Alma de Castilla Epílogo #3
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Epílogo #3

Así lo hizo, y en poco tiempo volvió a estar encinta.

«Ha funcionado», escribió a su madre de vuelta.

El poder de aquel anillo ancestral consagrado en aguas del Jordán le había servido.

Convencida de esto, Leonor le quitó la cadena y lo llevó puesto a partir de ese momento en el anular.

La niña recién nacida llevaría el nombre de la abuela de Alfonso. Berenguela.

* * *

De la misma forma que había sucedido con su madre, Berenguela fue comprometida con un infante germano cuando cumplió ocho años.

En ese mismo tiempo, la reina Leonor llevaría a buen término uno de los proyectos más importantes de su vida como reina castellana: la construcción del monasterio de monjas cistercienses Santa María Real de las Huelgas.

Allí, en ese mismo prado verdoso de pastos altos donde se erigía un pequeño palacio que serviría como base para el futuro monasterio, Leonor entregó el anillo a su hija Berenguela.

«Yo lo recibí a la misma edad que vos. Es hora de que os convirtáis en su custodia y que el signo de Cristo os proteja».

A Berenguela le parecía un anillo místico. Después de que su madre le contara tantas historias sobre la sortija y su leyenda, se preguntaba cuántas personas lo habrían utilizado, cuántas habrían rezado a su crismón, y su valor aumentaba con el tiempo.

Al nacer su hermano Fernando y perder la oportunidad de heredar el trono, el emperador germano anuló sus compromisos.

Libre de estas disputas de grandes linajes, Berenguela se casó a los quince años en Valladolid con Alfonso IX, rey de León.

Si a su abuela se la recordaba como a la dama más grande de la cristiandad, a Berenguela se le atribuyó ser la reina más grande de Castilla.

Reinó en soledad durante los largos períodos en los que Alfonso IX permaneció en las campañas militares y en las disputas territoriales, incluyendo las feroces luchas entre la nobleza castellana y leonesa.

Siempre demostró llevar en la sangre la fortaleza y el aplomo de todas las mujeres que la habían precedido en el tiempo, exhibiendo gran habilidad diplomática con sus súbditos, cortesanos y nobles.

En un movimiento magistral, abdicó en favor de su hijo Fernando, que acabó por unir en su persona los reinos de Castilla y de León. Él sería conocido como «el Santo».

Berenguela nunca quiso ser reina, pero al final todos la reconocieron como «la Grande», tanto sus súbditos como sus aliados y contrarios.

Temida y admirada, dominó las artes, las ciencias y la política.

Permaneció al lado de su hijo Fernando como consejera real e interfirió en los asuntos del reino durante casi cincuenta años.

Un día de otoño, Berenguela paseaba por los aledaños del monasterio de Las Huelgas, erigido en aquel prado verde que había escogido su madre hacía casi sesenta años.

Estaba acompañada de su segundo hijo varón, Alfonso, señor de Molina.

La reina era consciente de que Alfonso había hecho un sacrificio enorme al renunciar a reclamar para sí el trono de León.

Pero su hijo era un hombre sensato que comprendía que el reino y el poder debían permanecer bajo un mismo rey, una misma estirpe.

«Sé lo insignificante que puede parecer, amado hijo.

Pero os aseguro que, de todas las riquezas de este mundo, éste es mi tesoro más preciado, pues me fue confiado por mi madre, que a su vez lo recibió de mi abuela.

Es una sortija que ha acompañado desde tiempos remotos a la casa de mi madre, y que llegó hasta Jerusalén.

Cuenta la leyenda que perteneció a un obispo romano antes de ser encontrado por un lombardo muchos siglos después.

Su marca y su crismón apenas pueden distinguirse ya...

, pero es un anillo de protección. Según nuestra tradición familiar, debería pasar a alguna de tus hermanas; sin embargo, Alfonso, guardo en mi corazón la extraña corazonada de que a través de vos encontrará su camino».

* * *

Alfonso de Molina murió a los setenta años, cuando María sólo tenía doce.

Había vivido una vida plena y llena de vicisitudes durante el reinado de su hermano Fernando III el Santo.

Siempre fue fiel a su madre Berenguela, con el recuerdo de su abuela Leonor de Plantagenet y de su bisabuela, la dama de Aquitania.

Alfonso batalló en Andalucía, conquistó Córdoba y participó en la toma de Sevilla, donde recibió un buen reparto.

Cuando su hermano murió, apoyó a su sobrino Alfonso –el décimo de Castilla– como nuevo monarca, el mismo que más tarde sería conocido como el Sabio.

El anillo estuvo en posesión del señor de Molina durante la reconquista de Andalucía.

Pequeño y robusto, lo cargó en una cadena, como una reliquia, un amuleto de protección consagrado a Cristo.

Sin embargo, en todo momento fue consciente de que aquella alianza no le pertenecía.

Él era su custodio temporal. La tradición marcaba que debía pasar de mujer en mujer, y la reina Berenguela le había dado a él un cometido. «A través de vos encontrará su camino».

Alfonso se casó tres veces, pero algo extraño ocurrió.

Con ninguna de sus dos primeras esposas sintió que sus herederas albergaran el espíritu de sus antiguas portadoras.

Ni siquiera Blanca, hija de su primera mujer, Mafalda, le pareció capaz de almacenar un alma de fuego batalladora.

Blanca fue una gran dama, de una belleza fuera de lo común, supo gobernar sus tierras y heredó el señorío de Molina.

Pero Alfonso no vio el brillo de Berenguela en ella.

Tampoco en Juana, hija de su segunda esposa, Teresa.

Aunque Juana había sido bien educada, había algo en ella que escondía pasajes en las sombras.

Entonces, nació María. La hija de su tercera esposa, Mayor Alfonso de Meneses, hija del ricohombre don Alfonso Téllez de Meneses y de doña María Ibáñez de Limia, dama noble heredera de toda una tradición castellana.

Doña Mayor trajo a la última etapa de su vida paz, sosiego y cordura.

Aceptó sin remilgos su entrada en la Orden de Calatrava.

Y es que esa esposa albergaba la melancolía de aquellos que nunca olvidan a los que se han ido y esa sensibilidad por preservar la memoria de los suyos fue heredada por su hija.

* * *

Una tarde cálida de primavera, doña Mayor y María bajaron al llano a contemplar el castillo de Montealegre.

Una brisa calurosa batía las espigas de trigo, el sol les besaba los párpados.

María tenía doce años. Su padre había muerto hacía pocos días, sepultado lejos de allí, en el convento de San Francisco de Salamanca.

El dolor por la pérdida era aún algo desconocido para ella, le costaba asimilar que ya no estaría.

Un enorme abismo se abría ante ambas mujeres.

Se sentaron en el prado, rodeadas de trigales que pronto darían buena cosecha y traerían consigo las labores y las fiestas de los días estivales.

–Somos la memoria de nuestros antepasados –dijo doña Mayor, y María despertó del letargo que le provocaban las caricias del sol.

La madre extrajo de sus faldas el anillo que le había entregado su esposo antes de morir–.

Esta alianza fue la última voluntad de vuestro padre.

Seremos lo que recuerden de nosotras, una imagen frágil, desdibujada, difícil de reconocer.

Hemos de perpetuar y custodiar los nombres de quienes ya se han ido. Guardadla para vos.

María acarició el anillo. Se intuía un crismón y las primeras letras de una palabra olvidada.

«Soy la memoria de mis antepasados», repitió para sí.

Su madre le explicó que aquella alianza formaba parte de una larga tradición de mujeres en la familia de don Alfonso.

Había pertenecido a su abuela Berenguela, también a su bisabuela Leonor y a su tatarabuela, la dama de Aquitania, reina de Francia e Inglaterra.

Lo que desconocía doña Mayor era que el anillo había sido custodiado en el tesoro de los condes de Poitiers durante trescientos años, y que antes de eso había pasado por las manos de Hildegarda, Ermengarda, Himiltruda y Bertha, y que otros ciento cincuenta años antes de la madre de Carlomagno había estado en posesión de Gundeperga y Teodolinda, reinas lombardas.

El anillo había aprendido de todas sus portadoras, y todas ellas habían aprehendido en él parte de su fuerza y de su sufrimiento.

María casi podía sentir en la ligera robustez del pálido metal el peso de sus vidas contenidas.

Sus nombres, como el crismón, comenzaban a desvanecerse, perdidos en la inmensidad del tiempo.

En la inocencia de su juventud, María se dijo que a ella no la vencería el olvido.

Estaba decidida a dotar a aquel anillo de su propia alma, como custodia de su memoria, sin saber que su legado estaba condenado a perecer, como una vela que extingue el último brillo de su fulgor, ante la indolencia del paso de los días.