13 #3
Por primera vez, Hrardorr se dio cuenta de que estaba pensando en Theo sin ese dolor profundo en el corazón.
Podía reflexionar sobre la corta vida del joven con tristeza, pero no con un dolor debilitante.
Eso tenía que ser un progreso, ¿verdad? Hrardorr no estaba seguro de qué significaba exactamente, pero se alegraba de verse libre del dolor que pensar en Theo le había provocado en el pasado reciente. Era un alivio, de verdad.
—Bueno, si de verdad no me necesitas, debería ir a ver a mi familia antes de irme de nuevo.
Bajaré a la Guarida y nos encontraremos allí más tarde, ¿de acuerdo?
—dijo Seth, caminando de espaldas hacia donde los pastores andaban con sus caballos—.
Solo llámame cuando me necesites y vendré lo antes posible.
— Perfecto. Gracias, Seth.
Incluso mientras se marchaba, Seth mantuvo la mirada fija en Hrardorr, de modo que este pudo verse a sí mismo y ver cómo estaba dispuesta su presa antes de que Seth abandonara la meseta.
Una vez que la visión de Seth fue la del sendero de bajada, Hrardorr cerró los ojos, bloqueando la visión mágica.
Los mantendría cerrados hasta que Seth regresara.
Ver lo que Seth estaba haciendo resultaba un poco desorientador cuando Hrardorr estaba en otro lugar.
Había vuelto a estar sin vista, pero no sin sentidos. Sintió el cambio en las corrientes de aire cuando otro dragón voló cerca, por encima de él. ¿Quizá era otro compañero hambriento que salía a cazar y comer algo rápido? Hrardorr no le dio importancia y empezó a comer.
Estaba a mitad de su comida cuando sintió que otra presencia se acercaba a su lado. Demasiado pequeña para un dragón, incluso para uno joven. Un humano, entonces. Hrardorr olfateó y reconoció el olor de la familia.
Cole.
—Sabes, ese joven sería un buen caballero. —Como de costumbre, Cole no se anduvo con rodeos a la hora de decir lo que pensaba. Hrardorr siempre había respetado eso de su joven hermano humano.
— Sabes tan bien como cualquiera por qué me niego a aceptar a otro caballero —respondió Hrardorr, concentrado aún en su comida, con los ojos cerrados pero los sentidos aguzados.
No se había criado con Cole, pero había pasado suficiente tiempo con el hombre como para saber que tenía buenas intenciones y que sentía afecto por Hrardorr.
—Hablando como un humano que ha amado y ha perdido, puedo decirte que Theo no querría que siguieras siendo así de infeliz.
Él querría que encontraras a otro compañero, a alguien con quien compartir parte de tu larguísima vida.
Para quienes os vemos con Seth, está claro que ya habéis formado algún tipo de vínculo.
No haría falta mucho para que ese vínculo fructificara plenamente.
Todo lo que tendrías que hacer es pronunciar las palabras de reclamación.
Seth ya es tuyo en su corazón. Me doy cuenta solo con ver cómo es contigo.
Te quiere como al hermano de su alma. Moriría por ti.
La voz de Cole bajó de tono mientras se acercaba.
Pocos se atrevían a estar tan cerca de Hrardorr mientras comía, ahora que no podía ver.
Quizá Cole no sabía el peligro que corría…
o quizá conocía a Hrardorr lo suficiente como para saber que nunca mordería a nadie por accidente, ni siquiera estando ciego.
Sus otros sentidos siempre habían sido aguzados, igual que los de su madre.
Herencia de dragón marino, supuso Hrardorr, ahora que había conocido a algunos de ellos y había aprendido más sobre el otro sentido asociado a su linaje acuático.
—También viviría por ti —continuó Cole en ese tono bajo y convincente—. Si le dejaras.
Hrardorr terminó de masticar el último bocado y tragó. Luego suspiró, sintiendo el humo escapar por su nariz para danzar hacia arriba en el aire.
— No puedo permitirlo. Hacerlo equivaldría a condenarlo a media vida vivida con medio dragón.
No puedo ser el dragón que fui. He llegado a entenderlo y a aceptarlo.
Pero aún puedo contribuir… al menos por un tiempo más.
Después de eso, planeo irme a vivir entre los dragones marinos, si me aceptan.
Mi ceguera no importa tanto bajo el agua.
Era la primera vez que Hrardorr expresaba su plan en voz alta. Sonaba bien. Incluso correcto. Aunque un poco cobarde. Al fin y al cabo, estaba huyendo.
—¿Así que eso es todo? ¿Vas a renunciar a tu tierra y a tu gente y poner rumbo a alta mar? —El tono de Cole denotaba ofensa, aunque Hrardorr no tenía ni idea de por qué debía sentirse herido por su plan.
— ¡No me lo puedo creer! —Otra voz se unió a su conversación, aunque Hrardorr no estaba seguro de cómo Genlitha se las había ingeniado para acercarse sigilosamente.
¿Tanto lo había distraído Cole? — Vas a hacer exactamente lo mismo que el padre de Livia le hizo a ella.
Te vas a escapar al mar y nos vas a dejar al resto pudriéndonos aquí.
No me lo puedo creer de ti, Hrardorr. Pensé que eras mejor que eso.
— No es lo mismo… —intentó argumentar él, pero Genlitha no estaba dispuesta a escucharlo. Nunca la había visto enfurecida, pero ciertamente lo estaba percibiendo ahora.
— ¡Es exactamente lo mismo! —le increpó ella—.
Y todos sabemos lo bien que terminó eso para Livia.
Pobre criatura. Se sentía tan sola antes de que tú llegaras y te hicieras su amigo.
Y ahora, vas a dejarla a ella también. Me vas a dejar a mí .
Y a Seth, y a Gowan… No me lo puedo creer.
Pensaba que nos querías. Que los querías a ellos.
Intentó una vez más meter baza—. —Los quiero a todos…
— Pues tienes una forma muy rara de demostrarlo. Planeas marcharte. ¿Cómo demuestra eso lo mucho que te importa?
— Es lo que debo hacer —dijo finalmente Hrardorr cuando ella guardó silencio unos instantes—.
No es justo para ninguno de vosotros cargaros con mis problemas.
Con mis deficiencias. Nunca volveré a ser el dragón que era.
Ni siquiera volveré a ser un dragón de combate.
No como solía serlo. No puedo ser lo que ninguno de vosotros quiere que sea.
— Siempre serás un dragón de combate, Hrardorr —la voz de Genlitha era la más triste que él había oído jamás—.
Salvaste la ciudad. Salvaste la Isla del Grifo.
Y apuesto a que también salvarás el libro, si se te presenta la oportunidad.
¿Por qué no puedes ver todo lo que sigues aportando? ¿Por qué no puedes ver…?
Se volvió hacia ella, cortando sus palabras—. —¡Es exactamente eso! No puedo ver. No puedo ver nada, Genlitha. Y eso no cambiará nunca.
— Pero ya lo has demostrado dos veces: no importa. Incluso ciego, eres más dragón que la mayoría. Tus contribuciones a tu tierra y a tu gente son mayores de lo que nadie podría esperar.
— Para ser un dragón ciego, quieres decir. —Sospechó que aquello sonó un poco huraño, pero en ese punto ya no le importaba. Sus heridas se habían vuelto a abrir. Quizá no físicamente, pero el dolor emocional estaba tan vivo como el día en que perdió la vista.
— ¡Para cualquier dragón! —rebatió ella, pero él no la creyó. Solo estaba siendo amable. Intentaba animarlo, como había hecho tantas veces desde que se reencontraron aquí, en la Guarida del Sur.
Cómo deseaba poder ser el dragón que ella conoció una vez, allá cuando ambos eran jóvenes…
— Debería haberte reclamado hace mucho tiempo, Genlitha —dijo él en voz baja, admitiendo algo que nunca antes había confesado—.
Podría haberte amado para siempre, pero ahora…
—Se dio la vuelta y caminó hacia donde sabía que estaba el borde de la meseta.
Giró la cabeza sobre el hombro, aunque no podía ver nada sin Seth allí para ser sus ojos—.
Ahora nuestro tiempo ha pasado, y nunca volverá.
Hrardorr se lanzó al aire y surcó el cielo, necesitando espacio lejos de ella… y de sus problemas. Pero su voz triste le llegó, como traída por el viento mientras se alejaba volando.
— Te equivocas.