Alma de Castilla X #4
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X #4

Las palabras cayeron sobre María como un golpe en el estómago.

Doña Mayor procuró guardar un silencio cauto el tiempo suficiente para que su hija sintiera arder las mejillas por la culpa y la vergüenza.

«Sentís envidia de mi juventud y de la risa que envuelve mi presencia», pensó por un momento, mientras su madre le repasaba el cabello con un peine a sus espaldas .

«Pero los tiempos han cambiado... Mi mundo no es igual al vuestro, señora mía».

El tono de doña Mayor, de algún modo, escondía una acusación, y eso la había ofendido.

Su manera de hablar había dejado claro que era una orden directa para volver a lo decente, a lo que se consideraba apropiado.

«Una fulana», pensó María. No hacía mucho que había aprendido esa palabra.

Se la había enseñado el caballerizo, como tantas otras cosas que gracias a él habían dejado de ser un misterio.

Ahora, abochornada, sentía que se había puesto en duda su decoro.

Las palabras de su madre habían deshecho cualquier atisbo luminoso de los días y las tardes con el joven.

–Pensáis que soy una fulana.

A doña Mayor le cambió la expresión al oír esa palabra tan sucia.

–No os he educado para que habléis así. Sois nieta y prima de reyes.

La madre decidió pasar por alto el agravio. Dejó el peine sobre el tocador y regresó a la ventana. Entonces, María dio un paso hacia ella en actitud desafiante.

–No lo entiendo, madre. Explicadme qué tiene de malo salir a cabalgar, por Dios. Me muero de aburrimiento en esta fortaleza.

Doña Mayor se volvió hacia ella y le descargó una bofetada en el rostro.

María perdió el equilibrio y cayó al suelo.

Se llevó una mano a la mejilla, sofocada.

Al instante, sus ojos se llenaron de lágrimas.

Sabía que se había propasado, que había sido insolente con su madre y le había respondido clamando a Dios.

Nada de eso estaba bien, pero doña Mayor jamás la había golpeado hasta ese día.

Sintió que el orgullo se le iba a los pies.

–Alzaos. ¡He dicho que os alcéis! –exclamó doña Mayor de malos modos.

La joven obedeció. En silencio, la señora acabó de ayudar a su hija a vestirse y a colocarle las bandas en el cabello.

Un silencio mortuorio envolvía la estancia.

María sólo quería estar sola para llorar.

Su madre la había insultado, y se sentía sucia y despreciada.

De pronto, se preguntó si toda la gente del castillo pensaría lo mismo que ella.

Lo que en su corazón había florecido como una historia dulce pasó a ser un elemento que rayaba la impudicia y la obscenidad y del que debía desprenderse lo antes posible.

–¿Sabéis acaso lo que he sufrido por criaros, a vos y a vuestro hermano, sin la presencia de vuestro padre? ¿Con esa insolencia me lo pagáis?

María tragó saliva y trató de contener las lágrimas.

–Lo siento, madre.

–Una dama no debe permanecer nunca a solas con un doncel ni con un caballerizo –prosiguió doña Mayor–.

¿Me habéis entendido? Una dama debe permanecer inmaculada de habladurías y sólo debe hablar con su padre, con su hermano o con su esposo.

Es la manera en la que ha de comportarse una mujer decente.

Y vos, que sois una hija obediente, sabéis qué es lo correcto. No volverá a repetirse lo de hoy.

–Sí, madre.

–Mañana iréis a misa y os confesaréis –le ordenó por último doña Mayor, colocando la última cinta en la toca–. He dicho.

María contempló la imagen que le devolvió el pequeño espejo en el tocador y, por primera vez, no reconoció a la joven frente a ella.

Esa tarde supo que algo había desvirtuado su alma. Asumió que ya no era la misma persona ni nunca más volvería a serlo.

* * *

Observaba en silencio desde la ventana de su alcoba en Montealegre al joven con las dos monturas esperándola en el patio de armas.

El caballerizo llevaba una túnica corta con unas calzas y unas botas para montar.

Se había aseado, se le veía el cabello humedecido.

Paseaba de aquí para allá, desviando la vista hacia la ventana de vez en cuando con disimulo.

El reflejo luminoso de la luz de la tarde le impedía verla, de pie ante el marco, pero no parecía tener intenciones de desistir; volvía la mirada hacia arriba insistentemente, casi como un acto de fe, e imaginaba que ella estaría atenta a él.

Así permaneció toda la tarde. Cuando el sol comenzó a decaer, alguien lo llamó, y el joven condujo finalmente los caballos de regreso al establo. Volvería al otro día. Y al siguiente.

* * *

Tantos años después, el tiempo había distorsionado su recuerdo.

María no había vuelto a Montealegre ni a los días con el caballerizo ni tampoco a aquella tarde en la que su madre la había despejado del velo de la niñez.

Rememorar aquello le resultaba diferente ahora; como mujer, como madre, como reina.

Se trataba de su último tiempo de niña, del salto de lo infantil a lo maduro.

¿Cómo juzgar su responsabilidad desde ese prisma? ¿Era justo tan sólo planteárselo?