XIV #4
María sintió un alivio indescriptible al ver los rostros y los brazos agitándose al viento por el sendero del castillo.
Al entrar en el patio de armas, sintió volver a otro tiempo.
Echó la vista hacia lo alto y descubrió la ventana de los aposentos de su madre y la balconada con el pretil de piedra donde se asomaba desde que era una niña.
Todo permanecía en su sitio, casi detenido en el tiempo.
Más allá de la guardia del rey y de los nobles que acompañaban a su alteza, poco o nada recordaba aquello a los viajes con Sancho.
La casa del rey se acomodó sin grandes aspavientos, no hubo torneos de espadas ni cacerías de jabalíes.
Al contrario. María se preguntó si al fin había encontrado la paz de un hogar.
El final de un largo viaje iniciado hacía casi veinte años.
Al fin, en la quietud de Montealegre, los niños pudieron volver a jugar en el patio.
Isabel volvió a reír. Fernando, taciturno, halló una paz que desconocía entre sus hermanos.
Las tardes estivales, María se sentaba sobre la piedra caliente, con la ventana abierta de par en par, sin bandas ni tocados, y dejaba que el calor pintara su piel y el silencio la abrazara.
El final del verano estaba cerca y pronto llegarían los días templados y las lluvias, pero, hasta entonces, el llano se pintaría de oro, de tierra y trigo, hasta donde alcanzaba la vista, y María volvería a disfrutar de bañar los pies en los arroyos en compañía de Constanza y de sus hijos.
Un nuevo horizonte se abría ante ella como reina regente.
Una parte de ella ya lo sabía, pero confirmaba que la batalla por proteger el legado de su padre y de sus hijos iba a continuar todos los días de su vida.
Tras el verano, vendrían nuevas batallas y desafíos.
Juan de Castilla trataría de alzarse con el reino de León, tendría que casar a su hija con los descendientes del rey de Portugal, debería someter a esa nobleza encabezada por el señor de Vizcaya que sólo había sido apaciguada por un momento.
Fernando era rey, pero la guerra proseguía, porque ni el reino ni la historia se detenían, y María no hacía más que preguntarse si todo aquello por lo que luchaba valía la pena; si todo ese enorme sacrificio por el que venía batallando desde mil doscientos ochenta había servido para algo.
Su hijo era rey en el momento en el que ella menos anhelaba el poder.
¿Tenía, acaso, algún sentido preservar la memoria de los suyos?
¿Debía seguir el mandato de su madre y no olvidar a los que la habían precedido?
¿Acaso alguien la recordaría? Los días seguirían su curso, invictos, hacia el olvido. ¿Para qué batirse por la inmortalidad?
Pero todo ese empeño tenía una única razón de ser en el corazón de la reina: sus hijos.
Antes que el reino o el legado del pasado, antes incluso de pensar en qué era lo mejor para la corona, María siempre ponía por delante a sus hijos.
Tal vez fuera una traición hacia su tierra, pero ésa era la verdad.
Antes que reina, era madre. Y también ahí residía su dolor, en la certeza de saber que nadie habría de reconocer su labor en preservar el reinado.
Cómo se juzgarían esas lágrimas y ese sufrimiento, cómo se valorarían esas horas de desasosiego y la ansiedad de ver que el mundo se cae a pedazos.
Ella había decidido mirarse los pies y seguir avanzando, paso a paso, día tras día.
Nadie iba a recordar su labor. Porque, al día siguiente, pasara lo que pasara, para el resto del mundo Castilla seguiría intacta y el sol saldría por el este.
Una tarde de finales de agosto, María bajó sola al llano frente al castillo y galopó hacia el montículo que le había regalado Ruy Castro en su juventud.
Desde allí podría ver Castilla entera y, a lo lejos, la cordillera del norte, majestuosa e imponente.
Una brisa calurosa le acarició el rostro.
María deshizo el último tramo del sendero a pie, con las bridas de su montura en las manos.
Al llegar a la cima, contempló la belleza del paisaje.
Se sentó en la hierba seca, rodeada de espliegos de aroma a lavanda, y sacó un pequeño objeto de metal.
Era su viejo anillo. Ahora tenía la forma de unas alas abiertas, sin simbología ni color, pero para ella significaba algo mucho más importante.
Ya no sería una imagen frágil ni desdibujada, tampoco sería difícil de reconocer.
Ella, no. De alguna manera, Ruy Castro le había recordado quién era, y eso la había redimido.
«Al fin vuestra alma vuela libre».
Cavó con las manos y dio sepultura a su pasado.
Luego permaneció un rato sentada en el suelo, hasta que el viento se levantó y a poco estuvo de llevarse la crespina.
Entonces María se soltó las bandas y la redecilla, y se liberó el cabello, que flameó como una enseña, al igual que sus ropajes.
Y se dejó caer en la hierba mientras sus ojos contemplaban el infinito.
Se preguntó si, siglos después, el cielo tendría el mismo color. Si alguien recordaría su nombre.