II
—Suéltanos, maldito loco —gruñó por quinta vez. Ronald yacía a su lado, medio inconsciente—. Si lo que quieres son las armas, llévatelas. Pero déjanos marchar.
Tormod alzó una ceja y no le contestó. En cambio, miró con hastío al amigo, quien no dejaba de sonreír.
—Cállate ya, muchacho —contestó Aodh con cansancio. Puso el pie encima de una roca y flexionó la rodilla, desinteresado—. Si quisiéramos eso, ya estaríamos con ellas a millas de aquí. Tenemos que hablar contigo cuando dejes de berrear como una cabra.
Había sido increíble la forma en que ese bruto los había apresado.
Con un movimiento vertiginoso, Aodh agarró la espada por la hoja mientras él lo apuntaba y tiró de ella sin hacerse ni un rasguño.
Una vez en su poder, usó la empuñadura para golpear a Ronald en la cabeza, quien cayó inconsciente sobre el asiento del conductor.
Luego agarró a Will por la pechera y lo arrastró hasta el suelo.
Terminó amenazándolo con su propia espada, del mismo modo en que él se la había apuntado a la garganta.
Temía por su vida. Se hallaba sentado sobre una piedra, con las manos atadas a la espalda, dentro de la iglesia en ruinas.
Como si aquello no fuera con él, Tormod se entretenía admirando las armas del encargo. Y sí, Williams no había parado de gritarles, insultarlos y exigirles que los soltaran .
Aodh era un bruto de más de siete pies de altura.
Su forma intimidante de mirar a veces le provocaba escalofríos.
Era una mala bestia capaz de arrancarle la cabeza con sus propias manos.
El cabello rubio trenzado, los pendientes que colgaban de sus orejas y la tez bastante tostada confirmaban su origen isleño.
Sí, seguro que eran de Skye: salvajes mercenarios de las islas del norte.
En cambio, Tormod, como lo llamaba el gigante, parecía ser el cabecilla.
Algo extraño, pues era mucho más menudo, aunque también atlético.
La larga barba negra terminaba en una lazada tan oscura como sus ojos.
Sus vestimentas parecían más refinadas, si es que podía llamarse elegante a esa chaqueta desgastada.
¿Qué demonios buscaban de él?
Sin más preámbulos, el moreno agarró la claymore de la carreta y se acercó a paso lento. No apartaba la vista de la espada y la sostenía sin esfuerzo, como si fuera un cuchillo ligero. Williams tragó saliva al notar que posaba los ojos en él.
—Es una buena pieza. —Sonrió y maniobró con soltura, dando varias estocadas al aire—. Juraría que McPherson no guardaba una pizca de delicadeza en su podrida alma, pero, al parecer, es todo un artista.
Por un momento, Williams evocó la imagen de su padre dibujando ese mismo diseño sobre el pergamino: el grabado del cuervo sobre los caídos invocaba a la Morrigan, diosa de la batalla. Debajo también se leía: «Concédeme la victoria».
Cuando era niño, aprovechaba esos instantes en su compañía para oírle contar historias de luchas pasadas. El persistente pellizco en el estómago le advertía de que no todo era inventado, como él pretendía hacerle creer.
—¿De qué lo conoce ?
El silencio de Tormod lo devoraba y este parecía disfrutarlo. Tardó bastante en contestar. Al fin se decidió tras el bufido impaciente de su amigo.
—¿No me has oído? Fuimos hermanos de guerra. —Claro que lo había oído, pero quería creerle. Asintió y esperó a que siguiera hablando—. Lo pasábamos bien juntos.
—No lo creo —gruñó, rojo de ira—. Es un mercenario y calumnia a mi padre al decir que fue su compañero de guerra.
—Chico, no es mi problema que no sepas nada de él.
Williams guardó silencio y Ronald comenzó a quejarse a su lado.
—Vaya, el hermoso príncipe despierta —dijo, mirando al cielo.
—Debería haberle dado más fuerte —añadió Aodh—. Tiene pinta de parlotear demasiado.
—No los molestaré —protestó y, no contento con aquella explicación, prosiguió—. Por cierto, mi cabeza no es como la suya. Lo entiende, ¿verdad? Me partirá el cráneo si vuelve a darme un golpe como ese.
—¿Ves? —El gigante rubio se crujió los nudillos y avanzó sin más—. Adoro el silencio.
—¡No! ¡Me matará! —gritó muerto de miedo—. Soy delicado, como una florecilla.
Ronald habló con el estúpido tono que solía usar con los mercaderes, creyendo que sería una buena argucia. La mirada asesina del rubio le advirtió de que se había equivocado.
—Si le haces daño, te arrepentirás —amenazó Williams, colocándose con gran esfuerzo entre su amigo y el ceñudo vikingo .
El corazón casi se le salía del pecho. Sabía que no tenía nada que hacer contra su ataque, y a pesar de ello tenía la certeza de que Tormod lo detendría. Sin embargo, no intervino.
El rubio lo levantó por la pechera y, como si fuera una mosca molesta, lo arrojó a un lado. Luego desenvainó la daga del cinto y apuntó al cuello de Ronald, quien no se atrevía a pestañear.
—O callas o te la corto.
Su amigo asintió con vehemencia y contuvo el aliento durante unos segundos interminables. No sabían a ciencia cierta si se refería a su lengua, a su garganta o a su miembro; cualquiera de las opciones era fatal.
El eco de un galope resonó entre las ruinas, llenándolo de esperanza. Soltó el aliento y miró en derredor. Desde allí veía piedras, musgo y plantas silvestres.
El rubio, a pesar de su enorme tamaño, se movió tan rápido como una comadreja y un segundo después se asomaba por una de las grietas.
—Mierda, son casacas —informó, con sorpresa—. Llevan mosquetes.
—¡Joder! —gruñó el cabecilla. Luego se giró hacia él—. Vamos, súbelo al caballo.
—¿Y el otro? —preguntó señalando a Ronald.
—No sabe nada. —Se encogió de hombros—. Mátalo si quieres.
—Nos ha visto, podría delatarnos.
—¡No! ¡No os delataré! Lo juro por mis muertos —rogó encogido y viendo que el vikingo avanzaba hacia él empuñando el cuchillo.
Los cascos se acercaban y sus caballos relincharon, nerviosos .
—Aodh, no hay tiempo. —Lo agarró del brazo con firmeza—. Haz lo que te dije.
En un pestañeo, el guerrero levantó a Williams y lo colocó a la grupa de un semental.
Tormod montó en su caballo tras guardar las armas en las alforjas y se dirigió a Ronald.
—Busca a McPherson y dile que lo espero en la Cascada del Hacha. Le doy dos lunas llenas —calló un segundo y luego agregó—. No cuentes nada a esos ingleses si aprecias la vida de tu amigo.
Ronald
Ronald aulló, rabioso, al ver cómo se llevaban a Williams. Intentó levantarse y perseguirlos, pero, con las manos atadas, cayó al suelo.
Resignado, vio desaparecer a las bestias, que en pocos segundos quedaron reducidas al eco de sus estrepitosos cascos.
Un sonido que jamás olvidaría y que lo perseguiría durante muchas noches.
A duras penas lograba ponerse en pie. El dolor de cabeza por el golpe del vikingo era tan intenso que no lo dejaba pensar. Se limitó a retener en la memoria las últimas palabras de Tormod mientras esperaba al grupo de soldados.
Enseguida, numerosos jinetes lo apuntaron con sus espadas sin darle opción de escapar.
Un bastonazo detrás de las rodillas lo hizo caer al suelo de boca. Una fuerte patada en el estómago lo dobló en dos y lo dejó sin aire. Tosió al intentar respirar .
—Déjalo o no podrá responder ante el capitán —dijo uno de ellos.
—Más le conviene si no quiere perder las manos por traidor a la corona —respondió y volvió a propinarle otra fuerte patada en las costillas.
—Maldita sea. —Ronald oyó un forcejeo entre ellos—. Yo soy el responsable de esta detención. Te ordeno que regreses ahora mismo al cuartel.
—Mierda de escocés, no nos mientas o yo mismo te dejaré manco —gruñó con desdén tras un pesado silencio.
Ronald ladeó la cabeza en el suelo y al fin lo vio. Era un soldado rubio de rostro afilado y mejillas encendidas. Su expresión reflejaba un arraigado odio, e intuyó que se la tendría también a todos sus compatriotas. Antes de largarse, le escupió.
—¿Quién eres y qué hacíais aquí reunidos?
—Soy Ronald Scott, mercader de armas con mi socio Will. Entregábamos unas armas a unos granjeros, señor. Puede preguntarle al dueño de la taberna de Ulises.
El soldado lo miró inquisitivo, sopesando cómo seguir su interrogatorio. Negó con la cabeza, contrariado.
—Eso no es lo que me dijeron, Ronald. Entregabais unas armas a unos partidarios de los jacobitas. Esto es muy grave.
—¿Qué? ¡Eso no es cierto! —Tosió por el esfuerzo y una vil sospecha tomó forma en su cabeza—. ¿Quién le dijo eso? ¿Grant, el mercader? —El soldado abrió mucho los ojos con sorpresa—. ¿Va a creer a ese tramposo? Quiere jodernos porque somos su mayor competencia, ¿entiende?
Unos seis jinetes más llegaron. Iban desmadejados y jadeaban con dificultad .
—Señor, fue imposible alcanzarlos antes de que se adentraran en las ciénagas. Siento comunicarle que han escapado.
—Maldición —masculló tras clavar la vista en él—. ¿Habéis vuelto todos?
—No, señor. Dejé a Henry y Michael vigilando por si salen.
Ronald no disimuló su decepción. Contaba con que los detuvieran y pudieran aclarar todo ese lío de forma civilizada y rápida. Ya habían pasado por el calabozo en muchas ocasiones y sabía que, para salir de aquel entuerto, debían ser más listos y hacerse los tontos.
Recordó el rostro del vikingo al que no había logrado engañar y un escalofrío lo recorrió de pies a cabeza.
Ni cinco soldados podrían doblegarlo sin salir mal parados.
Inquieto, reparó en las palabras del soldado que lo había amenazado: «Traidores a la Corona».
¿Se refería a los jacobitas? ¿O los acusaban de contrabando?
Fuera como fuese, debía salir de esa, no solo por sí mismo, sino también por su mejor amigo, que se hallaba en manos de esos dos bárbaros.
Si quería salvarlo, tenía que llegar hasta Andrew McPherson y transmitirle el mensaje que le había confiado Tormod.
—¿Cómo se llaman y a dónde se dirigen?
—No lo sé —dijo con un hilo de voz—. Uno de ellos es granjero, un tal Fergus McField. Quería comprarnos unas armas, pero resultó ser una treta para robarnos. Mire —retorció sus manos a la espalda para mostrárselas—. Nos ataron.