastidiaba era que su prima sí sufriría ese castigo.
Era incapaz de permanecer en un lugar sin liarla durante más de dos minutos, a no ser que le dieran una pluma, tinta y papel.
En una semana podría leer un relato más de los suyos.
Corrió sin importarle las consecuencias.
Ni siquiera mancharse la falda de barro le impediría disfrutar de ese momento.
La humedad de la hierba calaba sus zapatos y la carrera se le hizo interminable, pues la falda y la enagua pesaban demasiado.
Cuando llegó al árbol estaba casi desfallecida.
Se apoyó de espaldas en el tronco y respiró hondo.
Poco a poco, con la mano en el pecho, recobró el resuello.
Entonces, el crujido de unas ramas en el suelo, detrás del tronco, la paralizó.
El corazón se le desbocó ante la ilusión de volver a verlo, de que fuera Williams quien estuviera allí. Asomó la cabeza con sigilo...
—Un ratoncillo curioso —resopló con frustración.
Lo echaba tanto en falta.
Se llevó la mano al pecho y, cuando notó que comenzaba a respirar más calmada, cerró los párpados. Por un instante, se imaginó retrocediendo muchos años atrás, justo cuando quedó atrapada en aquella rama:
Fue un momento incómodo. Adivinó que alguien hacía sus necesidades justo detrás del tronco donde estaba atrapada y se lamentó, llamando la atención del desconocido.
Con sorpresa, se encontró con unos ojos verde musgo tan impactantes que no supo qué decir.
No conocía a aquel chico. Con seguridad, pertenecería a algún clan vecino reunido para la fiesta y tendría más o menos su edad, algo que la fastidió bastante.
Si contaba a todos la situación ridícula en la que se veía envuelta, sería el hazmerreír de los niños del pueblo.
Lo único que podía hacer era plantarle cara con la mayor dignidad posible.
Fijó la vista en sus ojos disimulando su inquietud y soltó lo primero que le vino a la cabeza. Pasmarote. ¿Cómo se le ocurría insultarlo?
Sonrió ante su pasmo. Le gustó su sonrisa. Parecía simpático y fue muy amable al sacarla de ese embrollo. Sin darle más vueltas, decidió que sería su amigo. Además, se la debía.
—Tus padres te van a matar cuando se enteren de que has besado a un chico —le había dicho su prima de siete años al volver a la carrera.
—Como lo cuentes, dejaré de leerte, primita —la había amenazado ella muy en serio.
—No lo haré. No soy una chismosa. —Luego, agregó—. Pero no vuelvas a hacerlo, es incorrecto.
Cuando subió al escenario, sabía que el chico andaba allí.
Sentía su intensa mirada como una caricia.
Sin hacer ningún caso a la regañina de su primo Andrew por llegar tarde, lo buscó entre el público y lo encontró en primera línea.
Le sonreía como un rato antes. Psique agarró su mechón de pelo y lo sacudió a conciencia, luego le guiñó un ojo.
Él se echó a reír con ella, y por ello recibió varios codazos de sus amigos, que los observaban atónitos.
En ese momento no lo sabía, pero habían comenzado una poderosa amistad que duraría años, pues Williams se convertiría en su mejor amigo... hasta que una caprichosa decisión los separó.
¿Acaso había llegado el momento de poner fin a lo que compartían?
¿El destino podía ser tan cruel con ellos?
Se necesitaban. Eran como uña y carne, como un latido que pierde el ritmo cuando falta el otro.
Y no, no solo Jana notaba que estaba distinta desde que Will emprendió el peligroso viaje. Ella también sabía que no era la misma.
¿Por qué? ¿Por qué tuvo que abandonarla?
Sin poder remediarlo, volvió a recordar su despedida:
El sol se alzaba en su cenit y los bañaba con calidez primaveral. Las flores silvestres rodeaban el árbol como un manto multicolor.
Will y ella, de pie uno frente a otro, discutían acalorados.
—¿Por qué te vas? ¿Quieres castigarme?