Alma de Castilla XII #3
82%

XII #3

María dirigía aquellas juntas tratando de no perder el hilo de ninguna de las partes.

Conseguir el ordenamiento era como levantar un castillo de naipes mientras todos trataban de robar cartas al contrario para tirar alturas.

Eso mismo sucedió a los pocos días de comenzar.

Tomó la palabra el señor de Vizcaya, Diego López de Haro, y paralizó la sesión:

–En representación de una gran parte de la nobleza, propongo a vuestras mercedes como candidato al trono al nieto del verdadero heredero del rey Alfonso. Propongo a estas cortes la elección de Alfonso de la Cerda.

Aquella petición no cogió a María tan desprevenida como a todos los presentes, que elevaron la discusión al griterío.

¿Cuánto valía Castilla? ¿Cuánto costaba comprar un reino?

El señor de Vizcaya la había traicionado.

Pero no sólo a ella. La reina desvió la mirada hacia el infante Enrique, que se había llevado una mano al mentón y entornaba la mirada, incrédulo.

¿Hasta dónde podía llegar la codicia de un único hombre?

* * *

Reinaba una tensión palpable en el ambiente. La reina cruzó la estancia privada a paso firme y se detuvo frente al alféizar de la ventana. Se llevó una mano a la frente. Estaba rodeada de un grupo de allegados que aguardaban a que la monarca tomara una decisión tras lo sucedido.

–La mano del rey de Francia está detrás de esto. No me cabe duda –murmuró su hermano Alfonso–. También desconfío de nuestro primo.

María volvió la mirada hacia él. A su lado estaban los dos escribanos de mayor confianza, el arzobispo de Toledo y los maestres de las órdenes de caballería de Uclés, de Calatrava, de Alcántara y del Temple.

–Debéis responder a este desafío cuanto antes –la aconsejó el arzobispo–. La espera creará dudas entre vuestros partidarios. Debéis presentar al infante Fernando ante los poderes del reino.

«Lejos de Valladolid se haya el rey», se dijo María para sí con pesar. «Me juego la corona de mi hijo, al tiempo que un almogávar lucha por mi posición y mi honra».

–Las ciudades continúan indecisas. No les basta con que apruebe sus fueros. Quieren más privilegios, y se me agotan las alternativas –dijo María, y echó un vistazo a los cuatro maestres, como si esperara sus consejos.

Fue el maestre de Calatrava el que habló:

–Las ciudades y las villas ansían la promoción de sus hombres buenos.

Me refiero a aquellos ricoshombres o fidalgos con poca hidalguía, pero con suficiente riqueza como para vivir con holgura y desempeñar cargos.

No tienen la oportunidad de acceder a oficios de privilegio ni en sus ciudades ni en la casa de la reina; y tampoco en la recaudación de impuestos, que está en manos de los judíos, alteza.

–Tampoco han sido aprobadas las hermandades entre villas y ciudades –añadió el maestre de Uclés.

El arzobispo de Toledo puso mala cara.

–La Iglesia no ve con buenos ojos las asociaciones entre ciudades, alteza. Lo único que debe cohesionar a los pueblos y villas de vuestros reinos es la fe y el clero. De lo contrario, se perderá su razón de ser.

El maestre de Uclés hizo un gesto cortés al arzobispo, que le echó una mirada contrariada. La reina permanecía en silencio, con la vista clavada en la ventana. Unos instantes después, sus ojos se desviaron hacia su hermano Alfonso, que esperaba una respuesta, impaciente.

–Enviad misivas a los procuradores de los concejos y las hermandades concejiles –ordenó al fin, dirigiéndose a los escribanos–.

Decidles que, si logran alcanzar un acuerdo con la nobleza, la reina se compromete a colmarlos de privilegios como ningún otro rey ha hecho antes en Castilla.

Les concedo cinco días para dar una respuesta.

–A continuación, María apartó al arzobispo de Toledo, que se mostraba abiertamente en contra, y le habló en privado–.

Informad al clero de que, si recibo vuestro apoyo, procuraré un ordenamiento independiente para el estado eclesiástico, uno solo para el clero que ponga fin a los abusos de los secretarios de la corona. Haced que confíen en su reina.

Al arzobispo le cambió la expresión. Había mucho en juego.

Ninguna de las iglesias de Valladolid, Burgos, Palencia, Badajoz, Tuy o Astorga deseaban perder un ápice de sus privilegios.

Pero a los prelados se les podía convencer también mediante el único lenguaje que comprendían todos los hombres. El dinero.

* * *

«A veces hay que ceder para obtener algo de lo que se anhela».

María y su hermano Alfonso salieron esa misma tarde de Valladolid, de incógnito, envueltos en mantos y capuchas, como monjes, hacia Villar de Duero.

María no podía dejar de pensar en las Cortes, consciente ya de que no podría tener todo por lo que había luchado.

Pero no cabía llorar por lo perdido; sólo podía aceptarlo y adaptarse lo más rápido posible.

Desconocía los tratos cerrados por Diego López de Haro en nombre de Alfonso de la Cerda, lo que les había prometido.

Tampoco podía asegurar si estaba el rey de Francia detrás de aquel pulso.

Pero sí sabía que, después de aquellas palabras en la sesión, desde aquel día, era todo o nada.

Por fin sabría si sus días habían tenido un propósito, si todo se unía a través de un plan divino que la había conducido hasta allí para dirigir los destinos de un reino.