Epílogo #2
Un año después de su nacimiento, el pequeño Pipino manifestó una deformidad.
Había nacido con la columna torcida, por lo que exhibía una prominente joroba, título que portaría a lo largo de toda su vida y que lo privaría de ser el heredero: Pipino, «el Jorobado».
Aunque su padre lo amaría y nunca le faltaría de nada en los años posteriores, Carlos siguió el consejo de su madre.
Para Bertha, Himiltruda era la culpable de aquella aberración y, pese a que ella misma sufría de una deformidad, jamás mostró el menor signo de compasión hacia la mujer que le había dado un vástago monstruoso a su hijo.
Carlos la repudió. Le arrebató la sortija del dedo y la abandonó para siempre. Himiltruda moriría pocos años después en un monasterio, olvidada por todos, joven y desahuciada.
* * *
El anillo volvería a caer en el olvido durante cuarenta y cinco años.
Carlomagno no quiso volver a tenerlo consigo, pues su figura le traía recuerdos de su madre y de su primera mujer, así que permaneció inmóvil en su tesoro hasta su muerte, cuando su hijo Ludovico fue coronado como emperador en Reims. Éste obsequió a su mujer, Ermengarda de Herbaye, varias de las joyas del tesoro familiar, entre las que se encontraba la sortija.
A Ermengarda la fascinó la robustez del anillo, pese a su tamaño.
Ordenó ponerle una cadena para llevarlo como un colgante.
Aunque poco a poco las marcas desaparecían, aún podía verse con facilidad el crismón y la palabra sapientia.
Ermengarda siempre fue un paso por delante de la desgracia y no permitió que nada ni nadie le controlara la vida.
Mujer de carácter indómito, dudó en apartar al resto de consejeros de Ludovico y reinar junto a su esposo.
Le aconsejó tonsurar a tres de sus hermanastros varones –hijos legítimos de Carlomagno– y encerrarlos en monasterios.
Y a Bernardo de Italia, sobrino de Ludovico, lo engañó para que la visitara en la corte de Aquisgrán donde se apresuró a condenarlo a muerte por una supuesta rebelión.
Ermengarda reinó de forma implacable. Tuvo hijos varones, y la sucesión fue correcta. La reina de los francos y emperatriz carolingia legó su tesoro más preciado, la sortija hecha colgante, a su hija Hildegarda, para que Cristo y la sabiduría la guiaran en su matrimonio con Gerard de Auvernia.
De esta manera, el anillo pasó a formar parte de los condes de Poitiers, y durante los siguientes trescientos años –desde Rainulfo de Poitiers hasta Guillermo VIII–, ningún hombre de esa casa noble haría uso de él, como si el propio anillo deseara pasar desapercibido, pues buscaba ser portado por mujeres como Ermengarda o como la valiente Hildegarda.
No iba a ser reclamado por nadie más que no poseyera el carácter y la fuerza de espíritu de aquella emperatriz capaz de frenar una maldición de infortunio.
El destino esperó, aguardó pacientemente su momento.
Y aquel sueño de tres siglos acabó con la irrupción de la hija del conde Guillermo VIII, la que sería considerada la dama más grande de la cristiandad, quien encontraría la sortija en un viejo arcón forrado de terciopelo de su padre.
Era la tatarabuela de María.
* * *
Leonor de Aquitania encontró el anillo y la cadena siendo ya reina de Francia, en el momento más preciso de su vida, cuando más lo necesitaba.
Convocada la Segunda Cruzada, la soberana había decidido acudir a Antioquía junto a su esposo, el rey Luis VII de Francia, en calidad de duquesa de Aquitania o, lo que es lo mismo, la señora feudal con el territorio más grande del reino.
Leonor no estaba dispuesta a que su condición de mujer se interpusiera en su deber y le impidiera acudir.
Pese a su mala disposición, el rey no podía negar a un señor su derecho de presentarse a la cruzada.
Antes de partir, Leonor halló el anillo en un cofre.
Le sorprendió su austeridad; apenas se distinguían las iniciales de Cristo y las primeras letras de una palabra, sap , que uno de sus consejeros atribuyó a sapere , es decir, «Cristo y el saber».
Religión y conocimiento. Dios a la altura de la razón, de la inteligencia.
Leonor había gozado de una educación exquisita: tenía conocimientos de música, y tocaba el arpa, además de aritmética y astrología, y también de historia, literatura y teología.
Como mujer, aprendió las tareas domésticas de una casa y de su buen gobierno, así como la costura, pero también, como todos los condes de su casa, a montar a caballo.
Tampoco se privó de la caza y la cetrería.
Alta y rubia, como todas las féminas de la casa de Poitiers, no dudó ni un instante en enfundarse una coraza y acudir a la cruzada con su marido para mayor admiración de aliados y contrarios.
No en balde había sido educada para no agachar nunca la cabeza.
El hallazgo del anillo infundió en el espíritu de Leonor la confianza necesaria de que hacía lo correcto, pues el signo del crismón era una señal proveniente de lo divino. Dios estaba de su parte.
El anillo viajó hasta Jerusalén. Fue bendecido en aguas del Jordán y rozó la piedra del Santo Sepulcro.
La reina de Francia sustituyó la vieja cadena por una de oro, mucho más larga y resistente.
Exhibía el anillo colgado de su cuello de piel traslúcida.
Tal vez eso fue lo que llamó la atención de su tío, Raimundo de Antioquía, que quedó tan maravillado como prendado de su sobrina.
Él, que era alto como ella, elegante en la palabra, feroz en el combate y el amor, se obsesionó por la joven.
Los celos estuvieron a poco de consumir al rey de Francia.
Luis VII no soportó aquellas conversaciones interminables entre tío y sobrina, esos cruces de miradas, esas muestras de amor fraternal que rozaban el incesto, como cada vez que él acariciaba ese condenado anillo y rozaba su seno con el dorso de la mano.
A punto estuvo de arrebatárselo a su esposa durante una discusión.
Lo habría lanzado al mar. El rey se negó a prestar a Raimundo la ayuda militar que precisaba Antioquía y emprendió rumbo a Jerusalén.
Leonor quiso permanecer junto a su tío, con sus caballeros, no obstante, Luis VII la obligó a marcharse de allí a la fuerza.
A su regreso a Roma –por separado–, el rey de Francia exigió al Papa la anulación del matrimonio, aludiendo parentesco con la duquesa de Aquitania.
«No temo al rey de Francia. Soy más grande que él y, desde luego, más grande que su orgullo y que su hombría», señaló Leonor a su marido, cuyo odio hacia ella crecía día a día. La dama sostenía en su mano la alianza como protección.
El anillo parecía atraer conflictos y, al mismo tiempo, daba poder y fuerza a aquellos espíritus luchadores dispuestos a presentar batalla.
En marzo de mil ciento cincuenta y dos, Leonor negoció su divorcio a cambio de conservar todos sus dominios.
Eso significaba mantener su dote, lo que se traducía en el inmenso ducado de Aquitania.
Luis aceptó. Leonor tardaría menos de dos meses en volver a casarse, en Poitiers, esta vez con Enrique de Plantagenet, futuro rey de Inglaterra.
Un matrimonio que influiría en toda la política de Europa los siglos posteriores, pues convertía al monarca inglés en el mayor vasallo del rey de Francia, y a éste, en su gran enemigo.
* * *
Leonor dotó al anillo de toda su osadía, temperamento, valentía e inteligencia.
Reina de Francia de Inglaterra, madre de diez hijos, duquesa de Aquitania.
Leonor reinó y jamás se dejó gobernar. Fue madre de dos reyes ingleses –Ricardo Corazón de León y Juan sin Tierra– y de una reina consorte de Castilla, Leonor de Plantagenet.
La sortija se imbuyó de su luz, aunque ésta comenzaría a menguar justo el día en el que el destino de mujer y alianza tomaron caminos separados.
* * *
La pequeña de ocho años Leonor de Plantagenet llegó a la corte de Burgos para casarse con Alfonso VIII de Castilla, que tenía doce.
Su madre, la duquesa de Aquitania y reina de Inglaterra, la obsequió con el tan querido abalorio el día de su despedida, en tierras de Tarazona, con la promesa de que le daría protección y lucidez.
Sus padres habían decidido para ella que establecería la unión con un reino que empezaba a asomar la cabeza entre los grandes: Castilla, tierra de castellanías.
Pero nada de eso importaba a Leonor, que se sentía sola y abandonada por su familia.
Hablaba francés y occitano, pero muy pocos en la corte castellana conocían aquellas lenguas del otro lado de los Pirineos.
Leonor sería educada para ser una reina castellana, mientras que su esposo, Alfonso, aprendería el francés y las costumbres de su mujer.
El anillo quedó olvidado en un cofre durante cinco años.
Fueron los años de su educación. Tras las lecciones de sus preceptores, cuando Leonor regresaba a su alcoba, en sus momentos de intimidad, solía examinarlo y volvía a guardarlo.
El roce de la cadena había hecho mella en uno de los bordes, y el crismón amenazaba con desaparecer.
Leonor lo atesoraba porque quería conservarlo como el último gesto de cariño de su madre.
Cuando cumplió los quince, se quedó encinta.
La alegría no duraría demasiado. Aquel primer intento acabaría en una muerte prematura, a las pocas semanas.
Alfonso y Leonor volvieron a intentarlo, con la misma consecuencia trágica.
La tristeza caló profundamente en la joven Plantagenet y en toda la corte.
Dos embarazos, dos muertes. Los dos años que siguieron escribió varias cartas a su madre, a la corte de Poitiers, pidiendo su consejo.
Una vez, Leonor de Aquitania le especificó: «Llevadlo con vos, rezad siempre con una mano sobre el crismón. Nunca os separéis de él».