Alma de Castilla XIV
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XIV

XIV

Alma de Castilla

Regresar a las Cortes con el rey podía considerarse una victoria frente a sus adversarios, pero para María no fue más que un amargo alivio.

De ningún modo pudo borrar el desaliento y el pesar que había posado el final del riepto en su alma.

Fue un viaje tan íntimo que, al volver a Valladolid, sentía que no era la misma.

Había mirado a la cara a su pasado y se había aceptado por lo que era.

Sufría en soledad la pérdida del jinete y sentía que, con su desaparición, perdía para siempre momentos que jamás podría vivir, recuerdos que nunca llegarían a producirse.

Ruy Castro había dejado un hueco en ella que desconocía que ocupaba, un espacio tan importante, tan crucial en la construcción de su identidad, que le hizo replantearse su manera de afrontar el mundo y de ver las cosas.

Ni tan siquiera la muerte de Sancho la había sacudido así.

La partida de su esposo había sido una pérdida anunciada.

Ahora, en cambio, sentía que la vida le había devuelto a su «buen jinete» y que el destino, en una cruenta venganza, había decidido arrebatárselo.

Derramó lágrimas en sus aposentos, todas las que no pudo llorar en Villar de Duero.

Los monjes dieron sepultura a Ruy Castro en su monasterio y dijeron misas por la salvación de su alma.

¿Quién hubiese comprendido su historia con aquel almogávar desconocido?

La reina se dolía por la vida que no fue, por un sentimiento truncado por la vergüenza, por la cobardía.

Pidió estar sola, aunque sólo fuera por una noche, porque necesitaba de aquel luto para que su corazón aceptara certezas que arrastraba en el tiempo, ocultas hasta entonces.

Inevitablemente, en aquella balanza de cotejos y reflexiones, también se le aparecía Sancho.

Con mucho pesar, María acabó por aceptar que la pérdida de su esposo había dejado el pozo de un matrimonio político y un reinado difícil, pero la muerte del jinete, en cambio, hacía tambalear sus cimientos como mujer.

Él era todos los recuerdos de infancia y juventud, y también constituía la cara del gran desacierto: había escogido una vida que nunca quiso.

Aunque amaba a sus hijos más que a nada, no podía dejar de reconocerse esto último, y se preguntó si sería un pecado ante Dios aceptarlo.

« Sin saberlo, todos estos años, he anhelado más a otro hombre que a mi esposo, el padre de mis hijos.

Sin saberlo, en algún punto de mi juventud me extravié...

Y ha sido necesario un sacrificio para volver a encontrarme con mi espíritu.

El dolor y la culpa me envuelven. Ahora, al fin, siento vibrar en mí las preguntas de tu voz.

* * *

Nadie se ocupó de él, pero esta vez fue distinto, porque, de algún modo, estaba preparado.

Fernando parecía más dispuesto al sufrimiento, como si en esas semanas pasadas hubiese dejado atrás al niño y se hubiera convertido en hombre.

El dolor, el verdadero dolor, endurecía el alma.

Claro que lloró la pérdida del jinete más que la de su propio padre, pero de forma inesperada ese sentimiento lo reconfortó, pues, de alguna manera, constituía una venganza hacia Sancho, un hombre severo que tanto mal y tanto abandono le había ofrecido en vida.

Ahora podría decir que hubo una vez alguien que le enseñó a vivir y que se sintió orgulloso de él.

Aquella tarde aciaga en el monasterio, tras el duelo, Fernando encontró la espada de Ruy Castro hundida en el lodo, y decidió que sería suya.

La envolvió en su manto y no se lo dijo a nadie, ni siquiera a su madre.

Ruy Castro había sido el caballero que le había enseñado todo lo que sabía, y él siempre sería su escudero.

Una promesa, él ya se lo había dicho, era algo para toda la vida.

Y se juramentó para ser, siempre, el encargado de preservar y honrar su memoria.

Ver a su madre derramar lágrimas durante el entierro en el monasterio lo consoló.

Supo que ella había comprendido el sacrificio de aquel hombre; que la misma reina llorara la muerte de un vasallo era señal de la importancia de su misión y de su martirio.

El rey o la reina eran quienes pedían sacrificios, y en cada muerte parecía irse con ellos también una propia.

O al menos, así interpretó Fernando aquellas lágrimas sinceras de su madre.

Desconocía el infante la relación que el jinete y la dama habían guardado en el pasado.

En Valladolid, la reina ordenó que su hijo la visitara en sus aposentos.

Fue su tío Alfonso el que fue a buscarlo.

Fernando había pasado unas horas con sus hermanos, que ahora lo miraban distinto, de la misma manera que él también los había tratado de un modo diferente.

Apenas hablaron, en realidad. Demasiadas cosas habían cambiado.

Él mismo lo había hecho. Fue la primera vez que no discutió con su hermana Isabel o con sus hermanos menores.

Otros asuntos ocupaban sus pensamientos.

La reina pidió a su hermano que se retirase tras llevarle al niño.

Doña María permanecía en soledad, sentada bajo una ventana abierta, a la luz de la luna, junto a un candil para sus lecturas, como en un lienzo de claroscuros.

Apoyó el libro de horas en el regazo y rogó a su hijo que se acercara.

Luego lo invitó a sentarse a su lado. Nunca había sido una mujer cariñosa con él, pocas veces le había demostrado afecto, pero estaba lejos de ser Sancho de Castilla.

–Debéis de tener muchas dudas. Asuntos que sólo pueden tratarse en la intimidad y que ahora podemos hablar.

Fernando, en realidad, sólo tenía una pregunta.

–¿Quién era ese hombre? El jinete. Ruy Castro.

La reina suspiró.

–Sirvió en la casa de vuestra abuela, doña Mayor, hace muchos años, en el castillo de Montealegre. Allí fue nombrado caballero. Era un hombre en quien confiaba a ciegas. Su nombre completo era Rodrigo Castro de Roda.

Fernando asintió, bajó la mirada y no dijo nada más.

Doña María clavó los ojos en su hijo tratando de atrapar su mirada.

–Imagino que habéis pasado muchos días sin hablar...

Sé que el jinete era un hombre de pocas palabras, y sé que habéis estado semanas sin entender lo que sucedía.

Pero debéis comprender que me vi en la obligación de tomar decisiones difíciles, y sin tiempo para pensar.

Debía alejaros de la corte. Para protegeros.

Fernando se dio cuenta de que, tras la muerte del jinete, todo lo que había sucedido en aquellas jornadas con él, todas aquellas experiencias y conversaciones mantenidas durante las noches, ahora eran suyas.

Nadie más lo sabía. Nadie más conocía lo que el almogávar le había dicho o lo que habían hablado o lo que habían hecho.

Por primera vez, supo que existían momentos en la vida que le pertenecían a él por completo.

–Sé por qué lo habéis hecho, alteza –repuso, simplemente.

Doña María entornó la mirada. A Fernando le complació ver que su madre lo tomaba en serio. Por una vez en su vida, lo escuchaba con atención.

–¿Cómo podéis saberlo?

Fernando desvió la mirada. Dejó pasar un momento antes de contestar:

–El caballero me habló de vos y de mis obligaciones como rey.

La reina se acomodó en la silla, inquieta.

–¿Qué os dijo? –preguntó en un tono más bien severo.

El muchacho miró hacia la ventana, como si quisiera huir de aquellas preguntas que no hacían más que agobiarlo.

–Me dijo que la corte y la compaña están llenas de aduladores que no me harán ningún bien. Que el reino, en realidad, no está aquí, con todos ellos.

–La corte está formada por muchas personas que quieren el bien para el reino, consejeros, maestres, físicos... No se puede pensar que sólo hay aduladores. En ese caso, estaríamos solos.

–¿Y no lo estamos? –preguntó el infante con inocencia.

Ella guardó un silencio breve. Poco después, volvió a la idea anterior.

–¿Y dónde pensáis vos que se halla el reino? –preguntó la reina.

Fernando, esta vez, miró a su madre a los ojos.

–En los campos y en las ciudades, lejos de la compaña. A veces, simplemente, donde mora el silencio.

Doña María asintió y volvió a dejar un cauto silencio. Comprendió que el almogávar había hecho más por el infante en aquellos días que todos sus preceptores en una década. Fernando bajó la mirada, como si en su cabeza quisiera poner en orden todas las enseñanzas del jinete.

Su madre no le quitaba la mirada de encima.

–¿Qué significa eso? –preguntó al fin, sorprendida–. ¿Qué significa que el reino está allí fuera?

Fernando comprendió que aquello era una prueba. Pero también era algo que había hablado muchas noches con el almogávar. Habían sido muchas las jornadas de reflexión, y noches donde había dado forma a sus pensamientos.

–La vida es muy dura, madre. He visto cómo trabajan en las granjas y en los talleres de las ciudades...

Algunos duermen al raso o sobre el suelo, y comen poco.

Muy poco. –Fernando hizo una pausa para elegir bien las palabras–.

Ruy Castro me ha enseñado que el poder es como un objeto, que es fácil pensar que basta con sostenerlo en las manos.

O peor, caer en la adulación y entregar ese poder a los nobles y consejeros.

En realidad, no lo tiene ninguno de ellos.

La reina lo observó con admiración. Tal vez fuera la primera conversación que tenían ambos, madre e hijo, como dos personas adultas.

–Entonces, ¿quién tiene el poder? –preguntó, interesada.

–El vulgo –sentenció el hijo.

Fernando vio un brillo de temor en su madre. Ésta reflexionó un momento sobre sus palabras, que eran las mismas del jinete.

–Si el poder reside en el vulgo, ¿qué queda para nosotros? ¿Somos custodios del poder regio? ¿Simples servidores de ellos?