Alma de Castilla XI
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XI

Engaño y decepción

El final estaba cada vez más cerca. Las llamas crepitaban, desgarrando la madera con violentos chasquidos, evocando el rechinar de dientes y la rotura de huesos.

El fuego parecía desafiarlo, como antaño; lo miraba cara a cara, como si ambos hubiesen sido hechos del mismo elemento.

Ruy se sentía preparado. Había purificado su alma.

Había dicho misa y había tomado confesión. Era su último aliento.

Vestido únicamente con un hábito franciscano, fue conducido por dos monjes al patio de la abadía, donde lo aguardaban los miembros del tribunal para ser testigos de la medida de prueba.

La luz del sol lo recibió. Otra vez el fuego como antesala de la muerte.

Las llamas eran alimentadas por un herrero que evitó la mirada del acusado cuando lo vio aparecer.

Un pequeño horno de barro contenía una barra ardiente, encendida al rojo vivo, y que llevaba horas así.

El herrero avivó el fuelle, y una enorme bocanada de aire hirviente inundó el patio.

Volteó la barra, tan caliente que estaba blanda.

La sacó un momento con la pinza y le dio un golpe de temperatura tras hundirla en el cubo con agua.

Esto liberó una nube de vapor. Todo estaba preparado.

Qué difícil es aceptar el final de la vida.

Incluso en los momentos más oscuros, la esperanza de un milagro inesperado nunca se desvanece por completo.

Un último milagro. Pero la dura realidad se hace presente.

Nada iba a ocurrir más que lo que debía acontecer.

La muerte. La muerte a raíz de la justicia injusta de los hombres.

Tal vez todos en el patio estuvieran pensando en lo mismo.

Sus rostros lo mostraban. El tribunal se había visto en la obligación de releer a conciencia las partidas escritas siglos atrás en el Fuero Viejo acerca del procedimiento de un juicio de Dios.

Lo cierto era que habían pasado más de cien años desde la última vez que a un vecino de Villar de Duero se le había aplicado el hierro candente.

El resultado había sido desfavorable, desde luego, y el acusado, según la vieja crónica, había fallecido a causa de sus heridas.

Pese a todo, y también a pesar de la atmósfera adversa que se respiraba, Ruy estaba tranquilo.

Anduvo hasta el tocón de madera. Pidió agua fresca a uno de los monjes, bebió y se mojó el rostro, consciente de que todo lo que hacía era por última vez.

Entonces vio aparecer a los jinetes de la Hermandad de Talavera y, al final, a Alfonso de Galcerán.

«Dios condene vuestra venganza y os prive de su reino», dijo Ruy para sí.

Dos guardias concejiles ataron sus manos con unos grilletes y lo apresaron al tocón. Había llegado su hora.

El juicio de Dios, una práctica arcaica y cruel, dejaba claro a todos los presentes que la intervención divina en estos actos de barbarie era, en el mejor de los casos, incierta.

Porque, pese a la devoción general, también eran conscientes de que Dios se manifestaba de otras formas y no solía hacerlo de manera instantánea, y mucho menos en un juicio de tales características.

Además, aquel acto constituía un reto a Dios por parte de la villa.

Los hombres desafiaban al Señor a mostrarse ante la amenaza de llevarse por delante a un cristiano inocente.

Pero mandaba la tradición y la costumbre.

Incluso Dios debía someterse a las leyes marcadas en el Fuero Viejo de la villa.

Ataron a Ruy Castro a la madera, con los brazos atrás.

Le hicieron daño en las muñecas y en los antebrazos, pero eso ya no tenía ninguna importancia.

El jinete discurrió que no le habían quitado el hábito, lo que significaba que aplicarían la barra por encima del tejido.

Se sintió un necio al pensar que la tela se le pegaría a la piel.

Ya había sufrido eso una vez, y estaba a punto de revivirlo.

El regidor del tribunal alzó una mano, y el herrero cogió la barra con la pinza.

Algunos vecinos del jurado se aproximaron.

Ruy elevó la mirada y rezó. Hacía un sol radiante, el cielo estaba despejado de nubes.

Se imaginó un día claro como ése en la Tierra de Campos, cuando se podría ver a docenas de leguas en la lejanía desde un montículo.

Toda Castilla a su alrededor. Casi pudo sentir el viento sobre el rostro y el calor calentándole los párpados y las mejillas.

Era la Castilla de sus hijos, esa que él no vería más.

«En un día claro y estival, el sol castellano se convirtió en un testigo silencioso y cómplice de mi desgracia, observando cómo los verdugos se preparaban para arrebatarme la vida.

No, no soy digno de un milagro. Tan sólo me queda la oración.

Señor mío, en esta última plegaria, aguardo vuestro perdón hacia aquellos que por orgullo perdieron el don de la cordura».

¿En quién ha de pensarse antes de morir?

Ruy vio a Muriel sentada fuera de la casa mientras pasaba la carda a los fajos de paja para luego hacer cuerdas.

Así estaría toda la tarde, en su silencio monacal.

¿Tendría un último recuerdo de su esposo?

Mendo, Ramiro y Blanca se hallarían ocupados en sus labores, ajenos al sufrimiento de su padre.

¿Tendrían ellos un último pensamiento hacia él?

Tal vez no. Como tampoco pensaría en él la reina doña María, afanada en su reino, en su guerra, en su legado.

¿Acaso alguien lo recordaría? La sensación de abandono y orfandad, lejos de provocarle angustia, le brindó una inesperada paz, como si en la soledad final hallara la redención a una vida llena de conflictos.

Nadie echaría en falta su nombre. «Polvo soy y en polvo me convertiré».

El herrero acercó la barra candente, y el dolor más grande que habría de sufrir en toda su vida lo paralizó.

Sintió desvanecerse la tela, la piel y la carne.

Todo se oscureció. Un instante después, ya no hubo dolor.

Tampoco ruido ni sol ni Castilla. Todo se había difuminado, incluso el tiempo.

«¿Dónde estoy?». Ante él, la vacuidad de la nada.

Y así, en solitario, su alma avanzó hacia lo desconocido.

Lavaron su cuerpo con dedicación reverente y le curaron las heridas en silencio, mientras uno de los monjes recitaba salmos en latín con voz serena.

Su piel escamosa fue ungida con aceites, y sobre él recitaron oraciones, invocando la bendición divina.

Los monjes, en su anonimato humilde, lo adecentaron y limpiaron en una de las austeras celdas del monasterio, con respeto.

Después de vestirlo con un hábito nuevo, lo tumbaron sobre el lecho.

Se ordenó encender un cirio a su lado y vigilia constante para que nunca estuviera solo.

El abad, con una devoción inquebrantable, permaneció junto a él durante tres noches, rezando sin cesar por su alma.

Para los monjes, había ocurrido un milagro, aunque el Fuero Viejo de la villa no lo reconociera así.

En su infinita sabiduría, Dios le había concedido su gracia, un signo de su misericordia.

* * *

El abad oraba con los ojos cerrados, aferrado a una cruz que sostenía con fuerza en las manos.

Apenas se movía del sitio. La puerta, entornada, dejaba pasar un haz de luz desde el claustro, un rayo azafranado, casi rojizo, que marcaba el muro con la última luz de la tarde.

«¿Dónde estoy?». Ruy tardó en reconocer al monje y el lugar en el que se encontraba.

La cama, la manta, sus pertenencias en una silla.

Cuando notó variar su respiración, el abad desvió la mirada hacia él.

–Alabado sea Nuestro Señor –murmuró con profundo alivio en la voz.

–Alabado sea –respondió Ruy de manera casi imperceptible.

Con manos temblorosas, el jinete apartó la manta y descubrió una venda blanca que le envolvía el pecho y se extendía por su espalda, ajustada pero limpia.

La venda, claramente cambiada hacía poco, estaba bien atada.

A Ruy le dolía todo el cuerpo y la cabeza.

No recordaba nada de lo sucedido ni cómo había llegado hasta allí.

Eran lagunas profundas en la memoria, y se sentía incapaz de saber cuál era el último recuerdo que conservaba.

Fragmentos del juicio y el rostro de Galcerán flotaban en su pensamiento, pero todo lo demás era un vacío oscuro.

–La barra de hierro candente os rozó el pecho y perdisteis el conocimiento –le explicó el abad, poniendo una mano sobre la de él.

«Hierro candente». Entonces volvió a su mente el juicio de Dios y el rostro desquiciado de Galcerán al escuchar las palabras del regidor. Los recuerdos se solapaban. Perdido y confuso, eligió no pensar.

–Debería estar muerto.

Los ojos del abad brillaron con una mezcla de asombro y devoción.

–Así es. Pero apareció de improviso en el monasterio un emisario de la reina y detuvo la medida de prueba. Fue un milagro. Muchos quisieron ver en eso la prueba definitiva de vuestra inocencia, aunque esto fue rechazado por el caballero Galcerán. El juicio continúa.

–¿Un emisario de la reina? ¿Qué hace aquí?

–Ha venido en nombre de su alteza, doña María.

–¿Ella está aquí?

El abad negó con un gesto.

–La reina está en Valladolid, se han iniciado las Cortes.

El emisario, con una de sus damas de compañía, ha presentado en nombre de la reina, como prenda, los cien sueldos que os exigía Alfonso de Galcerán y ha conseguido anular el hierro candente.

Es la razón por la que estáis vivo. Ha sido un milagro de Dios.