Almas Rebeldes
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Prólogo
Fiesta de la Estrella, tierras McAllen
—Es preciosa. ¿ Viste su pelo? —preguntó a su amigo Connor, quien puso los ojos en blanco—. No, lo digo en serio. Fue como ver el hierro encendido sobre el yunque mientras lo golpeo.
—Ese vino te ha puesto caliente, Will —bromeó Ronald, prorrumpiendo en una risotada contagiosa.
—Pero si solo le di un sorbo. No me gusta tanto como a ti. —Ladeó la cabeza—. Como te pille tu padre, verás.
A pesar de que bromeaban a su costa, rio con él por lo absurdo de la situación y porque, a su edad, todo era nimio, excitante o tentador.
—Estás tan salido que ahora te fijas en mujeres mayores —añadió su amigo. Hundió los dedos en sus rizos y tiró de ellos con fuerza—. Creo que tiene edad para ser abuela.
—Calla, idiota —respondió con un empujón, tras mirar inquieto por encima del hombro hacia el grupo de mujeres—. Si te oye la señora McCain, te dejará más calvo que tus pelotas .
—Además, se llevará de recuerdo una flecha en el culo —añadió Ronald.
Todos rieron ante la ocurrencia. Ni por asomo Hannah McCain podría ser su abuela, pese a que le sacara bastantes años.
No solía fijarse en mujeres maduras; sin embargo, su cuerpo cambiaba y sus necesidades fisiológicas eran imparables.
Su instinto iba por libre y sufría erecciones con asiduidad, incluso al ver copular a los animales de la granja.
Su padre le había hablado de todo aquello y, aunque no terminaba de interpretar su frase «ni se te ocurra meterla hasta que cumplas los quince», sabía que escondía una seria advertencia.
Maravillado, observó a las mujeres que se cruzaban mientras se dirigía a paso ligero al meollo de la fiesta.
Algunas, aunque algo mayores que él, eran bastante hermosas, sobre todo con aquellos vaporosos vestidos tan especiales para la ocasión.
El mejor ejemplo lo tenía en la señora Hannah.
La llamaba «la hoguera andante con pecas».
Tenía muchísimas repartidas por el rostro, como si hubieran sido colocadas a conciencia, desafiando cualquier regla estética.
Era impetuosa, divertida y muy atrevida.
Y eso era justo lo que le encantaba de aquella mujer.
¿Qué haría si no encontraba a nadie como ella de su edad?
Pues, como joven revolucionado que se preciaba, admirar lo expuesto. Qué otra cosa iba a hacer.
La boba sonrisa se le congeló al oír una dulce risa. Sin explicación, se estremeció, atravesado de lleno por una extraña emoción. Sus amigos iban delante, pero a él lo único que le importaba era saber de dónde venía ese canto de sirenas.
Unas pocas ancianas conversaban sentadas en un tronco a su derecha, otra dama acompañaba a su marido a su izquierda...
—¡Vamos, Williams! —gritó Connor—. No te quedes atrás o te perderás la función .
Frustrado, reanudó la caminata. Era cierto: si seguía perdiendo el tiempo, no podría asistir a la actuación de los McAllen. Todo el mundo hablaba de ella. Que si era una obra maestra, que si sus hijos eran unos artistas... Rumoreaban tantas cosas que no creía ni la mitad.
Ronald le echó un brazo por encima del hombro y, junto a Connor, se colocaron justo enfrente del escenario, ignorando las protestas de quienes estaban detrás.
La Fiesta de la Estrella era peculiar. La celebraban cada año bisiesto y los diferentes clanes echaban a suertes cuál debía prepararla con festejos y actuaciones. Esta vez les tocó a los McAllen.
Will nunca había asistido a ninguna, pues solían celebrarse lejos de su hogar, en Pretty Poppies. Según su padre no merecía la pena viajar tanto para ver actuaciones disparatadas. Sin embargo, su madre no opinaba lo mismo.
El padre Elliot le contó una vez que sus padres se habían declarado su amor en una de esas verbenas. Incluso se casaron sobre una tarima como la que tenía delante. Sin duda, guardaban buenos recuerdos de esas fiestas y, supuso, algún secreto inconfesable que les impedía asistir.
Pasaron los minutos. No había probado el vino como su amigo, pero sí una gran jarra de agua con limón. Su vejiga no aguantaría mucho y, a menos que no le importara hacérselo en los pantalones, tendría que aliviarse pronto.
—Ahora vuelvo —dijo a su amigo por encima del jaleo que se respiraba—. Voy a mear.
Ronald asintió con una risa estúpida y le aseguró que le guardaría el sitio.
Sin perder un segundo, dejó atrás a la multitud.
Caminó bastante; había mucha gente congregada allí y no le gustaban los mirones.
Casi se meaba encima, así que corrió hasta un árbol enorme y no esperó para abrirse el calzón.
Liberado por fin de la fatiga, oyó un leve lamento tras el tronco. Se asomó para saber quién era y por qué.
Enmudecido, se encontró con unos ojos azul cielo, algo enrojecidos, que lo miraban inquietos.
Reparó en las graciosas pecas que coronaban la naricita.
El corazón de cereza que formaban sus labios fruncidos no podría haberse dibujado mejor.
Y, para su gran asombro, una despeinada maraña pelirroja, salpicada de flores y hojas, enmarcaba un rostro muy hermoso.
«Es una niña de tu edad», se dijo, algo confundido por el impacto.
Últimamente, solo se fijaba en mujeres ya formadas.
—Hola. Puedes ayudarme o quedarte todo el día mirándome con cara de pasmarote.
Con impaciencia, se señaló un mechón de pelo enredado en una rama.
Will parpadeó y rodeó el árbol, sonrojado. La niña bufaba mientras tiraba del mechón con brío y él, a pesar de estar nervioso, aparentó una serenidad prodigiosa.
—Espera, te harás daño si tiras tan fuerte —logró decir cuando su lengua le dio tregua.
Agarró el mechón rojo para intentar desenredarlo y ella aguardó inmóvil. Parecía haber dejado de respirar. Mientras, aprovechó para deleitarse con la dulce fragancia que desprendía su cabello.
Tras un buen rato intentándolo, y pese a que tenía los dedos ágiles, no lograba desenredarlo .
—Está muy enredado. ¿Qué has hecho para acabar así? —preguntó, observando el rostro aniñado.
Ella bufó como si fuera la pregunta más estúpida que había escuchado en años.
—Ensayaba una obra de teatro.
—¿Y por eso tenías que liarte el pelo aquí?
Ella sopesó qué decir y luego soltó el aliento.
—Bueno, se supone que yo estaba presa. Quería hacerlo muy real... y lo anudé a la rama —comentó, un poco avergonzada—. Ahora no puedo desenredarme. Y llegaré tarde. Y estoy sola...
—No estás sola —la interrumpió intentando acabar con su ansiedad—. Estás conmigo.
—Pues no te conozco de nada.
Williams sonrió ante su frescura.
—Me llamo Williams McPherson.
—Gracias, Williams.
Carraspeó. Era muy inocente.
—Esa no es una respuesta adecuada.
—Ah, ¿no? —preguntó curiosa e impaciente—. ¿Y cuál sería?
—Deberías presentarte —dijo divertido.
—Ah, es cierto, no caí.
La niña sonrió con diversión. Él esperó unos segundos más sin obtener nada.
—Y te llamas...
Ella abrió tanto los hermosos ojos que contuvo el aliento. Eran cristalinos y numerosos lunares salpicaban los iris celestes. Además, eran bastante bonitos, pero eso ya lo había pensado antes. Sin entenderlo, su corazón latía cada vez más fuerte.
—Psique McAllen.
—Encantado de conocerte, Psique, aunque sea en una situación tan peculiar —le dijo con la solemnidad de un caballero.
Ella asintió y sus mejillas se colorearon mucho. De pronto, oyó que alguien la llamaba a gritos y arrugó la nariz.
—Oh, es Jana —dijo con impaciencia—. La función va a empezar, tengo que irme.
—Psique, no puedo desenredarlo —señaló con unos ligeros tirones.
—¿Y qué solución tenemos? No puedo llegar tarde.
Ella tiró tan bruscamente que temió que se hiciera daño. Sin pensarlo, Williams sacó la daga que guardaba en el bolsillo del pantalón.
—O corto la rama o corto tu mechón —propuso.
—No pienso actuar con medio árbol colgado de mi cabeza —dijo y le sacó una carcajada—. A mí no me hace ni pizca de gracia.
—No me rio de ti —aclaró y prosiguió ante su bruto resoplido—. Eres muy divertida sin pretenderlo.
—Oh, ahora resulta que soy un bufón —dijo con las manos en las caderas—. Muchas gracias.
Que parecía un bufón era innegable; además, resultaba tan entrañable que sintió un pellizco en el estómago.
—Elige qué cortar: ¿rama o pelo?
Gimoteó, hipó y se tapó el rostro con sus manitas durante unos segundos interminables. Luego, con los ojos brillantes, se decidió:
—Pelo .
—¿Estás segura? —preguntó. Ella negó con la cabeza y, pese a que su dulzura lo hacía flaquear, aparentó de nuevo una seguridad que no sentía—. Volverá a crecer.
Posicionó la daga y comenzó a cortarlo. Ella estaba muy callada y eso lo inquietó.
—Que te falte un mechón no hará que seas menos hermosa.
—¿Soy hermosa? —preguntó con una inocencia que le calentó el corazón.
—Muy hermosa. —Tras rápidos vistazos, se obligó a continuar—. Tu cabello es tan vivo como el fuego de un volcán.
—¿Has visto un volcán?
Williams aguantó la risa.
—Y tu naricita me recuerda a la de un precioso conejito.
—Oh, eso es un poco raro.
—Tus ojos azules son más hermosos que el cielo que nos cubre y tu...
Casi se traga la lengua al mirar los hermosos labios.
—¿Boca?
—Tus orejas —tosió con la vista en el nudo.
—¿Cómo son mis orejas? —preguntó la pelirroja con una ceja alzada.
—No sé cómo pueden ser unas orejas —espetó, agobiado, mientras terminaba de cortar el mechón.
Justo en ese momento, apareció su amiga muy sofocada por la carrera.
—¡Vamos, Psique! ¿Qué haces?
—Yo.. .
Parecía no saber qué decir mientras se mesaba el corto mechón. Williams respiraba con dificultad, pues algo lo removía.
Entonces, ella se acercó y le dio un beso en la mejilla. Fue como el suave roce de una mariposa, pero lo calentó por dentro.
—Gracias, Williams, aunque no te gusten mis orejas —le susurró al oído con una dulce sonrisa.
Sin más, se alejó a la carrera.
Por un segundo estuvo tentado de detenerla, muy confundido y con las emociones a flor de piel. Sus risas le llenaron el corazón tanto como las que había oído un rato antes.
Suspiró y se agachó a recoger el trozo de pelo del suelo. Después de guardar la daga, sacó un pañuelo del bolsillo y lo envolvió en él. Como si fuera un tesoro, lo depositó con cuidado en su sporran . ¿Por qué lo hacía? Simplemente, no quería que se perdiera.
Con la vista fija en el lugar por donde habían desaparecido las niñas, caminó deprisa. Sin querer, cuando llegó junto a sus amigos, una sonrisa boba le afloraba a los labios.
—¿Qué te ocurre? —preguntó Ronald.
Connor alzó la ceja.
—Pareces sofocado. ¿Te has vuelto a encontrar con la señora McCain? —preguntó con guasa.
Los ignoró. Sabía que detrás de esa tarima alzada se encontraba su bufón particular. Impaciente, acarició su mejilla, justo donde le había dado el beso.
El presentador calmó los fuertes vítores de los asistentes. Will tragó saliva.
—Señoras y señores, la familia McAllen nos deleitará con una representación dirigida por la señorita Jana McAllen .
Los actores salieron, pero Williams solo tenía ojos para la pelirroja despeinada que asomaba detrás del joven apuesto, al que dio por hecho que sería algún primo o hermano por la familiaridad con que la reprendía. Sin embargo, a ella no parecía importarle.
Sin esperarlo, sus ojos se encontraron y Will contuvo el aliento. Fue extraño, pero, sin entenderlo, ella pasó a ser para él más que una simple conocida.