I
Glasgow.
—Y el nombre es...
—¿Seguro que es un granjero, Ronald? —dudó, masajeándose el mentón.
Tenía muchas ganas de verla...
—La función no ha comenzado todavía, Will —dijo dándole un empujón con el hombro y mostrando hasta la última muela.
Arrugó el ceño, contrariado. Siempre que pensaba en Psique y en lo mucho que la extrañaba suavizaba su expresión y claro, Ronald, andaba al acecho para echarse unas buenas risas a su costa.
—Vete a la mierda.
La risotada lo enfadó más y acabó propinándole una fuerte colleja.
Era un buen amigo, pero también uno muy jodido.
Desde que se conocían eran uña y carne. A los seis años, el pequeño Ronald se mudó a sus tierras, así que compartieron a diario sus ganas de aventuras.
Sus madres eran casi hermanas y no soportaban vivir alejadas.
La de veces que habían tenido que mandar una nota con una paloma para avisar a su padre de que se quedaba a dormir en su casa.
Echó un vistazo a su caballo y este pareció verlo pues relinchó. Parecía harto de ir atado, lo que le hizo recordar el día que Andrew se lo regaló, siendo todavía un potrillo.
“Este Lugh es muy bravo, proviene de un linaje de antiguos caballos gallowglas”, le contó el padre Elliot, sacerdote y amigo de la familia.
Suspiró. Los echaba en falta, incluso a ese cura metomentodo experto en remover el más recóndito rincón de su mente con su interminable palabrería a pesar de ser ya un viejo carcamal.
Delante, el paisaje se extendía en llanos prados verdes que parecían no tener fin bajo un cielo tan gris como su ánimo.
El traqueteo de la carreta le provocaba un efecto somnífero, aun así, no era capaz de relajarse del todo.
Debía estar contento por terminar al fin, pero su intuición le advertía de algo raro en aquel trato.
Por eso, no apartaba la mano de la empuñadura de su espada.
A su lado, Ronald llevaba las riendas de las mulas, atento al sendero que serpenteaba entre las suaves colinas.
No eran tan agrestes ni salvajes como las de sus tierras y daban la sensación de ser menos peligrosas.
Eran valles tan transitables como engañosos para cualquier forastero confiado.
Rodearon los pantanos, ricos en turba. Desprendían un olor penetrante que a veces los hacía arrugar la nariz. Allí el terreno se volvía oscuro y húmedo, y, todavía siendo tan temprano, la niebla se resistía en desaparecer de las orillas del río.
Después de casi una hora de camino y soportar el cansado silbido de su amigo, vislumbró las ruinas de la antigua iglesia, quemada hacía años por los protestantes. Divisó los restos ennegrecidos a lo lejos, como un esqueleto de piedra resistente a desaparecer del todo.
Presto, buscó alguna señal que lo alertara de un peligro inminente. Lo único que llamó su atención fueron unas palomas que salieron volando del interior de las ruinas.
—Debe estar dentro —comentó Ronald que, aunque parecía distraído, también se había fijado en ellas.
—Sí, tendrá el caballo atado en la parte de atrás —calló unos segundos mientras se mesaba la incipiente barba.
—O dentro .
Williams asintió.
—¿No te parece que está todo demasiado tranquilo?
—La verdad es que se me ha puesto la carne de gallina —contestó en voz baja mientras un escalofrío lo recorría.
Detuvo la marcha llamando a las mulas. Entonces, se incorporó un poco en el asiento y lo miró con una sonrisa divertida—.
Me estás llenando la cabeza de pájaros. Y ya sabes que no es difícil hacerlo.
—¿Te informaste bien sobre el cliente? —preguntó con sequedad.
Ronald asintió, borrando la sonrisa de su cara.
—Tras nuestra conversación, hablé con el tabernero.
Él lo sabe todo de todos, Will —insistió—.
Me contó que venía del norte. Dijo que era un irlandés que llevaba poco tiempo en la ciudad.
Al parecer, Fergus le había preguntado si conocía a algún comerciante de armas de confianza, y este le habló de nosotros y de Grant.
—Se encogió de hombros—. ¿Qué más deberíamos saber?
Grant era su mayor rival en Glasgow. Era un viejo mercader de armas que, desde que supo que le habían malvendido la mercancía a Samuel, los tenía en el punto de mira.
Los había llamado desleales por venderla a un precio inferior al suyo.
Pero ¿qué iban a hacer si la contraoferta de Samuel era mejor?
Habían cedido ante el mejor postor. Además, a ese imbécil no le debían nada después de sus intentos por arrebatarles clientes. Era un bribón.
—Bien, seguiremos adelante —dijo a regañadientes.
Ronald azuzó a las bestias y al fin llegaron hasta las piedras. El silencio era incómodo, incluso intimidante. Oyeron unas pisadas dentro de las paredes medio derruidas.
Un hombre de cabello rubio recogido en una trenza larga salió de uno de los huecos que dibujaban las piedras. Era alto y bastante fornido. No tenía aspecto de granjero, como había comentado su amigo, sino de guerrero. Cosa que no lo tranquilizó.
—Buenos días, la paz sea con ustedes —saludó con voz grave y un ligero cabeceo de cabeza—. Aodh Mac Ruaidhrí, para servirles.
Aparentaba ser amigable, forzando un semblante relajado, aun así, era amenazador.
De un vistazo rápido, se fijó en que no llevaba espada ni otra arma a la vista, pero eso no significaba que estuviera desarmado.
Un hombre así podía esconder una daga en cada bota y, bajo el chaleco, otro par de cuchillos.
Dio un paso medido hacia ellos, como si notara la desconfianza con la que lo observaban.
—No tenéis que preocuparos —añadió y alzó las manos vacías—. No muerdo.
—¿Estás solo? —preguntó Williams, ignorando la broma.
A su lado, había oído a Ronald tragar saliva. Sin duda, se sentía intimidado por el enorme guerrero. ¿Acaso no se habían conocido ya? Por un instante, tuvo ganas de matarlo.
Lo miró de soslayo. Su palidez competía con la de una palangana, y supo que era la primera vez que se veían.
—Así es —hizo una breve pausa sopesando algo—. Bueno, tengo conmigo a Climb, mi fiel caballo. Él es uno más.
—¿Uno más de qué? —soltó—. ¿Tengo que creer que eres un granjero como McField?
El rubio arqueó una ceja, divertido.
—Lo confieso, soy algo más que un granjero. Ahora me ocupo de sacar la turba en la granja donde vivo. Eso me mantiene fuerte. —Se señaló con sus grandes manos el cuerpo de pies a cabeza—. De ahí que tenga este aspecto .
No lo creía. ¿Lo tomaba por un bobo? Molesto, quiso terminar con aquello.
—Buscamos a Fergus McField. Tenemos un encargo para él.
El hombre se rascó la cabeza.
—No conozco a ningún McField. Pero sí, espero un encargo.
—No deberías habernos mentido sobre tu nombre —dijo.
Le arrebató las riendas a Ronald y azuzó a las mulas.
—¿Qué haces, Will? —preguntó su amigo, asombrado—. Dice que nos espera.
—No es quien dice ser —susurró con impaciencia y sin tiempo de dar más explicaciones—. No lo reconoces, ¿verdad?
Este negó con la cabeza.
Ya casi había logrado girar la carreta para regresar al camino cuando el vikingo sujetó con fuerza a las mulas. Williams no lo pensó dos veces: desenvainó la espada y apuntó a su cuello.
—Suéltalas ahora mismo si no quieres morir.
—¡McPherson! —Otra voz grave prorrumpió desde las ruinas, acabando en un sonoro eco durante unos segundos—. Si fueras el verdadero hijo de tu padre no le habrías dado opción, maldita sea.
Ambos giraron la vista atrás. Otro enorme guerrero con cabello oscuro y larga barba los observaba con las manos en jarras.
—¡Es él! El granjero —gritó Ronald y Williams puso los ojos en blanco.
—¡Granjero, dice! —exclamó el guerrero, que se carcajeó a la par del rubio, quien tampoco parecía temer la afilada espada en su garganta—. Podría decirse que alimento a bestias, sí.
—¿Quién es usted? ¿Y de qué conoce a mi padre? —preguntó curioso, a pesar de la imperiosa necesidad de huir .
—Podría decirse... —comentó con templanza— que soy su brathair cogaidh , un hermano más cercano que la sangre.
—Así era como se llamaban los gallowglas entre ellos —susurró Ronald, sin apartar la vista del hombre.
—¿Nos conoces? —preguntó el rubio—. Tal vez no sean tan memos, Tormod.
—No es lo que esperaba —comentó el moreno barbudo y alzó las manos al cielo en actitud de plegaria—. Al menos, guardo algo de esperanza. Tráemelos, no tenemos tiempo.