XIII
XIII
El desafío
La llama de la vela tembló frente al almogávar.
Ruy, absorto en su oración, era incapaz de retomar sus plegarias; su mente permanecía atrapada en un torbellino de pensamientos sombríos.
En unas horas iba a jugarse la vida frente a un caballero por un asunto de honor, y la responsabilidad que pesaba sobre sus hombros era inmensa.
No sólo estaba en juego su propia honra, sino también la dignidad de la reina, en una cruel prueba de fuerza y de fe.
Y, en el entretanto, el reino aún sangraba por la muerte de Sancho IV de Castilla, mientras que nobleza, clero y ciudades habían sido convocados en Valladolid para celebrar unas cortes que no auguraban nada positivo para la reina.
En realidad, otros candidatos estaban mejor posicionados para reclamar el trono de Castilla.
Era preciso, pues, que la reina presentase al infante Fernando ante los poderes del reino y que los partidarios de Enrique de Castilla se hicieran eco de la victoria del jinete de doña María en aquel duelo por el poder efectivo del reino.
Ruy había pasado el día entero fuera del monasterio, explorando el terreno donde se decidiría su destino.
Estudió el campo con atención, fijándose en cada detalle de aquel lugar que pronto se convertiría en su campo de batalla.
Los monjes y novicios, tras cargar con arena y paja toda la semana, habían dispuesto un rectángulo enorme, de más de cien varas castellanas de largo.
Un sitio que ahora le parecía de otro mundo; su luz antinatural reflejaba sobre la superficie lisa y cegaba la vista.
Allí mismo, Ruy hincó una rodilla y cerró los dedos en un puñado de arena limpia, al tiempo que lanzaba una plegaria a Dios.
Una acusación injusta y la inocencia de un hombre libre entraban en la liza.
¿Permitiría Dios que se consumara la afrenta?
Por la tarde noche, de regreso en el monasterio, con la ayuda de los monjes, preparó sus armas.
Ambos contendientes dispondrían del mismo material, según lo pactado: lanza, espada y puñal.
Para protegerse, contaría con una adarga, una loriga de cuero endurecido y su confiable cota de malla que le cubría todo el cuerpo, en la que cada anilla de hierro constituía un recordatorio de batallas pasadas.
Se había incluso negociado el pago de una fianza para la reparación de armas y de la montura en el caso de que alguno de los contendientes incurriera en alguna acción reprobable.
Como Ruy no contaba con más dineros, estaba obligado a acudir con su propia montura.
Hubiese querido dejar fuera de aquello a Bribón, su estimado caballo árabe, pero, sin medios ni recursos, no tenía más alternativa.
De repente, una voz rompió el silencio sepulcral de la sala, haciendo que la vela titilara y las sombras se agitaran como espectros. El abad se detuvo en el umbral y sus ojos recorrieron las armas dispuestas sobre la mesa, como si buscara algún tipo de presagio o respuesta en el acero pulido.
–Mañana es el día.
Ruy asintió. Sus dedos acariciaban la empuñadura de su espada.
–Así es.
El abad anduvo hasta él.
–¿Estáis preparado? –le preguntó.
Los ojos del jinete brillaron como el fuego.
–¿Acaso alguien puede estarlo?
Sin responder, el abad le entregó una pequeña carta, y ambos intercambiaron una mirada. El lacre llevaba impreso en el sello de la reina. Era un mensaje de la corte. Ruy alzó la mirada hacia el umbral. El abad ya se marchaba hacia el oscuro pasillo.
–Dios estará de vuestra parte, Castro –le dijo sin volverse–. Pero guardad vuestra gentileza y vuestra cortesía. Mañana debéis entrar con bravura en la liza. No permitáis que ese hombre y su orgullo os arrebate la vida.
En la soledad de la víspera, Ruy permaneció en silencio, meditando las palabras del abad.
Al cabo, volvió la mirada hacia la carta que tenía en las manos.
Acercó el sobre a la vela y quebró el lacre.
En su interior halló una nota. «Dios está siempre del lado de los justos.
Permanecéis en mis oraciones y en mi corazón, mi buen jinete.
Os entrego este anillo que tanto significa para mí.
Espero que os brinde protección en estas horas inciertas».
Había en el sobre una vieja sortija colgada de una cadena, un testimonio silencioso de la fe y la esperanza depositadas en él.
La sostuvo entre sus dedos y la examinó a la luz de la lumbre.
Un crismón y una palabra olvidada era lo único que podía distinguir.
Pero doña María le hacía entrega de su objeto más personal.
Ahora sí tenía la certeza de que la reina lo había reconocido.
Y aquello era suficiente para imbuirlo de fuerza y para luchar por su causa y por su honor.
La mañana del día en que iba a morir, Rodrigo Castro se levantó cuando aún había estrellas en el firmamento.
Vestido con el hábito, como todos los monjes, acudió a misa y al refectorio con el resto de la comunidad.
Luego, sin tiempo que perder, se aseó con un cubo con agua fría y jabón, como si con aquel gesto purificara su cuerpo y su espíritu para lo que estaba por venir.
No tenía miedo. Guardaba una extraña calma.
Ya en su celda, os mismos monjes que lo habían acompañado durante su recuperación le prestaron ayuda para cambiarse el vendaje del pecho.
Y luego también en el vestirse. Primero fue la loriga de cuero endurecido.
Luego, la cota de malla de cuerpo entero.
Una vez preparado, los monjes le ofrecieron agua para que se refrescara.
Por unos instantes, Ruy temió no poder presentarse en el combate; sólo el conjunto de anillas pesaba más que un niño, y eso, sumado a la loriga y a las armas, suponía mucho.
«¿Podéis continuar?», le preguntó uno de los monjes, haciendo un esfuerzo por encajar la malla.
Ruy asintió, en silencio, sin malgastar más energías.
Pidió que le ajustaran las correas de la cota.
Estaba sudando, y sentía una opresión en su pecho, le costaba respirar con normalidad.
«Mi honor y el de mi reina están en juego. Que Dios me dé fuerzas para no fallarles». Bajó la mirada para observar la cadena con el anillo de doña María que le colgaba del cuello y pensó en ella y en las palabras escritas. Eran como una llama que lo prendía después de catorce años de silencio.
El aire soplaba frío cuando, al alba, Ruy llegó al campo de batalla montado en Bribón.
El caballo cabeceó al sentir el tirón de riendas que lo obligaba a detenerse.
«Sé que sabes a lo que hemos venido, viejo compañero.
Sé que lo sabes». La luz del amanecer comenzaba a teñir el horizonte, un rectángulo de más de cien varas castellanas de largo, de arena y paja, ligeramente inclinado hacia un lado.
A lo lejos, dispersos a lo largo de uno de los bordes del campo, se agrupaban los pocos vecinos que habían acudido a presenciar el juicio por combate a esas horas tan tempranas.
Sus rostros reflejaban una mezcla de curiosidad y expectativa.
No eran muchos, medio centenar quizá, y sus murmullos apenas eran perceptibles en el vasto espacio abierto.
En el centro de la lisa, en el borde del campo, se había dispuesto el tribunal, y un sacerdote frente a un altar improvisado esperaba ya a los contendientes para que realizaran sus respectivos juramentos.
Escoltado por dos guardias concejiles se hallaba el infante Fernando, como prenda del duelo, en espera del desenlace.
Ambos cruzaron una mirada cómplice, y Ruy le ofreció un gesto que lo hizo sonreír.
Tras una corta espera, Galcerán apareció en el otro lado del campo. Iba montado sobre su imponente corcel, con las lanzas en ristre, acompañado del resto de sus jinetes que ejercían de pajes, ayudas y escuderos.
Ruy dejó sus armas y su caballo en su lado de la liza.
Se colocó sobre la cabeza una cofia de tela, y luego se ajustó el almófar.
El gorro de mallas quedó bien aprisionado sobre su cabeza y la sábana, la parte que se extendía hacia abajo, le cubrió parte del pecho, el cuello y los hombros.
Por encima de todo esto, se enfundó el yelmo.
De esta forma, ya pertrechado, caminó hacia el centro, a paso lento.
El ruido de sus anillas resonaba entre el silencio sepulcral.
Podía sentir el peso de las miradas que se vertían sobre él.
El viento sopló con suavidad, levantando una pequeña nube de polvo que se arremolinó en el aire.
Ruy contempló el cielo y lo vio con algunos cúmulos.
Sería un día caluroso. Un enérgico Galcerán cruzó el campo al trote y se situó a su lado, frente al sacerdote, enfundado a su vez en su armadura.
Tras el religioso, en silencio, permanecían en pie los miembros del tribunal del concejo.
El resto de los vecinos los observaban desde un lado de la liza.
A una orden del sacerdote, los dos contendientes se pusieron de rodillas.
Aquél alzó una mano. «Ambos prestaréis juramento ante Dios de que vuestra causa es justa y de que sois inocentes y que, en caso contrario, renunciáis a la gloria de Dios y a su reino, asumiendo que vuestra alma será condenada a los infiernos», declaró el clérigo.