Alma de Castilla XI #4
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XI #4

–Decís que todos parecen ver Castilla con claridad. Vos, en cambio, sólo veis su sombra. ¿Es que no os dais cuenta?

–No... ¡No lo sé! –respondió ella, con los ojos humedecidos.

Ruy se incorporó sin dejar de mirarla.

–Castilla sois vos, alteza. Dudáis porque amáis a vuestro pueblo, y el amor, desde siempre, pervive a un paso de la derrota. Vos sois la imagen de lo eterno, hija de reyes.

La reina lo tomó de la mano en un arrebato.

–A veces, siento que me desvanezco, mi buen jinete –sollozó–. Siento que seré absorbida por mis miedos y que desapareceré, como una pizca de sal en una enorme laguna. ¿Hacia dónde debo mirar? ¿En quién confiar?

Ruy observó sus manos unidas, una sobre la otra, y percibió el perfume que emanaba de su piel.

¿Quién era él para aconsejar a una reina?

¿Acaso alguien sabía la respuesta a sus dudas?

Rememoró aquella ocasión en la que Muriel le reprochó a lágrima viva sus miedos y lo instó a marcharse del hogar, presa de lo incierto.

Su esposa se hallaba perdida en un bosque de incertidumbres.

Aquel día, Ruy la miró a los ojos y quiso hablarle con sinceridad, pero Muriel creía más en los hechos que en las palabras.

Así que se guardó para sí sus pensamientos, pues dudó de si ella los entendería.

Ahora, frente a la reina, sentía recobrar todo su valor.

–Mi señora, encomendaos a Dios, pero también mirad en vuestro corazón. Encontrad la luz en vuestra alma, esa fuerza que os ha sostenido hasta ahora y os define. No temáis al fracaso. Sabéis que es necesario morir muchas veces en vida para vivir de verdad.

Ella entendió de lo que hablaba el jinete.

–Cada vez que he desafiado a las tradiciones he muerto un poco más. Las expectativas de la nobleza y de las ciudades son elevadas. Regir es cada vez más difícil.

–Confiad en aquellos que os han demostrado lealtad. En esa fuerza de la que os hablo reside vuestra capacidad para inspirar y liderar. Vos, más que nadie, sabéis lo que es luchar y vencer. Vuestra intuición y el sentimiento por Castilla os guiarán. No temáis al porvenir.

–Eso es muy cierto –dijo ella, esbozando una ligera sonrisa entre lágrimas que pronto desdibujó, pensativa–.

Mi madre solía decir que sólo poseemos el instante que nos viene, nada más.

Lo demás es nuestro pasado. Y lo que viene puede que nunca llegue a suceder.

Nos preocupamos de las cosas porque pensamos en lo que está en lontananza, más incluso de lo que podemos ver.

–Sabias palabras –murmuró Ruy.

Doña María se secó las lágrimas. Acarició la sortija que aún tenía en la mano. Un crismón y una palabra borrosa adornaban el viejo metal mellado y gastado por el paso de los siglos. Su anillo de protección.

–A veces me siento esclava de mi legado. La historia y la tradición me atan a la tierra, a mi familia, a mis antepasados. Desconozco quién se sentará en el trono, si las ciudades me otorgarán su apoyo, si la nobleza estará de mi parte... Todo en mi vida es un gran interrogante.

–Y, sin embargo, esta noche vos y vuestro hijo estáis a salvo en este monasterio –señaló Ruy–. Lo que tenga que venir vendrá. Y estoy seguro de que estaréis preparada para enfrentarlo.

Ella asintió, segura y conmovida, y al fin ambos sintieron un momento de paz. El silencio que siguió a continuación sirvió de bálsamo para Ruy. Necesitaba oír aquellas palabras de la reina. Al cabo, la dama apartó las manos de él con delicadeza y entornó la mirada.

Entonces, un pensamiento lo interrumpió, algo había roto el hechizo.

«Otra vez engaño y decepción».

Ruy guardó silencio. Su mirada se había perdido en el tiempo o en la memoria, si es que no eran lo mismo.

Volvió a abrir los ojos y se incorporó en la cama, rodeado de un silencio absoluto.

La reina ya no estaba a su lado, desvanecida de su imaginación.

Aquellas últimas palabras lo habían llevado a un callejón sin salida, sorprendido por su propio descubrimiento.

Impotente, los ojos se le llenaron de lágrimas.

Tal vez fuera el cansancio, tal vez la locura.

Quizás el anhelo de reparar el alma, abierta en canal por una brecha en el tiempo.

Estaba solo. La reina nunca había estado allí, en esa silla frente a él, ni había sostenido su mano ni confesado con apuro que había errado en su juventud.

Que las cosas podrían haber sido diferentes.

Ruy reconoció que todas las palabras escuchadas de su boca eran las suyas propias, provenían de un deseo oculto por llenar un vacío, un abismo desde los últimos días de Montealegre.

¿Acaso siempre había sido María? Su mente se la devolvía ahora otra vez, exponiéndolo al engaño de sus manos, de su mirada, de su voz.

Tantas veces había deseado tener aquella conversación con ella, las noches de Torregrosa, que en ocasiones perdía el sentido de la realidad y con frecuencia se descubría a sí mismo hablando solo.

Pero la reina no había estado allí. Ni nunca lo estaría.