II #2
—¿Y por qué se lo han llevado? ¿Qué quieren de él además de las armas?
—Le repito que no lo sé —dijo con desesperación—. No los conocemos, son ladrones .
El soldado lo observó, desconfiado. Por su ceño fruncido sabía que su respuesta no lo satisfacía.
—Espero que sea cierto lo que cuentas. Tienes todas las de perder y lo mejor que te puede pasar en el cuartel es quedarte a solas con mi otro compañero.
Tienes suerte de que esté al mando. Allí, ya veremos.
—Envainó su espada y se dirigió a los demás soldados—.
Subidlo a la carreta sin quitarle las ataduras. Lo llevaremos ante el capitán Dawson.
Los soldados obedecieron sus órdenes.
Mientras aguardaba en la carreta, oyó que el soldado al mando enviaba a cuatro hombres a hacer guardia con los otros.
Era absurdo. Las ciénagas eran extensas; los bárbaros jamás saldrían por el mismo lugar, y adentrarse en ellas era casi un suicidio.
Aunque el sol estaba alto y aún quedaban horas de luz, unos ingleses espigados como esos no sobrevivirían ni dos horas sin hundirse o ser mordidos por una víbora.
Solo los rudos escoceses de las Tierras Altas eran expertos en atravesarlas, haciéndolas parecer un inofensivo campo de amapolas.
Tuvo tiempo de preguntarse cómo sería ese Dawson. ¿Lo sometería a un duro interrogatorio? Por mucho que lo amenazaran, no revelaría nada, pues sentenciaría a su amigo. Y, como puro escocés, callaría para defender a los suyos.
¿Qué demonios vinculaba a esos gallowglas con el padre de Williams? Eran mercenarios, hombres del norte de la peor calaña.
Cuando eran niños, el padre Elliot les había contado que, años atrás, los lairds los contrataban para defender sus tierras.
No eran simples guerreros, sino un reducido grupo de élite experto en estrategia militar.
Poco a poco, la falta de recursos y el hambre mermaron a muchas familias influyentes, que ya no podían pagarles ni mantenerlos.
Finalmente, acabaron dedicándose al pillaje y se convirtieron en mercenarios o peligrosos ladrones.
Eran temidos por todos; nadie se atrevía a hacerles frente y ni siquiera entre ellos eran leales, por muy hermanos de sangre que se considerasen.
Bràthair cogaidh había llamado a Andrew.
Si era cierto, el padre de Williams no era un simple mercader.
¿Ocultaba un pasado terrible tras el negocio familiar?
¿Sería tan peligroso como esos desalmados?
La idea lo inquietó. Debía aguantar hasta llegar a Pretty Poppies para contarle lo ocurrido.
¿Y luego qué? ¿Irían a buscar a Williams?
Una sombra cruzó su semblante al recordar a Psique.
Ella lo esperaba, pues a pesar de que esos dos no se habían confesado lo que sentían el uno por el otro, era evidente lo mucho que se gustaban.
Que no volviera sería un duro golpe para ella.
Muchos secretos morirían con él si no soportaba el interrogatorio.
Pero lo haría. Aguantaría por su hermano de vida.
La carreta atravesó los campos y pronto llegaron a la ciudad. El caballo de su amigo seguía atado a ella.
Era una pena que esos hombres se hubieran llevado el caballo de Ronald y no el de Will, con el que su amigo podría volver airoso.
Aquel caballo era tan listo y brioso que sería capaz de encontrar el camino de vuelta como un sabueso.
Él mismo lo había visto hacer cosas que lo habían obligado a persignarse.
A veces, incluso lo intimidaba al mirarlo: parecía leerle el alma.
Un caballo gallowglas, había dicho el padre Elliot... Era absurdo, ¿no?
Cuando entraron en las dependencias del capitán Dawson, lo encerraron en una celda mugrienta y oscura.
Dos horas más tarde, tras numerosos golpes, tirado sobre su propia sangre, seguía resistiendo sin contar nada que implicara a esos gallowglas.
Aguantó que ese cabrón de soldado, que lo odiaba por respirar su mismo aire, lo llevara al límite del aguante.
La oscuridad lo aterraba y lo hacía imaginar demonios que intentaban devorarlo .
Pensó en su madre, Jane. Ella era muy supersticiosa y lo crio con las mismas creencias, contándole miles de historias celtas para espantar los terrores de la noche.
Y para olvidar el dolor y el terror que lo llenaba, cerró los ojos y, como tantas veces, se imaginó convirtiéndose en el Kelpie de las leyendas.
Allí, tumbado sobre el frío suelo de la celda, le pareció oírla contarle una de esas leyendas:
«Atiéndeme y sobrevive, mi amado hijo.
Dicen que en los lagos del norte vive un kelpie distinto de los demás. Este no buscaba engañar a los viajeros, ni arrastrarlos al fondo del lago. Ese curioso Kelpie solo quería entender por qué los humanos lloraban.
Durante siglos observó desde la orilla a madres que se despedían de sus hijos, amantes que se separaban, ancianos que hablaban al agua, hartos de tanta soledad.
La criatura no comprendía ese dolor que parecía, por muy extraño que le pareciera, una forma de amor.
Una noche de otoño, tomó forma humana y se acercó a una joven que lloraba junto al lago.
Se llamaba Eira y sostenía entre sus dedos una cinta azul.
—¿Por qué lloras? —preguntó él.
—Porque he perdido a quien más quería —respondió ella—. Y no puedo seguir adelante.
El kelpie se sentó a su lado. No sabía consolar, pero sí escuchar. Eira le habló de su hermano, un pescador desaparecido en una tormenta. Habló y habló hasta agotar las palabras, y el kelpie, sin comprender su pesar, sintió por primera vez algo parecido a un nudo en el pecho.
—Si pudiera traerlo de vuelta, lo haría .
—No puedes —dijo ella—. Nadie puede hacerlo.
El kelpie miró el agua. Él sí podía. Sin embargo, todo tenía un precio: dar una vida por otra.
Allí, sentado junto a la niña, dudó por primera vez. Otra primera vez en su vida.
Esa noche, se sumergió en el río. Buscó entre las corrientes, entre las sombras, entre los restos de naufragios... Hasta que al fin encontró al espíritu del muchacho, atrapado entre dos mundos.
Podía liberarlo, aunque si lo hacía él mismo se disolvería en el agua para siempre.
Recordó las lágrimas de Eira, cómo su voz temblaba al pronunciar el nombre de su hermano. Entonces, comprendió por qué los humanos lloraban: porque aman más allá de sí mismos.
Al amanecer, Eira volvió al lago. Allí estaba su hermano, exhausto y vivo. Ella corrió a abrazarlo entre lágrimas y risas a la vez.
El agua estaba en calma, demasiado, y eso le extrañó a la joven. Cuando se acercó a la orilla, vio que flotaba en él una crin oscura, suave como la noche. La tomó entre sus manos y, sin entender muy bien por qué, sintió que debía guardarla.
Dicen que, desde entonces, cuando el espíritu de Eira llora, el lago se ondula y una criatura invisible la escucha. Dicen que el kelpie no murió, sino que se convirtió en aquello que más deseaba comprender: un recuerdo que duele, pero que salva».
Y Ronald lloró, a pesar de las risas y vejaciones de los soldados, porque amaba a su gente y quería volver con ellos. Si él sobrevivía, Williams también lo haría.