XII #2
–No tengo razones para dudar, don Enrique –aseguró con la cabeza en alto.
Eran primos, pero estaban separados en el tiempo por una vida entera. Él, anciano y conspirador. Ella, una joven viuda dispuesta a todo. El infante Enrique no borró aquella sonrisa de arrogante victoria de su rostro.
–Deberíais –dijo al fin–. La nobleza ha sido comprada.
–Así es, yo misma lo he hecho, y ha costado casi tanto como toda la campaña del sur. Pero por algo soy la reina y decido cómo afrontar los asuntos del reino.
Don Enrique hizo un gesto cortés con la mano.
–Desde luego, desde luego. Habéis pagado a un señor para que sometiera a la nobleza castellana, para que atajara los impulsos del infante Juan y para que os sirviera con su mesnada –susurró, y sus ojos emitieron un brillo malévolo casi imperceptible–.
Un noble usurpador al que habéis ratificado en su señorío, el único capaz de atajar los impulsos del infante Juan por recuperar los dominios de su esposa.
Un hombre que se ha hecho rico con vuestro movimiento. Y os digo que no os fieis de él.
–Presentaré a mi hijo ante las Cortes y se probará la lealtad de los señores.
Don Enrique esbozó una sonrisa.
–Al final será un duelo lo que determine quién escoltará al futuro rey a la corte. Vaya ironía del destino. Podría decirse que vuestra merced ha cavado su propia tumba.
A la reina se le fue el aliento. Tuvo ganas de gritar de rabia. En lugar de eso, echó una mirada al infante llena de ira.
–Jamás os ha importado la vida de alguien como Alfonso de Galcerán, ¿no es verdad? Habéis utilizado a un hombre de honor para vuestros fines. Vergüenza deberías sentir.
–¿Quién soy yo para meterme en los asuntos de otro caballero?
–Don Enrique hizo un gesto indolente–. Además, lo único que he procurado ha sido facilitar un encuentro.
Es una lástima que hayáis puesto a nuestro futuro rey en esta tesitura, a lomos de un almogávar desconocido y como prenda de un duelo judicial.
Un nieto de mi padre, futuro rey de Castilla y de León, sometido a las vejaciones del pueblo llano...
María tragó saliva. Si Enrique había comprado a la nobleza, ¿quién estaría de su parte el día de mañana?
¿La votarían como tutora, custodia y regente del reino?
Se dio cuenta de que tanto Enrique el Senador, el infante Juan como el señor de Vizcaya habían conspirado contra ella y estaban del mismo bando en aquella guerra política.
Eso la dejaba únicamente con el apoyo de las ciudades y de las hermandades.
¿De qué manera iban las Cortes a ratificar a su hijo como rey?
Su única alternativa era confiar en que el duelo fuera favorable.
Entonces podría presentar ella a Fernando como regente del reino.
–Habéis jugado sucio.
Enrique sonrió abiertamente.
–No, querida prima. He jugado con la experiencia.
María guardó un silencio cauteloso. La amenaza había caído sobre ella como la hoja afilada de un verdugo. Pero no la temía. María ya no tenía miedo a la muerte.
Ordenamiento.
Era todo cuanto anhelaba María. Le pareció que todo lo que le había sucedido en la vida había sido para prepararla para esos días en los que se dirimía el futuro del reino.
¿Qué era Castilla? Los prelados, procuradores de las villas, maestres de las órdenes militares y religiosas y la nobleza lo decidirían.
Podía decirse que las Cortes eran un símbolo de la cultura, de la civilización.
En un mundo tan hostil y dispar como aquella Castilla poco poblada, se sentaban a la mesa todos los poderes del reino, aliados y enemigos, contrarios enfrentados y opositores.
Durante los días que hicieran falta, se reunirían en palacios y salones, discutirían, abrirían y romperían relaciones, lucharían por sus exigencias...
, y todo para llegar a una conclusión final, un final que llevaba el nombre de «ordenamiento».
La ley de todos. Y todo por no matarse en una guerra cruenta por el poder.
Aunque en esas anduviera el infante Juan de Castilla, el Traidor, hermano de Sancho, recabando fuerzas para su mesnada en la frontera de Portugal.
María llegó a las Cortes en Valladolid en su peor momento vital.
Cansada y angustiada, la muerte de Sancho había hecho mella en su salud y en su ánimo.
Tras las primeras sesiones, se dio cuenta de que el ordenamiento se presentaba como una utopía.
En aquel salón se habían reunido más de trescientas personas de todas las partes del reino, desde ricoshombres hasta hidalgos y nobles de alta cuna, pasando por los hombres buenos de las villas y ciudades y los arzobispos de los principales enclaves.
La imagen de María, soberbia en medio de tantos señores, impresionaba.
Ataviada con un hermoso sayo bordado de hilo de oro y manto, con tocado, crespina y bandas, la reina elevaba su nombre y su presencia.
Era la suya el aura de madre del reino y mujer inmaculada.
Pero, en realidad, ella se obligaba a mantener la cabeza en alto para mostrarse atenta y no desfallecer.
Sobre todo, porque no dejaba de pensar en su hijo y en el almogávar, y muchos de los asuntos no le interesaban o eran cuestiones referidas a pleitos que arrastraban los implicados desde los tiempos de su abuela Berenguela.
Pero jamás debían verla perder la compostura.
Los procuradores daban la palabra a unas partes y a otras, según iban y venían las peticiones y los reclamos, y ella se daba cuenta de cómo el eco de sus palabras llegaba hasta las nervaduras de piedra, en lo alto, y envolvía el lugar como el eco de una Castilla en disputa.
Cuando se detenía la reunión, los hombres se disolvían en corrillos y negociaban en privado.
Día y noche. María los observaba, a veces, con atención.
Cada uno luchaba por su pequeña porción de poder, sin importar el tamaño de su pieza; todos querían saborear y mojarse los labios con su engañoso néctar.
Al cabo, la reina se retiraba a descansar exhausta de oír sus voces, de recibir a procuradores de las villas y de las ciudades o prelados de la Iglesia con la exigencias de ver al futuro rey en las sesiones, para lo que ella les daba largas aduciendo a la corta edad del infante.
Luego, en la soledad de su lecho, al cerrar los ojos, le volvían sus rostros y sus voces violentas para llenarla de desasosiego.
Sabía que el reino no descansaba. Las discusiones se dirimían en posadas y albergues, y más tarde continuaban en la siguiente sesión.
Valladolid bullía, como el propio corazón de la reina.