Epílogo
Epílogo
Breve historia del anillo de la reina
Los lombardos lo habían encontrado hacía setecientos años, poco después de la llegada de este pueblo bárbaro al valle del Po en el año quinientos ochenta y cinco.
Nadie supo quién lo había forjado ni de qué metal estaba hecho.
Tal vez fuera de acero bañado en plata. No tenía nada que llamara la atención.
La sortija fue hallada en la ribera de uno de los ríos del valle por un guerrero lombardo que vio sobresalir en el barro un trozo de metal.
Le pareció tan pequeño y robusto que pensó que era un pendiente.
Esa tarde, se lo dio al duque de Turín, Agilulfo, a su regreso al campamento, como signo de lealtad.
Agilulfo fue el primero que lo lavó y quitó el barro para leer sus inscripciones.
Lo examinó con detenimiento, maravillado por la simpleza de la forja.
El anillo poseía una marca en latín. Un crismón y la palabra sapientia. Cristo y sabiduría.
Resultaba fácil imaginar que el abalorio debía de haber pertenecido a uno de los primeros obispos cristianos, tal vez de la época de Constantino el Grande, cuando el cristianismo había pasado a ser la religión del Imperio romano.
Sin embargo, los siglos posteriores a la caída fueron de saqueo y expolio.
La sortija vio guerras y asesinatos, y en muchas ocasiones sintió perecer a su dueño a través del tacto de los dedos.
Fue arrebatada, vendida, hurtada, obsequiada, perdida y encontrada cientos de veces antes de que un lombardo salvaje la examinara con asombro con sus manos mugrientas en la ribera de un río.
Agilulfo conservó el anillo tantos años, en el fondo de una saca de cuero de venado, que se olvidó de él.
Cuando Autario, rey de los lombardos, murió, Agilulfo se apresuró a hacerse con el poder por medio de la fuerza y decidió casarse con su desdichada viuda para legitimar la corona.
Teodolinda, reina consorte de los lombardos, era una princesa germánica de gran belleza y altura que aún lloraba la muerte de Autario cuando se vio envuelta en ese matrimonio forzado.
En Mediolanum, recibió de Agilulfo el anillo del río como obsequio de boda.
Teodolinda tuvo que enfrentarse a muchos pesares en su vida.
Acostumbraba a acariciar la alianza y se familiarizó con su signo, el crismón.
Eran las iniciales de Cristo, una deidad desconocida por entonces para su pueblo.
Quiso, así, que su hijo Adaloaldo fuera bautizado por el rito cristiano, en una época en la que era algo extraño entre los lombardos.
Teodolinda aportó al anillo toda la fuerza y el temperamento propios de la hija del duque de Baviera.
Cuando su hijo cumplió trece años, el rey enfermó.
La reina se enfrentó a los caballeros y guerreros, súbditos reales, que luchaban entre facciones.
Su hermano mayor, Gondovaldo, duque de Asti, sería el sucesor al trono, dada la minoría de edad de Adaloaldo.
La reina estaba predispuesta a apoyarlo por el bien del reino.
No pensaban lo mismo sus súbditos ni la facción que apoyaba a su hijo.
Así, una hermosa mañana de abril, durante una partida de caza, Gondovaldo, hermano de Teodolinda, recibió una flecha que le atravesó el corazón.
Teodolinda lloró descarnada la muerte de su hermano, y, poco después, la de su segundo esposo, Agilulfo, enfermo todo este tiempo, a quien había aprendido a amar.
Obligada por las circunstancias, tuvo que hacer frente al reino y a la regencia.
Su actitud pacificadora contrarrestaba con los impulsos bélicos de los sanguinarios duques lombardos.
Para empeorar la situación, cuando su hijo se aproximaba a la mayoría de edad, manifestó los primeros signos de una enfermedad mental.
Entonces, Gundeperga, hija de Teodolinda y Autario –su primer marido–, exigió a su madre la corona.
Si su hermanastro era incapaz de reinar, lo haría ella.
Junto con su marido Arioaldo, nuevo duque de Turín, propició una conspiración que apartó a su hermanastro enfermo del trono y a su madre de la regencia.
De esta forma, Teodolinda lo perdió todo.
Había sido una mujer devota que, durante más de treinta años, había intentado en vano establecer la paz en el norte de Italia.
Fallecería dos años después de su hijo, triste y sola, traicionada por su hija y su yerno.
Tiempo después, su hija Gundeperga, reina de los lombardos, encontró en el ajuar de su madre un hermoso relicario con forma de cruz, incrustado con piedras preciosas, obsequio del papa Gregorio I.
Dentro halló un fragmento de la Vera Cruz, una reliquia de gran nombre y prueba de la amistad que unió durante su vida a su madre Teodolinda con el pontífice.
Y reconoció el viejo anillo de plata, que no dudó en robar.
* * *
El anillo permaneció oculto más de ciento cincuenta años entre el tesoro de los reyes longobardos, sin dueño, sin llamar la atención.
Hasta que llegó a Bertha, «la del Pie Grande».
Corría el año setecientos cincuenta y dos, y el cisma de Bizancio dejaba a Roma sin apoyos, a merced de sus enemigos en el norte, los lombardos.
Ante esta tesitura, el papa Esteban II se vio obligado a emprender un viaje inusual a Francia y rogar al rey de los francos, Pipino –llamado «el Breve» por su baja estatura– su apoyo militar.
Los francos descendieron hacia la península itálica e iniciaron una campaña que acabaría con la devolución al Papa de muchas de las ciudades perdidas.
Los lombardos fueron derrotados. En agradecimiento, el Papa consagró a Pipino y lo nombró «patricio de los romanos».
Entre los muchos obsequios de aquella campaña, se hallaba la sortija que había encontrado el guerrero lombardo en el valle del Po hacía más de un siglo.
A Pipino apenas le llamó la atención. Se la obsequió a su esposa, Bertha de Laon, junto con varios objetos de valor mucho más llamativos.
Pero a Bertha le gustó mucho su simpleza y su inscripción, y decidió llevarlo en el meñique.
La mujer de Pipino tenía un pie más grande que el otro, de ahí su nombre.
Desfigurada, caminaba con la ayuda de un bastón.
Sin embargo, nunca se rindió a la desgracia ni a su falta de belleza; fue una mujer animosa que vivió la felicidad y la desdicha en vida a partes iguales.
Pipino descubrió que su mujer era perspicaz e inteligente, y pronto aprendió a escuchar su consejo.
Bertha, muy activa en la corte, hizo notar su influencia.
Acostumbraba a parlamentar con los súbditos con las manos juntas sobre el regazo mientras con la mano izquierda solía acariciar el anillo que reposaba en el meñique de la derecha.
Sentir el crismón le daba paz y lucidez para tomar decisiones.
Pero los malos tiempos no tardarían en llegar.
Algunos años después, Pipino se enamoró de otra mujer.
Se llamaba Angla. Bertha aceptó su situación con estoicismo: Angla era una muchacha joven que tenía algo de nobleza, y Pipino era un hombre viejo al que pronto le llegaría su hora.
La reina consorte de los francos se mantuvo en su papel de mujer imperturbable hasta la muerte de Pipino, y posteriormente continuó en su posición de consejera de sus hijos, Carlos y Carlomán, quienes –siguiendo la tradición– se dividieron el reino de su padre.
Cuando Carlomán murió años después, su hermano Carlos aglutinó todo el poder del pueblo franco.
Decidido a reinar con sus propias ideas, apartó a su madre de la corte, obligándola a retirarse a una vieja residencia.
Bertha murió triste y sola, abandonada por aquellos que habían prometido amarla hasta el final.
* * *
Años antes de la muerte de Bertha de Laon en una residencia campestre, el anillo pasó a manos de una bellísima joven alsaciana, hija del conde de París, Grimberto.
Su nombre era Himiltruda. El hijo de Bertha, Carlos, se enamoró perdidamente de ella.
La muchacha era alegre, bien educada, pero con un carácter germánico tan rudo que contrarrestaba su aspecto angelical, capaz de repeler el ímpetu de su prometido.
Tras el fallecimiento de su padre y de su hermano, Carlos fue nombrado rey de los francos, y su madre lo obsequió con el anillo del crismón para que el signo de Cristo lo acompañara siempre.
Carlos nunca lo usaría, porque era demasiado pequeño para él, pero sí lo guardaba entre sus cosas de valor.
Muchos años antes de que fuera consagrado como Carlomagno, el hijo de Pipino y de Bertha entregó la alianza a Himiltruda como prueba de su amor, y ésta la llevaría en el dedo anular hasta que le fue arrebatada.
Carlos e Himiltruda se amaron con libertad, a la vieja usanza germánica.
Lo suyo fue menos de un matrimonio y más que un concubinato.
A Himiltruda le bastaba el amor de su caballero, su anillo y saber que, al volver de sus viajes y guerras, volvería a sus brazos.
Pero el destino le tenía preparada una dura prueba a esa muchacha jovial que acabaría consumida por la calamidad.
No tardó en anunciar que estaba embarazada.
Bertha, su suegra, se alegró de corazón y confirmó que había sido gracias al anillo que Pipino había traído de Lombardía.
«Cristo y sabiduría». Así, cuando el hijo de Carlos e Himiltruda nació, decidieron llamarlo como a su abuelo.
Sin embargo, pronto las cosas cambiarían para mal; el infortunio parecía acaecer sobre cualquiera que fuera la portadora de aquella argolla ancestral.
¿Qué extraño sortilegio o maldición se había impregnado en su forja?