XI #3
–Yo soy la reina. Me duele el alma porque dos hombres de honor arriesguen sus vidas por un hecho que no tiene solución.
Es absurdo. Alfonso de Galcerán es un caballero intachable, su familia ha servido por siglos a los reyes de Castilla.
Si estuviera en mi mano, daría la orden de detener esta insensatez.
–Hablamos de honra, alteza. Ambas posturas, tanto la mía como la suya, están justificadas.
–¿Y eso justifica que dos caballeros vayan a matarse en un riepto ?
Ruy guardó silencio. Doña María desvió la mirada hacia la ventana.
–Me preguntáis si creo en vos –dijo, al tiempo que se volvía de nuevo hacia él–. He pagado una prenda de cien sueldos por un jinete de frontera. ¿Os parece un gesto menor? Sé que este desafío no nace de vos.
Ruy entornó la mirada, muy serio.
–¿Debo considerarlo mi paga por escoltar a don Fernando?
–No ofendáis a vuestra reina –lo atajó doña María–. Ambos sabemos que nuestra lealtad viene de hace mucho tiempo, «caballerizo». He aprendido a recompensar la fidelidad de los míos.
Esa palabra se clavó como una lanza en Ruy.
La reina se puso en pie y fue otra vez hacia la ventana.
Desvió la vista a los campos que daban a la ribera del río, que en ese momento estaban bañados por la luz de la luna.
Ruy se había quedado mudo. Todo aquello, su discurso, significaba que, después de tantos años, la reina lo había reconocido.
Aquel broche con forma de hoja la había hecho regresar a sus días de Montealegre.
Había acudido en persona hasta Villar del Duero consciente de quién era él.
Un pensamiento doloroso oscureció su semblante.
–Sentís compasión –dijo Ruy, cambiando el tono de voz, pues acababa de descubrir lo que escondían sus palabras–. Ésa es la razón por la que habéis venido.
La reina lo miró con desagrado.
–El orgullo os ciega a vosotros, los hombres.
–Y en nombre de la compasión justificáis vuestros actos las damas –esgrimió él, con la mirada encendida. Dejó caer un silencio cauteloso. Luego miró a la reina a los ojos–. Creo recordar que no es la primera vez que recibo un gesto compasivo de vuestra merced.
Sus palabras hirieron a la reina, si bien apenas cambió el gesto.
Ruy sintió satisfacción primero, pero enseguida vergüenza.
¿Por qué había dicho tal cosa? ¿Aún guardaba rencor por el pasado?
No era capaz de asimilar los sentimientos que le afloraban al tener a María delante.
Había sacado a la luz una vieja herida jamás cicatrizada.
Bajó la mirada y se llevó una mano a su herida en el pecho.
Lo que realmente le dolía era el corazón.
La reina permanecía con la mirada fija en sus manos y en el anillo familiar, con el que jugueteaba entre los dedos.
–Sé que no actué bien con vos –reconoció ella tras un momento, en un susurro–.
Muchas de las cosas que hice en aquellos años en Montealegre os hicieron daño.
Yo era una niña y no entendí cuáles eran las consecuencias de nuestro sentimiento.
Mi vida se volvió compleja de la noche a la mañana.
Aquel viaje a la corte acabó con tantas cosas...
Me rompí por dentro, ¿sabéis? Es doloroso para mí cada vez que lo recuerdo, cuando veo a esa niña ingenua siendo manipulada por otros poderes.
Ruy guardó un silencio prudente. «Nuestro sentimiento».
No podía creer que ella se abriera ante él, que le ofreciera una disculpa después de tanto tiempo, después de casi toda una vida.
Estaban irremediablemente unidos por una infancia y una juventud comunes.
Se arrepintió de lo que había dicho, fruto de un impulso perverso.
Había perdido los nervios. Escogió tragarse el orgullo y regresar a un tono conciliador.
–De nada sirve arrepentirse, alteza. Vos pagáis mi lealtad y yo os he ofrecido una descortesía. Os ruego que perdonéis mis palabras.
Ella alzó la mirada hacia él otra vez y volvió a sentarse.
–Preferiré una y mil veces que vuestras palabras se vistan de dolorosa sinceridad antes que de falsa cortesía.
¿Acaso hay alguien que no se haya arrepentido de algo en algún momento?
Qué diferentes seríamos si hubiéramos recorrido la vida de otra manera.
Yo misma... Nunca debí avergonzarme de lo que sucedió entre nosotros.
Ojalá pudiéramos deshacerlo todo y recomenzar.
Cruzaron una mirada más larga de lo habitual. Catorce años habían pasado desde la última vez que habían hablado de forma tan íntima. María volvió a mirarlo a los ojos, ya sin temor a mostrar sus sentimientos.
–Para vos nunca fue un juego, y para mí lo era todo el tiempo.
« Nuestro sentimiento». La reina parecía haber atesorado los recuerdos de infancia y adolescencia todos esos años; ahora demostraba la importancia que tenían para ella.
Ruy siempre había considerado que la presencia de Sancho había borrado por completo la imagen que guardaba María de él.
Ahora comprendía que la reina se había hecho las mismas preguntas que él.
«¿El destino eligió mi camino? ¿O fueron mis propias decisiones?».
Ruy suspiró. Había sido descortés y no quería volver a cruzar otra línea imprudente.
–Vuestro destino estaba en ser reina y en apoyar a vuestro rey. Nadie en el reino tiene más fuerza que vos para el tiempo convulso que se avecina. Dios, en su sagrado plan, siempre ha sabido lo que hacía; él eligió a la persona que debía guiar los destinos de Castilla.
Doña María se mostró aliviada ante esas palabras. Un momento después, asintió.
–Todo lo que hemos hecho ha sido por Castilla.
–¿Qué es para vos? –quiso saber Ruy–. Castilla.
–Toda la vida he tenido que cargar con el sufrimiento de custodiar un sueño, ¿sabéis?
Una batalla perpetua contra los elementos por preservar algo que no se ve, más allá de la compaña, de los alcázares, de las grandes ciudades, de los estandartes y blasones.
Todos parecen entender Castilla con claridad, menos aquellos que sostenemos el poder con las manos.
Para nosotros, Castilla son sus gentes, sus vecinos; es el viento de las llanuras, el silencio de los campos, el honor con el que un caballero está dispuesto a morir por esa idea.
Todos hacen de Castilla lo que es. Sin embargo, sé que no hay nada detrás de esta ilusión.
Castilla no es más que la sombra de una llama efímera que en cualquier momento puede extinguirse si entre nosotros perdemos la razón.
–Vos no lo permitiréis.
Doña María guardó un silencio reflexivo antes de hablar nuevamente:
–¿Y qué es Castilla para vos? Os lo ruego, decídmelo.
El gesto de Ruy se endureció. La reina hacía del reino lo que era y hacía creer a todos de la existencia de una idea superior, a la que debían aspirar y someterse con la ayuda de Dios.
De lo contrario, no eran más que una inmensa llanura sin nombre salpicada de ovejas, un pueblo de bárbaros anónimos sin rumbo.
–Castilla son dos hombres de honor dispuestos a matarse por preservarla.
–¿Eso qué significa? –preguntó la reina.
Ruy la miró a los ojos, esta vez, sin vacilar.