XI #2
«Un milagro». Ruy entendió lo que eso significaba.
Nadie podía reunir tal suma, a excepción de un noble.
Ahora, al tener los sueldos exigidos como prenda, el juicio continuaba, y el tribunal, obligado por las leyes del Fuero Viejo, debía aceptar el combate como la única medida de prueba restante.
No cabían más alternativas. Finalmente, iba a producirse un riepto en Villar de Duero, casi cien años después de la última vez.
Un desafío. Dos hidalgos cristianos lucharían hasta la muerte con el fin de obtener la verdad y la consideración de Dios.
Ruy tendría que enfrentarse a muerte con su viejo compañero de armas para demostrar su inocencia.
–Se han marcado nueve días para dar parte del desafío a toda la villa y a la comarca.
Nueve días para que vos purifiquéis vuestra alma y lleguéis preparado a la muerte, si tal fuera la voluntad del Señor.
Se han negociado en vuestro nombre los avales para la reparación de vuestro equipo en treinta maravedís, así como la elección de las armas y de la montura.
Deben darse garantías de fiadores para armas y caballos en caso de daños mediante algún acto reprobable por parte de los contendientes.
Dispondréis de caballo, lanza, adarga y dos espadas.
Se oficiará el riepto en los campos en barbecho del monasterio, a las afueras de la villa.
Aquélla era demasiada información para Ruy en esos momentos.
–Ayudadme a incorporarme. Os lo ruego.
Al moverse, el dolor intenso se avivó en su pecho. Lo suficientemente fuerte como para impedir que se sentara en el lecho.
–No os mováis, debéis descansar.
–¿Para cuándo se ha convocado el desafío? –preguntó el jinete.
El abad, a su lado, puso mala cara.
–Para dentro de dos semanas.
Ruy se dio cuenta de que no tenía la menor idea de cuántos días habían pasado desde lo sucedido en el patio del claustro.
Volvió a hacer un esfuerzo por incorporarse, otra vez en vano.
Esta vez, el dolor fue mucho más intenso.
Notó como si le clavaran una lanza en el centro del pecho.
No podía creer que llevara casi una semana postrado.
–No podré montar así y, mucho menos, enfundarme una cota de malla –susurró con pesar–. ¿Cómo voy a alzar la espada y a batirme en duelo?
–Dejad que Dios haga su trabajo. Descansad y rezad –repuso el abad, convencido de haber presenciado un milagro. Anduvo hasta la puerta y, antes de salir, volvió a mirarlo–. La dama de la reina tiene un mensaje para vos.
Ruy asintió con un gesto.
–La recibiré esta noche, si lo desea.
El abad se lo quedó mirando un instante, y luego se retiró.
Despertó por la brisa fresca proveniente del río que se coló por la ventana, y por un momento su mente imaginó que se trataba de la caricia de alguien, un gesto que llevaba años sin sentir.
Abrió los ojos, y no supo dónde se encontraba.
Una figura femenina encapuchada velaba por él esa noche, junto al lecho.
Tenía un rosario en las manos. Sus labios susurraban una plegaria con una cadencia serena.
Bajo el manto y la capucha se distinguían un rico sayo, un tocado y las bandas en el cabello.
Cuando la dama notó su presencia despierta, se incorporó un poco más en la silla.
–Estáis vivo... –susurró con alivio.
Al jinete le molestó que ocultara el rostro, y concluyó que lo hacía para no mirarlo a la cara. No era la primera vez que le sucedía algo similar.
–Imagino la razón por la que la reina os ha enviado hasta esta villa, doña Constanza –murmuró Ruy–. El infante está a salvo. Mi misión ha concluido, así que podéis regresar a la corte e informar a doña María.
–Lo sé. He hablado con don Fernando, y él me ha hablado de vos. Os admira. Os habéis convertido en un ejemplo que seguir. La reina está profundamente agradecida por vuestro servicio.
Ruy la miró con amargura.
–No soy nada... Dudo que la reina y el infante recuerden a este jinete en los años venideros. Sólo soy un servidor.
La mujer permaneció muy seria frente a él.
–¿Eso es lo que pensáis?
–No sólo lo pienso, es la verdad.
A continuación, la dama se echó hacia atrás la capucha, dejando su rostro al descubierto. A Ruy casi se le fue el aliento al reconocerla.
–Mi señora –atinó a decir, conmovido.
Hizo un esfuerzo sobrehumano por incorporarse, sin importarle el agudo dolor en la piel y en los huesos.
Consiguió al fin sentarse en el lecho y realizar una leve reverencia con la cabeza ante su reina.
María le pidió con un gesto que se calmara.
Ruy trató de cubrirse el rostro, por deferencia a ella, pero la reina lo detuvo.
Apoyó una mano sobre la suya, y Ruy volvió a sentir su tacto después de tantos años.
María era joven aún y conservaba la suavidad de la piel, aunque sus ojos demostraran que, en realidad, había vivido el equivalente a varias vidas.
Tras ese breve gesto, la reina apartó sus manos con delicadeza. Ruy volvió a realizar una reverencia.
–No pensaba que fuerais vos. El abad me ha dicho... Creí que se trataba de vuestra dama de compañía, alteza.
Doña María negó con un gesto.
–Sois mucho más que la nada, Ruy Castro.
Con los años, corremos peligro de juzgarnos a nosotros mismos con severidad.
Siento tristeza, caballero, pues he venido en el momento menos oportuno.
De haber llegado antes, habría detenido esa barbarie de prueba de juicio.
Y, de haber sabido que estabais herido, habría traído los servicios del maestre de mi compaña y de mi físico.
Ambos poseen los mejores conocimientos del reino.
–Habéis venido justo cuando Dios lo ha dispuesto.
La amargura en la mirada de la reina hizo entender a Ruy todas las veces en que la dama se había visto frente al lecho de alguien a pocas horas de morir.
La luz de sus ojos no había variado; sin embargo, ya no brillaba con la misma intensidad.
Lo hacía bajo el enorme peso de un reino que se extendía de un mar a otro, de norte a sur.
Tantas responsabilidades, tanta entrega y dedicación...
Podía decirse que era ella, pero distinta.
La mirada de la señora volvió a posarse en la del jinete una vez más.
–Contadme lo sucedido.
Ruy, poco a poco, fue recuperando la compostura del hidalgo que era.
Le habló a la reina de su viaje con el infante y le dijo que podía sentirse orgullosa; aquel niño sería un gran rey, pues había visto en él las virtudes de un caballero.
Aunque sus palabras no iban dirigidas tanto hacia el elogio y sí hacia la crónica de los hechos, consiguió robar una ligera sonrisa a doña María.
Aunque este gesto se desdibujó casi al instante.
–Estamos ante una encrucijada –dijo la reina, de regreso a lo importante.
Ruy asintió. Sabía de lo que hablaba.
–Sois muy valiente por haber venido, aunque haya sido una temeridad. Los caminos son peligrosos, y mucho más para vos en vuestra situación.
–He venido escoltada por una pequeña guardia –repuso ella, al tiempo que entornaba la mirada–. He venido por mi hijo, y por vos.
Aquellas palabras encendieron a Ruy como una llama y agitaron su corazón.
–Sacadlo del monasterio –espetó con ímpetu–. No tenéis por qué permitir que el juicio de un concejo y un caballero orgulloso os echen un pulso. Llevaos a Fernando.
La reina suspiró, y no dudó en decir al jinete lo que él ya sabía.
Como en el ajedrez, estaban a unas pocas jugadas de perder la influencia sobre el rey.
No podían dejar de batallar una partida que ellos mismos habían iniciado.
Que se llevara al infante era exactamente lo que deseaba su primo, el infante Enrique.
Desprestigiar a la reina con un rumor que haría correr de villa en villa hasta la corte.
Luego, lentamente, se extendería el veneno como una peste, infectando boca a boca.
¿Qué hacía el futuro rey de Castilla en un pueblo perdido de la ribera del Duero?
¿Por qué la reina lo había apartado de la corte?
«Tal vez todo esto sea culpa mía», pensó Ruy con desazón.
Un destino azaroso había entremezclado sus asuntos personales con la misión de la reina, y ahora no parecía haber posibilidades de echarse atrás.
Si la reina se mostraba en público y reclamaba a su hijo, el infante, ese acto no tardaría en considerarse una ofensa para el propio concejo de la villa y, en consecuencia, para toda la hermandad a la que pertenecía Villar de Duero.
De nuevo, la reina contra las ciudades. A los reyes no les bastaba con los tributos, el yantar o las exigencias, también querrían pasar por encima de los fueros.
Así que rescatar a don Fernando antes del duelo no era una opción.
Ruy se enfrentaría a Galcerán, y, más allá de la afrenta por la que competían, aquello sería un juicio a la reina.
De salir victorioso Galcerán, Enrique el Senador se haría con Fernando y regresaría a Valladolid, a las Cortes, con su trofeo.
La victoria de Ruy, en cambio, significaría la demostración de que doña María estaba preparada para proteger al reino y que había logrado, con astucia, esquivar todas las conspiraciones de sus rivales.
Así, todo o nada, la suerte estaba echada.
–Pero podéis estar por encima de todo eso –sugirió el jinete, esperanzado.
Ella negó con desaliento.
–Os jugáis vuestra honra, y yo la mía. Ambos sabemos que no puedo hacer nada sin descubrirme ante mis rivales y que tampoco puedo gobernar fuera de sus códigos.
He intentado persuadir a Galcerán, pero él está convencido de que vos sois el culpable de la muerte de su hijo y de que su familia se quedase sin heredero. Está dispuesto a ir hasta el final.
Ruy asintió y, con calma, se pasó una mano por el rostro.
–Y vos, ¿qué pensáis de todo esto?