XII
XII
El ordenamiento
Ojalá hubiese podido desahogar sus emociones y que sus palabras hubieran servido de consuelo en aquellas horas de incertidumbre y desasosiego.
María se preguntó si los sentimientos más profundos se enterraban vivos cuando alguien moría.
En la soledad del palacio, la víspera de las Cortes, pensaba para sí que tal vez ésa era la razón por la cual las flores brotaban orgullosas de la tierra.
No había vuelto a acordarse del caballerizo hasta el día en que, al partir con su hijo de Toledo, le entregó aquel viejo broche como un relicario de recuerdos compartidos.
Desconocía si a él le había sucedido algo parecido o si su historia había sido diferente.
La omnipresencia de la reina en los asuntos del reino hacía que fuera más fácil evocar su recuerdo.
Sin embargo, supo al instante quién era aquel jinete, y eso significaba que había dejado en ella una huella imborrable.
Fue como abrir un baúl sellado. El recuerdo del caballerizo escondía momentos de absoluta felicidad y de dolor a partes iguales.
María sí pensó en él la noche antes de iniciar las Cortes en Valladolid.
Habría querido confesarle todas las palabras silenciadas, aquellas que nunca tuvo el valor de expresar.
Le hubiese dicho que durante los días de Montealegre lo amó de la forma más pura y sincera de lo que es capaz un corazón.
Que alguna vez imaginó que él sería su hombre, y ella, su mujer.
Que nada de lo vivido durante su juventud fue en vano y que, aunque se negara a reconocer que no había prestado atención a su figura, los recuerdos de esos años llevaban su nombre bordado en hilo de oro.
Su cálida voz, sus historias, sus manos, sus besos, su impronta al galope en la lejanía del llano de Meneses era lo que había llenado el alma de esa María que jamás imaginó que alguna vez se convertiría en reina.
Hubiese querido proclamar a los cuatro vientos que aquella tarde en el mirador, frente a Montealegre, había seguido el consejo de su madre para apartarlo de su vida porque, en realidad, ella no sabía cómo manejarse con los códigos de la corte, pero no hubiese sido una confesión de amor, sino una disculpa, hacia él y hacia ella misma, porque se había engañado o se había dejado engañar, lo mismo daba.
Ya no lo amaba, así como ya no amaba a nadie más.
El desengaño había brotado de los años, de los hijos, de los inviernos interminables, de la intrincada política y de la guerra constante.
Tal vez no volvería a amar a nadie en su vida.
Pero reconocer el amor que había sentido por él era una manera de reconocerse a sí misma, de aceptarse como lo que era, una niña del páramo que había pasado las tardes en el llano, en el castillo, y que se había enamorado de un joven de humilde hidalguía, como cualquier otra joven castellana.
María no era sino una mujer cualquiera. ¿Cómo podría avanzar hacia el porvenir sin aceptar y reconciliarse con su pasado?
¿Puede una persona manipular sus recuerdos para construirse a sí misma?
Viciar, adulterar la memoria, ¿no lo hemos hecho todos alguna vez?
Vaciarnos de verdad y llenarnos de mentiras.
Nadie quiere ser el villano de su propia historia.
Anhelaba reconocer que, el día que Sancho le regaló la villa de Toro y la apartó de la compaña del rey, lloró a escondidas.
Derramó lágrimas amargas, pero no fueron por Sancho ni por el destierro, impuesto a la fuerza; más bien porque entonces se acordó del día en que había conocido a su marido, en aquel bautizo en la corte, el momento en que el infante de Castilla le había lanzado una mirada que, sin pretenderlo, había herido al caballerizo en lo más profundo de su alma.
Rodrigo Castro se quebró por dentro, por sus sentimientos, por celos, por saber que era el final.
Y María no fue consciente de eso hasta muchos años después, justo aquella primera tarde del exilio en Toro, cuando se vio sola ante la vida y supo que había escogido mal, que otro habría podido amarla sin reparos, que otro hubiese dado su vida por ella.
María supo que había escogido un destino en detrimento de una vida plena.
Tras divagar sobre muchas cuestiones personales, se dio cuenta de que reconocer lo que había sentido por su caballerizo era aceptar que había otras cosas en la vida de las que se arrepentía.
Catorce años, un reinado, un matrimonio y siete hijos daban para mucho.
Al fin, aquella noche, pudo ver con claridad el sentido de las cosas.
«Ruy Castro, mi buen jinete, fuisteis la vida que quedó truncada, la historia no elegida, los días relegados a un rincón del corazón.
Sin embargo, ahora, en los albores de la tempestad, el destino vuelve a unir nuestros caminos para redescubrirnos.
Para ser instrumentos de su vasta confabulación».
Valladolid aceptó con júbilo las condiciones de la reina y al fin abrió sus puertas a la compaña real.
Sin embargo, el rey se encontraba preso de las circunstancias en una villa a poca distancia de allí.
Los planes de María estaban a punto de colapsar.
Las Cortes iban a iniciarse sin el candidato a la corona, inmerso en un duelo de dos caballeros.
Lo que apuntaba a ser una jugada maestra para protegerlo estaba a punto de convertirse en su perdición.
Pero todo eso era algo que el vulgo desconocía, igual que el resto de la compaña o de las docenas de convocados a las Cortes.
El pueblo los recibió con euforia y muestras de alegría.
Doña María acababa de abolir el impuesto de la sisa para todas las ciudades castellanas, un tributo relativo a todos los productos comestibles que suponía una recaudación importante para mantener las campañas en el sur.
«Pero más vale un reino satisfecho que una conquista sin sentido», se había dicho la reina.
Más allá de las opiniones al vuelo, a las gentes comunes les traía sin cuidado quién se ceñía la corona.
Tanto daba que rigieran los hijos de Fernando de la Cerda, el infante Juan o el rey de Francia.
Para que apoyaran a su reina o a su rey, debían amarlo por alguna razón.
María se acordó de esos momentos en que, en aquella corte itinerante, sentía que engañaba al pueblo mientras los saludaba desde la montura, en cada villa y en cada alcázar, y ellos respondían con entusiasmo.
Siempre había tenido la sensación de ser una impostora, un arlequín que formaba parte de una gran función.
Pero nada más lejos de la realidad. Ahora se daba cuenta al fin de que ocurría precisamente lo contrario; eran las gentes quienes engañaban a sus reyes haciéndoles creer que eran amados.
No pudo hacer otra cosa más que sonreír por aquella ironía de la vida y por conocer que Sancho se había ido pensando que el pueblo lo amó.
Las ciudades y los ricoshombres que gobernaban las villas vieron con buenos ojos la maniobra de la reina.
El reino al fin podía respirar; asfixiado desde hacía una década por culpa de la campaña de Andalucía, había tenido que hacer un esfuerzo descomunal por mantenerse y por salir adelante.
La abolición de esta exigencia ganó afectos para la reina en detrimento de una ingente recaudación de caudales, lo que suponía el final de la campaña bélica y del sueño de una península gobernada por reinos cristianos.
La toma de Algeciras y del reino nazarí tendrían que esperar; años, o tal vez siglos.
Recibida como una reina victoriosa, María finalmente había encontrado la pieza que le faltaba.
Renunciar al impuesto de la sisa favorecía a las ciudades, pero también a la nobleza, pues sus territorios y sus villas también salían beneficiadas.
Cada concejo seguiría cobrando sus propias alcabalas y el resto de los tributos locales, pero la gran carga, aquella que se cernía sobre los alimentos, una vez desaparecida traería la felicidad a todos.
Los doscientos integrantes de la compaña fueron acomodados en el palacio.
María se reunió con las autoridades del concejo de Valladolid, que agasajaron a la reina con una recepción, satisfechos de que sus negociaciones hubiesen llegado a buen puerto.
A pesar de las sonrisas y buenos gestos que la rodeaban, María no estaba de buen ánimo.
Hizo el esfuerzo de estar a la altura, aunque, en realidad, quería retirarse, estar sola, pensar en todo lo que le había sucedido en los últimos meses.
Tener a su hijo lejos la llenaba de inquietud y malestar.
Pese a esto, aquella noche, tras la recepción, se vio obligada a convocar a su consejo privado.
Al día siguiente comenzarían a celebrarse las Cortes, y sus allegados más próximos quisieron celebrar su negociación con la ciudad y las hermandades concejiles.
Entre los más allegados se encontraba su primo, el infante Enrique.
María se sorprendió al verlo tan vivaz, tan enérgico.
A sus casi setenta años, Enrique de Castilla sentía que tenía mucho para ofrecer al reino.
Había hecho uso de toda su experiencia para confabular y ganar una posición privilegiada en la corte.
El anciano se acercó a la reina y reconoció su victoria con palabras envenenadas.
Habló con ella sólo cuando ya todos los demás la habían abordado, para así estar seguro de captar toda su atención.
–Habéis hecho una jugada digna de un hombre –susurró el anciano tras realizar una reverencia y ofrecerle una media sonrisa.
A la reina se le encendió la mirada al oír lo que el hombre consideraba un halago.
–Durante las Cortes seré ratificada como tutora y custodia del rey y del reino –respondió con la voz contenida de ira. Ninguno de los presentes podía oír lo que decían, pues estaban muy cerca el uno del otro, pero nadie les quitaba la mirada de encima.
–¿Tan segura estáis de eso?