Alma de Castilla XIII #4
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XIII #4

Galcerán le sirvió un puñetazo que le impactó en la cara, lo que provocó que a Ruy se le nublara la visión.

Pero no lo soltó. Rodaron de nuevo, y al final el almogávar quedó encima.

Entonces le devolvió una serie de golpes con los puños, y notó cómo le volaba los dientes incisivos.

Galcerán trató de defenderse, furioso, y finalmente consiguió apartar a Ruy con dos patadas violentas, y éste cayó de espaldas, a poca distancia de él.

Ambos estaban en el suelo, casi sin poder moverse.

Ruy sabía que había perdido mucha sangre en el costado; la ceja tampoco dejaba de sangrar.

Galcerán, por su parte, tenía el rostro destrozado, una herida letal en el pecho, y la cojera prácticamente le había inmovilizado la pierna.

Los dos caballeros ahora sólo buscaban respirar y reponerse.

Tosían, jadeantes, mientras la lluvia caía sobre ellos y teñía el suelo de un oscuro escarlata.

Ruy desabrochó la vaina de su puñal y lo extrajo.

Se encontraban a sólo unos pasos de distancia, heridos y agotados, con las espadas olvidadas en el barro.

Galcerán lo imitó. Era la única arma blanca que les quedaba y que, en realidad, eran capaces de sostener.

Se miraron con los ojos cargados de decisión y agotamiento.

Sabían que el final estaba cerca. Despacio, se pusieron en pie, trastabillando, y se lanzaron el uno hacia el otro con una furia renovada.

El campo de batalla se había reducido a un pequeño círculo de arena, donde sólo la habilidad y la voluntad de sobrevivir iban a determinar el resultado.

Aun sintiendo cada latido del corazón como un tambor en su interior, Ruy fintó el golpe mortal de Galcerán y, aprovechando el impulso, contraatacó.

Su puñal rozó el costado de Galcerán, que no retrocedió.

Al contrario, avanzó con ferocidad. Ruy era consciente de que cada movimiento contaba.

La cercanía tan íntima de la lucha cuerpo a cuerpo convertía, con todo, cada instante en una eternidad.

Podía sentir la respiración de Galcerán, podía oler su cuerpo y su sangre.

«Es el final», se dijo . «Aquí acaba todo».

Y, entonces, Ruy vio la posibilidad. Con un grito de esfuerzo casi inhumano, lo arriesgó todo y se abalanzó sobre su contrincante por última vez.

Lo abrazó con fuerza, y la punta de su hoja encontró el camino hacia su corazón.

El acero perforó la malla, la carne y el hueso.

Galcerán dejó escapar un gemido ahogado mientras caía hacia atrás, con los ojos abiertos por el asombro y la agonía.

En ese mismo instante, Ruy notó una punzada aguda en el propio costado, se tambaleó, y le pareció que se quedaba sin aire.

La mano de Galcerán, en un último acto desesperado, había logrado clavarle la daga en el hueco abierto de su malla. Una última firma antes de morir.

El campo de batalla presenció, ahora en silencio absoluto, cómo Galcerán caía al suelo de espaldas, sin vida.

Había dejado de llover. Cerca, Ruy se tapaba la herida con la mano; apenas podía ver nada ya, un borrón le impedía distinguir las cosas en la lejanía.

Le costaba respirar, y sintió que poco a poco el dolor se desvanecía.

Alzó la mirada en la que pensaba sería su última vez y forzó los sentidos.

Entre la multitud, le pareció ver a Muriel y a sus hijos, con sus rostros llenos de tristeza y amor.

Allí estaban, orgullosos de su hazaña. Su nombre y su honra habían sido repuestos.

Ruy esbozó una sonrisa justo antes de caer de rodillas.

Se oyó un murmullo de voces. El jinete se movió con dificultad hacia Galcerán y, entretanto, logró sacarse la daga del costado.

Completamente tintada de rojo, la sangre brotó en abundancia y le manchó la cota de malla y las manos.

Entonces, se dejó caer sobre el barro, con la vista hacia el cielo.

En ese momento, la suerte o el destino hizo que su mano hallara a su lado una pieza de metal abierta como una lámina.

Era lo que quedaba del anillo que lo había protegido de un golpe mortal.

Su forma le recordó a las alas extendidas de una paloma.

Doña María fue la primera en echar a correr hacia él, seguida de su hermano.

Su vestido ondeaba al viento, y pronto se llenó de barro y de sangre, pero no le importó.

Con los ojos llenos de lágrimas, la reina se dejó caer de rodillas junto a Ruy, que le devolvía la mirada desde un sitio muy lejano.

Ella le acarició el rostro, consciente de que aquello era el final y de que jamás podrían decirse lo que nunca habían hablado. Lo que nunca se dijeron.

–No, no... Caballerizo...

Ruy, con su último aliento, abrió la palma de la mano y le enseñó lo que allí guardaba. María descubrió ante ella los restos de su anillo.

–Ya no tiene importancia... –murmuró, entre lágrimas, sin soltarle las manos. Apenas le salía la voz.

Los ojos de Ruy se apagaban poco a poco.

–Al fin vuestra alma vuela libre –susurró él, con una voz apenas audible.

María comprendió lo profundo de sus palabras.

Ruy la miró, desvaído, una última vez, y se permitió acariciarle con dulzura la mejilla con el dorso de sus dedos.

Ella aceptó el gesto con tristeza. Vino a él aquella conversación que nunca existió, aquella noche en la celda donde él la había imaginado, donde evocó sus palabras y donde permanecerían sus sentimientos para siempre.

–Niña del páramo... –susurró casi sin fuerzas–. Sois vos el alma de Castilla.

María sollozó, para luego descargar un llanto desconsolado. Ruy, ya con los ojos cerrados, mostraba una profunda expresión de paz en el rostro.

Ya habían llegado hasta ellos el abad, el infante Fernando y don Alfonso.

En el campo del monasterio, las nubes se disiparon poco a poco, y un rayo del atardecer cubrió la liza, mientras la reina de Castilla lloraba sin consuelo la muerte de un hombre justo.

Un hombre que la había amado, como quien ama el aroma único de su tierra.

Para él ya no hubo duelo, tampoco dolor.

Sintió el sol y un viento cálido que le acarició el rostro despejado de heridas y de cicatrices.

No había tristeza ni pesares en su corazón.

Su espíritu libre le hizo saber que estaba en mitad del llano de Montealegre, en aquel mirador de antaño.

Pudo ver la cordillera del norte, clara como en los días de primavera, los campos cultivados de trigo, la llanura infinita del páramo y el castillo que se alzaba como una fortaleza de oro blanco.

La señora no estaba allí. No, aún no. Tardaría muchos años en llegar.

Elevó la vista hacia el sendero sinuoso en cuyos bordes crecía la hierba alta y donde el aire traía el aroma de los espliegos en flor.

Más allá, descubrió a su caballo árabe, aguardándolo impaciente.

Su presencia lo colmó de alegría. Deshizo el camino acariciando la hierba a su paso.

Al encontrarse con su montura, le dio unas palmadas en el lomo, como de costumbre, y subió a la silla.

Así, ambos se alejaron a galope tendido hacia el final de los recuerdos, más allá de lo material, donde, en una colina verdosa apartada del tiempo, se alzaba con orgullo la casa de sus padres.