Alma de Castilla XIV #2
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XIV #2

Fernando no supo responder a estas cuestiones. Ese debate se internaba hacia acertijos oscuros y lugares que desconocía. Ambos permanecieron en silencio. Al cabo, doña María se levantó y se acercó de nuevo a la ventana y contempló el campo castellano bañado por la luz de la luna.

–¿He dicho algo inapropiado? –se atrevió a preguntar Fernando–. Os ruego, entonces, que me perdonéis.

La reina se giró hacia él.

El joven pudo ver la preocupación en los ojos de su madre. Recordó las palabras del almogávar al despedirse de él. Debía ser fuerte y permanecer a su lado. Siempre.

–No, hijo. Al contrario. Son muchas las dudas que me afligen y a las que no encuentro respuestas.

¿Qué quieren las ciudades? ¿Qué quiere el vulgo?

Convoqué a las Cortes, pero Valladolid decidió no abrir las puertas a su reina porque mis ofrecimientos no los complacían lo suficiente.

He suprimido un gran tributo, pero desconozco qué es lo que desean, y todo el mundo parece creer que la reina lo sabe todo.

Doña María se llevó una mano al dedo en el que solía portar la sortija. El anillo ya no estaba allí.

–¿Viven tristes? –preguntó Fernando.

A la reina le hizo gracia la pregunta.

–¿Cómo decís?

–Sí, Ruy Castro me enseñó que, cada vez que un artesano o un terrateniente vende algo, debe pagar una parte al reino.

–Así es y así ha sido desde siempre –repuso su madre–. Se llama tributo. Puede ser de la sisa o una alcabala, o de otros, pero depende de muchas cosas.

–Sí, de eso mismo hablaba él. De un tributo. Hay sitios en Castilla donde piensan que el único poder del rey está en cobrar. Por eso hay gente a la que le da igual quién lleve la corona. Todos van a cobrarles por igual.

–¿Cómo podéis asegurar eso?

–Nosotros lo vimos –dijo Fernando–. Ruy Castro acostumbraba a detenerse y a hablar con la gente en las posadas, en los pueblos y en los caminos.

Hablamos con mucha gente del reino... Él decía que me haría mucho bien escucharlos y conocerlos.

Solía decir que el mayor problema de la corte es que vive con tantas comodidades que se olvida de sus vasallos.

Yo mismo le pedí en una ocasión que exigiéramos yantar en alguna villa.

–¿Y qué ocurrió?

–El yantar es lo que más hiere al vulgo.

–¿Eso pensáis?

–Nosotros ayudamos a muchas personas en los campos. La gente vive triste y agobiada por tener que pagar siempre, a cada paso que da. Ruy solía decir que «más vale charlar con un pastor en el camino que con un consejero real».

Doña María, de pie junto a la ventana, se conmovió ante el relato. Esas palabras significaban mucho para ella.

–El tributo..., la sisa..., el yantar –murmuró, sacudida.

El amor de un pueblo hacia sus reyes estaba en íntima relación con lo que ellos exigían en vasallaje.

Pero, muchas veces, los reyes lo daban por hecho.

¿Quién iba a pensar que a un castellano le daba lo mismo si los reyes conquistaban o no Tarifa o Algeciras?

Dos años atrás, el rey Sancho había agravado la situación de Castilla y León, y Fernando se lo había recordado.

No bastaba, pues, con abolir la sisa. El campesinado sufría los desastres de la guerra y la violencia de los poderosos.

El pueblo sufría, llevaba mucho tiempo asfixiado.

Y un pueblo que sufre en silencio es un enemigo que espera su oportunidad.

Fernando se dio cuenta de que su madre había encontrado la solución a algo que llevaba mucho tiempo buscando.

Sin saberlo, le había entregado las llaves del reino.

Necesitaba recordarle al pueblo su lugar, decir a su pueblo, hombres y mujeres, que nunca más serían relegados ni su honra sería sometida a los caprichos de un rey.

« A veces hay que ceder para vencer». Todos los poderes del reino estaban a punto de proclamar al hijo de doña María rey de Castilla y de León con el nombre de Fernando IV, siguiendo la línea de su bisabuelo, el Santo.

Aquellas cortes iban a ser las del vulgo, las de villas y ciudades.

La reina, en un ejercicio de introspección, revisó su pasado, todo lo que había ordenado su marido y que ella no vio o no quiso ver.

Ahora tenía la entera responsabilidad del reino. Debía de hacerse cargo de todo.

«Ceder para vencer. Matar el orgullo propio por amor a los hijos. ¿Hay alguien que sea consciente de tal sacrificio?».

Quizá fue la figura de María –con aquella aura soberana y majestuosa de madre protectora– la que hizo darse cuenta a los presentes de que era ella «la imagen de lo eterno», la verdadera custodia del poder regio, mucho más que otros candidatos mejor posicionados, como el joven Alfonso de la Cerda o el infante Juan, que no poseían ese halo de reyes.

Tal vez fue la luz que entró en la sala esa mañana en la que habló para todos los presentes bajo un silencio solemne, con el sol bañando los rasgos de su rostro.

Entonces, algunos vieron en ellos y en las inflexiones de su voz los vestigios de Berenguela la Grande y de Leonor de Plantagenet.

No hubo discusión, sino vítores. María era la dama del reino, la fuerza de Castilla, la protectora del legado.

Se confirmaron los fueros y los privilegios de villas y ciudades, así como los fueros, usos y costumbres de los concejos.

La reina cedió ante la posibilidad de que los hombres buenos, esa rama de hidalgos ricos y preparados, pudieran regir en las ciudades y cumplir cargos en los concejos y en la Casa Real.

También ordenó que la recaudación de los impuestos dejara de estar en manos de los judíos y pasara a los ciudadanos.

Y, aunque no gustó a la Iglesia, fueron aprobadas todas las hermandades concejiles, siempre fieles a la reina.

Como compensación, en un ordenamiento aparte, se ratificaron los privilegios para las iglesias, monasterios y colegiatas.

María sabía que la costumbre y la tradición era el manto con el que se cubría la nobleza.

Diego López de Haro le había echado un pulso y había comprado a los nobles para unirse a su causa.

Y por ello utilizó como aliado los siglos que la precedían; la historia y la tradición. Nada estaba por encima de ellas.

Con esto, la reina cedió y, con gran magnificencia, convirtió al familiar varón de más edad de Fernando en tutor del rey, mas sin entregar su custodia ni la regencia.

Un nombramiento formal que se celebró con entusiasmo y sorprendió al propio Enrique de Castilla, que no pudo negarse entre tantos vítores y aplausos de sus partidarios, por lo que acabó por doblegar, ante todos los presentes, la rodilla ante doña María.

La mirada que los primos cruzaron durante aquel gesto dijo muchas cosas, pero sobre todo una en particular: la reina podía ser joven y una simple mujer a ojos de aquel anciano, pero tenía algo que ninguno de los nobles poseía, la capacidad de ceder, de vetar su orgullo por amor a sus hijos.

Todos comprendieron en ese mismo momento que otra persona habría alargado la disputa hasta obtener su venganza personal, la que, además, en parte, reparara la muerte de Ruy Castro, pero de haber hecho eso el sacrificio de su vida no habría tenido valor.

Y esa grandeza fue la que vio Enrique de Castilla, quien no pudo sino rendirse ante la evidencia de que doña María de Molina era su legítima reina y que la mano que apoyaba sobre su hombro significaba el verdadero perdón regio.

La conjura de Diego López de Haro se diluyó en la lluvia de aplausos.

La nobleza conservó sus privilegios, ratificados, y la tradición castellana se mantuvo con el nombramiento de don Enrique.

Pero era el anciano el que ganaba un puesto en el consejo de la reina, y no al revés.

María sintió aquella dolorosa victoria como un pequeño bálsamo, en memoria de Ruy Castro.

Ella se convertía, al fin, en reina regente y custodia del rey.

Acabada la jornada, la reina decidió tomar la palabra ante los procuradores, nobles y prelados, que guardaron silencio en la sala para escuchar a esa noble dama que se mantenía firme, y en pie, en medio de todos los hombres importantes del reino. La voz de María resonó alta y clara:

–A partir de hoy, las ciudades y villas quedan exentas del yantar de la corte itinerante, y para siempre.

–Desvió la mirada hacia los procuradores–.

El nuevo rey os hará la promesa de que se hará cargo de todos los gastos por la manutención de la corte durante todo el reinado de don Sancho.

Se os pagará hasta la última onza de la compaña itinerante.

De todas las disposiciones de aquel ordenamiento de mil doscientos noventa y cinco, aquélla fue la más celebrada. Con aquel gesto, el vulgo vio reparada su honra. Por insignificante que pudiera parecer. Ya sólo quedaba presentar al rey, y que Fernando fuese aclamado.

* * *

« Esta vez no está él para mofarse de mí ni para humillarme.

Nunca más caerá sobre mí su mirada para vergonzar mi debilidad.

Sé a lo que me enfrento, no tengo miedo a sus caras ni a sus expresiones, porque ahora sé que alzaría la voz.

Soy un niño y, aunque hagan de mí un rey, yace en mí la promesa de caballería de un escudero.

Ahora me negaría. No, señor. No mataría al ciervo».

El eco de la voz de su madre llenaba los pasillos. Se enfrentaba a los poderes del reino en la sala contigua, una nave enorme y llena de nobles y de hombres principales que guardaban un profundo silencio. Esperaban, de hecho, que se presentara ante ellos lo que todos anhelaban: el rey de Castilla.