XIII #2
Así, Galcerán primero y el acusado después, juraron que decían la verdad, que su causa era justa y que se sometían al poder divino.
Luego, un miembro del tribunal repitió las normas del combate.
No estaban permitidos los actos reprobables, ambos debían contar con el mismo equipamiento y, según el Fuero Viejo de Villar de Duero, el duelo se resolvería con la muerte de uno de ellos o con la simple expulsión de los límites del campo de batalla de alguno de los adversarios.
Les recordó que se lucharía hasta el crepúsculo y que la pelea se detendría con la salida de las primeras estrellas en el firmamento.
Dado este caso, el duelo se reanudaría al alba del día siguiente, con las mismas reglas, y así sucesivamente hasta que Dios otorgara un vencedor.
El sacerdote ordenó a los caballeros ponerse en pie y situarse frente a frente.
Según el ritual, estaban obligados a darse la mano izquierda; como adversarios, no en señal de paz, sino lo contrario.
Era la manera en la que debían presentarse dos hombres en un riepto por la honra.
Ambos cumplieron con el rito en silencio, mientras el clérigo imponía una mano sobre las suyas.
* * *
Cada uno regresó a su extremo de la liza.
El abad Leyva había dispuesto que unos criados del monasterio auxiliaran a Ruy durante el duelo.
El jinete y el abad se miraron durante un momento.
Aquel favor lo recordaría toda su vida, cómo él y la comunidad de monjes lo habían auxiliado.
Las palabras sobraban. El almogávar se estaba preparando con la ayuda de los criados cuando, de pronto, la vio.
Era ella.
Al otro lado del campo, una dama vestida con las prendas de una simple mensajera de la reina se hallaba junto a quien reconoció como Alfonso Téllez de Molina.
Y aquella enviada no era cualquier mujer.
El engaño, para alguien que no la conociese tanto como él, pasaba desapercibido.
Pero aquellos ojos enmarcados en las bandas y la capucha eran difíciles de ocultar.
Era ella. Sin duda. Doña María había acudido a Villar de Duero con la intención de recuperar a su hijo a través del duelo.
De incógnito, escondida de todas las miradas, desafiando a todos los poderes del reino, había abandonado las Cortes.
Había mucho en juego. Su hermano Alfonso permanecía en una postura rígida que revelaba la tensión.
Todo el plan trazado por la reina dependía de su victoria.
El jinete no pudo apartar los ojos de ella.
Y, en un momento dado, doña María cruzó una mirada con él e hizo un gesto como si acariciara el anillo que llevaba colgado del cuello.
Él se llevó la mano al pecho, como señal.
¿Era tan importante para ella como lo era para él?
Tener a la reina a tan poca distancia lo llenaba de valor y de coraje.
Ruy se enfundó los guantes. Acarició el morro de Bribón y montó.
Ante él vio la silueta imponente de Alfonso de Galcerán, al otro lado, aguardando la señal.
–Venga, una última carga y nos vamos a casa.
Las lanzas estaban listas. Su madera pulida reflejaba la luz del amanecer.
Ruy tomó una y, al sentir el peso familiar en la mano, cerró los ojos un instante, permitiendo que una última oración silenciosa cruzara sus labios.
El ruido del mundo se desvaneció; sólo escuchaba el latido constante de su corazón y el eco acompasado de la respiración de Bribón.
El viento le trajo la voz de María. «Dios está siempre del lado de los justos.
Permanecéis en mis oraciones y en mi corazón, mi buen jinete».
Pero, de repente, la paz se desvaneció con un grito lejano.
–¡Defended vuestra honra!
Un miembro del tribunal agitaba los brazos y gritaba para dar comienzo a la masacre. Ambos caballeros espolearon a sus caballos y se lanzaron el uno contra el otro. La tierra tembló bajo el peso de los cascos.
«Éste es el final. Toda una vida para alcanzar este preciso momento.
La honra o la muerte». Ruy levantó su lanza y la puso en ristre, como había hecho cientos de veces en el sur.
En el otro brazo, la adarga, su escudo ovalado rasgado por el tiempo y la guerra.
Sintió que el corazón le latía desbocado.
Ambos galopaban con los ojos fijos en el adversario, en unos instantes eternos en el que el honor y la vida se jugaban a una sola carta.
Para Ruy, ya no había pasado ni futuro, sólo existía el combate y la voluntad de Dios que pronto se revelaría.
Nada más que el estruendo de los cascos resonó en el campo mientras Ruy y Galcerán cargaban el uno contra el otro.
A diferencia de las justas, no había una valla que separase a los caballos, así que galoparon directos a la lucha.
En el último instante, Galcerán se puso de pie sobre los estribos, con gran maestría, sin bajar la lanza en ristre, y se preparó para el golpe.
Ruy levantó la adarga para protegerse el cuello y elevó la lanza todo lo que pudo, con la intención de chocar contra el jinete y no contra el animal.
Fue en ese último suspiro cuando Ruy cruzó una mirada con Galcerán, oculto tras el almófar y el yelmo, y pudo ver el odio en sus ojos.
Entonces, toda la tensión se liberó.
Dos gritos y una sacudida incontenible. Las armas se encontraron con una violencia inusitada.
El impacto hizo temblar el viento. La madera crujió y se partió en el encontronazo, fragmentos de las lanzas volaron por los aires y brillaron momentáneamente bajo los primeros rayos de sol antes de caer desperdigados por el suelo.
Ambos siguieron el galope en línea recta hacia el otro extremo del campo, prácticamente tumbados sobre la grupa de sus monturas a causa del impacto.
Ruy sintió un dolor lacerante en el brazo con el que aún sostenía la adarga, y eso le recordó que seguía con vida.
Ninguno de los dos tenía lanza ya. Galcerán desenvainó su espada, al tiempo que giraba su caballo para iniciar una nueva carga.
Ruy dejó caer al suelo lo que quedaba de su lanza y también sacó la espada.
Ya no pensaba. Tenía la mente en blanco.
Apenas sentía dolor en el pecho ni en ninguna otra parte.
Frente a él, el corcel de Galcerán cabeceó dos veces, inquieto, y levantó las patas delanteras para luego dejarlas caer en el mismo sitio, con rapidez y fuerza.
Sin más, el caballero de la Hermandad de Talavera inició de nuevo la carga.
« Venga, compañero, es ahora o nunca». Ruy espoleó a Bribón, que tensó toda su musculatura y cargó contra su adversario, que ya había cogido buena velocidad.
El caballo árabe galopó más rápido que nunca, y la distancia entre ellos se acortó en un instante.
La primera acometida fue feroz. El choque de las espadas resonó en el aire, un sonido metálico que se mezcló con el relincho de los animales.
Galcerán había atacado con fuerza y decisión, su espada buscando una apertura en la defensa de Ruy.
Pero ambos lograron esquivar las hojas, y pronto los caballos acabaron por andar en círculos mientras sus jinetes intentaban matarse a golpe de espada y adarga.
El fragor del combate era ensordecedor. Los dos contendientes, a lomos de sus monturas, se movían con una sincronía letal.
Ruy podía sentir la fatiga acumulada en su cuerpo, el dolor de las heridas, pero no estaba dispuesto a claudicar.
Galcerán, tampoco. Con cada choque de espadas, el peso del honor y la justicia lo impulsaba, su mente se mantenía fija en la necesidad de vencer a su enemigo.
A medida que el lance continuaba, los movimientos se volvían más frenéticos y desesperados.
Acabaron muy juntos, en perversa intimidad, respirando uno el aliento pesado del otro, de quien sería su futuro asesino.
En un determinado momento, sus miradas volvieron a cruzarse y comprendieron que estaban allí por algo más que un juicio.
No sólo luchaban por su vida y por su honor, sino por algo más profundo entre ambos, algo que resonaba en cada golpe de acero y en cada respiro.
«Yo no maté a vuestro hijo. Él escogió su destino. Cobarde es aquel que culpa a otro hombre de su desgracia y no respeta la memoria de los caídos».
Como si hubiese oído su pensamiento, Galcerán pareció llenarse de una rabia y de una fuerza sobrehumana.
Lanzó un ataque contra Ruy que lo desestabilizó.
Sin resistencia, clavó la hoja en la parte frontal del caballo árabe.
Bribón emitió un agudo relincho, y Ruy se desequilibró.
El impacto contra el suelo fue brutal. Cayó contra la tierra dura y áspera, llena de arena y paja, salpicada de sangre, mientras su caballo se desplomaba entre terribles temblores y espasmos.
Ruy lanzó un grito de dolor cuando el costado de su montura le aplastó la pierna.
Consiguió liberarse con destreza, y enseguida se puso en pie, listo para enfrentarse a Galcerán.
Antes de que éste pudiera volver a atacar, Ruy lanzó una estocada inesperada hacia su corcel, hundiendo la hoja en la carne casi dos palmos.
El animal se elevó en dos patas de manera violenta y se fue hacia atrás, entre aullidos, lo que provocó que Galcerán cayera de espaldas, con todo el peso de su armadura.
Ni Ruy ni Galcerán oyeron las voces de asombro del vulgo.
En aquel instante de respiro, Ruy se agachó y comprobó que Bribón reposaba sobre la arena, moribundo.
No había tiempo para lamentarse, y él apenas podía moverse.
Ambos contendientes jadeaban, sus cuerpos maltrechos estaban separados por dos caballos a punto de morir que reposaban sobre un enorme charco escarlata.