Alma de Castilla XIV #3
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XIV #3

Observó a su alrededor, a los camareros y a los pajes yendo de un sitio para otro, mientras lo vestían con una túnica corta de lino blanco, bordada en hilo de oro con los símbolos de Castilla y de León.

Llevaría unas calzas blancas y unos zapatos bordados con detalles también en oro que imaginó que costarían lo mismo que lo que ganaría aquel herrero de Talavera en un año de jornal.

Sobre su cabeza, ceñirían una corona, de oro, a su medida.

Las cosas para él ahora tenían un valor distinto.

Había aprendido a ver la vida y lo material desde otra perspectiva.

Lo que antes entendía como establecido, ya era consciente de que poseía una historia detrás, el trabajo de alguien, una vida de anhelos y desilusiones.

No dar las cosas por sentado había cambiado su mundo para siempre.

Incluso aquellos hombres que se esmeraban en atenderlo en silencio y pedían, con sumo respeto, si «su alteza hacía el favor de alzar el brazo» para introducir la túnica o «colocar un pie en la calza», también tenían sus vidas y sus problemas, y aspiraban a mucho más que servirlo.

Nadie se conformaba con lo que tenía. Cuánta razón había en las palabras de Ruy Castro: la corte estaba llena de personas que aguardaban ascender en la escala social, lo que lo dejaba a él aislado.

Todos, absolutamente todos, querrían sacar partido de él.

¿En quién podría confiar en tales circunstancias?

Deseó con todas sus fuerzas que él estuviera allí.

Su mente aún de niño fue capaz de imaginarlo sentado bajo la ventana, vestido con su cota de malla y su toca de aspecto sarraceno, en espera de que Fernando estuviera listo.

Presentaría un gesto serio, como siempre, pero él sería el único que sabría que aquella postura significaba que estaba bien, porque era un hombre sencillo que no necesitaba de grandes fastos para hallar en sus días remansos de felicidad.

Luego, cruzarían una mirada de complicidad, y el jinete le preguntaría si estaba preparado, y él diría que sí, aunque no lo estuviera, pero lo diría igualmente para que le devolviera esa mirada de orgullo con la que sólo él le había obsequiado alguna vez en su corta vida.

Esa recompensa le bastaría para sentir que podía solventar cualquier obstáculo.

Pero Ruy Castro ya no estaba.

Trató de armarse de valor mientras esperaba a su tío Alfonso, que habría de acompañarlo a la corte.

No obstante, no fue éste quien apareció en el umbral, sino el primo de su madre, el infante Enrique.

Se dirigió a los pajes y les preguntó si don Fernando estaba dispuesto.

De inmediato, ordenó que todo el mundo saliera de la estancia.

Don Enrique tomó asiento en una silla y miró al hijo de su sobrino con sus ojos penetrantes. Fernando, que no quería ser juzgado por nadie, apartó la mirada.

–¿Sabéis lo que es convertirse en rey, muchacho?

El niño miró fijamente al anciano. El infante Enrique lo observó con una expresión que no supo descifrar.

–Tal vez creáis saberlo, pero yo os diré lo que es –murmuró el viejo en un tono arrogante–. Ser rey es una condena, es sacrificio diario hasta el día de vuestra muerte. Ningún hombre puede cargar con la corona solo.

Fernando se aturdió al no comprender bien lo que quería decir.

–¿Por qué no?

–Porque la corona pesa, porque otros también la quieren y estarán dispuestos a rebanaros la cabeza con tal de obtenerla.

Vos habéis vivido toda la vida bajo la protección de vuestra madre.

Vuestro padre esperaba a que cumplierais una edad apropiada para haceros cabalgar a su lado, pero abandonó este mundo demasiado pronto.

Sin padre, y con una madre débil, estáis en desventaja.

Fernando sintió un nudo en el estómago. Quiso defender a su madre, pero no se le ocurrió nada lo suficientemente agudo como para ofender al anciano. Don Enrique alzó un dedo índice y habló como si le hubiera leído el pensamiento.

–Sé que sois fuerte y que me clavaríais una daga en el corazón si tuvierais la oportunidad.

Yo mismo lo haría, en vuestro lugar. Pero atended a lo que os digo, hijo: nos encaminamos hacia una cueva de lobos.

Y yo, que soy sangre de vuestra sangre, no os dejaré de lado nunca.

Con la ayuda de Dios, os ayudaré a convertiros en un gran rey.

Sólo tenéis que confiar en mí y hacer lo que os diga.

Fernando guardó un cauto silencio. Recordó vagamente las palabras del almogávar, pero los nervios y la situación en la que se encontraba le impedían pensar con claridad.

Enrique de Castilla era un anciano conspirador, pero sí parecía querer lo mejor para el reino.

Además, era el primo de su madre. Fernando sabía que necesitaba de un consejero con experiencia.

–Sé de vuestro viaje con el jinete almogávar... –susurró don Enrique en tono confidente.

–¿Os lo ha contado mi madre?

El infante asintió.

–Yo también lloré su muerte.

Fernando apreció sus palabras. Finalmente, asintió con un gesto.

–Os lo agradezco, don Enrique.

El anciano exhibió un gesto complaciente y le pasó una mano por el cabello.

–Eso es, muchacho. Juntos haremos grandes cosas.

Fernando se alisó la túnica y se miró los zapatos. Luego asintió de nuevo. Don Enrique se levantó y cogió el cetro que había dejado junto al umbral.

De esta manera salió de la estancia seguido del niño, aquel que sería coronado rey de Castilla a ojos de Dios y de todos los hombres.

El castillo se erigía, soberbio, sobre la colina que dominaba la llanura.

Una brisa cálida batía las espigas de trigo y el sol besaba sus párpados cuando la sombra de los robles y las encinas no cubrían su rostro a su paso por el camino.

La compaña del rey viajó hasta Montealegre en larga procesión, hasta cruzar el gran arco de la fortaleza un mediodía soleado de finales de agosto.

No habría más exigencias para ninguno de los pueblos de la comarca, y el vulgo se echó a la calle para recibir con honesta algarabía a su rey.

Ya no había yantar ni tributo entre el monarca y su pueblo.

La gente ansiaba ver a Fernando y a su madre, la reina regente, señora de Molina, la que estaba dispuesta a acabar con los nobles rebeldes y la amenaza de Francia y Aragón.