Alma de Castilla X #5
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X #5

Ninguna de las imágenes que volvían a su mente lo hacían con la nostalgia y el amor de antaño.

Al contrario, para María, adentrarse en aquellos oscuros rincones de la memoria constituía un ejercicio esclarecedor para conocerse a sí misma.

De alguna forma, trataba de dar sentido a su vida, a su matrimonio con Sancho, a las decisiones tomadas.

Esa introspección en lo sucedido le hacía valorar sus vivencias con otros ojos.

Como cuando, algunas semanas después de la discusión con doña Mayor, la pequeña corte se había dirigido a Meneses para ir a misa en su iglesia.

María pidió permiso a su madre, al acabar, para cabalgar por el llano.

Doña Mayor aceptó, y aquella María vista en el tiempo –a ojos de madre y señora– pensó que había accedido porque había hecho suficientes méritos esas semanas, había demostrado obediencia y arrepentimiento.

En realidad, fue una concesión. ¿Habría hecho lo mismo ella en el lugar de su madre?

¿Sería capaz de abandonar su orgullo en pos de un aprendizaje?

Doña Mayor, quien durante tanto tiempo le había parecido una madre severa, en verdad no lo había sido tanto.

Aquella tarde estaban de celebración. Tres escuderos iban a ser nombrados caballeros en el castillo de Montealegre. Doña Mayor dio la bendición a su hija y, procurando que no fuera sola, ordenó que uno de los donceles de su compaña la siguiera a la distancia.

María se alejó de Meneses y galopó por los senderos entre la siembra. Su escolta pasó por su lado y se detuvo ante ella. El joven esbozó una sonrisa satisfecha, que pronto tornó en una expresión de nostalgia. María no sabía que era él, pero se lo figuraba.

–Caballerizo –lo saludó.

–Esta tarde, don Martín Téllez cambiará lo de «caballerizo» por «caballero», doña María. Haréis bien en recordarlo –esgrimió él, orgulloso.

Pusieron sus monturas a la par y anduvieron al paso.

–Lo haré, si es preciso –respondió ella–. Y ahora, volved a alguna de vuestras historias. Habladme de brujas celtas y de seres de los bosques, de esos que habitan más allá del reino de León hacia Finisterre... Siempre he disfrutado de vuestros relatos.

El caballerizo se mostró menos entusiasmado de lo habitual.

Le habló y, mientras tanto, la condujo hasta un montículo que apenas se apreciaba desde el sendero principal, escondido entre las espigas doradas del trigo.

María ni siquiera se dio cuenta de que estaban en lo alto de un mirador cuando alcanzó la cima de la colina y notó que se le cortaba el aire.

Desmontaron y anduvieron unos pasos hasta el punto más elevado.

El caballerizo entornó la mirada.

–Este mirador es un obsequio para vos.

–¡Debo enseñárselo a Constanza!

–Desde aquí puede verse toda la Tierra de Campos. Mirad hacia allí, vuestro castillo, la villa y la iglesia...

–La vista del vuelo de un pájaro... Sois muy amable, caballerizo.

Un silencio. El único ruido, el de la brisa al batir las espigas. Otro recuerdo manipulado por los años. Él había dejado de mirar el horizonte para contemplarla a ella.

–Aprecio mucho estos paseos con vos, doña María.

María lo miró, y se sobrevino un cauto silencio.

Entonces el joven se aproximó a ella, como cuando eran críos, y una mano suya le sostuvo la mejilla con delicadeza.

María se perdió en su caricia. Desvió la mirada hacia su boca con descaro, acto suficiente para que él acercara los labios y probara el tacto suave y dulce de su beso.

El tiempo pareció detenerse, justo en el instante en el que ambos fueron un mismo aliento.

Luego María se separó. Su pecho subía y bajaba, agitado.

Atrás habían quedado los juegos de juventud.

Ya no eran unos niños, y persistían en ella las palabras de su madre.

Aquel beso constituía un pecado y lo había cometido fruto del deseo carnal.

El tan riguroso e injusto juicio de juventud se había llevado por delante una experiencia tierna y sincera, desvanecida de su memoria.

–No hallaréis amor más noble que el de este corazón –susurró el caballerizo, y ella negó sus palabras con un ligero gesto, visiblemente arrepentida.

–¿Qué diferencia hay entre el amor más puro y la lealtad más virtuosa?

–preguntó, ágil y evasiva. Su mirada se había empañado–.

Vos no me amáis de esa forma, caballerizo.

Sólo sois un hombre leal, profundamente leal.

Y yo también lo seré con vos. Pero ahora debo someterme a la ordenanza de mi familia.

En un impulso, el caballerizo dio un paso hacia ella y le tomó las manos.

–¿Cómo podéis estar tan segura de que ése es vuestro sentimiento? Ni siquiera yo soy capaz de asimilar lo que ocurre y me carcome día y noche.

–Nadie podrá estarlo nunca.

Él no parecía comprender sus palabras. Las manos se soltaron.

–¿Cuándo mi compañía se tornó un asunto comprometido para vos? ¿Dónde quedan nuestros días en Montealegre?

María se apartó de él, disgustada. El caballerizo acababa de herirla.

El silencio que precedió a su respuesta fue suficiente para que cambiara la manera en que el joven posaba los ojos en ella.

Dolor. Reproche. Decepción. Las palabras de su madre habían hecho mella en sus sentimientos.

Lo que había comenzado como un juego había dejado de serlo.

A partir de ese momento, ya nada sería lo mismo.

Las cosas se precipitaron, el tiempo pasó deprisa.

María fue invitada a la corte, conoció a Sancho, se inició el cortejo.

Rodrigo Castro, el caballerizo de Roda, se marchó como caballero de Montealegre para no volver más.

Fue el dolor de aquella pérdida lo que hizo que María mirara hacia delante y tratara de huir, como todos, de sus propios demonios.

Aquella tarde en el mirador de Meneses significó el final abrupto de la adolescencia para los dos jóvenes, tan cerca y tan lejos el uno del otro, conscientes por primera vez de que la vida era un camino árido en el que era más fácil que creciera una pérdida que la flor más humilde del campo.