XIII #3
Ruy sintió el desagradable sabor metálico de la sangre en la boca mientras trataba de reponerse.
Las piernas le temblaban bajo el peso de su cota de malla.
A punto estuvo de vomitar. Era la herida del pecho.
Se dio cuenta de que le estaba sangrando de nuevo.
Se obligó a enderezarse, espada en mano, aunque cada movimiento constituía un esfuerzo de pura voluntad.
Se limpió el sudor y la sangre de la cara con el guante de cuero.
La visión de Galcerán haciendo lo mismo frente a él, con el rostro marcado por la determinación, le recordó que estaba allí por doña María y por Fernando, más allá de su honra.
Ruy sintió la inevitabilidad de su destino asentándose sobre él como una losa.
La brutalidad del combate le exigía fortaleza tanto física como mental.
No obstante, en el fondo de su ser, una voz silenciosa parecía indicarle que el final estaba cerca.
* * *
El siguiente choque de acero contra acero fue una explosión de fuerza y habilidad.
Ruy esquivó un golpe dirigido a su cabeza, y devolvió el ataque con un corte bajo que Galcerán bloqueó con habilidad.
Los movimientos eran rápidos y precisos, una danza letal donde cada giro tenía un propósito.
Galcerán lanzó una serie de tajos, cada uno más eficaz que el anterior.
Ruy retrocedió, sin perder la defensa, sin dejar de sufrir el ardor en el pecho.
Con un nuevo y rápido volteo, cambió el ritmo de la pelea y pasó a la ofensiva.
Se abalanzó sobre su oponente con varios golpes duros y certeros que obligaron a Galcerán a emplearse con maestría en la defensa.
El sudor les corría por la frente. Cada choque de espadas era un recordatorio de la mortalidad y de que las fuerzas menguaban.
Los gritos de los pocos espectadores se desvanecían de fondo, sólo estaba presente el ruido del combate y la respiración de ambos.
Ruy sabía que no podía rendirse. En un descuido de Galcerán, encontró una apertura.
Con un grito de esfuerzo, lanzó un ataque decisivo; su espada desvió la hoja enemiga con un golpe seco y, a través de la defensa de su oponente, halló su objetivo.
Un corte profundo que abrió las anillas con violencia y atravesó la cota de malla.
Galcerán, sorprendido y desesperado, aulló de dolor.
No obstante, antes de caer de rodillas, jadeante, disparó una tajadura que hirió a Ruy en un costado y le rajó una de las correas de la malla.
El almogávar rompió a sangrar de inmediato y dejó escapar un grito que le rasgó la voz.
Entretanto, Galcerán aprovechó para arrastrarse fuera del combate y tratar de recuperar fuerzas.
Ruy se llevó una mano bajo la axila; el guante se le empapó de sangre fresca.
A través de la correa y la malla, Galcerán había abierto una vía directa a su carne.
Lo vio alejarse. El jinete se mantenía en pie a duras penas, respiraba con dificultad, y el dolor en el costado y en el pecho le resultaban casi insoportables.
El campo de batalla se había convertido en un crisol de dolor y sufrimiento.
La espada de Ruy le temblaba en la mano, y la herida en el costado, lacerante, le latía con fuerza.
Se preguntó si sería capaz de volver a levantar el arma.
Cada paso era una tortura, pero se negaba a caer.
Miró hacia su lado del campo y se dijo que le sería imposible conseguir llegar hasta allí.
Aun así, comenzó a arrastrarse lentamente en su dirección.
Los pajes del monasterio le dieron agua para beber en un botijo. Ruy hizo una mueca de dolor. Le costaba trabajo hasta tragar.
–No puedo respirar. Quitadme el almófar. ¡Rápido! ¡Quitadlo!
Los criados lo liberaron del yelmo y de la malla que le cubría la cabeza, así como de la cofia que lo protegía de las anillas.
Ruy aprovechó para echarse agua por la frente, por la cara y el cuello.
Sin la sábana, el anillo de la reina, colgado de una cadena, saltaba a la vista.
Desvió la mirada hacia Galcerán, a lo lejos, jadeante, con una herida abierta en el muslo, y vio que no estaba en mejores condiciones que él.
Sintió admiración hacia su oponente. Le había infligido una herida tan grave que cualquier otro hombre hubiese desistido de seguir, pero no él. «Noble bastardo».
El día ya había despuntado y el sol quemaba sobre la arena y la paja en la tierra seca.
Los caballos pronto empezarían a oler mal.
Ruy bebió otro sorbo de agua y luego dio un trago a una jarra de cerveza.
Sabía que estaba al borde del colapso, pero la idea de rendirse era impensable.
Tuvo un instante para fijarse en Bribón, que yacía en el suelo, de espaldas a donde se encontraba, inerte.
No se dio cuenta de que los ojos se le llenaban de lágrimas.
Pasase lo que pasase, la vida ya no sería la misma sin él.
Trató de tragarse sus emociones. Agarró con fuerza su espada y su escudo, y se encaminó al centro de la liza, para continuar.
Esta vez, sin ninguna protección en la cabeza.
* * *
Galcerán cruzó la liza, sangrante, con almófar y yelmo. Llevaba escudo y espada, y andaba con una ligera cojera. Ruy se llenó los pulmones de aire. Prefería ir desprotegido pero respirar mejor. No obstante, estaba seguro de que cualquier desliz podía significar la muerte.
Se encontraron a poca distancia de los caballos.
Galcerán no esperó a nada y golpeó dos veces su espada contra el escudo de Ruy.
El almogávar acertó a cubrirse con la adarga y tiró de espada.
Lanzó un espadazo a Galcerán que éste apenas logró desviar.
Otra vez un grito de horror y el ruido del acero que chocaba y resonaba en el silencio del campo.
Galcerán volvió a atacar, esta vez con una nueva tajadura sobre su adversario.
Cada ataque era más lento, más pesado, como si el tiempo mismo estuviera conspirando para detenerlos.
A pesar del agotamiento, el intercambio proseguía, las espadas chocaron con violencia y se mellaban en su filo.
Cada golpe traía consigo una nueva ola de dolor y sufrimiento.
El suelo a sus pies estaba manchado de sangre, y cada nuevo aliento se hacía con un esfuerzo monumental.
Ruy, sintiendo que las fuerzas le disminuían, decidió moverse en un último ataque desesperado.
La espada cortó el aire, y encontró su marca, al mismo tiempo que sentía una nueva tajadura ardiente en una ceja, que lo hizo sangrar en abundancia.
Ambos contendientes se tambalearon. La vida parecía ansiosa de escapar de sus cuerpos.
La batalla había alcanzado un punto de agotamiento absoluto.
Exhaustos, ambos contendientes empuñaban sus espadas con las manos temblorosas mientras andaban en círculos.
Trataban de recuperar el aliento, entre lance y lance.
No dejaban de mirarse, con los rostros bañados en sangre y barro.
Ruy, que veía borroso, trató de limpiarse los ojos con el guante; en realidad, apenas podía ver nada.
Galcerán, aun igualmente fatigado, avanzó de repente con una furia desmedida, fruto de un último impulso.
Los dos hombres se enzarzaron de nuevo, en un intento por asegurar la victoria.
Las espadas volvieron a chocar con ímpetu, repartiendo golpes y tajaduras.
Justo en ese instante, una nube cubrió el sol.
Momentos después, comenzaron a caer gotas sobre sus cabezas.
Ambos contendientes se separaron en una tregua momentánea para mirar el cielo, que se había cubierto de nubarrones.
Entonces comenzó a llover como hacía meses no lo hacía en aquella tierra, una lluvia que dejó a todos aturdidos y provocó voces de asombro entre los espectadores.
« Dios llora la falta de justicia», se dijo Ruy mientras la lluvia le bañaba la cara. Al fin Ruy podía ver con claridad.
Galcerán vaciló; su mirada permanecía fija en el cielo. El agua les sabía a bálsamo, les limpiaba los rostros, ahora empapados. Pero también parecía tener un significado trascendental. ¿Qué era lo que creía Galcerán? ¿Pensaba que estaba Dios de su parte?
El suelo se convirtió pronto en un amasijo de barro, paja y sangre. Un lecho de muerte.
* * *
Volvieron al ataque bajo la lluvia. Ruy, casi con sus últimas fuerzas, lanzó un nuevo golpe.
La hoja encontró su objetivo y perforó el pecho de Galcerán.
El caballero dejó escapar un grito ahogado y desvió su hoja, para al momento contraatacar.
Golpeó al almogávar en el pecho con tanto ímpetu que el filo de la espada fue a parar al anillo que colgaba de Ruy.
La sortija salió despedida hacia el barro.
Ruy sintió la tajadura en la herida del pecho, y a poco estuvo de desmayarse.
Se tambaleó, apenas conseguía mantenerse en pie, pero la lluvia parecía haberle dado una nueva determinación.
Entretanto, Galcerán continuaba atacando, y lo hizo retroceder entre espadazos, hasta que, en un último lance, desarmó a Ruy, cuya espada voló y acabó hundida en el barro.
Sin pensárselo, Ruy se abalanzó sobre su oponente.
El último recurso. Galcerán no esperaba una acción tan inmediata, y Ruy pudo rodearlo con los brazos y lo placó contra el suelo.
Pugnaron con fuerza. Entre el barro, forcejearon, hasta que Galcerán se vio obligado a soltar su espada.
Ambos rodaron por el lodo, gritando, y la liza pareció desaparecer.